LORD BYRON
Inglaterra 1788 - 1824
« My heart is my poesy »
A la luna
"¡Sol del que triste vela,
astro de cumbre fría,
cuyos trémulos rayos de la noche
para mostrar las sombras sólo brillan.
!Oh, cuánto te asemeja
de la pasada dicha
al pálido recuerdo, que del alma
sólo hace ver la soledad umbría!
Reflejo de una llama
oculta o extinguida,
llena la mente, pero no la enciende;
vive en el alma, pero no lo anima.
Descubre cual tú, sombras
que esmalta o acaricia,
y como a ti, tan sólo la contempla
el dolor mudo en férvida vigilia".
OTROS POEMAS DE LORD BYRON:
LA PARTIDA
AL CUMPLIR MIS 36 AÑOS
ACUÉRDATE DE MÍ
ADIÓS
CANCIÓN DEL CORSARIO
CUANDO NOS SEPARAMOS
HUBO UN TIEMPO...¿RECUERDAS?NO PASEAREMOS JUNTOS HASTA TARDE
ESTANCIAS A UN AIRE INDOSTÁTICO
ESTROFAS PARA LA MÚSICA
EL CORSARIO
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¡Calma, corazón, ten calma!
¿A qué lates, si no abates
ya ni alegras a otra alma?
¿A qué lates?
Mi vida, verde parral,
dio ya su fruto y su flor,
amarillea, otoñal,
sin amor.
Más no pongamos mal ceño!
¡No pensemos, no pensemos!
Démonos al alto empeño
que tenemos.
Mira: Aramas, banderas, campo
de batalla, y la victoria,
y Grecia. ¿No vale un lampo
de esta gloria?
¡Despierta! A Hélade no toques,
Ya Hélade despierta está.
Invócate a ti. No invoques
más allá
Viejo volcán enfriado
es mi llama; al firmamento
alza su ardor apagado.
¡Ah momento!
Temor y esperanza mueren.
Dolor y placer huyeron.
Ni me curan ni me hieren.
No son. Fueron.
¿A qué vivir, correr suerte,
si la juventud tu sien
ya no adorna? He aquí tu
muerte.
Y está bien.
Tras tanta palabra dicha,
el silencio. Es lo mejor.
En el silencio ¿no hay dicha?
y hay valor.
Lo que tantos han hallado
buscar ahora para ti:
una tumba de soldado.
Y hela aquí.
Todo cansa todo pasa.
Una mirada hacia atrás,
y marchémonos a casa.
Allí hay paz.
ACUÉRDATE DE MÍ
Llora en silencio mi alma solitaria,
excepto cuando está mi corazón
unido al tuyo en celestial alianza
de mutuo suspirar y mutuo amor.
Es la llama de mi alma cual lumbrera,
que brilla en el recinto sepulcral:
casi extinta, invisible, pero eterna...
ni la muerte la puede aniquilar.
¡Acuérdate de mí!... Cerca a mi tumba
no pases, no, sin darme una oración;
para mi alma no habrá mayor tortura
que el saber que olvidaste mi dolor.
Oye mi última voz. No es un delito
rogar por los que fueron. Yo jamás
te pedí nada: al expirar te exijo
que vengas a mi tumba a sollozar.
ADIÓS
¡Adiós! si dicha se concede al hombre
de una plegaria en premio, ésta tu nombre
elevará hasta el trono del Señor.
Promesas, quejas, llanto, fueran vanos;
más que el lloro, exprimido, ya sangrante,
de ojos sin luz, tenaz remordimiento
esta palabra dice... ¡Adiós! ¡Adiós!
Secos están mis ojos, extinguida
mi voz, pero al dejarte, de mi vida
se adueña para siempre un gran dolor.
Aunque el pesar y la pasión torturan
mi corazón, quejarse no le es dado...
Yo sólo sé que en vano hemos amado...
Sólo puedo sentir... ¡Adiós! adiós.
En su fondo mi alma lleva un tierno secreto
solitario y perdido, que yace reposado;
mas a veces, mi pecho al tuyo respondiendo,
como antes vibra y tiembla de amor, desesperado.Ardiendo en lenta llama, eterna pero oculta,
hay en su centro a modo de fúnebre velón,
pero su luz parece no haber brillado nunca:
ni alumbra ni combate mi negra situación.¡No me olvides!... Si un día pasaras por mi tumba,
tu pensamiento un punto reclina en mí, perdido...
La pena que mi pecho no arrostrara, la única,
es pensar que en el tuyo pudiera hallar olvido.escucha, locas, tímidas, mis últimas palabras
-la virtud a los muertos no niega ese favor-;
dame... cuanto pedí. Dedícame una lágrima,
¡la sola recompensa en pago de tu amor!...
Cuando nos separamos
en silencio y con lágrimas,
con el corazón medio roto,
para apartarnos por años,
tu mejilla se tornó pálida y fría
y tu beso aún más frío...
Aquella hora predijo
en verdad todo este dolor.
El rocío de la mañana
resbaló frío por mi frente
y fue como un anuncio
de lo que ahora siento.
Tus juramentos se han roto
y tu fama ya es muy frágil;
cuando escucho tu nombre
comparto su vergüenza.
Cuando te nombran delante de mí,
un toque lúgubre llega a mi oído
y un estremecimiento me sacude.
¿Por qué te quise tanto?
Aquellos que te conocen bien
no saben que te conocí:
Por mucho, mucho tiempo
habré de arrepentirme de ti
tan hondamente,
que no puedo expresarlo.
En secreto nos encontramos,
y en silencio me lamento
de que tu corazón pueda olvidar
y tu espíritu engañarme.
Si llegara a encontrarte
tras largos años,
¿cómo habría de saludarte?
¡Con silencio y con lágrimas!
HUBO UN TIEMPO...¿RECUERDAS?
Hubo un tiempo... ¿recuerdas? su memoria
Vivirá en nuestro pecho eternamente...
Ambos sentimos un cariño ardiente;
El mismo, ¡oh virgen! que me arrastra a ti.
¡Ay! desde el día en que por vez primera
Eterno amor mi labio te ha jurado,
Y pesares mi vida han desgarrado,
Pesares que no puedes tú sufrir;
Desde entonces el triste pensamiento
De tu olvido falaz en mi agonía:
Olvido de un amor todo armonía,
Fugitivo en su yerto corazón.
Y sin embargo, celestial consuelo
Llega a inundar mi espíritu agobiado,
Hoy que tu dulce voz ha despertado
Recuerdos, ¡ay! de un tiempo que pasó.
Aunque jamás tu corazón de hielo
Palpite en mi presencia estremecido,
Me es grato recordar que no has podido
Nunca olvidar nuestro primer amor.
Y si pretendes con tenaz empeño
Seguir indiferente tu camino...
Obedece la voz de tu destino
Que odiarme puedes; olvidarme, no.
Avanza su belleza, cual la noche
de los climas sin nubes y estrellados;
cuanto es bello, radiante o de penumbra,
anida en su semblante y en sus ojos:
y así suaviza más esa luz tierna
que al día niega el cielo refulgente.
Una sombra de más, un rayo menos,
su atractivo sin nombre vulneraran
ondeando en esas trenzas de honda noche,
o encendida muy suave entre su rostro;
donde expresan sus dulces pensamientos
cuán amada, cuán pura es su morada.
Y sobre esas mejillas y esa frente,
tan suaves, tan serenas y elocuentes,
el rubor y sonrisa la abrillantan,
pero expresan los días bondadosos,
su espíritu de paz sobre la tierra,
¡de un pecho cuyo amor es inocente!
PROMETEO
¡Titàn! a cuyos ojos inmortales
no fueron los tormentos de la muerte,
vistos en su penosa realidad,
esencias que los dioses desdeñaran;
de tu piedad, ¿cuál fue la recompensa?
Una inmensa tortura silenciosa;
entre la roca, el buitre y la cadena,
todo cuanto el activo sifrir puede,
las agonías que ellos nos revelan,
el sentido enervante de la cuita,
que clama solamente en soledumbre,
celoso de que el cielo pueda oìrlo,
por nada lanzará ningún suspiro
hasta que su voz quede ya sin eco.
¡Titán!, se te ha otorgado la contienda
entre la voluntad y el sufrimiento,
que si matar no pueden martirizan;
la sorda tiranía del Destino
y de igual modo el Cielo inexorable,
y el principio instaurado del Encono,
que para su contento crear debe
cosas capaces de aniquilamiento,
negándote hasta el gusto de la muerte:
la eternidad, presente desdichado,
fue tuya y muy bien la has sobrellevado.
Y aquello que el Tonante te aquejara
sólo fue la amenaza que extendieran
sobre él las aflicciones de tus cuitas;
el sino que tan bien profetizaste
no lo apaciguaría el conocerlo;
en tu Silencio estaba su Sentencia,
y en su Alma un infructuoso arrepentirse,
y un miedo ruin tan mal disimulado,
que temblaba el relampago en sus manos.
Fue tu crimen divino la clemencia,
rendir, con tus preceptos, nada menos
que todas las desdichas de los hombres,
y reanimar al Hombre con su mente;
aunque engañado fuiste en las alturas,
en tu mansa energía apaciguado,
en la resignación y en la repulsa
de tu Espíritu invicto impenetrable,
al que el Cielo y la Tierra no conmueven,
una lección pujante recibimos:
el Hombre es, como tú, divino en parte,
torbellino de fuente cristalina;
y puede vislumbrar sólo fragmentos
sobre su propio y funebre destino;
su propia desventura y resistencia,
y su triste existencia tan distinta:
ante la cual su Espíritu se opone
de igual forma que a todas sus desdichas,
y firme voluntad y hondo sentido,
que puede columbrar, en la tortura,
su propia concentrada recompensa,
triunfante desafío temerario,
que torna de la Muerte una Victoria.
SI AMOR PERDURA
Si al mundo sublimado en el misterio
también va nuestro amor, y llama pura
a las almas de allí de afán depura,
la muerte será entonces la libertad.
Acuda con su bien al que la espera...
¡Bendito sea el misterio!... Que su vuelo
levante el alma exulta y su desvelo
se consuma en tu fuego, Eternidad!
¿Por qué no será así?... Cuando forzado
llega el hombre a la boca del abismo
si vacila en saltar no es por sí mismo,
su amor es el que le aferra a este existir.
¡Ah!, dejadnos creer que en la otra vida
el alma encontrará a su confidente,
con ella beberá en la eterna fuente,
y luego nunca volverá a morir.
NO PASEAREMOS JUNTOS HASTA TARDE
No pasearemos juntos hasta tarde
en la noche profunda,
tranquilo el corazón como si amara,
y la luna tan quieta cual brillante.
Si en su vaina la espada permanece,
del pecho vuela el alma,
el corazón detiene su respiro,
y Amor mismo descansa.
No obstante, para amar se hizo la noche,
y volver pronto el día,
sin embargo, otra vez no pasearemos
a la luz de la luna.
HIMNO A GRECIA
Cícladas islas, islas de la Grecia,
que el mar Egeo con sus ondas baña,
donde surgiera la materna Delos,
cuna de Apolo.
La ardiente Safo, del amor maestra,
aquí pulsó la septicorde lira;
aquí de Alceo resonó el divino,
plácido canto.
De vuestros campos en la verde alfombra
manto de flores primavera tiende;
aún lanza Febo sobre nuestros campos
vívido rayo.
Todo se eclipsa menos vuestra gloria;
el bronce muere y se deshace el mármol;
mas qeda el nombre del varón guerrero,
prole de Marte.
Queda de Lesbos la armoniosa lira,
la voz sublime del Esmírneo ciego,
la del Teyo donairoso anciano
cítara blanda.
Allende el Ponto, cuyas iras doman
del vago viento en las veloces alas,
de donde nace, adonde muere el día,
vuelan sus cantos.
Desde la cima del erguido monte
de Maratón descubriréis el llano,
y allá..., más lejos..., el hichado golfo
de Salamina.
En otro tiempo, sobre aquella roca
un rey de reyes contempló altanero
el hondo mar que ante sus pies hervía
lleno de naves.
Las ondas cubren innumerable armada;
llena los campos multitud guerrera;
hombres sin cuento, de su voz pendientes,
callan atónitos.
Contólos Jerjes al nacer la aurora,
contólos luego al expirar la tarde:
millones eran al rayar el día,
ni uno a la noche.
¿Dónde los fuertes, los guerreros dónde,
que amenazaban dominar la tierra?
El eco sólo responderle pudo
ronco gimiendo.
¿Dónde hoy, ¡oh, patria!, tus preclaros hijos
armipotentes en la lid sañuda?
¿Por qué no suena en las tendidas playas
grito de guerra?
Yace en el polvo la olvidada lira
y ya no late el corazón robusto.
¿Cuándo de gloria y libertad el himno
libre resuena?
¡Ay! ¿Qué me resta en mi dolor inmenso?
Llanto y vergüenza por la patria esclava;
bañad en lloro las que a Grecia oprimen
duras cadenas.
¡Ah, ni vergüenza en vuestra faz, ni lloro!
Descubre, ¡oh, tierra!, tu profundo seno,
y tres siquier de los trescientos brota...
Tres espartanos.
Como el fragor de los torrentes, zumba
el de las sombras vigoroso grito:
"Alzad vosotros la dormida frente
uno tan sólo".
Todos calláis. Nuevos cantares suenan;
llenad las copas de espumante vino;
bélicos himnos al feroz entone
tártaro errante.
¿En vuestra afrenta dormiréis tenaces?
¿Por qué no suena el belicoso canto?
¿Por qué no emprende la falamge altiva
pírrica danza?
Para fijar el pensamiento alado,
Cadmo inventó los personales signos;
de los argivos conserváis las letras,
no sus hazañas.
Llenad las copas de espumante néctar,
bebed de Samos el ardiente vino
que Anacreonte celebrara un día
plácidamente.
Cantó Anacreón el amor y el vino,
cual del tirano Policrates siervo;
mas era heleno Policrates: cuna
diérale Samos.
¡Del Quersoneso vengador tirano,
rompe los lazos que nos ligan hora!
¡Cargue tus brazos la pesada lanza,
fuerte Milcíades!
Llenad las copas de espumante vino;
allá en las rocas de la antigua Suli
quedan los restos de potente raza,
siempre guerrera.
Quizá hallaremos entre aquellos bravos
quien nos conduzca a la tremenda liza,
y tinto en sangre el fulminante hierro
lleve al combate.
No de los francos esperéis ayuda,
que reyes tienen de venales almas;
libres os hagan, para siempre libres,
vuestros aceros.
Llenad las copas de espumante vino;
vírgenes dancen en la selva umbría;
yo admiro el brillo de sus negros ojos,
nido de amores.
Mas, ¡ay!, ¿será que tan hermosos pechos
deban un día amanecer cautivos?
¿Será que ciña tan hermosos brazos
férrea cadena?
Conducidme a los marmoles de Sunio,
donde acompañen mi gemir las ondas;
yo entonces, cual moribundo cisne,
canto suave.
Nunca esta tierra habitarán esclavos;
arme las diestras el fulmíneo acero;
caiga en pedazos, de espumante vino,
rota la copa.
ASPIRACION
I
Si en el mundo distante de este mundo
se goza del amor que sobrevive;
si allá se encuentra el corazón querido
que del nuestro en la tierra se despide;
Si allá vemos los ojos que aquí amamos,
mas sin lágrimas ya, pues son felices,
¡Benditas para siempre esas esferas
que el pensamiento más allá concibe!
Si eso es así, ¡cuán dulce nos sería
morir al punto, eternidad terrible,
ya perdido el temor con los reflejos
de los torrentes de tu luz sublime!
II
Y debe ser así; no por nosotros
temblamos a la orilla del abismo,
y a la frágil cadena de los seres
luchamos anhelantes por asirnos.
Por los que quedan es por quien temblamos
al surcar ese mar desconocido;
por el temor que al vernos separados
queden nuestros afectos divididos.
Más en ese futuro se apodera
el corazón del corazón querido,
y el alma con el alma se hace eterna,
siendo amantes aquí y allá infinitos.
LA LAGRIMA
Cuando el amor o la amistad debieran
a la ternura despertar el alma,
y ésta debiera aparecer sincera
en la mirada,
podrán los labios engañar fingiendo
una sonrisa seductora y falsa;
pero la prueba de emoción se muestra
en una lágrima.
Una sonrisa puede ser a veces
un artificio que el temor disfraza;
con ella puede revestirse el odio
que nos engaña;
mas yo prefiero para mí un suspiro
cuando los ojos, expresión del alma,
por un momento miro obscurecerse
con una lágrima.
El hombre surca el ignorado Océano
con el soplo del viento que lo arrastra,
en medio de las olas bramadoras
que se levantan;
se inclina... y en las olas procelosas
que amenazantes a su nave avanzan,
mira el abismo, y a sus aguas turbias
mezcla una lágrima.
En la carrera de la noble gloria,
el valeroso capitán se afana
por ganar con su muerte una corona
en las batallas;
pero levanta al que postró en el suelo
y sus heridas compasivo baña,
una por una, en el sangriento campo,
con una lágrima.
Y cuando vuelve, henchido de ese orgullo
que hace latir el pecho que avasalla;
cuando teñida en enemiga sangre
cuelga su espada,
la recompensan todas sus fatigas
al abrazar a su consorte amada
y al darle un beso en sus mejillas húmedas
con una lágrima.
Dulce mansión de mi niñez perdida,
do la franqueza y la amistad gozaba;
donde en medio de amor vio deslizarse
las horas rápidas;
yo te dejé con hondo sentimiento,
volví hacía ti mis últimas miradas,
y apenas pude percibir tus torres
tras una lágrima.
Aqunque no puedo repetir, como antes,
mi juramento a mi María cara,
a la que fuera para mí otro tiempo
fuego del alma,
tengo presentes los felices días
en que, niños aún, tanto me amaba,
cuando ella contestaba a mis promesas
con una lágrima.
¿En otros brazos puede ser dichosa?
¿Tiene el recuerdo de su edad pasada?
Mi corazón respetará ese nombre
que tanto amaba.
Y dije adiós a mi esperanza loca,
con una lágrima.
Cuando al imperio de la eterna noche
tome su vuelo para siempre mi alma;
cuando mi cuerpo exánime repose
bajo una lápida,
si por ventura os acercáis un día
donde mi triste sepultura se halla,
humedeced siquiera mis cenizas
con una lágrima.
Yo no apetezco mármol..., monumento
que a la ambición la vanidad levanta;
manto suntuoso con que el necio orgullo
cubre su nada;
no darán sus emblemas a mi nombre
el falso orgullo ni la gloria vana;
lo que yo quiero, lo que pido sólo,
es una lágrima.
¡Te vi llorar! Tu lágrima, bien mío,
en tu pupila azul brillaba inquieta,
como la blanca gota de rocío
sobre el tallo gentil de la violeta.¡Te vi reír! Y un fecundo mayo,
las rosas deshojadas por la brisa
no pudieron copiar en su desmayo
la inefable expresión de tu sonrisa.Así como las nubes en el cielo
del sol reciben una luz tan bella,
que la noche no borra con su velo,
ni eclipsa con su luz la clara estrella.Tu sonrisa transmite la ventura
al alma triste, y tu mirada incierta,
deja una dulce claridad tan pura
que llega al corazón después de muerta.
Tuve un sueño que no era del todo un sueño.
El brillante sol se apagaba, y los astros
Vagaban apagándose por el espacio eterno,
Sin rayos, sin rutas, y la helada tierra
Oscilaba ciega y oscureciéndose en un cielo sin luna.
La mañana llegó, y se fue, y llegó, y no trajo consigo el día,
Y los hombres olvidaron sus pasiones ante el terror
De esta desolación, y todos los corazones
Se congelaron en una plegaria egoísta por luz,
Y vivieron junto a hogueras, y los tronos,
Los palacios de los reyes coronados, las chozas,
Las viviendas de todas las cosas que habitaban,
Fueron quemadas en los fogones, las ciudades se consumieron,
Y los hombres se reunieron en torno a sus ardientes casas
Para verse de nuevo las caras unos a otros.Felices eran aquellos que vivían dentro del ojo
De los volcanes, y su antorcha montañosa,
Una temerosa esperanza era todo lo que el mundo contenía;
Se encendió fuego a los bosques, pero hora tras hora
Fueron cayendo y apagándose, y los crujientes troncos
Se extinguieron con un estrépito y todo quedó negro.Las frentes de los hombres, a la luz sin esperanza
Tenían un aspecto no terreno cuando de pronto
Haces de luz caían sobre ellos; algunos se tendían
Y escondían sus ojos y lloraban; otros descansaban
Sus barbillas en sus manos apretadas y sonreían;
Y otros iban rápido de aquí para allá y alimentaban
Sus pilas funerarias con combustible y miraban hacia arriba,
Suplicando con loca inquietud al sordo cielo,
El sudario de un mundo pasado, y entonces otra vez
Con maldiciones se arrojaban sobre el polvo,
Y rechinaban sus dientes y aullaban; las aves silvestres chillaban
Y, aterrorizadas, revoloteaban sobre el suelo,
Y agitaban sus inútiles alas; los brutos más salvajes
Venían dóciles y trémulos; y las víboras se arrastraron
Y se enroscaron escondiéndose entre la multitud,
Siseando, pero sin picar, y fueron muertas para servir de alimento.
Y la Guerra, que por un momento se había ido,
Se sació otra vez; una comida se compraba
Con sangre, y cada uno se hartó resentido y solo
Atiborrándose en la penumbra: no quedaba amor.
Toda la tierra era un solo pensamiento y ése era la muerte
Inmediata y sin gloria; y el dolor agudo
Del hambre se instaló en todas las entrañas, hombres
Morían y sus huesos no tenían tumba, y tampoco su carne;
El magro por el magro fue devorado,
Y aún los perros asaltaron a sus amos, todos salvo uno,
Y aquel fue fiel a un cadáver, y mantuvo
A raya a las aves y las bestias y los débiles hombres,
Hasta que el hambre se apoderó de ellos, o los muertos que caían
Tentaron sus delgadas quijadas; él no se buscó comida,
Sino que con un gemido piadoso y perpetuo
Y un corto grito desolado, lamiendo la mano
Que no respondió con una caricia, murió.Poco a poco la multitud fue muriendo de hambre; pero dos hombres
De una enorme ciudad sobrevivieron,
Y eran enemigos; se encontraron junto
A las agonizantes brasas de un altar
Donde se había apilado una masa de cosas santas
Para un fin impío; hurgaron,
Y temblando revolvieron con sus manos delgadas y esqueléticas
En las débiles cenizas, y sus débiles alientos
Soplaron por un poco de vida e hicieron una llama
Que era una ridícula; entonces levantaron
Sus ojos al verla palidecer, y observaron
El aspecto del otro, miraron y gritaron, y murieron.
De puro espanto mutuo murieron,
Sin saber quién era aquel sobre cuya frente
La hambruna había escrito "enemigo". El mundo estaba vacío,
Lo populoso y lo poderoso era una masa,
Sin estaciones, sin hierba, sin árboles, sin hombres, sin vida;
Una masa de muerte, un caos de dura arcilla.
Los ríos, lagos, y océanos estaban quietos,
Y nada se movía en sus silenciosos abismos;
Los barcos sin marinos yacían pudriéndose en el mar,
Y sus mástiles bajaban poco a poco; cuando caían
Dormían en el abismo sin un vaivén.
Las olas estaban muertas; las mareas estaban en sus tumbas,
Antes ya había expirado su señora, la Luna;
Los vientos se marchitaron en el aire estancado,
Y las nubes perecieron; la Oscuridad no necesitaba
De su ayuda... Ella era el universo.
Hace ya mucho tiempo que contemplé esa mirada
Que me traía felicidad o tristeza;
Y yo me he esforzado, pero en vano,
No debo pensarlo ya nunca más.(...)
Y cruzaré la blanca espuma y buscaré
Un hogar extranjero; hasta que olvide
Un falso y hermoso rostro
Nunca encontraré un lugar donde descansar;
No puedo eludir mis propios pensamientos,
Pero siempre amo, y amo sólo a una.
ESTANCIAS A UN AIRE INDOSTÁTICO
¡Oh tú, mi triste y solitaria almohada!,
Tráeme dulces sueños para preservar mi corazón del quebranto,
A cambio de las lágrimas que sobre ti derramé despierto;
No me dejes morir hasta que vuelva sobre esas olas.
¡Espíritu eterno de la mente sin cadenas!
¡Libertad! Más brillante resultas en las mazmorras,
Pues allí tu única morada es el corazón,
El corazón al que sólo el amor por ti puede atar.Y cuando tus hijos son enviados a los grilletes,
A los grilletes y al húmedo sótano de penumbra sin día,
Su país vence con su martirio,
Y el nombre de la Libertad halla alas en el viento.¡Chillón! Tu prisión es sagrado lugar,
Y tu triste suelo un altar, pues fue hollado,
Hasta que sus pasos dejaron una huella
Gastada, como si tu pavimento fuese un prado,
¡Por Bonnivard! ¡que no se borre ninguna de esas marcas!,
Pues ellas claman a Dios contra la tiranía.
No digo, no esbozo, no respiro tu nombre,
Hay pesar en el sonido, habría culpa en la fama;
Pero la lágrima que ahora arde en mi mejilla puede dar cuenta
Del profundo pensamiento que habita en este silencio del corazón.Demasiado cortas para nuestra pasión, demasiado largas para nuestra paz
Fueron aquellas horas, ¿podrá algún día cesar su alegría o su amargura?
Nos arrepentimos, abjuramos, deseamos romper nuestras cadenas;
Debemos separarnos, debemos volar para unirlas otra vez.¡Oh! tuya sea la alegría y mía sea la culpa,
Perdóname adorada, abandóname si lo deseas;
Pero el corazón que porto expiará sin haber sido rebajado,
Y los hombres no lo quebrarán, hagas lo que hagas tú.Y firme ante el altivo, pero humilde ante ti,
Habrá de ser mi alma en su más amarga oscuridad;
Y nuestros días serán más rápidos y nuestros momentos más dulces
Contigo a mi lado que con el mundo a nuestros pies.Una visión de tu dolor, una imagen de tu amor,
Habrá de cambiarme o confirmarme, de castigar o reprobar;
Y los sin-corazón podrán maravillarse de tanto a lo que renunciamos,
Pero tu labio no habrá de responder a ellos sino al mío.
1
Ninguna de las hijas de la belleza
tiene la magia que tú tienes;
y es para mí tu dulce voz
como música en el agua:
como si su sonido hiciera
detenerse al encantado océano,
resplandecen las olas en su quietud
y parecen soñar los sosegados vientos.2
Y la luna de la medianoche teje
sobre el mar su brillante cadena;
su pecho palpita suavemente
como un niño dormido:
así el espíritu se inclina ante ti,
para escucharte, para adorarte;
con la emoción suave y profunda
de las olas de un mar de Verano.
EL CORSARIO
Nessun maggior dolore
Che ricordarsi del tempo felice
Nella miseria.
Dante- I -
«Del negro abismo de la mar profunda
sobre las pardas ondas turbulentas,
son nuestros pensamientos como él, grandes;
es nuestro corazón libre, cual ellas.
Do blanda brisa halagadora expire,
do gruesas olas espumando inquietas
su furor quiebren en inmóvil roca,
hed nuestro hogar y nuestro imperio. En esa
no medida extensión, de playa a playa,
todo se humilla a nuestra roja enseña.
Lo mismo que en la lucha en el reposo
agitada y feliz nuestra existencia,
hoy en el riesgo, en el festín mañana,
brinda a nuestra ansiedad delicias nuevas.
¿Quién describir pudiera nuestros goces?
¡Oh!, no eres tú, que la molicie enerva,
siervo de los deleites, que temblaras
de las montañas de olas en la incierta,
móvil cumbre; ni tú, noble orgulloso,
del hastío sumido en la indolencia,
a quien ya el sueño bienhechor no halaga,
a quien ya los placeres no deleitan.
Sólo el infatigable peregrino
de esos caminos líquidos sin huellas,
cuyo audaz corazón, templado al riesgo,
al sordo rebramar de la tormenta
palpitando arrogante, hasta la fiebre
del delirio frenético en sus venas
sintiese hervir la sangre enardecida,
nuestros rudos placeres comprendiera.
Do el cobarde ve el riesgo, él ve la gloria,
y sólo por luchar la lucha anhela
el pirata feliz, rey de los mares.
Cuando ya el débil desmayado tiembla,
se conmueve él, apenas... se conmueve
al sentir que en su pecho se despierta
osada la esperanza, que atrevida
su corazón para el peligro templa.
¿Qué es a nosotros la temida muerte
como el rival odioso también muera?
¡Qué es la muerte! La muerte es el reposo...
cobarde, eterno, aborrecible... ¡Sea!
Serenos aguardémosla. Apuremos
la vida de la vida, y después venga
fiebre traidora o descubierto acero
implacable a romper su débil hebra.
Cobardes otros, de vejez avaros,
revuélquense en el lecho que envenena
dolencia inmunda, y el impuro ambiente
con flaco pecho aspiren y fallezcan
luchando con la muerte... ¡Oh, no a nosotros
fúnebre lecho de agonía lenta;
¡césped fresco es mejor...! Y mientras su alma
sollozo tras sollozo tarda quiebra
los nudos de la vida, de un impulso
sus ligaduras rompe y se liberta
osado nuestro espíritu. Sus restos
del blanco mármol de su tumba estrecha,
grabado por el mismo que su muerte
hipócrita anhelaba, se envanezcan:
Cuando sepulte el mar nuestro cadáver
le bastará una lágrima sincera,
¡una lágrima sola! Henchido el vaso
del alegre festín en la ancha mesa
honra de nuestros bravos la memoria.
Corto epitafio su valor celebra
cuando en el día augusto del peligro,
al repartir el vencedor la presa,
recuerdo de dolor su frente anubla
y con voz ronca que insegura tiembla:
«¡Cuán felices, exclama, nuestra dicha
los valientes que han muerto compartieran!»
Así grito salvaje en sordo acento
repite el eco en las cortadas peñas
del islote escarpado del Corsario,
do del vivac se apagan las hogueras;
y en alegre cantar sus agrias notas
de los piratas al oído suenan.
En pintorescos grupos esparcidos
de fresca playa en la dorada arena,
aguzan unos sus puñales; otros
alegres ríen, bulliciosos juegan,
o sus fieles alfanjes desnudando
indiferentes, sin afán, contemplan
la sangre que los mancha. Precavidos
otros, con mano previsora pliegan
las anchas velas del bajel osado,
o el negro flanco recomponen; mientras
pensativos algunos por la orilla,
de las olas al son, lentos pasean.
A quien aguija de inquietud oculta
el afán incesante, allá en las quiebras
de las ásperas rocas, lazos tiende
a las marinas aves, o al sol seca
la red humedecida; y en la mancha
que del mar en los límites blanquea,
con los ojos de la ávida esperanza
del incauto bajel mira las velas.
De cien noches de horror y de combate
los lances con placer todos recuerdan.
Y de luchar ansiosos se preguntan:
«¿En dónde buscaremos nuevas presas?»
¿Dónde? ¿Qué les importa? Ya lo sabe,
y basta, el capitán. Fiel obediencia
es su único deber: saben que nunca
les faltará el botín, y más no anhelan.
¿Y quién es ese capitán? Su nombre
pronuncian en voz baja y lo respetan
cuantos habitan las hermosas playas
que aquellas olas complacidas besan:
y más no saben, ni saber más quieren
Les basta un gesto, una mirada. Apenas
oyen su voz. De sus banquetes rudos
no anima el regocijo su presencia.
Mas ¿cómo ante la gloria de sus triunfos
acusar sus desdenes? Jamás llenan
para él la roja copa: indiferente
la mira y a sus labios no la acerca;
y es su sobrio manjar, que desdeñara
el más grosero de su banda, y fue
a ermitaño frugal ración escasa,
secas raíces de silvestres yerbas,
rústico pan y los jugosos frutos
que brinda el árbol en sus ramas tiernas.
El impuro placer de los sentidos
desdeñoso su espíritu desprecia,
¿Será que su energía no domada
de esa abstinencia misma se alimenta?
«Pronto a la mar.»-Y el mar surcan sus naves.
«A aquella playa el rumbo.»-Y allá vuelan.
«¡Sus!, ¡a las armas!»-¡Y el botín es suyo!
Así a su voz, que imperativa ordena,
sigue la acción; y todos obedecen,
Y su oculta intención nadie penetra.
Si suena escrutadora una palabra,
una mirada de desprecio muestra
de su temida indignación un rayo:
no sabe dar su orgullo otra respuesta.