John Milton
Inglaterra 1608 - 1674
Sobre Shakespeare
¿Para qué necesita, mi Shakespeare, para sus venerados huesos,
la labor de una era en amontonadas piedras,
o que sus consagradas reliquias deban ser ocultadas
debajo de una pirámide que apunta a las estrellas?
Querido hijo de la memoria, gran heredero de la fama,
¿Para qué necesitas tú tan débil testimonio de tu nombre?
Tú, en nuestra admiración y asombro
has construido por ti mismo un monumento perdurable.
Pues mientras que para vergüenza del arte de logros lentos,
tus libres cadencias fluyen, y cada corazón
ha de las hojas de tu invaluado libro
aquellas líneas délficas tomado con profunda impresión,
tú, despojando nuestra imaginación de sí misma,
nos vuelves mármol con demasiado cavilar;
y así yaces sepultado en tal pompa
que reyes por semejante tumba querrían morir.
EL PARAISO PERDIDO
Libro I
Libro II
Libro III
Libro IV
Libro V
Libro VI
Libro VII
Libro VIII
Libro IX
Libro X
Libro XI
Libro XII
EL PARAISO PERDIDO
Canta Musa celestial, la primera desobediencia del hombre y el fruto de aquel árbol prohibido, cuyo gusto mortal trajo al mundo la muerte y todas nuestras desgracias, con la pérdida del Edén, hasta que un Hombre más grande nos rehabilitó y reconquistó para nosotros la mansión bienaventurada. Desde la cumbre solitaria de Oreb o del Sinaí, donde inspiraste al pastor, que fue el primera en enseñar a la raza escogida cómo salieron el cielo y la tierra del Caos, o desde la colina de Sión y las fuentes de Siloé si te placen más, invoco tu ayuda para mi atrevido canto; porque no pretendo remontarme con tímido vuelo sobre los montes de Aonia al intentar referir cosas que nadie ha narrado hasta ahora, ni en prosa ni en verso.
Y Tú, ¡oh Espíritu!, que prefieres a todos los templos un corazón recto y puro, instrúyeme, puesto que sabes; Tú estabas presente en el primer instante; desplegando como una paloma tus poderosas alas, cubriste el inmenso abismo y los hiciste fecundo. Ilumina lo que en mí es oscuro, eleva y sostén lo que está abatido, para que desde la elevación de este gran asunto puede defender a la Divina Providencia y justificar ante los hombres las miras del Señor.
Dime, desde luego, ya que ni el cielo ni la profunda extensión del infierno ocultan nada a tu vista: di cuál fue la causa que obligó a nuestros primeros padres, tan felices en su estado y tan favorecidos por el Cielo, a separarse de su Creador, a transgredir su única prohibición cuando eran soberanos del resto del mundo. ¿Quién los indujo a tan vergonzosa rebelión? La Serpiente infernal, cuya malicia, animada por la envidia y por la venganza, engañó a la madre del género humano: su orgullo la había precipitado desde el cielo con todo su ejército de espíritus rebeldes, con cuya ayuda aspiraba a sobrepujar en gloria a sus semejantes, lisonjeándose de igualarse al Altísimo, si el Altísimo se le oponía. Dominado aquel espíritu por este ambicioso proyecto contra el trono y la monarquía de Dios, suscitó en el cielo una guerra impía y un combate temerario: más sus esfuerzos fueron vanos.
La Potestad suprema le arrojó de cabeza, envuelto en llamas, desde la bóveda etérea, repugnante y ardiendo, cayó en el abismo sin fondo de la perdición, para permanecer allí cargado de cadenas de diamante, en el fuego que castiga; él, que había osado desafiar las armas del Todopoderoso, permaneció tendido y revolcándose en el abismo ardiente, juntamente con su banda infernal, nueve veces el espacio de tiempo que miden el día y la noche entre los mortales, conservando, empero, su inmortalidad. Su sentencia, sin embargo, le tenía reservado mayor despecho, porque el doble pensamiento de la felicidad perdida y de un dolor perpetuo le atormentaba sin tregua. Pasea en torno suyo sus ojos funestos, en que se pintan la consternación y un inmenso dolor, juntamente con su arraigado orgullo y su odio inquebrantable.
De una sola ojeada y atravesando con su mirada un espacio tan lejano como es dado a la penetración de los ángeles, vio aquel lugar triste, devastado y sombrío; aquel antro horrible y cercado, que ardía por todos lados como un gran horno. Aquellas llamas no despedían luz alguna; pero las tinieblas visibles servían tan sólo para descubrir cuadros de horror, regiones de pesares, oscuridad dolorosa, en donde la paz y el reposo no pueden habitar jamás, en donde no penetra ni aun la esperanza, ¡la esperanza que dondequiera existe! Pero sí suplicios sin fin, y un diluvio de fuego, alimentado por azufre, que arde sin consumirse.
Tal es el sitio que la justicia eterna preparó para aquellos rebeldes, ordenando que estuviesen allí aprisionados en extrañas tinieblas y haciéndolo tres veces tan apartado de Dios y de la luz del cielo cuanto lo está el centro de la creación del polo más elevado. ¡Oh cuán distinta es esta morada de aquella donde cayeron!
Pronto divisa allí el arcángel a los compañeros de su caída, sepultados en las olas y torbellinos de una tempestad de fuego. Uno de ellos se agitaba entre llamas a su lado; era el primero después de él, así en poder como en crimen, mucho tiempo después conocido en Palestina con el nombre de Belcebú; El Gran Enemigo, llamado Satanás en el cielo, quien rompiendo el horrible silencio con altaneras palabras empezó a decir:
¡Si tú eres aquél... Pero cuán decaído, cuán diferente del que, revestido de un brillo deslumbrado en los felices reinos de la luz, sobrepujaba en esplendor a millares de resplandecientes espíritus!... Si tú eres aquel a quien una mutua alianza, un solo pensamiento, un mismo dictamen, una esperanza igual e idéntico peligro en una empresa gloriosa unieron conmigo en otro tiempo, y a quien hoy une también una misma desgracia en igual ruina, contempla desde qué altura y en qué abismo hemos caído: ¡tan poderoso se mostró Él con sus rayos! Pero ¿quién hasta entonces había conocido el efecto de sus armas terribles? No obstante, a pesar de sus rayos, y a pesar de todo cuando el Vencedor, en su cólera, puede hacer contra mí, no me arrepiento ni varío; por más que haya cambiado mi brillo exterior, nada podrá alterar este carácter obstinado, este soberano desdén, hijo de la conciencia del amor propio ofendido; este espíritu me indujo a levantarme contra el Omnipotente, arrastrando al furioso combate innumerables fuerzas de espíritus armados que osaron despreciar su dominio, prefiriéndome a Él y oponiendo a su poder supremo un poder contrario, hasta que en una batalla indecisa, dada en las llanuras del cielo hicieron oscilar su trono.
"¡Qué importa la pérdida del campo de batalla! Aún no está perdido todo. Conservando todavía una voluntad inflexible, una sed insaciable de venganza, un odio inmortal y un valor que no cederá ni se someterá jamás, ¿puede decirse que estamos subyugados? Ni su cólera ni su poder jamás podrán arrebatarme esta gloria; no me humillaré, no doblaré la rodilla para implorar su perdón, ni acataré un poder cuyo imperio acaba de poner en duda mi terrible brazo. ¡Eso sería una bajeza, eso sería una vergüenza y una ignominia más humillantes aún que nuestra caída! Ya que según lo dispuesto por el Destino, la fuerza de los dioses ni la sustancia celeste pueden perecer: ya que con la experiencia de este gran suceso nuestras armas, no debilitadas han ganado mucho en previsión, podemos, con esperanza de mejor éxito, determinarnos a hacer bien, sea por medio de la fuerza o por medio de la astucia, una guerra eterna, irreconciliable, a nuestro gran enemigo, que ahora triunfa, y que, en el exceso de su gozo, reina como absoluto, ejerciendo en el cielo toda su tiranía".
Así habló el ángel apóstata, aunque sumido en el dolor, vanagloriándose en alta voz, pero desgarrado por una profunda desesperación. Su orgulloso compañero le replicó:
"¡Oh príncipe! ¡Oh jefe de tantos tronos, que condujiste a la guerra bajo tu mando a los serafines ordenados en batalla! Tú, que sin espanto y en distintas acciones formidables pusiste en peligro al Rey perpetuo de los cielos ya prueba su poder supremo, ya proceda éste de la fuerza, de la casualidad, o del hado, ¡oh jefe! Bien veo y maldigo el suceso fatal de una triste derrota y una vergonzosa pérdida, que nos ha arrebatado el cielo. Todo este poderoso ejército se ve por ello sumido en una horrible destrucción, en cuanto pueden ser destruidos los dioses y las esencias divinas, porque el pensamiento y el espíritu quedan invencibles, y el vigor renace pronto, por más que se haya extinguido toda nuestra gloria y sumido aquí en una miseria infinita nuestro feliz estado. Pero ¿y si nuestro Vencedor, a quien empiezo a creer Todopoderoso, pues que sólo un poder como el suyo es capaz de domar otro como el nuestro, nos hubiese dejado por completo nuestro espíritu y nuestro vigor para que podamos sufrir y soportar con fortaleza nuestras penas, para bastar a su vengativa cólera o para prestarle aquí, como esclavos suyos por derecho de conquista, un servicio más rudo, según sus necesidades, o el corazón del infierno para trabajar en el fuego o servirle de mensajeros en el negro abismo? ¿De qué nos servirá entonces conocer que no ha disminuido nuestra fuerza o la eternidad de nuestro ser para soportar un castigo eterno?"
El Gran Enemigo respondió con precipitación:
"Querubín caído, mengua es mostrarse débil, ya en las obras, o ya en el sufrimiento. Ten por seguro que nuestra misión no consistirá nunca en hacer el bien; nuestra única delicia será siempre hacer el mal, por ser lo contrario de la alta voluntad de Aquel a quien resistimos. Si su providencia procura sacar el bien de nuestro mal, debemos trabajar para malograr este fin y hasta para encontrar en el bien medios que conduzcan al mal, lo cual podremos lograr con frecuencia de modo que quizá lleguemos a apesadumbrar al enemigo, y, ni no me equivoco, a distraer sus más profundos designios del fin a que se encaminan."
"Pero, ¡mira!, el vencedor, irritado, ha convocado otra vez en las puertas del cielo a sus ministros de persecución y de venganza: la lluvia de azufre lanzada sobre nosotros en la tempestad pasada ha allanado la ola ardiente que desde el principio del cielo nos ha recibido al caer. El trueno, con sus alas de encendidos relámpagos y sus impetuosa rabia, ha agotado quizá sus rayos y cesa ahora de mugir a través del abismo vasto y sin límites
No dejemos escapar la ocasión que nos proporciona el desdén o el furor satisfecho de nuestro enemigo. ¿Ves a lo lejos esa llanura seca, abandonada y agreste, morada de la desolación, privada de luz, a excepción de la que, pálida y espantosa, le comunica el fulgor de esas llamas lívidas y negras? Pues procuremos salir del hervidero de estas oleadas de fuego y descansemos allí, si es que allí puede existir el reposo. Reuniendo nuestras legiones afligidas, examinemos de qué modo podremos ofender a nuestro enemigo, de qué modo podremos reparar nuestra pérdida sobreponiéndonos a esta espantosa calamidad, que consuelo podremos sacar de la esperanza, o bien la resolución que nos dice nuestra desesperación".
Así habló Satanás a su más próximo compañero con la cabeza fuera de las olas, los ojos centelleantes y los demás miembros de su cuerpo, prolongados y corpulentos, flotando en un espacio de mucha extensión. Su estatura era tan enorme como la de aquel a quien llama la fábula, a causa de monstruoso cuerpo, Titán, o hijo de la Tierra, el cual hizo la guerra a Júpiter, o como las de Briareo o Tifón, que habitaba la caverna próxima a la antigua Tarso. Satanás se parecía también a Leviatán, ese monstruo marino, a quien Dios hizo el mayor de todos los seres que nadan en el Océano; monstruo que duerme muchas veces sobre las espumosas aguas noruegas y a quien el piloto de alguna pequeña embarcación extraviada en medio de las tinieblas toma por una isla, según refieren los marinos, y fija el ancla en su escamosa piel, amarrando a su costado mientras la noche envuelve el mar y retarda la deseada aurora. De una longitud tan enorme era el jefe enemigo que yacía encadenado en el lago ardiente; jamás habría podido levantarse ni sostener su cabeza sin la voluntad y el supremo permiso del Regulador de todos los cielos no le hubiera dejado en libertad de llevar a cabo sus negros designios, para que, con sus reiterados crímenes fuera amontonando sobre sí la condenación al buscar el mal de los otros, y a fin de que pudiera ver en su furia que toda su malicia no le habría servido más que para hacer brillar la infinita bondad, la gracia, la misericordia, en el nombre seducido por él y para traer sobre sí mismo un triple castigo de confusión, cólera y venganza.
De repente, el arcángel alzó sobre el lago su poderoso cuerpo y separó hacia atrás con sus manos las agudas puntas de las llamas que, rodando en forma de olas, dejaron descubierto en medio un horrible valle. Entonces, con las alas desplegadas, dirige hacia arriba su vuelo, gravitando sobre el aire sombrío, que siente un peso inusitado, hasta que aquél desciende sobre la tierra árida, si así puede llamarse la que siempre está ardiendo con un fuego sólido, como el lago arde con fuego líquido. Tales parecen por su color, cuando la violencia de un torbellino subterráneo ha derrumbado una colina arrancada del Peloro o de los abiertos costados del mugiente Etna, las entrañas combustibles e inflamantes que, concibiendo allí el fuego, son lanzadas al cielo por la energía del choque de los minerales y con la ayuda de los vientos, dejando un fondo ardiente, rodeado de corrompidos miasmas y de humo, tal fue la tierra de descanso que tocó Satanás con las plantas de sus pies malditos. Belcebú, su más cercano compañero, le sigue, vanagloriándose ambos de haber escapado como dioses de las aguas de la Estigia por su propias fuerzas recobradas y no por la tolerancia del Poder supremo.
¿Es ésta la región, el país, el clima - dijo el arcángel caído-: es ésta la mansión que debemos trocar por el cielo, esta triste oscuridad por la luz celeste? Sea, puesto que el que ahora es Soberano puede disponer y decidir lo que le parezca justo. Lo que más nos aleje de Él será lo mejor; de Él, que, igual en razón, se ha elevado por medio de la fuerza contra sus iguales. ¡Adiós campos afortunados, dono existe una felicidad eterna! ¡Salud, horrores! ¡Salud, mundo infernal! Y tú, profundo infierno, recibe a tu nuevo señor, que llega a ti con un ánimo que no podrán cambiar el tiempo ni el lugar. El espíritu lleva en sí mismo su propia morada y puede en sí mismo hacer un cielo del infierno o un infierno del cielo. ¿Qué importa el sitio donde yo resida si soy siempre el mismo y el que debo ser: si lo soy todo, aunque menor que Aquel a quien el rayo ha hecho más grande? Aquí, por lo menos, estaremos libres. El Todopoderoso no ha formado este sitio para envidiárnoslo, y no querrá, por tanto arrojarnos de él. Aquí podemos reinar con seguridad, y, según mi parecer, reinar es digno de ambición, aunque sea en el infierno; vale mas reinar en el infierno que servir en el cielo.
Pero, ¿abandonaremos a nuestros fieles amigos, a nuestros compañeros, a los que han participado de nuestra ruina, tendidos y anonadados en el lago del olvido? ¿No los llamaremos para que con nosotros compartan esta triste mansión o para que, uniendo de nuevo nuestras fuerzas, intentemos una vez más si hay algo que ganar en el cielo o perder en el infierno?"
Así habló Satanás y Belcebú le respondió:
"Jefe de los brillantes ejércitos, que por nadie sino por el Todopoderoso podían ser vencidos: si una vez más llegan a oír esa voz, la prenda más segura de su esperanza en medio de los temores y de los peligros; esa voz que ha resonado tantas veces en los más apurados trances y en el mismo peligro de la batalla cuando ésta rugía; esa voz, la más tranquilizadora señal en todos los asaltos, recobrarán de improviso un nuevo valor, y se reanimarán, aunque ahora, languidecen, gimientes y postrados en el lago de fuego, y tan desfallecidos y estupefactos como lo estábamos nosotros no ha mucho; pero ¿qué tiene de extraño, cuando hemos caído desde tan funesta altura?"
Apenas cesó Belcebú de hablar, cuando ya el Gran Enemigo se adelantaba hacia la orilla; llevaba echado hacia atrás su pesado escudo, de etéreo temple, macizo, ancho y redondo, cuya vasta circunferencia pendía de sus espaldas como la luna cuya órbita observa por la noche a través de un cristal óptico el astrónomo toscano, desde la cumbre de Fiesole o de Valdrán, para descubrir nuevas tierras, ríos y montañas en su manchada esfera. La lanza de Satanás, a cuyo lado el más alto pino cortado en las montañas de Noruega para servir de mástil a algún navío almirante no sería más que una pequeña rama, le sirve para sostener sus inseguros pasos sobre aquel suelo ardiente; ¡pasos muy diferentes de los que había dado sobre el azulado firmamento! Aquella zona abrasada, de ígnea bóveda, le causa nuevas heridas; sin embargo, él lo soporta todo hasta que llega a la orilla de aquel mar inflamado, donde se detiene.
Llama a sus legiones, formadas de ángeles caídos, que yacen tan amontonados como las hojas de otoño, que cubren los arroyos de Valleumbrosa, donde las umbrías etrurianas describen elevados arcos de follaje, o como flotan los espesos juncos cuando Orión, armado de impetuosos vientos, ha azotado las costas del mar Rojo, en cuyo mar las olas derribaron a Busiris y a la caballería de Menfis, mientras perseguía con pérfido odio a los extranjeros de Gessen, los cuales vieron desde más segura orilla las aljabas flotantes y las ruedas de los destrozados carros; de igual suerte, esparcidas, abyectas, perdidas, yacían las legiones, cubriendo el lago, asombradas del afrentoso cambio que habían experimentado.
Satanás elevó tanto la voz, que retumbó todo el ámbito del infierno:
"Príncipes, potestades, guerreros, esplendor del cielo que fue vuestro en otro tiempo y que ahora habéis perdido: ¿es posible que semejante estupor pueda apoderarse de unos espíritus eternos? ¿O es que habéis escogido este sitio después de las fatigas de la batalla para dar algún reposo a vuestro extenuado valor, movidos por el deleite que experimentáis al dormir aquí como en las llanuras del cielo? ¿Acaso habéis jurado adorar al Vencedor en esa abyecta postura? El contempla ahora a los querubines y serafines revolcándose en ese lago, con las armas y las banderas destrozadas, hasta que en breve sus rápidos ministros, descubriendo su ventajosa posición desde las puertas del cielo bajen y nos pisoteen al vernos tan postrados o no sepulten con sus rayos en el fondo de este abismo. ¡Despertaos, levantaos o permaneced caídos para siempre!
Oyéronle, y avergonzados, se levantaron sobre un ala, como los centinelas que sorprendidos por el sueño se levantan a la voz del jefe, a quien temen, y se ponen de nuevo alerta antes de haber disipado el sueño por completo. Y aun cuando no ignoraban aquellos espíritus el infeliz estado a que se veían reducidos, ni dejaban de sentir sus espantosas torturas, obedecieron, sin embargo, presurosos y unánimes, a la voz de su general.
Así como al extender su poderosa vara el hijo de Amram en un día funesto para Egipto, describió un círculo por la costa y atrajo sobre las alas de viento de Oriente una espesa nube de langostas, que se extendieron como el manto de la noche por el reino del impío faraón y anublaron todo el país del Nilo, del mismo modo la innumerable muchedumbre de aquellos ángeles malditos cubrió la bóveda del infierno entre las llamas que por todas partes los rodeaban, hasta que a una señal de la lanza elevada de su gran jefe, que les indicaba el curso que debían seguir, descendieron con un movimiento uniforme e inundaron la llanura, formando tan inmensa multitud cual no salió jamás de las heladas comarcas del populoso Norte para atravesar el Rin y el Danubio, cuando sus bárbaros hijos cayeron como un diluvio sobre el mediodía y se extendieron más allá de Gibraltar, hasta las arenas de la Libia.
Los jefes y guías de cada escuadrón y de cada hueste acudieron inmediatamente al sitio donde se había detenido su general; eran semejantes a los dioses por su estatura y por sus formas, que sobrepujaban a las de la naturaleza humana; príncipes majestuosos, potestades que ocupaban en otro tiempo su trono en el cielo, aunque en los anales celestes no se conserva ahora la memoria de sus nombres, borrados del libro de la Vida a consecuencia de su rebelión. Aún no habían adquirido sus nuevos nombres entre los hijos de Eva; pero cuando errantes sobre la tierra para atormentar al hombre con el permiso de Dios, hubieron corrompido a fuerza de imposturas, a la mayor parte del género humano, persuadieron a las criaturas a que abandonasen a Dios, su Creador, a que transformase a menudo la gloria invisible del que los había formado en la imagen de un bruto, a quien tributaban cultos varios y adornaran pomposamente de oro, y a que adorasen a los demonios como a divinidades, entonces fueron conocidos por los hombres con nombres diferentes y bajo la forma de diversos ídolos, en el mundo pagano.
Repíteme, ¡oh Musa, esos nombres entonces conocidos!, quién fue el primero y quién el último que despertó de su sueño en aquel lecho de fuego a la voz de su gran emperador; cuáles fueron los jefes que, más próximos a él en dignidad acudieron uno a uno al sitio donde se encontraba sobre la desierta playa, mientras la confusa multitud se mantenía aún apartada.
Estos jefes fueron lo que, salidos del abismo del infierno y vagando por la tierra para apoderarse de su presa, tuvieron mucho tiempo después la audacia de fijar su trono junto al de Dios, sus altares al lado de su altar, dioses adorados por las naciones comarcanas; que se atrevieron, además, a morar cerca de Jehová, cuya voz resonaba en Sión, teniendo su trono en medio de los querubines en el mismo Santuario, y con sus abominaciones y sus malditas obras profanaron sus sagrados ritos, sus fiestas solemnes, osando poner sus tinieblas a la luz de aquél.
Adelantóse primeramente Moloc, horrible rey, manchado con la sangre de los sacrificios humanos y con las lágrimas de los padres y de las madres, si bien, a causa del ruido de los tambores y timbales, apenas se oían los clamores de los hijos cuando, arrojados al fuego, se ofrecían a aquel execrable ídolo. Los amonitas le adoraron en Rabba y en su húmeda llanura, en Argob y en Bassan, hasta las más remotas corrientes del Arno; y no satisfecho de tan extensos dominios, indujo, por medio de la astucia, al sabio Salomón, a construirle un templo enfrente del templo de Dios, sobre el monte del Oprobio, dedicándole como bosque sagrado el risueño valle de Hinnom, llamado desde entonces Tofet, y la negra Gehena, verdadero tipo del infierno.
Tras Moloc siguió Camos, el obsceno terror de los hijos de Moab, que habitaban desde Aroer hasta Nebo y hasta más allá de la parte meridional del desierto de Abarim: en Hesebom y Heronaim, en el reino de Sión, y más allá de los florecientes valles de Sibma, tapizados de viñas, y en Eelalé hasta el lago Asfaltites. Camos se llamaba también Pehor, cuando en Sittim incitó a los israelitas durante su marcha por el Nilo a que le hicieran lúbricas oblaciones, que tantos males acarrearon. Desde allí extendió sus lascivas orgías hasta el monte del Escándalo, cerca del bosque del homicida Moloc, estando así la concupiscencia al lado del odio, hasta que el piadoso Josías los arrojó en el infierno.
Con estas divinidades acudieron aquellas que, desde las riberas que bañan las aguas del antiguo Eufrates hasta el torrente que separa a Egipto de la tierra de Siria llevan los nombres generales de Baal y Astarot, éstos tenidos por femeninos y aquellos por masculinos, porque los espíritus se revisten a su antojo, de uno u otro sexo o de ambos a la vez, tan tenue y sencilla es su pura esencia, que no está sujeta ni encadenada por coyunturas ni miembros, ni apoyada en la frágil fuerza de los huesos, como la pesada carne, sino que en la forma que eligen, corta o larga, brillante u oscura, pueden ejecutar resoluciones aéreas y llevar a cabo sus acciones de amor o de odio. Por estas divinidades, los hijos de Israel abandonaron muchas veces su fuerza viva y dejaron de frecuentar su altar legítimo, prosternándose vilmente ante los ojos de los dioses, animales, por cuya razón sus cabezas inclinadas del mismo modo en las batallas, se humillaron ante la lanza del más despreciable enemigo.
Vióse avanzar también, entre esta turba de divinidades a Astore, llamada por los fenicios Astarté, reina del cielo, que ostentaba por corona una media luna: las vírgenes de Sidón rendían tributo, con sus botos y sus cánticos a su brillante imagen, al resplandor de la luna. También fue reverenciada en Sión, donde se elevaba su templo en el monte de la Iniquidad, construido por aquel rey amigo de las esposas cuyo corazón, aunque grande, seducido por bellas idólatras, se postró ante sus infames ídolos.
Tras Astarté vino Tanmuz, cuya anual herida atrae al monte Líbano a las jóvenes sirias, para lamentar su destino con tiernas endechas, durante todo un día de verano, mientras que el tranquilo Adonis escapándose de su roca nativa hacia correr hacia el mar sus ondas, que suponen enrojecidas con la sangre de Tanmuz, herido todos los años. Esta amorosa historia inflamó con el mismo ardor a las hijas de Sión, cuya muelle voluptuosidad fue vista por Ezequiel bajo el sagrado pórtico, cuando, guiado por su visión, descubrieron sus ojos las negras idolatrías de la infiel Judá.
En pos de Tanmuz acudió el que lloró amargamente cuando el Arca cautiva mutiló su fea imagen y cayeron rotas, hasta las puertas del mismo templo, su cabeza y sus manos, dejando avergonzados a sus propios adoradores. Dragón es su nombre, monstruo marino, elevado con grandiosidad en Azot; fue temido en las costas de toda la Palestina, en Gath y en Ascalón y hasta en los confines de Gaza.
Siguió Rimmón, cuya deliciosa morada era la encantadora Damasco, sobre las fértiles orillas del Abbana y del Farfar, límpidas corrientes. También éste se atrevió contra la casa del Señor, una vez perdió a un leproso y conquistó a un rey, Acaz, su imbécil conquistador, a quien indujo a despreciar el altar del Señor y a colocar en su lugar otro de forma siria, sobre el cual Acaz quemó sus odiosas ofrendas y adoró a los dioses a quienes venció.
Después de estos demonios llegó la numerosa muchedumbre de aquellos conocidos en otro tiempo bajo diferentes nombres: Osiris, Isis, Orus y su sequito, monstruosos en sus formas y en sus sortilegios, abusaron del fanático Egipto y de sus sacerdotes, que se hicieron divinidades errantes, ocultas bajo formas de animales más bien que bajo formas humanas.
Israel no se libró de este contagio cuando, con un oro prestado, construyó el becerro de Oreb. El rey rebelde repitió este pecado de Betel y en Dan, asimilando a su Creador a un buey que pace; pero Jehová, a atravesar el Egipto, exterminó en una noche a todos sus primogénitos y a sus dioses mugidores.
Belial, fue el último que apareció; desde el cielo no ha caído un espíritu más impuro ni más groseramente inclinado al vicio por el vicio mismo. No tenía templos, ni se le ofrecieron sacrificios en ningún altar, y sin embargo, nadie está con más frecuencia que él en los templos y en los altares cuando el sacerdote se vuelve ateo, como los hijos de Elí, que llenaron de prostituciones y de violencias la casa de Señor. Reina también en los palacios y en las cortes, y en las ciudades disolutas, donde el ruido del escándalo, de la injuria y del ultraje se eleva sobre las más elevadas torres y cuando la noche oscurece las calles, entonces vagan los hijos de Belial, llenos de insolencia y de vino; testigos de ello son las calles de Sodoma y aquella noche en que en una puerta hospitalaria en Gaaba se expuso una matrona para evitar un rapto más odioso.
Aquellos demonios eran los primeros en categoría y en poder; en cuanto al resto, sería prolijo enumerarlo, aunque hubo algunos entre ellos que fueron célebres en remotas comarcas, dioses de Jonio, a quienes la posteridad de Javán consagró altares, pero reconocidos como dioses más recientes que el Cielo y la Tierra, sus ensalzados padres. Titán, primer hijo del cielo, con su numerosa prole y su derecho de progenitura usurpado por Saturno, más joven que él; Saturno, tratado del mismo modo por Júpiter, su propio hijo e hijo de Rea, más poderoso que él; de modo que Júpiter reinó como usurpador. Aquellos dioses conocidos desde luego en Creta y en la Ida luego en la nevada cumbre del frío Olimpo, gobernaron la región media del aire, que fue su más elevado cielo, o sobre la roca de Delfos o en Dodona y en todos los límites de la tierra dórica. Uno de ellos, con el viejo Saturno huyó por el Atlántico hasta los campos de la Hesperia, y más allá de la céltica anduvo errante por las más remotas islas.
Todos esos dioses y otros muchos acudieron en tropel, y aunque con los ojos bajos y llorosos, descubríase, sin embargo, en ellos un oscuro fulgor de gozo por haber encontrado a su jefe no desesperado todavía y por haberse encontrado ellos mismo, sin perderse, reflejaban también en el dudoso rostro de Satanás; pero recobrando en breve su acostumbrado orgullo, reanimó poco a poco, con elevadas palabras que tenían, no la realidad, sino la apariencia de la dignidad, su abatido valor y disipó sus temores.
Inmediatamente ordena que, al bélico clamor de los clarines y de las trompetas, se eleve su poderoso estandarte. Azazel, gran querubín, reclama como un derecho tan preciado honor, despliega del asta brillante la enseña imperial, que, adelantada, extendida y agitada al viento, brilla como un meteoro, con las perlas y el rico brillo del oro que dibujaban en ella las armas y los trofeos seráficos. Durante todo este tiempo, el metal sonoro dejaba escapar belicosos sonidos, a que contestó el ejército universal con un grito que desgarró la concavidad del infierno y llevó el espanto hasta más allá del imperio del Caos y de la vieja Noche.
En un momento, y a través de las tinieblas, se ven diez mil banderas que se elevan al aire ostentando sus colores orientales. Con ellas se eleva también un bosque enorme de lanzas, aparecen los cascos apiñados y los escudos se reúnen en una espesa línea de una profundidad inconmensurable. En breve se mueven los guerreros formando una falange perfecta, a los sonidos dóricos de las flautas y de los suaves oboes, sonidos que, en lugar de furor, inspiraban a los antiguos héroes, armados para el combate, un valor prudente, firme, incapaz de dejarse arrastrar, por el temor de la muerte, a una huída o a una retirada vergonzosa. Semejante armonía no carece de poder para atemperar y apaciguar con sus religiosos acordes los pensamientos tumultuosos, para ahuyentar la angustia, la duda, el espanto, el pesar y el sufrimiento de los espíritus mortales e inmortales.
Animados así por una misma fuerza, con un designio fijo, marchaban en silencio los ángeles caídos, al sonido del dulce caramillo, que hacía grato sus dolorosos pasos sobre aquel suelo abrasador, y cuando llegaron a ponerse al alcance de la vista se detuvieron, desplegando su horrible frente de una espantosa longitud, centelleante de armas; semejantes a los guerreros de otro tiempo, alineados con su escudos y lanzas, esperaban la orden que su poderoso general atuviese a bien dictarles. Satanás clava su experta mirada en las filas armadas, y bien pronto ve, a través de toda aquella legión, el aspecto ordenado de sus guerreros, sus rostros y sus tallas, como las de los dioses, y, finalmente, calcula su número.
Entonces se dilató su corazón, lleno de orgullo y, confiando más y más en su poder se glorificó, porque desde que el hombre fue creado jamás llegó a verse reunida una fuerza semejante, en cuya comparación cualquiera otra sería tan despreciable como aquella pequeña infantería combatida por las grullas, aun cuando se añadiera la raza gigantesca de Flegra, la raza heroica que luchó ante Tebas e Ilión, donde por una y otra parte se mezclaban dioses auxiliares, aun cuando se agregara lo que la novela o la fábula cuenta respecto al hijo de Utero rodeado de caballeros bretones y armoricanos, aun cuando se reunieron todos los que después, bautizados e infieles, brillaron en Damasco, Marruecos, o Trebisonda, o los que Bizerta envió desde la playa africana cuando Carlomagno fue derrotado con todos sus pares, cerca de Fuenterrabia.
Aquel ejército de espíritus, que no admitía comparación con ninguna fuerza mortal respetaba, sin embargo, a su temible jefe. Este sobrepujándolos en estatura y continente y en su soberbio y dominador aspecto se elevaba sobre una torre. Su forma no había perdido aún su resplandor primitivo, y no parecía un arcángel caído, sino un exceso de gloria oscurecido; era semejante al sol naciente que rodeado de espesos vapores se ve a través del aire brumoso, o cuando, colocado tras la luna en un sombrío eclipse esparce un crepúsculo funesto sobre la mitad de los pueblos y atormenta a los reyes con el temor que inspiran sus revoluciones; oscurecido de esta suerte, brillaba aún, el arcángel sobre todos sus compañeros.
Pero su rostro se ve surcado por las profundas cicatrices del rayo y la inquietud está pintada en su marchita mejilla; bajo sus cejas se retratan un valor indomable, un orgullo paciente y una ardiente sed de venganza. Su mirada era cruel; sin embargo, se escapaban de ellas señales de remordimientos y de compasión cuando contemplaba a los que participaron o, más bien, a los que siguieron su crimen, y que habiéndolos visto en otro tiempo diferentes en la bienaventuranza, estaban ahora condenados para siempre a tener su parte en el sufrimiento; millones de espíritus, puestos por su culpa bajo la dirección vengadora del Cielo, lanzados lejos de su eternos esplendores en castigo de su rebelión y que a pesar de haber mancillado le permanecían fieles. Así se ve a las encinas del bosque y a los pinos de la montaña cuando el fuego del cielo les ha privado de su corteza y verdor, sostener aún su tronco majestuoso, aunque desnudo, sobre abrasado páramo.
Satanás se prepara a hablar, por lo cual las dobles filas de los batallones forman un arco desde una a otra ala y le rodean sus pares, imponiéndoles silencio la atención. Tres veces intenta comenzar, y otras tantas, a despecho de su orgullo, exhala un llanto como sólo pueden derramarlo los ángeles. Por fin, entre entrecortados suspiros, pudieron abrirse paso estas palabras:
"¡Oh millares de espíritus inmortales! ¡Oh potestades a quienes sólo puede igualarse el Todopoderoso! Aquel combate no careció de gloria, por más que su resultado fuera desastroso, como lo atestiguan esta mansión y este terrible cambio que me es odioso expresar. Pero ¿qué facultad de espíritu, aun la más conocedora del presente y del pasado, hubiera podido prever y temer que la fuerza unida de tantos dioses y dioses como éstos, fuese rechazada? Y ¿quién puede creer, aun después de tal derrota, que todas estas legiones poderosas, en cuyo destierro ha quedado el cielo desierto, dejarán de alzarse de nuevo y de reconquistar la mansión donde han nacido? En cuanto a mí, todo el ejército celeste es testigo de que ni por los consejos distintos del mío ni por los peligros que haya procurado evitar han sido destruidas nuestras esperanzas. Pero el Monarca que reina en el cielo había permanecido hasta entonces sentado con seguridad en su trono, sostenido por una antigua reputación, por el consentimiento o por la costumbre, hacía plena ostentación ante nosotros de su fausto real; mas nos ocultaba su fuerza, lo que nos decidió a nuestra tentativa y causó nuestra caída.
De hoy más, ya conocemos su poder como conocemos el nuestro, de modo que no provoquemos ni rehuyamos con temor cualquier guerra a que se nos provoque. El mejor partido que nos queda es el de emplear nuestras fuerzas en un secreto designio: el de obtener por medio de la astucia y del artificio lo que la fuerza no ha alcanzado, a fin de que en adelante sepa por lo menos que un enemigo vencido por la fuerza, sólo es vencido a medias.
El espacio puede producir nuevos mundos; sobre este particular se decía en el cielo que antes de mucho tenía el Todopoderoso la intención de crear y colocar en esta creación una raza a quien favorecería con preferencia y al igual de los hijos del cielo. Allí tendrá lugar nuestra primera irrupción, aun cuando sólo sea con el objeto de explorar; porque este antro infernal no retendrá nunca cautivos a los espíritus celestiales ni el abismo los envolverá por más tiempo con sus tinieblas. Pero estos proyectos deben ser examinados en pleno consejo. No hay que esperar ya en la paz, porque, ¿quién ha de pensar en la sumisión? ¡Guerra, pues; guerra abierta u oculta es lo que debemos resolver!".
Así dijo y dos millones de querubines desenvainando sus flamígeras espadas, las agitan al aire en muestra de aprobación: el fulgor que despedían iluminó a todos los ámbitos del infierno; los demonios lanzaron gritos de rabia contra el Altísimo, y furiosos y con sus armas empuñadas, las chocaron contra sus sonoros escudos, produciendo un belicoso estrépito, y , enviando, rugientes, una especie de reto a la bóveda celeste.
A corta distancia se elevaba una colina, cuya terrible cima lanzaba por intervalos fuego y negras espirales de humo; el resto brillaba con una capa lustrosa, señal indudable de que en las entrañas de aquella colina estaba oculta una sustancia metálica, producida por el azufre. En aquella dirección se precipita, llevada en alas del viento, una numerosa hueste, semejante a los exploradores de un ejército que, armados de picos y azadones, se adelantan al campo real para atrincherar una llanura o elevar un parapeto.
Mamón los guía; Mamón el menos elevado de los espíritus caídos del cielo, porque en el cielo mismo sus miradas y sus pensamientos se dirigían siempre hacia abajo, admirando más la riqueza del pavimento del cielo, donde los pies huellan el oro, que cualquier otra cosa divina o sagrada de que allí goza la vista de los bienaventurados. El fue el primero que enseñó a los hombres a saquear el centro de la tierra, como así lo hicieron extrayendo de las entrañas de su madre unos tesoros que valdría más quedasen ocultos para siempre. La banda de Mamón abrió en breve una ancha herida en la montaña y extrajo de su ceno grandes lingotes de oro. Nadie debe admirarse de ver tantas riquezas encerradas en el fondo del infierno, pues, precisamente, su suelo es el más a propósito para tan precioso veneno. Sepan los que se vanaglorian de las cosas mortales y perecederas y que con admiración hablan de Babel y de las obras de los reyes de Menfis, sepan ahora cuán fácilmente eclipsan estos espíritus réprobos los más grandes monumentos humanos, famosos por la fuerza o el arte, ellos llevan a cabo en una hora lo que los reyes apenas acaban en un siglo con trabajos incesantes e innumerables brazos.
Cerca de allí, en la llanura, una nueva banda fundía el macizo mineral con un arte prodigioso, en muchos crisoles preparados al efecto, bajo los cuales pasa una vena de fuego líquido que salía del lago y separa cada especie, purificando de sus escorias al oro. Una tercera banda forma en la tierra, con la misma prontitud, diferentes moldes y por medio de una sorprendente desviación, llena cada uno de aquellos profundos huecos con la materia de los hirvientes crisoles; del mismo modo que un soplo de viento repartido entre las diferentes series de tubos de una órgano pone en movimiento todo su armonioso juego.
De improviso, se elevó de la tierra como una exhalación un inmenso edificio a los dulces acordes de una grata música y de plácidas voces; edificio construido como un templo, rodeado de pilastras y de columnas dóricas sobrepuestas de un arquitrabe de oro; no faltaban allí ni cornisas, ni frisos con admirables bajorrelieves; el techo era de oro cincelado. Ni Babilonia ni Menfis, cuando estaban en todo su esplendor, llegaron a igualar semejante magnificencia para rendir culto a Belo y a Serapis, sus dioses, o para entronizar a sus reyes, cuando Egipto y Asiria rivalizaban en lujo y en riquezas.
Aquella mole ascendente se detuvo en cuanto fijó su majestuosa altura, e inmediatamente las puertas, abriendo sus hojas de bronce, dejaron ver interiormente un anchuroso espacio cuyo pavimento era nivelado y terso. Del arco de la bóveda pendían con sutil magia muchas hileras de lámparas luminosas y brillantes fanales, que, alimentados con asfalto y nafta, producían una luz igual a la del cielo.
La presurosa multitud penetra en él llena de admiración: unos, alaban la obra; otros, el artista. La mano del arquitecto fue conocida en el cielo por la construcción de muchas y elevadas torres, donde residían como reyes los ángeles y disfrutaban de todos los honores de príncipes: el Monarca supremo los elevó a tal poder, y les encargó el gobierno de las milicias celestiales según su respectiva jerarquía.
No fue menos conocido ni careció de adoradores en Grecia, el mismo arquitecto, y en la tierra de Ausonia los hombres le llamaron Mulciber. La fábula refiere cómo fue precipitado desde el cielo, arrojado por el irritado Júpiter por encima de sus cristalinos muros: rodando desde la mañana hasta el mediodía, y desde el mediodía hasta la noche de un día de estío, al ponerse el sol fue a parar desde el cenit, como una estrella caída a Lemnos, isla de la Egea; así lo referían los hombres, equivocadamente, porque la caída de Mulciber, con esta banda rebelde, tuvo lugar mucho tiempo antes. De nada le sirvió entonces haber elevado altas torres en el cielo; no pudo salvarse con ayuda de artificios, pues se vio precipitado a la cabeza de su horda industriosa para trabajar en los infiernos.
Los alados heraldos, obedeciendo la orden emanada de su poderoso soberano, anuncian a todo el ejército con un formidable aparato y al sonido de las trompetas la convocación de un consejo solemne que debía celebrarse inmediatamente en el Pandemónium, la gran capital de Satanás y de sus pares. A este consejo son llamados los más dignos en categoría y en mérito de cada hueste y de cada legión, los cuales acuden en seguida, en grupos de cien y de mil, con su correspondiente séquito. Todas las avenidas viéronse obstruidas, inundáronse las puertas y los anchos vestíbulos, pero más especialmente la inmensa sala, que se asemejaba a aquellos campos cerrados, en donde los valientes campeones solían cabalgar armados, desafiar a la flor de la caballería pagana a un combate a muerte o correr una lanza. Aquel numeroso enjambre, que hormiguea a la vez en la tierra y en el aire, deja oír a lo lejos una especie de silbido producido por el movimiento de sus alas. Así como en la primavera, cuando el Sol sigue su curso por el signo del Toro, las abejas hacen salir en grupos y en torno de las colmenas a su numerosa progenie y revolotean aquí y allá entre el fresco rocío y las flores o se pasean sobre una tabla unida, que forma como en antemural de su ciudadela de paja, recientemente perfumada de aromas, discurriendo y deliberando sobre sus asuntos de Estado, del mismo modo y tan espesa como ellas era la turba aérea que allí hormigueaba y se mantenía unida hasta el momento en que se dio la señal convenida.
Pero, ¡oh asombro!, los que hasta entonces parecían sobrepujar a los gigantes, hijos de la Tierra se apiñan ahora, más pequeños que los más diminutos enanos y en considerable número, en un espacio estrecho; parécense a la raza de los pigmeos, que existen más allá de las montañas de la India o más bien a las hadas reunidas en su nocturna orgía, a la orilla de un bosque o de una fuente, que ve o sueña ver un campesino extraviado, mientras la Luna que distinguía antes sobre su cabeza declina más hacia la Tierra su pálido curso; entretenidos aquellos espíritus ligeros en sus danzas o en sus juegos, halagan con una música agradable los oídos del campesino, cuyo corazón late a la vez de gozo y de espanto.
De esta suerte, aquellos espíritus incorpóreos redujeron a la menor proporción su inmensa estatura y se fueron colocando, innumerables siempre, por la sala de aquella coste infernal. Pero en un departamento retirado, conservando sus propias dimensiones, esto es, permaneciendo como antes eran, los grandes señores seráficos y los querubines se reunieron en secreto conclave y mis semidioses sentados en sillas de oro, formaron un consejo numeroso y completo. Después de un corto silencio y leída la convocatoria, dio principio la gran deliberación.
Elevado sobre un trono de regia magnificencia, que sobrepujaba en esplendor a las riquezas de Ormuz y de la India o a las de las comarcas del espléndido Oriente, cuya mano pródiga hacía llover sobre sus bárbaros reyes las perlas y el oro, vese sentado a Satanás, a quien su mérito había hecho merecedor de tan funesta preeminencia. A pesar de que su desesperación le había exaltado aún más de lo que podía esperar, aspiraba todavía a mayor elevación, empeñado en alcanzar una vana gloria contra los cielos, y sin que le hubieran servido de experiencia los sucesos pasados, su soberbia imaginación le dictó estas palabras:
"¡Potestades y dominaciones! ¡Divinidades del cielo!: Ya que no hay profundidad que pueda contener en sus abismos nuestro vigor inmortal, por más que estemos caídos y oprimidos, no considero todavía perdido el cielo para nosotros. Después de esta humillación, las virtudes celestiales, levantándose de su caída, se elevarán con más gloria y más formidables y en adelante no tendrán que temer una nueva catástrofe. Un justo derecho y las leyes fijadas por el Cielo me han designado de antemano para jefe vuestro; después, vuestra libre elección me ha confirmado este puesto, así como también lo he adquirido con mi valor y mis consejos; nuestra desgracia, por tanto, ha logrado hasta aquí una buena reparación puesto que merced a ella me veo establecido con seguridad en un trono no envidiado por nadie y cedido con pleno consentimiento. El favor del Cielo y las gracias que distribuye a sus elegidos, en diferente grado, excitan, naturalmente, entre ellos una secreta envidia, pero aquí, ¿quién ha de envidiar al que, ocupando el puesto más elevado, se halla más expuesto a los rayos del Tonante y está condenado por lo mismo a tener la mayor parte en nuestros interminables tormentos? Donde no hay ningún bien que disputar, no puede originarse querella alguna entre las facciones porque es seguro que nadie reclamará la preeminencia en el infierno: nadie, a quien haya cabido una pequeña parte en nuestra actual desgracia, deseará, por ambicioso que sea, una desgracia mayor. Contando, pues, a favor nuestro con la ventaja de la unión, con esta fidelidad constante y con esta concordia más firme que la puede existir en el cielo, venimos a reclamar la justa herencia que antes poseíamos, más seguros de prosperar que si la misma prosperidad nos lo asegurara. Ahora bien; ¿qué camino es el mejor? ¿La guerra abierta o la oculta? Esto es lo que hemos de discutir. Hable, pues, el que se considere suficientemente capaz de emitir un dictamen".
Calló Satanás y Moloc que estaba cerca de él con el cetro en la mano, se levantó: Moloc, el más fuerte, el más furioso de los espíritus que combatieron en el cielo, y ahora más furioso todavía por su desesperación.
Tenía la audaz pretensión de juzgarse igual en fuerza al Eterno, y, antes que ser menos que él preferiría no existir; no cuidando de su existencia, se creía libre de todo temor. No tenía para nada en cuenta a Dios, ni al infierno, ni a otra cosa peor que el infierno, así es que, en tal disposición, pronunció estas palabras:
Mi dictamen está a favor de la guerra abierta; tengo muy poca experiencia en los ardides, pero tampoco me vanaglorio de ello. Conspiren los que tengan necesidad de hacerlo; pero cuando sea preciso, no en la ocasión presente, porque mientras ellos estén fraguando tranquilamente sus planes, ¿han de verse millones de espíritus, que permanecen de pie, armados y suspiran por oír la señal de marcha, languideciendo aquí, fugitivos del cielo, y aceptando por morada esta sombría, infame y vergonzosa caverna, prisión de una tiranía que reina por nuestra negligencia? No: antes armados con el furor y las llamas del infierno, y, estrechamente unidos, abrámonos un paso irresistible a través de las murallas del cielo, transformando nuestras torturas en armas terribles para el autor de ellas. Entonces oirá el trueno infernal, respondiendo al estridor de su rayo omnipotente, y en vez de relámpagos verá un fuego negro mezclado de horror, lanzado con igual furor entre sus ángeles y su mismo trono envuelto por el azufre del Tártato y por una llama extraña, tormentos todos inventados por él mismo. ¡Pero quizá parezca demasiado áspero y rudo el camino para llegar con seguro vuelo hasta un enemigo tan elevado! Los que así lo crean pueden recordar, si es que el soporífero brebaje de este lago de olvido no les entorpece aún más, que nos elevamos por nuestro propio impulso hacia nuestro asiento natal, y que el descenso y la caída son contrarios a nuestra esencia. Cuando nuestro orgulloso enemigo perseguía no ha mucho a nuestra destrozada retaguardia, insultándonos, y acordándonos a través del abismo, ¿quién de vosotros no ha experimentado con qué violencia y con qué trabajoso vuelo descendíamos hasta tan abajo? El ascenso, pues, es fácil.
"Se teme por el éxito y, por tanto, habrá tal vez quien vacile en provocar al que es más fuerte que nosotros por miedo de que adopte en su cólera el peor miedo que puede encontrar para nuestra destrucción, si es que en el infierno puede existir el temor de vernos más destruidos. Pero ¿qué cosa habrá peor que habitar aquí, privados de la felicidad, condenados en este abismo odios a una eterna desgracia, en este abismo en donde los ardores de un fuego inextinguible deben afligirnos sin esperanza de ver su fin, a nosotros los vasallos de la cólera, cuando el inexorable laguito y la hora de la tortura nos llamen al castigo? Ninguna fuerza creada podría soportar tormentos mayores que nos aniquilarían del todo, y, por consiguiente, deberíamos expirar. ¿Qué tememos, pues? ¿Por qué hemos de titubear en excitar su mayor enojo, que, llegado al último límite de su furor, nos consumiría, reduciendo al mismo tiempo a la nada nuestra sustancia? Mucho más dichosos podríamos entonces considerarnos que siendo, como ahora, miserables, al par que eternos? De otra suerte, si nuestra naturaleza es realmente divina y no puede dejar de serlo, no s vemos en la peor condición de la nada; pero tenemos la prueba de que nuestro poder basta para turbar su cielo y para extender la alarma con nuestra perpetuas incursiones en torno de su trono fatal, aunque inaccesible: si esto no es victoria, por lo menos nos habremos vengado".
Terminó su discurso frunciendo el entrecejo y brillando en sus ojos una venganza desesperada una guerra peligrosa para todo lo que fuera menos que los dioses. De lado opuesto se levantó Belial, con su continente más gracioso y humano.
Los cielos no han perdido criatura más hermosa: parecía haber sido creado para las dignidades y los más grandes hechos: pero en él todo era ficción y vanidad, por más que su lengua destilase maná y por más que hiciera pasar el peor dictamen por el mejor, embrollando y desconcertando los planes mejor concebidos, porque sus pensamientos eran bajos; ingenioso para el vicio, pero temeroso y lento para las acciones más nobles; sin embargo de esto, halagaba los oídos, y con un acento persuasivo, empezó de esta suerte:
"Me decidiría, ¡oh príncipes!, por la guerra abierta, porque a nadie cedo en cuestión de odio, si lo que se ha alegado como principal razón para resolvernos a una guerra inmediata no fuera lo más a propósito para disuadirme de ello y no me pareciera de muy mal agüero para cualquier éxito: el que más sobresale en hechos de armas, lleno de desconfianza en aquello que aconseja y en lo que sobresale, funda su valor en la desesperación y en un aniquilamiento como el único objeto que distingue tras una cruel revancha. Ahora bien, ante todo decidme: ¿qué desquite podemos tomar? Las torres del cielo están llenas de guardias armados, que hacen imposible todo acceso. Sus legiones acampan con frecuencia al borde mismo del abismo, y con un vuelo ligero exploran en toda su extensión los reinos de la noche, sin temor de ser sorprendidos. Aun cuando por medio de la fuerza nos abriéramos un camino, aun cuando todo el infierno se lanzara tras nosotros en la más negra insurrección para oscurecer la luz pura del cielo, nuestro gran enemigo permanecería incorruptible sobre su trono inmaculado, y la sustancia etérea, incapaz de mancha alguna, sabría en breve reparar el mal que la hiciéramos y victoriosa purificar el cielo del fuego interior.
Rechazados de esta suerte, nuestra última esperanza consistiría en una cobarde desesperación.
¿Deberemos, pues, excitar al vencedor Todopoderoso a agotar su rabia y a acabar con nosotros? ¿Deberemos cifrar nuestro anhelo en dejar de existir? ¡Triste anhelo!, porque ¿quién querría perder, por más que estén llenos de dolor, esta sustancia intelectual, estos pensamientos errantes a través de la eternidad, para perecer sepultados y perdidos en las anchurosas entrañas de una noche increada, privados de sensación y movimiento? Y ¿quién sabe, si por más que esto nos conviniera, nuestro irritado enemigo puede y quiere anonadarnos? Que lo pueda, es dudoso; que no lo querrá nunca, es seguro. ¿Consentirá siendo tan sabio, en renunciar a la vez a su ira, al parecer por impotencia o distracción, para conceder a sus enemigos lo que desean y para aniquilar en su cólera a los que su cólera salva con objeto de castigarlos sin tregua?
¿Quién nos detiene?, dicen los que aconsejan la guerra. Estamos juzgados, reservados y destinados a una desgracia eterna. Por más que hagamos, ¿qué podemos sufrir, qué sufrimiento será, peor que éste?
¿Es, acaso la peor de las condiciones estar sentados como estamos deliberando y armados? ¡Ah! cuando huíamos con todo nuestro vigor, perseguidos y abrasados por el aflictivo rayo del cielo, y cuando suplicábamos al abismo que nos diese un abrigo, este infierno nos parecía un refugio contra nuestras heridas, y cuando nos vimos encadenados en ese lago ardiente, ¿no era mucho peor nuestro estado? ¿Qué sucedería si despertase de nuevo el hálito que encendió esas pálidas llamas, y comunicándoles una séptubla rabia, nos arrojara de nuevo en ellas, o si allá arriba la interrumpida venganza armara de nuevo su encendida diestra con los rayos que nos han causado tan profundas heridas? ¿Qué sería de nosotros si todos los tesoros de su cólera se abrieran y si el firmamento que cubre el infierno derramara sus cataratas de fuego; horrores suspendidos sobre nuestras cabezas, que nos amenazan con caer un día sobre nosotros? Mientras que proyectamos o aconsejamos una guerra gloriosa, arrastrados quizá por una ardiente tempestad, cada uno de nosotros se verá arrojado e incrustado sobre una roca, siendo juguete y presa de desgarradores torbellinos, o sepultado para siempre y encadenado en ese océano hirviente. Una vez allí, conversaremos con nuestros eternos suspiros, sin reposo, sin misericordia, sin descanso, durante siglos, cuyo fin no podemos esperar; nuestra condición entonces sería peor.
Mi voz os disuadirá de una guerra abierta, lo mismo que de una oculta, porque ¿qué pueden contra Dios la fuerza o la astucia, o quién puede engañar el espíritu de Aquel cuyos ojos lo abarcan todos con una sola mirada? Desde la altura de los cielos, nos ve y se ríe de nuestras vanas deliberaciones, no menos omnipotente para resistir a nuestras fuerzas que hábil para burlar nuestras astucias y complots.
Pero ¿hemos de vivir envilecidos de esta suerte? ¿La raza del cielo permanecerá hollada de este modo, desterrada, condenada a soportar aquí estas cadenas y estos tormentos?... Según mi parecer, esto es preferible a cualquier otra cosa peor, puesto que nos vemos subyugados, por el inexorable hado y sus omnipotentes decretos, a la volunta del vencedor. Nuestra fuerza es igual, tanto para sufrir como para obras: la ley que así lo ha ordenado no es injusta; así debíamos haberlo comprendido desde el principio si al combatir contra tan gran enemigo y cuando lo que había de suceder era dudoso, hubiéramos obrado con prudencia.
Yo me río cuando aquellos que son atrevidos y hábiles en el manejo de la lanza, se abaten al faltarles ésta, y temen soportar lo que demasiado deben haber previsto: esto es, el destierro, o la ignominia, o las cadenas, o los castigos a que, en uso de sus derechos, los condena el vencedor.
Tal es en la actualidad nuestra suerte y si podemos someternos a ella y soportarla, nuestro supremo Enemigo podrá, con el tiempo mitigar su cólera y, quizá, estando tan lejos de su presencia y no ofendiéndole más, no pensará en nosotros, satisfecho con el castigo que hemos experimentado. Entonces se templará ese fuego abrasador, si su aliento no aviva la llama y nuestra sustancia, purificada ya, soportará ese vapor insoportable, o acostumbrada a él, no lo percibirá; o más bien, alterada con el tiempo y amoldándose a estos sitios en temperamento y en naturaleza, se familiarizará con ese punzantes ardor que carecerá de pena; el horror se convertirá en dulzura y la oscuridad en luz. Debemos esperar, además, en lo que el infinito vuelo de los días venideros puede traernos y fijar nuestra atención en los cambios de probabilidades que sobrevengan, ya que nuestra suerte actual puede pasar por dichosa, aunque sea mala, y que de mala no llegará a ser peor, si nosotros mismos no nos procuramos mayores desgracias".
De este modo aconsejaba Belial, con palabras disfrazadas bajo el manto de la razón, un innoble reposo, una bajeza indigna, pero no la paz. Después de él, Mamón dijo:
"Hacemos la guerra, si la guerra es el mejor partido, o para destronar al Rey del cielo, o para reconquistar nuestros derechos perdidos. Podemos alimentar la esperanza de destronar al Rey del cielo, cuando el Destino, de eterna duración, ceda su puesto al inconstante Acaso, y cuando el Caos dirima la contienda. En vano es que esperemos el primer caso, prueba de que el segundo es también vano; porque ¿existe acaso para nosotros un puesto en toda la extensión del cielo, a menos que subyuguemos a su Monarca supremo? Supongamos que se apiade de nosotros, que nos perdone bajo la promesa de una nueva sumisión: ¿con qué rostro podríamos permanecer humillados en su presencia, recibir la orden, estrictamente impuesta, de glorificar su trono, murmurando himnos, cantando a su divinidad, aleluya, forzados, mientras él ocupe imperiosamente su trono envidiado y mientras su altar exhale perfumes de ambrosía y flores de ambrosía, serviles ofrendas nuestras? Esa será nuestra misión en el cielo, ésas nuestras delicias. ¡Oh, cuán enojosa debe de ser una eternidad empleada en ofrecer adoraciones a quien se odia!
No intentemos alcanzar por medio de la fuerza lo que, aun obtenido por el consentimiento, sería inaceptable, hasta en el cielo: el honor de un espléndido vasallaje. Busquemos con preferencia nuestro bien en nosotros mismos y vivamos en este vasto retiro para nosotros mismos, libres, sin tener que dar cuenta a nadie de nuestras acciones, prefiriendo una dura libertad al ligero yugo de una pompa servil. Entonces se echará más de ver nuestra grandeza, cuando hagamos salir lo útil de los nocivo, un estado próspero de una fortuna adversa; cuando, doquiera que sea, luchemos con el mal y consigamos nuestro bienestar por medio del trabajo y de la paciencia.
¿Tomaremos por ventura ese mundo profundo de oscuridad? ¡Cuántas veces se ha complacido el Soberano Señor del cielo en residir entre negras y densas nubes sin oscurecer su gloria, en rodear su trono con la majestad de las tinieblas, donde rugen los profundos truenos con reconcentrada rabia, de tal modo que el cielo entonces se asemeja al infierno! Así como imita nuestra noche, ¿no podemos nosotros imitar su luz cuando nos plazca? Este desierto suelo no carece de tesoros ocultos, de oro y de diamantes; no carecemos tampoco de habilidad o de arte para utilizarnos de su magnificencia; ¿qué más puede ofrecernos el Cielo? Nuestros suplicios, por el transcurso de los tiempos, pueden llegar a ser nuestro elemento; estas ardientes llamas parecernos tan benignas como crueles hoy; nuestra naturaleza puede convertirse en la suya, lo cual debe, necesariamente, alejar de nosotros el sentimiento del dolor. Todo nos invita, pues, a que adoptemos una resolución pacífica ya a que establezcamos un orden duradero; examinemos con detenimiento cómo podemos dulcificar mejor nuestros males presentes, atendido lo que somos y el sitio en que nos encontramos, renunciando enteramente a toda idea de guerra. Este es mi parecer".
Apenas había cesado de hablar, cuando se elevó un murmullo en la asamblea, semejante al que se oye cuando las concavidades de los vientos tumultuosos, que después de haber agitado el mar durante la noche, adormecen con su ronca cadencia a los marinos extenuados de fatiga, cuya barca no ha podido, afortunadamente, echar el ancla después de la tempestad en una bahía llena de escollos; del mismo modo resonaron los aplausos cuando Mamón acabó su discurso, que aconsejaba una resolución agradable y pacífica, porque los espíritus rebeldes temían más encontrarse en otra vez en el campo de batalla que en el infierno; tanto era el miedo que les infundía el rayo y la espada de Miguel. Además, deseaban fundar aquel imperio inferior, que podría ser con la política y el largo transcurso del tiempo rival del Imperio del cielo.
Cuando Belcebú advirtió esta disposición (nadie excepto Satanás, ocupa una categoría tan elevada como él), se levantó con grave ademán y al levantarse parecía una columna del Estado. Los cuidados públicos y la reflexión se veían profundamente grabados en su frente, y en sus facciones majestuosas, aunque desfiguradas, se leían las sabias decisiones de un rey. Arrogante y severo, mostraba sus hombros de Atlas capaces de soportar el peso de las más poderosas monarquías. Su mirada domina al auditorio, y mientras habla permanece todo él tan tranquilo y silencioso como la noche o como el aire del mediodía en la calurosa estación.
"Tronos y potestades imperiales, hijos de cielo, virtudes etéreas, ¿debemos renunciar a nuestros títulos y cambiando de estilo, llamarnos príncipes del infierno? Sin duda habrá de ser así, pues según veo, el voto popular se inclina a permanecer aquí y fundar en este sitio un imperio creciente; pero mientras incurrimos en tal error, ¿sabemos por ventura si el Rey del cielo nos ha designado este lugar, este calabozo, no como un retiro seguro, fuera del alcance de su brazo poderoso, para vivir en él exentos de la alta jurisdicción del cielo, en nueva liga formada contra su trono, sino para permanecer aquí y fundar en este sitio un imperio creciente; pero mientras incurrimos en tal error, ¿sabemos por ventura si el Rey del cielo nos ha designado este lugar, este calabozo, no como un retiro seguro, fuera del alcance de su brazo poderoso, para vivir en él exentos de la alta jurisdicción del cielo, en nueva liga formada contra su trono, sino para permanecer en la más dura esclavitud, aunque apartado de Él y bajo el yugo ineludible reservado a esta cautiva multitud? En cuanto a Él, tened por cierto que, tanto en la altura de los cielos como en la profundidad del abismo, reinará el primero y el último como único Rey, no habiendo perdido por nuestra rebelión la más mínima parte de su majestad soberana. Extenderá aún más su Imperio sobre el infierno y nos gobernará aquí con un cetro de hierro, como gobierna a los habitantes del cielo con un cetro de oro.
¿A qué viene, pues, permanecer aquí deliberando sobre la paz o la guerra? Nos determinamos por ésta, y hemos sido destrozados con una pérdida irreparable. Nadie ha pedido o implorado aún condiciones de paz, porque ¿cuál sería la que se concediese a esclavos cómo nosotros, sino duros calabozos, y golpes y castigos arbitrariamente impuesto? Y ¿qué paz podemos dar a cambio sino la que de nosotros debe esperarse, es decir: hostilidades y odio, repugnancia invencible, y venganza aunque tardía, conspirando siempre para buscar los medios de impedir que el Conquistador se aproveche de su conquista y pueda recrearse en los tormentos que sufrimos y no sentimos más? No nos faltará la ocasión: no tendremos necesidad de emprender una expedición peligrosa para invadir el cielo, cuyas altas murallas no temen sitios ni asaltos, ni las emboscadas del infierno.
¿No nos sería posible encontrar otro medio más fácil? Si la antigua y profética tradición del cielo no es falsa, existe una región, un mundo, morada dichosa de una nueva criatura llamada Hombre. En estos tiempos, a poca diferencia, ha debido ser creada semejante a nosotros, aunque inferior en poderío y en excelencia, pero más favorecida por aquel que lo dirige todo allá arriba. Tal ha sido la voluntad del Todopoderoso declarada ante los dioses, y confirmada por un juramento que conmovió la vasta extensión del cielo. Hacia este sitio deben dirigirse todos nuestros pensamientos, a fin de saber qué criaturas habitan aquel mundo; que forma y qué sustancia son las suyas; cuál es su poder y su debilidad, y si debemos atacarlas más bien por la astucia que por la fuerza. Aunque el cielo esté cerrado para nosotros y su soberano Arbitro resida en él con seguridad, confiado en su propias fuerzas, la nueva morada puede estar abierta en los confines más remotos del reino de ese Monarca y abandonada a la defensa de los que la habitan, allí podríamos quizá llevar a cabo alguna aventura provechosa por medio de un imprevisto ataque, ya devastando con el fuego del infierno su creación entera, ya apoderándonos de ella como de nuestro propio bien y arrojando, del mismo modo que hemos sido arrojados, a sus débiles poseedores, o si no los arrojamos, podremos atraerlos a nuestro partido, de modo que su Dios se convierta en su enemigo y con mano arrepentida destruya su propia obra. Esto sería mucho mejor que una venganza ordinaria, porque acibaría el placer que nuestra confusión causa al vencedor: de su turbación nacería nuestro gozo, cuando viera que su hijos queridos, precipitados en este sitio para sufrir con nosotros, maldecirían su frágil ser y su dicha, tan pronto marchita. Reflexionad si este proyecto vale la pena de intentarse o si debemos más bien permanecer aquí rodeados de tinieblas, pensando en fundar vanos imperios"
Tal fue el diabólico consejo que dio Belcebú, consejo imaginado de antemano y propuesto en parte por Satanás. Porque ¿de quién sino del autor de todo mal, podía preceder la perversa idea de herir en su raíz a la razón humana, de mezclar y confundir a la Tierra con el infierno, y todo esto sólo para contristar al Creador? Pero la malicia infernal no servirá más que para aumentar su gloria. Tan atrevido proyecto agradó sobre manera a aquellas potestades infernales y el gozo brilló en todos los ojos, por consiguiente, la aprobación fue unánime. Belcebú tomó de nuevo la palabra:
"¡Habéis discutido y terminado bien este largo debate, sínodo de los dioses! Habéis resuelto una cosa tan grandes como vosotros mismos, una cosa que, desde lo más profundo del abismo nos elevará de nuevo, a despecho de la suerte, a nuestra antigua morada. Quizá a la vista de aquellas fronteras brillantes, con nuestras armas preparadas y una incursión oportuna, tengamos probabilidades de entrar en el cielo, o por lo menos de habitar con seguridad en una zona templada, sin dejar de ser visitados por la hermosa luz del día: el brillante rayo del esplendoroso Oriente nos librará de esta oscuridad y exhalará su balsámico aliento el aura dulce y deliciosa para curar las heridas que nos causa este fuego corrosivo.
Pero ante todo, ¿a quién juzgaremos capaz de semejante empresa? ¿Quién sondeará con paso vacilante el abismo sombrío, infinito, sin fondo y encontrará un camino salvaje a través de la palpable oscuridad? O ¿quién desplegará su aéreo vuelo sostenido por infatigables alas, sobre el precipicio vacío e inmenso, antes de llegar a la dichosa isla? ¿Qué fuerza, qué arte pueden bastarle entonces? ¿Qué secreta evasión le hará pasar con seguridad a través de los apiñados centinelas y las infinitas avanzadas de ángeles vigilantes en derredor? Preciso le será entonces valerse de toda su prudencia y preciso nos será a nosotros sufragios, porque todo el peso de nuestra última esperanza descansará sobre el que enviemos".
Dicho esto, se sentó y la expectación mantuvo en suspenso su mirada aguardando que se presentara alguno para secundar, combatir o emprender la peligrosa aventura; pero todos permanecieron sentados y mudos, pesando profundamente en su imaginación los riesgos que se correrían y leyendo cada cual con asombro su propio desaliento en el aspecto de los demás. Entre los más escogidos campeones que combatieron contra el Cielo, no se pudo encontrar uno solo bastante atrevido para reclamar o aceptar para sí solo tan terrible expedición, hasta que, por último, Satanás, a quien una gloria trascendental coloca ahora muy por encima de sus demás compañeros, con un orgullo regio y lleno de la conciencia de su elevado mérito, habló sin inmutarse de esta suerte:
"¡Oh progenio del cielo, tronos empíreos! Con razón hemos quedado silenciosos y mudos de asombro, aunque no intimidados. El camino que desde el infierno conduce a la luz es largo y escabroso; nuestra prisión es fuerte; esta enorme bóveda de fuego, violento y devorador, nos rodea nueve veces y las puertas, de encendido diamante, reforzadas contra nosotros, nos prohíben toda salida. Una vez atravesados sus umbrales, si hay alguien que pueda atravesarlos, el vacío profundo de una noche informe le recibe en sus entreabiertas fauces y amenaza con la total destrucción de su ser al que se sumerja en aquel horroroso antro. Si desde allí el explorador logra escapar a un mundo cualquiera, o a una región desconocida, ¿qué le queda sino peligros desconocidos o una evasión difícil? Pero no merecería yo el honor de sentarme en ese trono, ¡oh pares!, sería indigno de esta soberanía imperial, rodeada de esplendor y armada de tal poder, si la dificultad o el peligro que ofrezca una cosa propuesta o calificada de utilidad pública pudiera disuadirme de emprenderla. Puesto que asumo en mí las dignidades regias y no me niego a reinar, tampoco debo negarme a aceptar una parte tan grande de peligros como de honores, parte igualmente debida al que reina, y que se le debe tanto más cuanto más elevado es el lugar que ocupa entre todos.
Id, pues, tronos poderosos, que, aunque caídos, sois todavía terror del Cielo, id a inquirir lo que en nuestra morada (en tanto que este lugar lo sea) mejor puede aliviar la miseria presente, y hacer más soportable el infierno, si es que existe algún medio o algún encanto para suspender, desviar o calmar los tormentos de esta horrible mansión. No ceséis en vuestra vigilancia contra un enemigo que vela, en tanto que, recorriendo yo las apartadas playas de la negra desolación, busco la libertad de todo. Nadie tomará parte conmigo en esta empresa."
Al decir estas palabras, el monarca se levantó previniendo así toda respuesta; en su sagacidad, teme que los demás jefes, animados con su resolución, vengan ahora a ofrecer (seguros de una negativa) lo que antes les había inspirado temor, pues de estas suerte podrían llegar a ser rivales en la opinión, comprando a bajo precio la gloria que él debía conquistar a costa de inmensos peligros.
Pero los espíritus rebeldes temían tanto aquella aventura como la voz que prohibía tomar parte en ella y dejaron su asiento al mismo tiempo que Satanás; el ruido que produjeron al levantarse todos a la vez fue como el del trueno, percibido desde lejos. Se inclinaron ante su general con una veneración respetuosa y le ensalzaron como a un dios igual al Altísimo, que es el más elevado del cielo. No dejaron de expresar, por medio de sus alabanzas, cuánto apreciaban al que por la salud general, despreciaba la suya, porque los espíritus réprobos no pierden toda su virtud, como los malvados que se envanecen en la Tierra, de aquellas acciones especiosas que excitan a una vanagloria o que una secreta ambición cubre con cierto barniz de celo.
De esta suerte terminaron las sombrías y dudosas deliberaciones de los demonios, que se regocijaban al tener tan incomparable jefe; del mismo modo, cuando al esparcirse las nubes tenebrosas desde la cumbre de las montañas, mientras el aquilón duerme, y después de cubrir la risueña faz del cielo, derraman sobre el oscurecido paisaje la nieve o la lluvia, si por casualidad el sol brillante, antes de ocultarse, prolonga uno de sus rayos de la tarde, las campiñas reviven, las aves renuevan sus cantos y las ovejas, con sus balidos demuestran su alegría, que resuena en las colinas y en los valles. ¡Vergüenza para los hombres! El demonio se unió al demonio condenado en una firme concordia y los hombres, únicas criaturas racionales de todas las creadas no pueden entenderse, a pesar de esperar en la gracia divina, a pesar de que Dios proclama la paz, viven alimentando entre ellos el odio, la enemistad y las querellas; se declaran guerras crueles y devastan la Tierra para destruirse unos a otros, como si (lo que debería establecer entre nosotros la concordia) el hombre no tuviera bastantes enemigos infernales que velan noche y día por su destrucción.
Disuelto aquel consejo estigiano, los poderosos próceres infernales salieron en buen orden: en medio de ellos iba su gran soberano, que parecía, por su aspecto, el único antagonista del cielo, no menos que el emperador formidable del infierno; en torno suyo, y con una pompa suprema y una majestad a imitación de la de Dios, le encierra un globo de ardientes querubines, con blasonados estandarte y terribles armas. Entonces mándase proclamar al sonido de las trompetas reales el gran resultado de la sesión que acaba de terminar, y cuatro rápidos querubines, aplicando a su boca el sonoro metal, dirigen a los cuatro vientos sus sonidos, que explica la voz de un heraldo; el profundo abismo los oye hasta una gran distancia, y todas las huestes del infierno contestan con atronadores gritos y grandes aclamaciones.
Más tranquilizados ya los espíritus y reanimados en parte por una falsa y presuntuosa esperanza, disuélvense los formados batallones; cada demonio toma a la aventura diferente camino según que por él le conduce a la incertidumbre o a una triste elección, dirigiéndose donde con más verosimilitud cree poder dar tregua a sus agitados pensamientos y pasar las enojosas horas hasta la vuelta del gran jefe.
Unos corriendo en rápida carrera por la llanura o elevándose por los aires con raudo vuelo, luchan como en los juegos olímpicos o en los campos píticos; otros refrenan sus corceles ardientes, o evitan las metas con sus ruedas rápidas, o alinean el frente de los escuadrones; de mismo modo suele representar el cielo en las turbadas nubes, para aviso de las ciudades orgullosas, la imagen de la guerra, figurando ejércitos que se precipitan unos contra otros; los caballeros aéreos de cada vanguardia avanzan lanza en ristre, hasta confundirse las espesas legiones, mientras que de un extremo a toro del Empíreo, se ve ardiendo el firmamento con estos hechos de armas.
Otros espíritus más crueles, con una inmensa rabia, propia de Tifeo, arrancan colinas y peñascos y se lanzan en torbellinos por el aire; el infierno apenas puede contener tan horrible tumulto. Del mismo modo, Alcides, al volver de Escalia, coronado por la victoria, y al sentir el efecto de la envenenada túnica, arrancó en su dolor los pinos de la Tesalia y arrojó a Lícas en el mar de Eubea desde la cumbre del Eta.
Otros espíritus más tranquilos, retirados a un valle silencioso y acompañándose de arpas que producen angelicales sonidos, cantan sus propios combates heroicos y la desgracia de su caída debida a la suerte de las batallas, quejándose de que el Destino someta el valor independiente a la fuerza o la Fortuna. Su concierto era parcial: pero la armonía (¿podía operar distinto efecto siendo espíritus inmortales lo que cantaban?), tenía arrobado al infierno y en suspenso el ánimo de aquella agitada multitud.
Con discursos más suaves todavía (porque la elocuencia encanta al alma, así como la música a los sentidos), otros, sentados aparte en una montaña, emitían pensamientos más elevados acerca de la Providencia, la presencia, la voluntad y el Destino; del Destino inmutable, de la voluntad libre, de la presencia absoluta, sin poder hallar solución a estas cuestiones, en cuyos tortuosos laberintos se perdían. Sus principales argumentos se fijan en el mal y en el bien, en la felicidad y la miseria final, en la pasión y en la apatía, en la gloria y la infamia: ¡vano saber! ¡falsa filosofía, la cual, sin embargo, puede calmar un tanto con su agradable prestigio, su dolor o su angustia, excitar su falaz esperanza o armar su endurecido corazón de una paciencia tan tenaz y resistente como un triple acero.
Otros, formando escuadrones y numerosas compañías, procuran descubrir, por medio de atrevidas exploraciones, si en lo más apartado de aquel mundo siniestro existe alguna comarca que pueda ofrecerles una morada más soportable; dirigen su alada marcha por cuatro caminos a lo largo de las orillas de los ríos infernales, que sepultan sus lúgubres ondas en el lago ardiente: el detestable Stix, río del odio mortal; el triste Aqueronte, profundo y negro río del dolor; el Cocito, llamado así por los grandes lamentos que se oyen en su contristada onda; el ardiente Flegetón, cuyas olas se inflaman con rabia como un torrente de fuego.
Lejos de estos ríos, una larga y silenciosa corriente, la del Leteo, río del olvido desarrolla su húmedo laberinto. Quien bebe de su agua olvida inmediatamente su primitivo estado y su existencia: olvida a la vez el gozo y el dolor, el placer y la pena.
Más allá del Leteo, se extiende sombrío y salvaje un continente helado, combatido por tempestades perpetuas, por huracanes y por un espantoso granizo que no se derrite en la tierra firme, sino que se aglomera en montones, semejantes a las ruinas de un antiguo edificio. En todo su alrededor no se ve más que nieve espesa y hielo, abismo profundo, parecido a las lagunas de Serbonian, que hay entre Damieta y el viejo monte Casio, donde fueron sepultados ejércitos enteros. Un aire seco, aunque helado, abrasa y el frío produce el mismo efecto que el fuego.
Todos los ángeles malditos son conducidos allí, arrastrados en ciertas épocas por las furias de garras de arpía, y allí sufren alternativamente la brusca y amarga transición de tan crueles extremos, que hace más cruel este cambio. Transportados desde un lecho de fuego abrasador al hielo adonde se extingue su dulce calor etéreo, permanecen algún tiempo transidos e inmóviles fijos y yertos, y desde allí vuelven a ser arrojados al fuego. Atraviesan en una barca el estrecho de Leteo al ir y al venir; su suplicio aumenta por lo mismo, desean y se esfuerzan por alcanzar cuando pasan el agua tentadora; quisieran, con una sola gota, perder en un grato olvido sus padecimientos y sus desgracias, todo en un momento y tan cerca de la corriente. Pero el Destino los aparta de ella, con el aspecto terrorífico de una Gorgona, guarda el vado y el agua huye por sí misma del paladar de toda criatura viviente, como huía de los labios de Tántalo.
Errantes y abandonadas de esta suerte en su tumultuosa marcha, las hordas aventureras, pálidas y temblorosas de horror, y con los ojos extraviados, contemplan por vez primera su lamentable destino, y no encuentran un momento de reposo: atraviesan numerosos valles sombríos y desiertos, muchas regiones dolorosas, muchos Alpes de hielo y muchos Alpes de fuego: rocas, grutas, lagos, pantanos, cuevas, antros y sombras de muerte, que Dios en maldición, creó malo, y bueno únicamente para el mal: universo donde toda vida muere y donde toda muerte vive; en donde la Naturaleza perversa engendra cosas monstruosas, cosas abominables, prodigiosas, inexplicables; perores aún que las inventadas por la fábula o concebidas por el terror: Gorgonas, Hidras y Quimeras espantosas.
Entre tanto Satanás, el adversario de Dios y del hombre, con la imaginación exaltada por los designios más elevados, apresta sus alas rápidas y dirigiéndose hacia las puertas del infierno, explora su ruta solitaria: unas veces recorre la costa hacia la derecha; otras hacia la izquierda; tan pronto roza con sus alas niveladas la superficie del abismo, como remontándose al punto más elevado dirige su impulso hacia la ardiente bóveda. Como cuando en el mar se descubre a lo lejos una flota que parece suspendida en las nubes e impelida por los vientos del equinoccio, dirige su rumbo hacia Bengala o hacia las islas de Ternate y Tidor, de donde los negociantes traen las drogas y, recorriendo éstos las aguas protectoras del comercio a través del vasto océano de Etiopía hasta El Cabo, navegan hacia el polo, a pesar de las mareas o de la noche; tal parecía a los lejos el vuelo del enemigo alado.
Alcanza, por fin, los límites del infierno, que se elevan hasta la horrible bóveda y aparecen sus tres veces triples puertas, formadas por tres hojas de bronce, tres de acero y otras tres de diamantina roca, impenetrables y resguardadas por una llama que gira en torno suyo y no se consume nunca.
A uno y otro lado de ambas puertas están sentadas dos formidables figuras: la una se parece, hasta la cintura, a una mujer joven y hermosa; pero su cuerpo termina de un modo repugnante en forma de cola de serpiente, armada de un aguijón mortífero y cubierta de pliegues escamosos, voluminosos y extensos. Rodeada su cintura una traílla de perros infernales, que no cesan de ladrar con sus anchas fauces de Cerbero, produciendo un horrible alboroto. Cuando alguna cosa nueva llegaba a turbar el ruido de aquellos canes, podían a su antojo entrar de nuevo, y, arrastrándose en las entrañas del monstruo establecer allí su perrera; pero aún allí continuaban ladrando y aullando sin ser vistos. Menos odios éstos eran los perros que atormentaban a Escila cuando se bañaba en el mar que separa la Calabria de la mugiente costa de Trinacria; un séquito menos repugnante acompaña a la Maga nocturna, cuando, llamada en secreto, acude cabalgando por el aire, atraída por el olor de la sangre de un niño, a bailar con las brujas de la Laponia, mientras la luna se eclipsa penosamente por la fuerza de sus encantos.
La otra figura, si es que así puede llamarse a una mezcla confusa de miembros, coyunturas y articulaciones, o si puede llamarse sustancia a lo que parecía una sombra (porque cada una de ellas se asemejaba a lo uno y a lo otro), la otra figura es negra, como la noche, feroz como diez furias; terrible como el infierno; blandía un espantoso dardo y llevaba en su cabeza una cosa que tenía la apariencia de corona real.
Aproximábase ya Satanás, cuando el monstruo, levantándose de su sitio, salió a su encuentro, dando descomunales pasos, que hicieron estremecer al infierno. El indomable enemigo contempló con asombro lo que podía ser aquello, y, aunque se admiraba no temía, pues excepto a Dios y a su Hijo, ni ama ni teme cosa alguna creada, y con una mirada desdeñosa, tomó el primero la palabra, diciendo:
"¿De dónde sales y quién eres, forma execrable, que, aunque disforme y terrible, te atreves a atravesar en mi camino y en estas puertas tu hedionda presencia? Intento pasarlas, y ten por seguro que lo haré sin pedirte permiso. Retírate, o pagarás cara tu locura, como hija del infierno, debes saber por experiencia que no se puede contrariar a los espíritus del cielo".
A lo cual respondió el espectro lleno de cólera:
"¿Eres tú ese ángel traidor, el ángel que fue el primero el alterar la paz y la fe del cielo, no turbadas hasta entonces; el que empuñando las armas y en orgullosa rebelión, arrastró consigo a la tercera parte de los hijos del cielo, conjurados contra el Todopoderoso, por cuyo hecho, lanzados ellos y tú del lado de Dios, os veis condenados a pasar eternos días entre tormentos y miseria? ¡Y te cuentas entre los espíritus del cielo, cuando eres la presa del infierno! ¿Y prorrumpes en bravatas y desdenes, aquí donde soy yo el soberano, y lo que debe aumentar tu rabia, sonde soy tu señor y tu rey? ¡Atrás! ¡Vuelve a tu suplicio, falaz fugitivo! Añade alas a tu velocidad, si no quieres que con azote de escorpiones acelere tu lentitud, o como un solo golpe de este dardo te haga sentir un extraño horror y angustias que aún no has sufrido".
Así dijo el pálido Terror, y mientras de esta suerte hablaba y amenazaba, su aspecto se volvió diez veces más deforme y terrible. Satanás, por su parte, ardiente en cólera le escuchaba impávido semejante a un encendido cometa que inflama el espacio ocupado por el enorme Ofiucos en el Polo Ártico, que desprende de su cabellera la horrible peste y la guerra. Los dos adversarios amenazan con descargar sobre sus respectivas cabezas un golpe mortal, no creyendo que sus fatales manos tengan necesidad de secundarlo, y cambian en sí espantosas miradas, como cuando dos negras nubes, conductoras de la artillería celestial se adelantan mugiendo sobre el mar Caspio, y se detienen un momento suspendidas frente a frente, hasta que el viento con su soplo les da la señal de su negro encuentro en medio de los aires. Los poderosos campeones se miran con ojos tan sombríos, que el infierno se vuelve cada vez más oscuro ante el fruncimiento de su entrecejo. ¡Tan semejantes eran ambos rivales! Jamás debían encontrar uno y otro, excepto una sola vez a otro enemigo tan grande como ellos. En esta ocasión habrían llevado a cabo hechos terribles, que hubieran resonado en el infierno si la hechicera de cola de serpiente, que estaba sentada cerca de la puerta infernal, y que guardaba su fatal llave, levantándose al mismo tiempo que exhalaba un espantoso grito, no se hubiese lanzado entre los combatientes.
"¡Oh padre! ¿Qué intenta tu mano contra tu único hijo? ¡Oh hijo! ¿Qué furor te arrastra a volver tu dardo cruel contra la cabeza de tu padre? ¿Y sabes por quién? Por aquel que está sentado allá arriba y que se ríe de ti; por aquel de quien eres esclavo destinado a ejecutar lo que te ordene su cólera, a la que llama justicia, su cólera que un día os destruirá a los dos".
Dijo y a estas palabras se detuvo el pestífero fantasma infernal. Satanás respondió entonces de esta manera:
"Tu inusitado grito y tus palabras no menos inusitadas no han separado de tal modo, que mi mano, detenida de improviso, consiente en no decirte, por ahora, con sus hechos cuáles son sus intentos. Pero, ante todo, quiero saber quién eres tú, qué me ocultas bajo esa doble figura, y por qué encontrándome por primera vez en este valle del infierno, me llamas tu padre y a ese espectro mi hijo. No te conozco ni hasta ahora he visto objetos más detestables que él y tú".
La portera del infierno le replicó:
"¿Por ventura me has olvidado, y tan horrible parezco a tu ojos, cuando en toro tiempo me consideraban tan hermosa en el cielo? Recuerda que en medio de la asamblea de los serafines, que contigo formaron parte de la atrevida conspiración contra el Rey del cielo, te viste de improviso acometido de un color cruel, tus ojos, esclarecidos y extraviados, erraron en las tinieblas, mientras que tu cabeza lanzaba llamaradas densas y rápidas, hundiéndose extensamente por el lado izquierdo; entonces salí yo de ella como una diosa armada, semejante a ti en la forma y en lo brillante de tu aspecto, resplandeciente aun en aquel tiempo de divina belleza. El asombro se apoderó de todos los guerreros del cielo; retrocedieron en un principio atemorizados, y me llamaron Culpa, mirándome como un mal presagio; pero familiarizados en breve conmigo, les agradé y mis gracias seductoras se granjearon la voluntad de los que más aversión habían mostrado hacia mí: tú el primero. Contemplando con frecuencia en mí tu perfecta imagen, te apasionaste de mí y gustaste en secreto conmigo tales goces, que mis entrañas concibieron un peso creciente.
La guerra estalló entre tanto y se combatió en los campos del cielo. Nuestro poderoso enemigo consiguió una victoria brillante y a nuestro partido le cupo la pérdida de la derrota en todo el Empíreo. Nuestras legiones cayeron debajo, siendo precipitadas de cabeza desde los más alto del cielo a este abismo, y yo caí también confundida con ellas. Entonces vino a parar a mis manos esta llave poderosa, previniéndoseme que mantuviera eternamente cerradas las puertas, a fin de que nadie las atraviese si yo no las abro.
Me senté pensativa y solitaria, pero no permanecí mucho tiempo sentada; mi seno fecundado por ti y entonces excesivamente abultado, sintió movimientos prodigiosos y los agudos dolores del alumbramiento. Por último, abriéndose paso con violencia, ese odioso vástago que ves ahí, engendrado por ti, desgarró mis entrañas retorcidas por el terror y los tormentos, adquieran esta deformidad toda la parte de mi cuerpo, pero él mi enemigo y mi hijo al propio tiempo, salió de mi seno blandiendo su dardo fatal, hecho sólo para destruir. Yo fui gritando: "¡Muerte!" El infierno se estremeció a tan horrible nombre, suspiró desde lo más profundo de todas sus cavernas, y repitió: "¡Muerte!". Yo huía, pero el espectro me perseguía, si bien, por lo que calculé más inflamado de lujuria que de rabia; mucho mas rápido que yo, me alcanzó a mí, a su madre, sobrecogida de espanto. Entre impuros y desenfrenados abrazos concebí de él, y de aquel rapto salieron esos monstruos ladradores que me rodean lanzando como ves, un aullido continuo, concebidos de hora en hora, y de hora en hora dados a luz entre infinitos dolores. Cuando les parece vuelvan a entrar en el seno que les alimenta; aúllan y roen mis entrañas que constituyen su banquete; después, saliendo de nuevo, me asedian con tan vivos terrores, que no hallo tregua ni descanso.
La espantosa Muerte, mi hijo y mi enemigo a la vez, sentada ante mí, excita a esos perros, y me hubiera devorado, a falta de otra presa, a mí, a su madre, si no supiera que yo sería para ella un manjar muy amargo, un veneno; pero esto no sucederá nunca, porque sí lo ha dispuesto el Destino. Pero tú, ¡oh padre mío!, créeme, evita su flecha mortal, no te lisonjees vanamente de ser invulnerable bajo de esa armadura brillante de temple celestial, porque nada ni nadie puede resistir su mortífera punta, excepto el que allá arriba reina".
Así dijo, y el sutil enemigo se aprovechó en seguida de la lección, porque dulcificando su aspecto, respondió con calma:
"Querida hija, puesto que me reconoces por padre tuyo, y me presentas un hijo tan bello, amada prenda de los placeres que hemos tenido juntos en el cielo, de esos goces entonces dulces, hoy tristes recuerdos a causa del cambio cruel que se ha operado en nosotros de un modo imprevisto y en el que no habíamos pensado, hija querida, sabes que no vengo aquí como enemigo, sino con el objeto de libraros a ambos de esta triste y espantosa mansión de las penas, a mi hijo y a ti, y a toda la muchedumbre de espíritus celestes que, habiendo tomado las armas a favor de nuestras justas pretensiones, cayeron en nosotros. Enviado por ellos, emprendo solo este rudo viaje, exponiéndome yo solo por todos, voy a encaminar mis paseos solitarios hacia el abismo sin fondo, buscando en mi errante exploración, a través del inmenso vacío, si existe un lugar predicho, el cual a juzgar por el concurso de muchas señales, debe de haber sido creado ya en un forma vasta y redonda. Ese lugar es una mansión de delicias, colocada en el límite del cielo, habitada por una raza de criaturas recientemente creadas y destinadas, quizá, a ocupar los puestos que hemos dejado vacantes; pero el Cielo las ha colocado lejos de él, temeroso sin duda, de que al inundarle una poderosa multitud se suscitaran nuevos disturbios. Bien sea con este objeto o con otro, cuyo secreto se procure guardar, corro a averiguarlo y, una vez conocido, volveré en seguida y os transportaré a ti y a la Muerte, a una morada adónde podáis permanecer a vuestro placer volando silenciosamente, sin ser vistos y en todas las direcciones por un aire embalsamado de perfumes. Allí dispondréis de un alimento tan abundante, que os dejará satisfechos, allí todo será presa vuestra".
Guardó silencio, porque aquellas dos formas parecieron altamente satisfechas, y la Muerte hizo un gesto horrible al querer dar paso a una sonrisa espantosa, cuando supo que su hambre iba a verse saciada, y bendijo sus dientes reservados para aquella hora feliz de abundancia. Su infame madre no quedó menos satisfecha y dirigió a su padre este discurso:
"Guardo la llave de este antro infernal en virtud del derecho que para ello me asiste y por orden del Rey omnipotente del cielo, que me ha prohibido abrir estas puertas diamantinas; la Muerte está pronta a interponer su dardo contra toda violencia, sin temor de ser vencida por ningún poder viviente, pero ¿qué obediencia debo prestar a las órdenes emanadas de allá arriba, a los mandamientos del que me odia y que me ha arrojado entre las tinieblas del profundo Tártaro, para permanecer sentada ejerciendo un empleo odioso aquí confinada, yo, habitante del cielo e hija del cielo, sumida en una perpetua agonía, rodeada de los errores y gritos de mi propia progenie, que se alimenta de mis entrañas? Tú eres mi padre, mi autor: tú me has dado el ser: ¿a quién sino a ti, debo obedecer? ¿A quién debo seguir? Tú me transportarás pronto a ese nuevo mundo de luz y de felicidad, entre los dioses que viven tranquilos, y donde, sentada a tu derecha voluptuosamente, como conviene a tu hija y a tu amor, reinaré sin fin".
Dijo y tomó de su lado la llave fatal, triste instrumento de todos nuestros males, y arrastrando hacia la puerta su monstruosa cola levantó sin dilación el enorme rastrillo que únicamente ella podía levantar y que todo el poder estigiano no hubiera podido mover. Inmediatamente hizo girar en la cerradura la llave de guardas complicadas y quitó sin ningún trabajo las barras y los cerrojos, de hierro macizo o de sólida roca. Las puertas infernales vuelan de improviso abiertas con un impetuoso retroceso y un sonido estridente, sus goznes produjeron un horrísono y prolongado estampido, que conmovió las mas profundas simas del Erebo.
La Culpa las abrió, pero su poder no alcanzaba a cerrarlas de nuevo, por lo cual permanecieron totalmente abiertas, un ejército con sus alas extendidas y marchando a banderas desplegadas hubiera podido atravesarlas con sus caballo y sus carros formados en buen orden sin tener que estrecharse; tan anchas son dichas puertas, que semejantes además a la boca de un horno, vomitan enormes torbellinos de humo y rojas llamas.
Ante los ojos de Satanás, y de los dos espectros aparecieron de improviso los secretos del viejo abismo; océano sombrío y sin límites, de dimensiones, donde desaparecen la longitud, la latitud, la profundidad, el tiempo y el espacio, donde la Noche primogénita y el Caos, abuelos de la Naturaleza mantienen una perpetua anarquía en medio del rumor de eternas guerras, sosteniéndose con el auxilio de la confusión.
El calor, el frío, la humedad, la sequía, cuatro terribles campeones se disputan allí la superioridad y conducen al combate sus embriones de átomos, que, agrupándose en torno de la enseña de sus legiones, y reunidos en diferentes tribus, armados ligera o pesadamente, agudos, redondeados, rápidos o lentos, hormiguean tan innumerables como las arenas del Barca o las de la ardiente playa de Cirene arrastrados para tomar parte en la lucha de los vientos y para servir de lastre a sus alas veloces. El átomo a quien mayor número de átomos se adhiere domina por un momento. El Caos gobierna como árbitro, y sus decisiones vienen a aumentar cada vez más el desorden, merced al cual reina; después de él el Acaso lo dirige todo, como juez supremo.
Ante aquel abismo salvaje, cuna de la Naturaleza, y quizá su tumba, ante aquel abismo que no es mar, ni tierra, ni aire, ni fuego, sino que está formado de todos estos elementos, que, confusamente mezclados en sus causas fecundas, deben compartir del mismo modo siempre, a menos que el Creador omnipotente disponga de sus negros materiales para formar nuevos mundos, ante aquel abismo salvaje, Satanás, el prudente enemigo, detenido sobre el borde del infierno, permanece atento durante algún tiempo y reflexiona en su viaje, pues no es un pequeño estrecho lo que se verá obligado a atravesar. Sus oídos están ensordecido por estrépitos atronadores y destructores, no menos violentos (comparando las grandes cosas con las pequeñas) que los de las tempestades que produce Belona cuando pone en acción sus fulminantes máquinas para arrasar alguna gran ciudad; menos sería el estruendo si toda la armazón del cielo se derrumbase o si los elementos sublevados hubieran arrancado de su eje a la tierra inmóvil. Por último, Satanás despliega sus alas iguales a extensas velas para emprender su vuelo y remontándose en el humo ascendente, rechaza el suelo con el pie.
Sigue subiendo audazmente durante muchas leguas, llevado como sobre un carro de nubes; pero faltándole en breve este apoyo, encuentra un inmenso vacío, sorprendido entonces y agitando en vano sus alas, cae como un plomo a diez mil brazas de profundidad. Aún continuaría cayendo si por una desgraciada casualidad no le hubiera lanzado otras tantas millas hacia arriba la fuerte explosión de alguna nube tumultuosa, impregnada de fuego y de nitro. Detúvose aquella tormenta apagada en una sirte esponjosa, que ni era mar ni tierra seca. Satanás, casi hundido, atravesó aquella sustancia movediza, unas veces a pie y otras ayudado de su vuelo, pues para ellos necesitaba remos y velas. Como grifo que desde el desierto persigue con una carrera alada por las montañas o por los valles pantanosos al Arimaste que sustrae sutilmente a su vigilante custodia el oro que conserva, del mismo modo el enemigo continúa con ardor su camino a través de los pantanos, los precipicios, los estrechos, a través de los elementos ásperos, densos o rarificados; nada se sumerge, vadea, arrástrase y vuela, con su cabeza, sus manos, sus alas y sus pies.
Por fin un extraño y universal rumor de ruidos sordos y voces confusas nacido de lo más profundo de aquellas tinieblas, hiere los oídos de Satanás con la mayor vehemencia. Con su intrepidez acostumbrada, dirige su vuelo hacia aquella parte para encontrar la potestad o el espíritu del profundo abismo que reside entre aquel ruido a fin de preguntarle hacia qué lado se encuentra el límite de las tinieblas más próximas a la luz.
De improviso descubre del trono del Caos y su negro e inmenso pabellón, que ondea desplegado en aquel antro de ruinas. La Noche, vestida de negras pieles de marta cibelina, se sienta en el trono al lado del Caos; primogénita de todos los seres es también la compañera de su reino. Cerca de ellos están Orco y Ades y Demogorgon el del temible nombre, siguen después del Rumor, el Acaso y el Tumulto y la Confusión muy descompuesta y la Discordia de mil bocas diferentes. Satanás se dirige audazmente al Caos y le dice:
"¡Oh vosotros, potestades y espíritus de este profundo abismo, Caos y antigua Noche, no vengo aquí de intento a espiar o turbar los secretos de vuestro reino, sino que, obligado a errar por este desierto sombrío, el camino que sigo en busca de la luz me ha conducido a través de vuestro vasto imperio, solo, sin guía, medio extraviado, procuro encontrar el sendero mas corto que se dirija al punto en que vuestras oscuras fronteras tocan el cielo, viajo por estas profundidades a fin de averiguar si el rey etéreo ha invadido y ocupado en estos últimos tiempo alguna otra parte de vuestro dominios. Guiad mis pasos, que bien dirigidos reportarán a vuestros intereses una más que mediana recompensa, si logro arrojar de esa perdida región al usurpador y volverla a sus tinieblas primitivas, poniéndola otra vez bajo vuestro cetro y plantando en ella nuevamente el estandarte de la antigua Noche: tal es el objeto de mi excursión. Para vosotros todas las ventajas, para mí, la venganza!".
Tales fueron las palabras de Satanás, y el viejo anárquico, con voz entrecortada y el semblante descompuesto, le respondió:
"Te conozco extranjero, tú eres el poderoso jefe de los ángeles que no ha mucho hizo frente al rey del cielo y fue vencido. Yo vi y oí, porque tan numerosa milicia no pudo huir sin silencio a través del abismo aterrorizado, ruina sobre ruina, derrota sobre derrota, confusión aún peor que la confusión; las puertas del cielo dieron paso a millones a sus bandas victoriosas, que iban en vuestra persecución. Yo he venido a residir aquí, en mis fronteras; todo mi poder apenas basta para salvar lo poco que me queda por defender y en donde me hacen sentir aún vuestras divisiones intestinas, debilitando el cetro de la antigua Noche. Primeramente, el infierno, vuestro calabozo, se ha extendido en todas direcciones bajo mis pies; después, el cielo y la Tierra, otro mundo, penden sobre mi reino, ligados por una cadena de oro, a la parte del cielo, de donde cayeron vuestras legiones. Si vuestra marcha os conduce por este camino, lo encontraréis muy cerca de aquí, así como también el peligro que está más próximo. Id, apresuraos: exterminio, despojos, ruinas, son mi botín".
Así dijo y Satanás no se detuvo en contestarle, sino que, lleno de gozo por haber encontrado una playa en su océano, se lanzó cual pirámide de fuego, y con un nuevo ardor y un vigor creciente en aquel inmenso espacio, continuó su camino a través del choque de los elementos que luchan entre sí rodeándolo por todas partes, cada vez más estrecho y mucho más expuesto que el navío Argo cuando pasó el Bósforo por en medio de peñascos que chocan entre sí, más en peligro que Ulises, cuando por evitar a Caribdis su misma maniobra le arrastraba hacia otro vértice.
Satanás, por tanto, avanzaba con dificultad y a cosa de un inmenso trabajo y con dificultad y trabajo seguía avanzando. Pero cuando logró pasar adelante, y luego, apenas cayó el hombre ¡qué rara alteración hubo! La Culpa y la Muerte, siguiendo de cerca las huellas del enemigo (tal fue la voluntad del cielo) construyeron un camino ancho y apisonado sobre el tenebroso abismo, cuya hirviente inmensidad sufrió con paciencia que se echara un puente de asombrosa longitud desde el infierno hasta el orbe exterior de este frágil globo. Merced a esta fácil comunicación los espíritus perversos van y vienen para tentar o castigar a los mortales, excepto a los que Dios y los santos ángeles guardan por una gracia especial.
Pero, en fin, la influencia sagrada de la luz empieza a dejarse sentir, y un rayo y de ésta refleja a los lejos desde las murallas del cielo, a través de la oscura noche, un trémulo albor. En este punto comienza la extremidad más apartada de la Naturaleza; el Caos se retira de sus trincheras avanzadas, como un enemigo vencido, haciéndolo, sin embargo, con menos confusión que éste y sin tan belicoso estruendo. Satanás, con menor fatiga, y hasta con comodidad, después, guiado por una luz dudosa, se desliza sobre las tranquilas ondas; y semejante a un buque azotado por la tempestad, que entra gozoso en el puerto, si bien desmantelado, y con sus jarcias y obenques destrozados, se balancea el arcángel con sus alas desplegadas en un triste espacio vacío, parecido al aire, para contemplar desde lejos y a su placer el cielo empíreo, cuya extensión es tan grande que no le permite determinar si es cuadrada o redonda. Descubre sus torres de ópalo con las almenas adornadas de brillantes zafiros, su morada natal en otro tiempo; distingue también, sujeto al extremo de una cadena de oro, aquel mundo suspendido, semejante a una estrella de pequeña magnitud colocada cerca de la luna. Allí Satanás, inflamado por una perniciosa venganza blasfemó y en hora maldita prosiguió con rapidez su marcha.
¡Salve luz sagrada, hija primogénita del cielo, o del eterno rayo coeterno! ¿Acaso no puedo, sin exponerme a ser censurado, calificarte de este modo? Puesto que Dios es luz y por toda eternidad no habitó más que en una luz inaccesible, habitó por tanto, en ti brillante efusión de una brillante esencia increada! ¿Prefieres oírte llamar arroyo de puro éter? ¿Quién indicará entonces tu origen? Existías antes que el sol, antes que los cielos y la voz de Dios cubriese como un manto al mundo, que se elevó de entre las aguas profundas y tenebrosas y desde el fondo de un vacío infinito e informe.
Ahora vuelvo a visitarte con más atrevido vuelo, escapado de la laguna Estigia, en cuya oscura mansión he estado mucho tiempo detenido. Cuando en mi raudo vuelo, me veía conducido a través de las tinieblas exteriores e intermedias, he cantado al Caos y a la eterna Noche, con acordes muy diferentes a los de la lira de Orfeo. Una musa celestial me enseñó a aventurarme en la negra pendiente y a subir a ella: ¡cosa rara y penosa! Libre ya, te visito de nuevo y siento la dulce influencia de tu llama vivificadora y soberana. Pero tú no vuelves a visitar estos ojos que giran en vano para encontrar tu rayo penetrante y no encuentran ni la más tenue aurora: ¡hasta tal punto ha extinguido la gota serena sus órbitas, o las ha velado un sombrío tejido!
A pesar de esto, no ceso de vagar por los sitios frecuentados por las Musas, claras fuentes, bosquecillos umbrosos, colinas doradas por el sol, arrastrado por mi amor hacia los sagrados cantos. Pero a ti, sobre todo, ¡oh Sión! A ti y a los floridos arroyuelos que bañan tus pies santos y se deslizan murmurando, os visito durante la noche, sin olvidar por eso a aquellos dos mortales, iguales a mí en desgracia, (ojalá pudiera igualarle en gloria), el ciego Tamiris y el ciego Meónides y a los antiguos profetas Tiresias y Fineo. Entonces me alimento de los pensamientos que por sí mismos producen armoniosos acordes, como el pájaro que veía y canta en la oscuridad, y, oculto entre el follaje más espero, suspira sus nocturnas endechas.
Con los años vuelven las estaciones; pero el día no vuelve nunca para mí, no veo ya los gratos crepúsculos de la mañana y de la tarde, ni la flor de la primavera, ni la rosa del verano, ni los rebaños, ni la faz divina del Hombre; tan sólo me rodean nubes y tinieblas que nunca se disipan. Separado de las agradables sendas que frecuentaban los humanos, el libro de los hermosos conocimientos tan sólo me ofrece un blanco universal, en donde están borradas para mí las obras de la Naturaleza: la sabiduría encuentra totalmente cerrada en mí una de sus entradas.
Brilla pues, en mi interior, ¡oh luz celestial! con tanta mayor intensidad cuanto más penetrada de tus rayos estén todas las potencias de mi espíritu: pon ojos en mi alma; dispersa y aparta de ella todas las tinieblas, a fin de que me sea dable ver y decir cosas invisibles a los ojos de los mortales.
Ya el Padre omnipotente, desde lo alto del cielo, desde el puro Empíreo, donde está sentado sobre un trono que excede en elevación a toda altura, había inclinado su mirad para contemplar sus obras al par que las obras de sus obras. Todas las santidades del cielo se agrupaban en torno suyo como estrellas, y recibían de su vista una beatitud que excede a toda expresión; a su derecha estaba sentada la radiante imagen de su gloria, su Hijo único. Vio primeramente en la Tierra a nuestros dos primeros padres, los dos únicos seres de la especie humana, colocados en el jardín de las delicias, gustando frutos inmortales de gozo y amor; gozo no interrumpido, amor sin rival, en una dichosa soledad. Vio también el infierno y el abismo que mediaba entre el infierno y la Creación; vio a Satanás deslizándose a lo largo de las murallas del cielo hacia el lado de la Noche y en el aire sublime y sombrío, próximo a dejarse caer con sus fatigadas alas e impaciente planta, sobre la superficie árida de aquel mundo, que le parece una tierra firme, redonda y sin firmamento, el arcángel permanece en la incertidumbre de si lo que ve es el Océano o el aire. Observándolo Dios con aquella penetrante mirada que descubre el pasado, el presente y el porvenir, habló de esta suerte a su único Hijo, previendo este mismo porvenir:
"Hijo único, por mí engendrado, ¿ves el furor de que se halla poseído nuestro adversario? Ni lo límites prescritos, ni las vallas del infierno, ni todas las cadenas amontonadas sobre él, ni aun la inmensa interrupción del profundo Caos han bastado a contenerle: tan ansioso se halla, al parecer, de una venganza desesperada, que recaerá sobre su cabeza rebelde. Después de haber roto todas sus ligaduras, vuela ahora cerca del cielo por los límites de la luz, en dirección del mundo nuevamente creado y hacia el hombre colocado allí, con el designio de intentar si podrá destruirle por medio de la fuerza o lo que será peor, pervertirle, valiéndose del cualquier falaz artificio; y le pervertirá: el hombre escuchará sus halagüeñas falsedades y violará fácilmente la única orden, la única prenda de su obediencia: caerán él su raza infiel.
¿De quién será la culpa? ¿De quién sino de él solo? ¡Ingrato! Poseía de mí todo cuanto podía poseer; le había hecho justo y recto, capaz de sostenerse, aunque libre de caer. Del mismo modo creé todas las potestades etéreas y todos los espíritus, tanto los que se sostuvieron como los que cayeron; libremente se han sostenido y caído los que han caído. A no ser libres ¿qué prueba sincera me habrían podido dar de su verdadera obediencia prestada de ese modo, cuando la voluntad y la razón (razón que es libre albedrío) inútiles y vanas, despojadas ambas de libertad, ambas pasivas, hubiesen atendido a la necesidad y no a mí?
Creados de este modo, como debía ser, no pueden acusar justamente a su Creador, a su naturaleza o a su destino, como si la predestinación, dominando su voluntad, dispusiera de ella por un decreto absoluto o por una presciencia suprema. Ellos mismos han decretado su propia rebelión, no yo; y si bien la preví, mi presencia no ha ejercido ninguna influencia sobre la falta, que aunque no hubiera sido prevista, no dejaría por eso de ser menos cierta. Así es que pecan sin la menor excitación, sin la menor sombra de destino o de otra cualquier cosa inmutablemente prevista por mí, siendo autores de todo por sí mismos, así en lo que juzgan como en lo que escogen; porque de este modo los he creado libres, y en libertad deben continuar hasta que ellos mismo se encadenen.
De otra suerte me sería preciso cambiar su naturaleza, revocar el alto decreto irrevocable, terreno, que ordenó su libertad, ellos solos han ordenado su caída.
Los primeros culpables cayeron por su propia sugestión, tentados por sí mismos, por si mismos pervertidos, el hombre cae seducido por aquellos. El hombre, merced a esto, encontrará gracia; los otros no la encontrarán. Mi gloria triunfará en el cielo y en la tierra de este modo por la misericordia y por la justicia, pero la misericordia brillará con más esplendor, por ser la primera y la última de las virtudes".
Mientras hablaba Dios, un perfume de ambrosía llenaba el cielo y esparcía entre los bienaventurados espíritus elegidos el sentimiento de un nuevo e inefable gozo. El Hijo de Dios mostrábase entre una gran gloria, excediendo a toda comparación, y brillando en el su Padre sustancialmente expresado. Una divina compasión se dejó ver en su rostro, con una amor sin fin y una gracia sin medida, que confirmó por estas palabras dirigidas a su Padre:
"¡Oh Padre mío! ¡Cuán misericordiosas han sido las palabras con que has terminado tu suprema decisión: El hombre encontrará gracia! Por estas palabras, el cielo y la tierra publicarán en alta voz tus alabanzas con sus innumerables conciertos de himnos y cánticos sagrados, que rodeando tu trono harán resonar en él tu nombre para siempre bendito. Pero el hombre, ¿se verá perdido al fin? El hombre, tu hechura, a quien no ha mucho amabas tanto, el más joven de tus hijos, ¿caerá sorprendido por la astucia, por más que la secunde su propia locura? ¡Ah! Lejos de Ti ese pensamiento; aléjalo de Ti ¡Padre mío! Tú que eres el Juez de todas las cosas y el único que las juzga equitativamente. ¿Será posible que el enemigo lleve a cabo sus proyectos y frustre los tuyos? ¿Conseguirá lo que desea su perfidia, reduciendo tu bondad a la nada? ¿O se volverá lleno de orgullo, aunque pesando sobre él una condenación más terrible, con su venganza satisfecha y arrastrando consigo al infierno a toda la raza humana corrompida por él? ¿En qué quieres anonadar por Ti mismos tu Creación y deshacer a favor de este enemigo lo que has hecho para tu gloria? Si esto fuera así, se dudaría de tu bondad y de tu grandeza y se blasfemaría de ellas sin que nadie las defendiese".
El Supremo Creador le respondió:
"¡Oh Hijo mío, en quien ha cifrado mi alma sus principales delicias; Hijo de mi seno, mi único verbo, mi sabiduría y mi efectivo poder! Tus palabras han sido como son mis pensamientos y como lo que mi eterno designio ha decretado: el hombre no perecerá enteramente; el que quiera se salvará, aunque no por su propia voluntad, sino pro la gracia que en mi reside y que le concederé libremente. Renovaré, una vez más, en el hombre su decaído poder, aunque envuelto y sujeto por el pecado a impuros y violentos deseos. Levantado por Mí se sostendrá, una vez más, y podrá defenderse contra su moral enemigo; lo levantaré otra vez, a fin de que conozca lo frágil de su condición degradada, y a fin de que sólo a mi y a nadie más que a mi atribuya su libertad.
He escogido algunos a quienes por gracia particular he preferido a los demás; tal ha sido mi voluntad. Los otros oirán mi llamamiento; se les advertirá muchas veces que piensen en su estado criminal y aplaquen sin demora a la Divinidad irritada, mientras a ello les invita la gracia ofrecida. Iluminaré sus sentidos tenebrosos de un modo eficaz y ablandaré su empedernido corazón, con objeto de que puedan orar, arrepentirse y prestarme la obediencia debida: mi oído no permanecerá sordo ni cerrados mis ojos a su oración o a su arrepentimiento, a su obediencia debida, cuando ésta sea hija de un celo sincero. Pondré en ellos, como guía, a mi árbitro, la conciencia; si quieren escucharla, alcanzarán luz tras luz: y si la emplean bien y son perseverantes hasta el fin, llegarán con seguridad a su salvación.
Los que descuiden o desprecien mi tolerancia o mi día de gracia, no los disfrutarán jamás; antes al contrario, el empedernido será más empedernido; el ciego, mas ciego, a fin de que tropiecen y caigan a mayor profundidad. A nadie más que a éstos excluyo de mi misericordia. Y no está dicho todo: el hombre desobediente rompe deslealmente su fe y peca contra la alta supremacía del Cielo, ultrajando a la Divinidad y perdiéndolo todo por esta causa, no le queda nada para expiar su traición, sino que, consagrado y destinado a las destrucción, deberá morir él y toda su posteridad. Es preciso que muera él o la justicia, a menos que haya alguno que sea capaz de ponerse en su lugar, ofreciéndose voluntariamente para dar tan rígida satisfacción: muerte por muerte.
Decidme, potestades selectas: ¿dónde encontraremos semejante amor? ¿Quién de vosotros se hará mortal para redimir el crimen mortal del hombre? ¿Qué justo salvará al injusto? ¿Existe en el cielo tan sublime caridad?
Ante estas preguntas todo el coro divino permaneció mudo, reinando en el cielo el más profundo silencio. No aparecía a favor del hombre ningún patrono, ningún intercesor, y mucho menos quien osara traer sobre su cabeza la proscripción mortal y pagar el rescate, de suerte que, privada la redención, la raza humana entera se habría perdido, destinada por una sentencia severa a la muerte y al infierno, si el Hijo de Dios, en quien reside en toda su plenitud el amor divino, no hubiese interpuesto su más cara mediación de esta manera:
"Padre mío, tu palabra está dicha: El hombre encontrará gracia. Y la gracia, ¿no hallará algún medio de salvación ella que, siendo la más rápida de sus mensajeros alados, se abre paso para visitar a todas tus criaturas y acude a todas sin ser prevista, implorada ni solicitada? ¡Dichoso el hombre a quien así acorre! Una vez perdido y muerto en el pecado, el hombre no la llamará nunca en su ayuda; deudor insolvente y arruinado, no puede prestar por sí ni expiación ni ofrenda.
Heme aquí, pues en s lugar: vida por vida; yo me ofrezco; deja que caiga tu cólera sobre mí; tenme por hombre. Por amor hacia él, abandonaré tu seno, y me despojaré voluntariamente de esta gloria que comparto contigo: por él moriré satisfecho. Que la muerte ejerza sobre mí todo su furor; no permaneceré mucho tiempo vencido bajo su poder tenebroso. Tú has depositado para siempre tu vida en mí; por Ti vivo, aunque ahora me someta a la muerte: soy su deuda en todo lo que puede morir en Mí. Pero una vez satisfecha esa deuda no permitirás que Yo sea su presa en la impura tumba: no tolerarás que mi alma inmaculada habite para siempre con la corrupción, sino que resucitaré victorioso y subyugaré a mi vencedor, despojado de sus ponderados despojos. La muerte recibirá entonces un golpe mortal, y se arrastrará sin gloria, desarmada de su dardo mortal. En tanto Yo, a través de los aires, y en medio de un gran triunfo, conduciré al infierno cautivo a pesar del infierno, y mostraré las potestades de las tinieblas encadenadas. Regocijado Tú con este espectáculo, dirigirás desde el cielo una mirada y te sonreirás, mientras que, exaltado por Ti, confundiré a todos mis enemigos, dejando para lo último la muerte, quien, expirando a mis golpes, llenará el sepulcro con su cadáver. Entonces, rodeado de la multitud redimida por Mí, entraré de nuevo en el cielo tras una larga ausencia; volveré a él, ¡oh Padre mío!, para contemplar tu faz, en la que no quedará ni una nube de cólera, sino que se verá en ella la paz afirmada y la reconciliación; dejará de existir en adelante la ira, y un gozo universal reinará para siempre en tu presencia".
Sus palabras cesaron aquí; pero su silencioso y dulce aspecto hablaba aún, y respiraba un amor inmortal hacia los hombres mortales, sobre el cual brillaba solamente la obediencia filial. Contento con ofrecerse en sacrificio espera la voluntad de su Padre. El asombro se apodera del cielo entero, que se admira de la significación de estas cosa y no sabe dónde convergen. El Todopoderoso replicó en seguida en estos términos:
"¡Oh Tú, única paz hallada en el cielo y en la tierra para el género humano expuesto a mi cólera! Oh Tú, único objeto de mi complacencia! Tú sabes cuán queridas me son todas mis obras: el hombre, aunque creado el último, no lo es menos, puesto que por él te apartaré de mi seno y de mi derecha, a fin de salvar, aunque perdiéndote por algún tiempo a toda la raza perdida. Reúne, pues, ya que eres el único que pueda redimirla, la naturaleza humana a tu naturaleza; sé Hombre entre los hombres sobre la tierra; hazte carne, cuando se cumpla el tiempo y sal de seno de una virgen por medio de un nacimiento milagroso. Sé el jefe del género humano en lugar de Adán. Como perecerán en él todos los hombres, renacerán en Ti, cual de una segunda raíz, todos los que deben renacer; sin Ti nadie. El crimen de Adán hace culpables a todos sus hijos; tu mérito que les será aplicada, absolverá a los que, renunciando a sus propias acciones, justas o injustas, vivan trasplantados a Ti y reciban de ti nueva vida. Así el hombre, como es justo, satisfará la deuda del hombre, será juzgado y morirá; pero al morir se levantará, y al levantarse, levantará con él a todos sus hermanos, redimidos con su preciosa sangre. Así el odio infernal será vencido por el amor celeste, al ofrecerse éste a la muerte, al morir por rescatar, con tan fervoroso anhelo, todo lo que el odio infernal ha destruido con tanta facilidad, como lo continuará destruyendo en los que no aceptan la gracia pueden.
Hijo mío, al descender hasta la naturaleza humana, no aminoras ni degradas la tuya. Tu misma humillación elevará contigo a tu humanidad hasta este trono; porque, aunque sentado sobre él en la más elevada beatitud, igual a Dios, participando asimismo de la felicidad divina, lo has abandonado todo por salvar a un mundo de su total perdición; porque tu mérito, más bien que los derechos de tu nacimiento, Hijo de Dios, te han hecho digno de ser su Hijo, brillando más en bondad que en grandeza y poderío, y porque el amor ha abundado en Ti más que la gloria. Te sentarás aquí encarnado; aquí reinarás a la vez como Dios y como Hombre: Hijo de Dios y del Hombre a la vez, serás ungido por mi voluntad Rey del universo.
Te concedo todo poder; reina para siempre, y revístete de tus méritos; te someto como Jefe supremo los tronos, los principados, las potestades y las dominaciones; todas las rodillas se doblarán ante Ti; lo mismo las de los que habitan en el cielo o sobre la Tierra, que las de los que gimen bajo la Tierra en el infierno. Rodeado de tu glorioso séquito, aparecerás sobre las nubes cuando envíes a los arcángeles, tus heraldos a anunciar tu formidable juicio, y cuando por los cuatro vientos sean llamados los vivos y los muertos de todos los siglos para que se apresuren a comparecer ante el Juicio universal, el ruido que se dejará oír será tan grande, que despertarán de su sueño. Entonces, en la asamblea de los santos, juzgarás a los malos, así hombres como ángeles, quienes convencidos de sus faltas, se precipitarán en el abismo al oír tu sentencia. El infierno, atestado con su muchedumbre, quedará cerrado para siempre. El mundo será también consumido; pero de sus cenizas surgirá un nuevo cielo, una nueva tierra, donde habitarán los justos. Después de sus largas tribulaciones, verán días de oro, fértiles en acciones de oro, con el gozo y el triunfante amor, y la hermosa verdad. Entonces depondrás tu cetro real, porque no habrá ya necesidad de él; Dios estará por completo en todos. Y ahora, vosotros, ángeles, adorad al que muere por llevar a cabo todo esto, adorad al Hijo y honradle como a Mí".
Apenas había cesado de hablar el Todopoderoso, cuando la multitud de los ángeles con una aclamación inmensa como la de una muchedumbre innumerable, y dulce como la procedente de voces santas, dio libre paso a su alegría; el cielo entero resonó con sus bendiciones y los más armoniosos hosanna inundaron las regiones celestiales. Los ángeles se inclinaron reverentemente ante los dos tronos y, con una solemne adoración, depositaron en el pavimento sus coronas entretejidas de oro y de amaranto; ¡amaranto inmortal! Esta flor que ostentó por primera vez sus vivos colores cerca del árbol de la vida, en el paraíso terrestre, y que, por el pecado del hombre, fue trasplantada al cielo, su suelo natal, crece ahora y florece allí, dando sombra a la fuente de la vida y a las márgenes del río de la felicidad que desliza en medio del cielo, sus ondas de ámbar sobre las flores elíseas. Con estas flores de amaranto, nunca marchitas, sujetan los espíritus elegidos sus esplendorosas cabelleras, entrelazadas de rayos.
Desprendidas ahora aquellas guirnaldas, fueron esparcidas por el pavimento resplandeciente, que brillaba como un mar jaspe y sonreía con la púrpura de las rosas celestiales. Colocando de nuevo las coronas sobre su cabeza, los ángeles toman sus arpas de oro, siempre afinadas, que pendían brillantes de sus lados, a manera de aljabas, y dan principio a su sagrado cántico con el dulce preludio de una encantadora sinfonía, que excitó su entusiasmo sublime. Ni una voz guarda silencio; ni una sola voz deja de ajustarse fácilmente a la melodía, tan perfecto es el acuerdo que reina en el cielo.
A Ti, ¡oh Padre!, dirigieron su primer cántico; a Ti, ¡oh Padre todopoderoso!, inmutable, inmortal, infinito, Rey eterno, autor de todos los seres, fuente de luz, invisible entre los gloriosos esplendores donde te sientas sobre un trono inaccesible, y que, aun cuando velas la abundante efusión de tus rayos y te rodeas de una nube ceñida en torno tuyo, cual radiante tabernáculo, dejas entrever la orla de tus vestiduras, oscurecidas por su excesivo brillo, quedando, no obstante, el cielo deslumbrado, y sin que puedan aproximarse a Ti los más esplendentes querubines, sino cubriendo sus ojos con sus dos alas.
A Ti dedicaron después su cántico, a Ti, el primero de toda la Creación, Hijo engendrado, semejanza divina en cuyo transparente rostro brilla el Padre Omnipotente, visible sin intermedio de nube alguna, y a quien de otro modo no podría contemplar ninguna criatura. En Ti reside impreso el esplendor de su gloria y habita, transfundido en Ti, su vasto espíritu. Por Ti creó el cielo de los cielos y todas las potencias que contiene, y por Ti precipitó a las ambiciosas dominaciones. En aquel día no economizaste el terrible rayo de tu Padre; no detuviste las ruedas de tu ígneo carro, que conmovían la estructura eterna del cielo, mientras pasabas sobre el cuello de los ángeles rebeldes dispersados. Al regresar de su persecución, tus santos te exaltaron con inmensas aclamaciones a Ti, único Hijo de la potestad de tu Padre, ejecutor de su tremenda venganza sobre sus enemigos. ¡Pero no hiciste lo mismo con respecto al hombre! Tú no condenaste con tanto rigor al hombre, caído por la malicia de los espíritus rebeldes, ¡oh Padre de gracia y misericordia!, sino que te inclinaste mucho más a la piedad. Apenas tu querido y único Hijo hubo conocido tu resolución de no condenar con tanto rigor al hombre frágil, sino de endulzar, por el contrario, ese mismo rigor, cuando, para apaciguar tu cólera, para poner un término al combate entre la misericordia y la justicia que se retrataban en tu rostro, tu Hijo, sin tener en cuenta la felicidad de que gozaba a tu lado, se ofreció por sí mismo a la muerte para expiar la ofensa del hombre. ¡Oh amor sin igual, amor que sólo podía hallarse en el amor divino! ¡Salve, Hijo de Dios, Salvador de los hombres! ¡Tu nombre será en adelante el fecundo objeto de mi canto! Mi lira no olvidará jamás tus alabanzas, ni las separará de las que debe tributar a tu Padre.
De este modo transcurrían para los ángeles las horas en el cielo, sobre la estrellada esfera, en medio de la agradable y placentera armonía de los conciertos. Habiendo descendido Satanás, entre tanto, sobre el opaco y sólido globo de este mundo esférico, recorría la primera convexidad de la antigua Noche. Esta convexidad parecía desde lejos un globo, y desde cerca, un continente sin límites, sombrío, desolado y salvaje, expuesto a las tristezas de una noche sin estrellas y a las amenazadoras tempestades del Caos, que ruge alrededor, cielo inclemente, excepto por el lado de las murallas del cielo, que aunque muy lejanas, dan paso a un pequeño reflejo de una tenue claridad, menos azotado por la mugidora tormenta.
El enemigo caminaba libremente por aquel campo espacioso semejante a un buitre que, elevado sobre el Imaus, cuya nevada cadena encierra al Tártaro vagabundo, se lanza desde una región desprovista de pasto para cebarse en la carne de los tiernos corderos o de los cabritos, sobre las colinas que alimentan a los rebaños, y vuela hacia las fuentes del Ganges o del Hidaspes, ríos de la India, dejándose caer de paso sobre las áridas llanuras de Sericaso por donde los chinos conducen sus ligeros carretones de mimbres con ayuda del viento y de las velas. De igual suerte, el Enemigo marchaba solo, buscando acá y acullá su presa por aquel océano azotado por el viento; solo, porque ninguna criatura viviente, o sin vida poblaba aquel sitio todavía, pero después, cuando el pecado hubo llenado de vanidad las obras de los hombres, subieron allí desde la tierra, como aéreos vapores, todas las cosas vanas y transitorias.
Allí volaron simultáneamente las cosa vanas y los que en ellas fundan su más confiadas esperanzas de gloria, de fama duradera o de felicidad en esta vida o en la otra. Todos lo que tienen en la tierra su recompensa, fruto de una superstición penosa o de un obcecado celo, y que buscan únicamente las alabanzas de los hombres, encuentran en aquel sitio una retribución adecuada, vacía, como sus acciones. Todas las obras imperfectas de la Naturaleza, todas las obras abortivas, monstruosas, caprichosamente barajadas, huyen a aquel lugar después de haberse disuelto en la tierra, y vagan allí vanamente hasta la disolución final. No se dirigen hacia la cercana luna, como han soñado algunos; los habitantes de aquellos campos argentinos son más verosímilmente santos transportados o espíritus que ocupan el puesto intermedio entre la especie humana y la naturaleza angélica.
A este lugar llegaron en un principio desde el antiguo mundo, los hijos de los hijos e hijas mal unidos; aquellos gigantes, con sus vanas hazañas, por más que entonces fueran muy celebradas; en pos de ellos llegaron los constructores de la torre de Babel, en Senar, quienes dominados por su vano proyecto construirían todavía nuevas Babeles si tuvieran medios para ello. Después llegaron otros, uno a uno: tales como Empédocles, que se precipitó contento entre las llamas del Etna, para que lo tuviesen por un dios; Cleombroto que se arrojó al mar para gozar del Elíseo de Platón. Sería prolijo enumerar los demás, los embriones, los insensatos, los ermitaños, los monjes blancos, negros, grises, con todas sus supercherías. Allí vagan los peregrinos, que fueron tan lejos a buscar muerto en el Gólgota al que vive en el cielo: allí se encuentran los hombres que, para tener seguro el paraíso, se visten al morir el hábito de un dominico o de un franciscano, y creen entrar en él disfrazados de este modo. Atraviesan los siete planetas, atraviesan las estrellas fijas y aquella esfera cristalina cuyo balanceo produce la trepidación de que se ha hablado tanto, y atraviesan el cielo que fue el primero que se puso en movimiento. Ya San Pedro, en el postigo del cielo, parece aguardar a los viajeros con sus llaves; ya en las primeras gradas del cielo, levantan el pie para subir, cuando un viento impetuoso y cruzado, soplando a la vez por una y otra parte, los arroja a diez mil leguas de distancia, derribados en la vaga región del aire. Entonces se ven las cogullas, tocas y hábitos, con los que los llevan, sacudidos y hechos pedazos: reliquias, indulgencias, rosarios, dispensas, bulas, todo es juguete de los vientos. Todo va dando vueltas por el aire y vuela a larga distancia, por encima de la espalda del mundo, en el limbo vasto y ancho, llamado después el Paraíso de los locos, lugar que, andando el tiempo, han desconocido muy pocas personas, pero que entonces no estaba poblado ni frecuentado.
El Enemigo, al pasar, encontró aquel globo tenebroso; lo estuvo recorriendo largo tiempo, hasta que el resplandor de una luz naciente atrajo hacia ella sus investigadores pasos. Descubrió a lo lejos un gran edificio, que se eleva hasta la muralla del cielo por medio de magníficas gradas. En la última de éstas veíase, aunque mucho más rica, una obra parecida al pórtico de un palacio real, embellecido por un frontispicio de diamantes y de oro. El pórtico brillaba con deslumbrantes piedras orientales, que no tienen igual en la tierra, ni pueden ser imitadas por pincel. Las gradas eran semejantes a aquella por las que Jacob vio subir y bajar a los ángeles, cohorte de guardianes celestiales, cuando, para huir de Esaú, yendo a Padan-Arán, tuvo un sueño durante la noche en los campos de Luza, bajo el cielo abierto, y al despertar exclamó alborozado: "Aquí está la puerta del cielo".
Aquella inmensa escalera, cada uno de cuyos peldaños encerraba un misterio, no estaba siempre allí; algunas veces permanecía retirada e invisible en el cielo; debajo de ella corría un brillante mar de jaspe o de perlas líquidas, sobre el cual navegaban los que más tarde acudieron desde la tierra, conducidos por ángeles o volaban sobre el lago, arrebatados en un carro tirado por caballos de fuego. Los peldaños descendían entonces hasta abajo, ya para tentar al Enemigo, con la facilidad de su ascensión, ya para agravar su triste exclusión de las puertas de la beatitud.
Frente por frente de aquellas puertas, y precisamente encima de la feliz mansión del Paraíso, se abría un camino que daba paso a la tierra, camino ancho, mucho más ancho de lo que fue, andando el tiempo aquel que descendía espacioso sobre el monte Sión y sobre la tierra prometida, tan predilecta de Dios. Los ángeles, portadores de órdenes supremas, pasaban y repasaban frecuentemente por este camino para visitar las dichosas tribus; el mismo Altísimo las contemplaba bondadoso desde Paneas, manantial del Jordán, hasta Bersabé, donde la Tierra Santa confina con Egipto y con las playas de Arabia. Tal parecía aquella vasta abertura, donde se habían puesto límites a las tinieblas, semejantes a las barreras que detienen las olas del océano. Llegado Satanás al peldaño inferior de la escalera que conduce por escalones de oro hasta las puertas del cielo, miró hacia abajo y quedó poseído de admiración ante la vista repentina del universo.
Cuando, rodeado de peligros y a través de sendas oscuras y desiertas, algún explorador ha marchado toda una noche y consigue llegar a la cumbre de alguna colina áspera y elevada al despertar la risueña aurora, ofreciéndose entonces inopinadamente a sus ojos la agradable perspectiva de un país desconocido, visto por primera vez, o de una metrópoli famosa, adornada de pirámides y torres resplandecientes, doradas por los rayos del sol naciente, no queda tan admirado como a la sazón quedó el del Espíritu maligno, por más que hubiera visto otra vez el cielo; pero su admiración fue menor que su envidia al aspecto de todo aquel mundo que tan bello parecía.
Miraba en torno suyo el espacio (y podía fácilmente hacerlo, estando colocado a tanta altura sobre el pabellón circular de la vasta sombra de la noche) desde el punto oriental de la Balanza hasta la estrella lanuda que transporta a Andrómeda lejos de los mares atlánticos, al otro lado del horizonte; después contempló la latitud de un polo al otro polo, y sin detenerse más, tendió su precipitado vuelo hacia abajo en dirección a la primera región del mundo. Siguió con facilidad y a través del puro mármol del aire, su ruta oblicua, entre innumerables estrellas, que brillaban cual astros desde lejos, pero que de cerca eran semejantes a otros mundos o a islas dichosas, como los jardines de las Hespérides, famosos en la antigüedad; ¡campos afortunados, selvas y valles floridos, islas tres veces dichosas! Pero ¿qué ser feliz habitaba en ellas? Satanás no se detuvo a averiguarlo.
Sobre todas las estrellas, atrae sus miradas el sol de oro, igual a los cielos en esplendor; hacia este astro dirige su carrera a través del tranquilo firmamento; pero será difícil manifestar si la dirigió por arriba o por abajo, por lo céntrico o lo excéntrico, o por su longitud. Adelántase hacia el sitio donde la gran antorcha envía desde lejos su claridad a las numerosas y vulgares constelaciones que se mantienen a una distancia conveniente del ojo de su Señor. Estas forman en su marcha su danza estrellada en números que miden los días, los meses y los años; se apresuran a ejecutar sus variados movimientos hacia su vivificante llama, o bien giran impulsadas por su rayo magnético, que esparce un grato calor por el universo, y que con benigna penetración, aunque inadvertido, comunica una visible virtud hasta el fondo del abismo. ¡Tan maravillosamente fue escogido el sitio resplandeciente del astro de la luz!.
Allí se dirige el Enemigo; el astrónomo, ayudado de su óptico cristal, no habrá quizá observado nunca una mancha semejante en la esfera resplandeciente del sol. Parecióle a Satanás este sitio mucho más esplendoroso de cuanto decirse pueda, y sin que haya en la tierra cosa alguna que pueda comparársele, bien sea metal o piedra. No eran semejantes todas sus partes, pero todas estaban penetradas por igual de una luz radiante, como el hierro candente lo está por el fuego; como metal una parte parecía de oro, otra parte de plata; como piedra, una parte parecía carbunclo o crisolito, y otra, rubí o topacio, semejantes a las doce piedras que brillaban en el pectoral de Aarón, o más bien, a la piedra tantas veces imaginada y nunca vista; piedra que los filósofos de aquí abajo han buscado en vano tanto tiempo, por más que valiéndose de su arte poderosa, hayan fijado el volátil Hermes y evoquen del mar bajo aspectos diferentes al viejo Proteo, reducido a través de un alambique a su forma primitiva.
¿Qué asombro debe causarnos, pues, el que aquellos campos, aquellas regiones exhalen un elixir puro; que aquellos ríos lleven el oro potable, cuando, por la virtud de su simple contacto, el gran alquimista, el sol, tan apartado de nosotros, produce tan preciosas cosas de tan vivos colores y de unos efectos tan raros, aquí en la oscuridad, mezcladas con los humores terrestres?
Allí, el demonio, sin verse deslumbrado, encuentra nuevos motivos de admiración: su vista percibe los objetos a larga distancia porque allí no encuentra obstáculo ni sombra, sino que todo es sol, como cuando a mediodía el astro lanza verticalmente sus rayos sobre el ecuador, pues entonces no puede proyectarse la sombra en derredor de ningún cuerpo opaco.
Una atmósfera tan límpida como no existe en parte alguna, contribuía a que la mirada de Satanás fuera más penetrante para los objetos apartados: así es que pronto descubre a la simple vista un ángel glorioso que estaba en pie, al mismo ángel que también vio San Juan en el sol. Aunque vuelto de espaldas, no se ocultaba su gloria. Una tiara de oro, formada por los rayos del sol, coronaba su cabeza; su cabellera no menos brillante, flotaba ondulando sobre sus espaldas, provistas de alas: parecía dedicado a una grave ocupación, o sumida en una meditación profunda. El Espíritu impuro se sintió gozoso, con la esperanza de encontrar un guía que pudiera encaminar su vuelo errante al Paraíso terrenal, mansión feliz del hombre, fin del viaje de Satanás y sitio donde empezaron nuestros males.
Pero el Enemigo piensa primero en cambiar su propia forma, porque de los contrario podría ocasionarle un peligro o una demora; por lo cual se transforma de improviso en un querubín adolescente, y aunque no de los de primer orden, tal, sin embargo, que en su rostro brillaba una juventud celestial y en todos sus miembros se difundía una gracia inefable: ¡tan bien sabía fingir! Los bucles flotantes de sus cabellos sujetos por una pequeña corona, caían sobre sus mejillas: iba provisto de alas, cuyas plumas, de variados colores, estaban sembradas de oro; su vestidura corta era a propósito para una marcha rápida y con una varita de plata parecía sostener sus pasos, llenos de gracia y decencia.
No se acercó sin ser sentido: el ángel refulgente avisado por su oído, volvió su radiante rostro cuando aquél se adelantaba e inmediatamente se conoció que era el arcángel Uriel, uno de los siete que están en presencia de Dios y de los más próximos a su trono, prontos a ejecutar sus órdenes. Estos siete arcángeles son los ojos del Eterno: recorren todos los cielos o conducen aquí abajo, a este globo, sus rápidos mensajes, sobre lo húmedo o sobre lo seco, sobre la tierra y sobre el mar.
Satanás se acerca a Uriel y le dice:
"Uriel, puesto que eres uno de los siete espíritus gloriosamente brillantes que están en pie ante el elevado trono de Dios, y acostumbrado como fiel intérprete de su gran voluntad, a ser el primero en transmitirla al más alto cielo, donde todos sus hijos esperan tus embajadas, aquí obtienes, sin duda, el mismo honor por decreto supremo y visitas frecuentemente, como uno de los ojos del Eterno, esta nueva creación. Un deseo indecible de ver y conocer las obras de Dios, pero particularmente el hombre, objeto principal de sus delicias y de su predilección; el hombre, en cuyo favor ha dispuesto tan maravillosas obras, me ha hecho abandonar el coro de querubines errando sólo por aquí. ¡Oh tú, el más brillante de los serafines! Dime en cuál de esos orbes tiene designada el hombre su residencia, o si, no teniendo morada fija, puede habitar a su antojo todos esos orbes esplendentes; dime dónde podré encontrar, dónde podré contemplar, con un secreto asombro, o con una ostensible admiración a aquel a quien el Creador ha prodigado mundos y a quien ha dotado de todas las gracias, a fin de que en esta nueva criatura como en todas sus obras, podamos ambos, como debemos alabar al Creador universal, que ha precipitado justamente en lo más profundo del infierno a sus rebeldes enemigos y que, a fin de reparar esta pérdida, ha creado esa nueva y dichosa raza de hombres para servirle mejor. ¡Todas sus determinaciones son sabias!"
Así habló aquel impostor, sin ser conocido, porque ni el hombre ni el ángel pueden distinguir la hipocresía, único mal que en el cielo y en la tierra pasa invisible para todos menos para Dios, y por permisión de Dios, pues muchas veces, aunque la Sabiduría vele, la Sospecha duerme a la puerta de la Sabiduría y confía su cargo a la Sencillez; la Bondad no cree que exista el mal allí donde no parece haberlo. Esto es lo que entonces engañó a Uriel, por más que rigiera el sol y fuera tenido como el espíritu celeste dotado de más penetrable mirada y por eso respondió con sinceridad al impuro y pérfido impostor:
"Hermoso ángel, tu deseo, que tiende a conocer las obras de Dios, a fin de glorificar de este modo al gran Artista, no conduce a ningún exceso digno de censura; por el contrario, cuanto más excesivo parezca ese deseo, más alabanzas merece, puesto que desde tu morada empírea te conduce solo aquí para asegurarte por el testimonio de tu vista de lo que algunos se han contentado quizá con saber solamente de referencia en el cielo. ¡Maravillosas son por cierto las obras del Altísimo, agradable su conocimiento y dignas de que se conserven para siempre y plácidamente en la memoria! ¿Qué espíritu creado puede calcular su número o comprender la Sabiduría infinita que las dio a luz, pero que ocultó sus profundas causas?
Yo le he visto; ante El estaba yo, cuando a su voz la masa informe, la mole material de este mundo, se reunió en un montón: La Confusión oyó su voz, el feroz Tumulto se sometió a reglas dadas, y el vasto Infinito quedó limitado. A su segunda palabra, huyeron las tinieblas, brilló la luz, el orden nació del desorden. Los elementos groseros, la tierra, el agua, el aire y el fuego se apresuraron a ocupar rápidamente sus diferentes puesto: la quinta esencia etérea del cielo voló al punto más elevado; animada bajo diferentes formas, extendióse orbicular y se convirtió en estrellas sin número, como ves; cada una tuvo su sitio designado, según su impulsión, cada cual su curso, el resto como una muralla circular, rodea el universo.
Baja tus miradas hacia ese globo, que brilla por esta parte con la luz reflejada que recibe de aquí: ese lugar es la Tierra, morada del hombre. Esta luz es el día de la Tierra, sin la cual la noche invadiría esa mitad del globo terráqueo, como invade el otro hemisferio. Pero la vecina Luna (así se llama ese hermoso planeta opuesto) interpone a propósito su socorro; y traza un circulo mensual, terminando siempre y siempre renovando en medio del cielo, merced a una luz prestada, su triforme faz. De esta luz se inunda y se despoja alternativamente para iluminar a la Tierra, su pálida dominación detiene la noche. Esa mancha que te designo es el Paraíso, la morada de Adán, esa gran sombra es su asilo, no puedes equivocar tu camino, el mío me reclama".
Así dijo y se volvió. Satanás, inclinándose profundamente ante un espíritu superior, como es costumbre en el cielo, donde nadie olvida prestar el respeto y el homenaje debidos, se despide y se lanza desde la eclíptica hacia la convexidad de la tierra; adquiriendo más agilidad con la esperanza de un buen éxito, precipita su vuelo perpendicular girando como una rueda aérea y no se detuvo hasta posarse sobre la cumbre del monte Nifates.
¡Oh! ¿Por qué no se dejo oír aquella voz tutelar que hirió los oídos del apóstol que vio el Apocalipsis, cuando el Dragón derrotado por segunda vez, acudió furioso para vengarse de los hombres; voz que gritaba con fuerza en el cielo: "¡Ay de los moradores de la Tierra!" Entonces, mientras aún era tiempo, nuestros padres hubieran tenido aviso de la llegada de su enemigo secreto, y quizá se habrían librado de su lazo mortal. Porque Satanás, inflamado ahora de rabia, desciende por primera vez sobre la tierra: tentador antes que acusador del género humano, viene para hacer sufrir el castigo de su primera batalla perdida, y de su huída al infierno, al hombre inocente y frágil. Sin embargo, aunque temerario y sin miedo, no se goza en su velocidad, al empezar su horrible empresa, no tiene motivos para enorgullecerse. Su designio, próximo a manifestarse, oscila y hierve en su seno tumultuoso, y, semejante a una máquina infernal, retrocede sobre sí mismo. El horror y la incertidumbre desconciertan sus turbados pensamientos y sublevan hasta el fondo todo el infierno en su seno, porque lleva el infierno en sí y en torno suyo, y no puede huir de él un solo paso, como no puede huir de sí mismo cambiando de sitio. La conciencia despierta a la desesperación que dormitaba y aviva en el arcángel el recuerdo amargo de lo que fue, de lo que es y de lo que debe ser, cuando peores acciones produzcan mayores suplicios. Algunas veces fija tristemente su infeliz mirada sobre el Edén, que se ostenta ahora agradable ante su vista; otras la fija en el cielo y en el sol, que resplandece sobre su trono del mediodía. Después de haberlo repasado todo en su imaginación, se expresó de esta suerte entre suspiros:
"¡Oh tú, que coronado de una gloria incomparable, miras desde lo alto de tu imperio solitario, como si fueras el Dios de este mundo nuevo! ¡Tú, ante cuya vista todas las estrellas ocultan sus cabezas empequeñecidas! A ti es a quien llamo, pero no con una voz amiga, no pronuncio tu nombre, ¡oh Sol!, sino para manifestarte todo el odio que me inspiran tus rayos. Ellos me recuerdan el estado de que he descendido y cuán glorioso me elevaba otras veces sobre tu esfera.
El orgullo y la ambición me han precipitado: he declarado la guerra en el cielo al Rey del cielo, que no tiene igual. ¡Ah! ¿Y por qué? No merecía de mí semejante pago, cuando me había creado tal cual era en una categoría eminente: no me reprochaba ninguno de sus beneficios: su servicio no era nada duro. ¿Qué menos podía yo hacer que prodigarle alabanzas, homenaje bien fácil por cierto? ¿Qué otra cosa que tributarle acciones de gracias, cuando le eran debidas? A pesar de esto, toda su bondad sólo ha producido en mí el mal, la malicia. Encumbrado a tal alto puesto, he desdeñado la sujeción, he pensado que, subiendo un grado más, llegaría a ser el Altísimo, que en un momento satisfaría la deuda inmensa de una gratitud eterna; deuda bien pesada, puesto que siempre se paga, y siempre se debe. Olvidaba también lo que diariamente recibía de Él, no comprendía que un corazón agradecido aunque deba, no debe, sino que paga sin cesar, siendo a la vez deudor y pagador. ¿Tan pesada era esta carga? ¡Ah! ¿Por qué su poderoso destino no me creó ángel inferior? Aún me contemplaría feliz: una desenfrenada esperanza no habría hecho nacer en mí la ambición. ¿Y por qué no? Alguna otra potestad tan grande hubiera podido aspirar al trono, y a pesar de mi corta valía, me habría arrastrado a su partido. Pero otras potestades tan grandes no han caído, sin embargo; han permanecido firmes, armadas interior y exteriormente contra toda tentación. ¿No tenías tú, por ventura, la misma voluntad libre, e idéntica fuerza para resistir? La tenías, ¿a quién, pues y de qué podrás acusar, si no es al libre amor del cielo, que en todos se hace sentir por igual?
¡Maldito sea, pues, ese amor, puesto que el amor o el odio, que para mí son los mismo, me acarrean la eterna desgracia! No: ¡Maldito seas tú mismo, ya que por tu voluntad contraria a la de Dios has elegido libremente aquello de que hoy te arrepientes con tan justo motivo!
¡Ay de mí, miserable! ¿Por qué camino podré huir de la cólera infinita y de la infinita desesperación? Por cualquiera que lo intente, iré a parar al infierno: el infierno soy yo mismo; y en el abismo más profundo existe dentro de mí un abismo más profundo que, anchamente abierto, sin cesar amenaza devorarme, en comparación de este antro, el infierno en que sufro es parecido al cielo. ¡Oh, modera tus golpes! ¿No hay ningún lugar reservado al arrepentimiento, a la misericordia? Ninguno; para ello es necesaria de antemano la sumisión; pero mi orgullo y el temor de avergonzarme no me permiten pronunciar esta palabra en presencia de los espíritus inferiores a mí, cuando yo soy quien los ha seducido con otras promesas, con seguridades muy diferentes de la sumisión, alabándome de sojuzgar al Todopoderoso. ¡Ah, cuán desgraciado soy! ¡Cuán poco saben lo costosamente que estoy pagando mi vana jactancia, y los tormentos que me hacen gemir interiormente, mientras me adoran sobre el trono del infierno! ¡Yo, el más elevado con el cetro y la diadema, he caído más abajo que ellos, siéndoles únicamente superior en miserias! Esa es la recompensa que halla la ambición.
Pero aun cuando me fuera posible arrepentirme, obtener gracia y volver a mi primitivo esplendor, ¡ah! lo elevado de mi estirpe haría renacer en breve lo elevado de mis pensamientos, y ¡cuán pronto me retractaría de lo que una fingida sumisión me hubiera hecho jurar! El alivio del mar rechazaría como nulos y arrancados por la violencia unos votos pronunciados en medio del dolor. Jamás puede renacer una verdadera reconciliación allí donde las heridas de un odio mortal han penetrado tan profundamente. Esto tan sólo me conduciría a infidelidad peor y a más horrible caída: compraría cara un corta intermisión pagada con un doble suplicio. Harto lo sabe el que me castiga y por lo mismo está tan lejos de concederme la paz como yo de mendigarla. Alejada toda esperanza en lugar de nosotros, arrojados, proscritos, ha creado al hombre, su nueva delicia, y para el hombre, este mundo. Así pues, ¡adiós esperanza, y con la esperanza, adiós temor, adiós remordimientos! Puesto que todo bien está ya perdido para mí, ¡oh Mal!, sé mi bien, merced a ti compartiré a los menos el imperio con el Rey del Cielo, merced a ti, reinaré quizá sobre más de la mitad del Universo, como lo conocerán en breve el hombre y este nuevo mundo".
Mientras hablaba de esta suerte, las pasiones oscurecían su rostro, alterado tres veces por la pálida cólera, la envidia y la desesperación; pasiones que desfiguraban su mentido semblante, y que habrían descubierto su disfraz si algún ojo le hubiera visto; porque los espíritus celestiales están siempre exentos de tan vergonzosos desórdenes. Satanás se acordó de ello en breve, y cubrió la alteración de su rostro con una exterioridad de calma: como artista hábil en todo fraude, él fue el primero que practicó la falsedad bajo una apariencia santa, a fin de ocultar su profunda malicia encerrada en la venganza. No era, sin embargo, lo suficientemente experto en su arte para lograr engañar a Uriel, una vez prevenido; la mirada de este arcángel le había seguido por el camino que emprendiera; le vio sobre el monte Asirio más alterado de lo que convenía a un espíritu bienaventurado; y observó sus gestos furiosos, su extraviado continente, mientras él se creía solo, no observado, no visto.
Satanás continuó su camino y se acercó al límite del Edén. El delicioso Paraíso más próximo ahora, corona con su verde cercado, cual un muro campestre, la cumbre aplanada de una escarpada soledad: las enhiestas laderas de aquel desierto, erizadas de espesas breñas, caprichosas y salvajes, impiden toda entrada. Sobre su clima crecían hasta una elevación inconmensurable, las más altas arboledas de cedros, pinos, abetos y palmeras, que formaban un agreste conjunto; y como sus largas hileras sobreponían follaje, componían un anfiteatro de bosques del más majestuoso aspecto. Más elevada aún que sus cimas, ascendía la verde muralla del Paraíso, ofreciendo a nuestro primer padre una vasta perspectiva sobre las comarcas que rodeaban su imperio. Más alto que aquella muralla, que se extendía circularmente en torno suyo, descollaba un círculo de los más preciados árboles, cargados de los más hermosos frutos. Las flores y los dorados frutos formaban un rico esmalte de entremezclados colores; el sol esparcía en ellos sus rayos con más placer que en una hermosa nube vespertina o en el húmedo arco que aparece cuando Dios rocía la tierra.
Tal era aquel encantador paisaje. A medida que Satanás se acercaba a él, pasaba de un aire puro a otro más puro, que inspiraba al corazón delicias y goces primaverales, capaces de extirpar toda tristeza, excepto la de la desesperación. Blandas brisas, batiendo sus odoríferas alas, esparcían perfumes naturales, y revelaban los sitios donde adquirían aquellos embalsamados despojos. Así como a los marinos que han doblado el cabo de Buena Esperanza y han pasado ya de Mozambique, sorprenden en alta mar los perfumes de Sabá, que desde la aromática costa de la Arabia Feliz les llevan los vientos del Nordeste, por lo cual, encantados con la calma, procuran detener aún más su marcha, y durante muchas leguas se sonríe el viejo Océano halagado por tan agradables perfumes, del mismo modo acogían las suaves emanaciones del Paraíso al Enemigo, que iba a él para envenenarlas. Mostróse más satisfecho que lo pareció Asmodeo ante el humo del veneno que, aunque enamorado, le hizo apartarse del lado de la esposa del hijo de Tobías, obligándole la venganza a huir desde la Media hasta Egipto, donde fue encadenado.
Pensativo y lento, ascendió Satanás por la colina escarpada y salvaje, pero en breve le faltó el camino para ir más lejos; de tal modo las espinas, entrelazadas como una valla continua, y la exuberancia de los zarzales, cierran el paso a l hombre o a la bestia que sigan este camino. El Paraíso sólo tenía una puerta que miraba al Oriente por el lado opuesto; pero el gran criminal, a pesar de haberla visto, desdeñó de introducirse por la entrada verdadera, y por desprecio, traspasó de un rápido salto todo el cercado de la colina y de la más alta muralla y cayó de pies en el interior.
Como el lobo merodeador, que obligado por el hambre a buscar las recientes huellas de una presa acecha el sitio donde los pastores han encerrado de noche sus rebaños en recintos seguros en medio de los campos y salta fácilmente por encima de las cercas del aprisco; o como un ladrón, ávido de apoderarse del tesoro de un rico ciudadano, cuyas macizas puertas, provistas de barras y cerrojos, no temen ningún asalto, así el primero y el mayor de los ladrones escaló el redil de Dios, del mismo modo que escalaron después su Iglesia los impuros mercenarios.
Satanás desplegó en seguida su vuelo y se posó semejante a un cuervo marino, sobre el árbol de la vida, el árbol del centro del Paraíso y también el más elevado. No recobró en el la verdadera vida, sino que meditó allí la muerte de los que vivían; no pensó en la virtud del árbol que da vida, y cuyo buen uso hubiera sido prenda de inmortalidad, sino que se sirvió solamente de él para extender a lo lejos sus miradas: Tan cierto es que nadie, excepto Dios, conoce el justo valor del bien presente, y que se pervierten las mejores cosas por el más abominable abuso o por el uso más vil.
Satanás tendió sus miradas por el suelo que le rodeaban y con nueva sorpresa vio contenidas en un estrecho espacio y para las delicias de los sentidos del hombre, todas las riquezas de la Naturaleza; mejor dicho, vio un cielo en la tierra, porque este bienaventurado Paraíso era el jardín de Dios, plantado por Él mismo al Oriente del Edén. El Edén se extendía al Este, desde Auran hasta las torres reales de la gran Seleucia, fundada por los reyes griegos, o hasta el sitio que los hijos del Edén habitaron mucho tiempo antes, llamado Telessar. Sobre este suelo agradable trazó Dios su más encantador jardín; hizo salir de la tierra fecunda los árboles de mejor especie para recreo de la vista, el olfato y el gusto. En medio de ellos estaba el árbol de la Vida, alto, elevado, ostentando sus frutos de ambrosía y de oro vegetal. No lejos de la vida, crecía el árbol de la ciencia, nuestra muerte, ciencia del bien, comprada a tanta costa por el conocimiento del mal.
Por el lado del Mediodía, y a través del Edén, pasaba un anchuroso río, que no variaba su curso, sino que se sepultaba bajo la escarpada montaña. Dios había colocado aquella montaña, como el suelo de su elevado jardín, sobre la rápida corriente. La onda atraída hacia lo alto por la dulce sed de la tierra porosa, brotaba de sus venas como límpida fuente y se desparramaba por el jardín, formando innumerables arroyuelos, que, reuniéndose caían desde una rampa escarpada y volvían a encontrar el río, que salía de su oscuro pasaje; dividido éste entonces en cuatro brazos principales, emprendía diferentes caminos, errando por países y reinos famosos, de que es inútil hacer mención aquí.
Digamos más bien, si es que el arte puede hacerlo cómo corrían los tortuosos arroyos de aquella fuente de zafiro sobre perlas orientales y arenas de oro; cómo formando sinuosos laberintos y bajo risueños follajes, esparcían el néctar, visitaban cada planta y nutrían flores dignas del paraíso. Aquellas flores no han sido ordenadas en capas regulares, ni en curiosos ramilletes, por el refinamiento del arte, sino que la generosa Naturaleza las ha distribuido con profusión sobre la colina, por el valle, por la llanura, allí donde el sol de la mañana comunica su primer calor al campo abierto, y allí donde el follaje impenetrable, sombrea los bosquecillos al Mediodía.
Tal era aquel lugar: asilo feliz y campestre de variado aspecto: bosquecillos, cuyos ricos árboles lloran lágrimas de bálsamo y de gomas perfumadas; vergeles cuyos frutos de doradas y tersas pieles y exquisito gusto, penden incitantes, sitio en que se realiza la fábula de las Hespérides, si es cierto este prodigio. Entre aquellos bosquecillos se interponen algunos espacios descubierto y risueños prados, donde los rebaños pacen la fresca hierba, o bien se elevan colinas plantadas de palmeras, o despliega sus tesoros el florido recinto de algún húmedo valle, lleno de flores de todos colores y de rosas sin espinas.
Hacia otro lado se abren umbrosas grutas y cavernas, que convidan al reposo con su frescura: la vid envolviéndolas con su manto, ostenta sus purpúreos racimos y se encarama elegantemente rica. Al mismo tiempo caen aguas susurrantes por los declives de las colinas, dispersándose o yendo a unir sus corrientes en un lago, que refleja en su cristalino espejo sus orillas desiguales y coronadas de mirtos. Los pájaros cantan en coro, y las brisas primaverales, esparciendo los perfumes de los campos y de los vergeles unen su suave armonía a la de las temblorosas hojas, mientras que el universal Pan, danzando con las Gracias y con las Horas, lleva consigo una primavera eterna. Ni la deliciosa campiña de Enna donde Proserpina fue arrebatada por el sombrío Plutón, mientras cogía flores, cuando ella era la flor más preciada, haciendo que la desolada Ceres la buscase por toda la Tierra, ni el agradable bosque de Dafne, cerca del Oronte, ni la inspirada fuente de Castalia pueden compararse al paraíso del Edén; y mucho menos la isla Nisa, rodeada por el río Tritón, donde el viejo Can, llamado Amón y Júpiter Líbico por los gentiles, ocultó a Amaltea y al joven Baco, para alejarlo de la vista de Rea, su madrastra. El monte Amar donde los reyes de Abisinia guardan sus hijos y donde algunos han supuesto que estaba el verdadero paraíso, monte colocado bajo la línea etiópica y cerca de las fuentes del Nilo, rodeado de brillantes rocas, para cuya ascensión se necesita un día entero, está muy lejos de aproximarse en semejanza al jardín de Asiria, donde el Enemigo vio sin placer todos los placeres, todas las criaturas vivientes, nuevas y extrañas a sus ojos.
Dos de entre ellas, dotadas de una forma mucho más noble, de continente erguido y elevado como el de los dioses, vestidas con su dignidad natal en una desnuda majestad, parecían los señores de todo, y se mostraban dignas de serlo. En sus miradas divinas brillaba la imagen de su glorioso autor, con la razón, la sabiduría, la santidad severa y pura, severa, pero colocada en esa verdadera libertad filial que constituye la verdadera autoridad entre los hombres. Aquellas dos criaturas no eran iguales, como tampoco eran iguales sus sexos: Él estaba formado para la contemplación y el valor; Ella, para la dulzura y la gracia seductora. Él, para Dios solamente; Ella, para Dios en Él. La hermosa y ancha frente del hombre y su mirada sublime anuncian la autoridad suprema; sus cabellos de jacinto divididos por delante, caen formando bucles de una manera varonil sobre sus fuertes hombros, pero sin pasar de ellos. La mujer lleva como un velo su cabellera de oro, que desciende esparcida y sin adorno hasta su delgada cintura, enroscándose en caprichosos anillos, como la vid repliega sus flexibles sortijas, símbolo de la dependencia, pero de una dependencia demandada con dulce autoridad, concedida por la mujer, recibida por el hombre; otorgada con una sumisión ingenua, y un orgullo modesto, una tierna resistencia y una amorosa demora. Entonces no estaba oculta ninguna parte misteriosa de sus cuerpos; entonces no existía la culpable vergüenza, desconocían esa decencia impúdica y ese honor deshonroso que desdora las obras de la Naturaleza. ¡Oh vergüenza, hija del pecado, cuánto has turbado a la raza humana, con puras apariencias de pureza! ¡Has alejado de la vida del hombre su vida más dichosa, la sencillez y la inmaculada inocencia!
De este modo vivía la desnuda pareja, sin evitar la vista de Dios ni la de los ángeles, porque no pensaba en el mal, así vivía, con las manos entrelazadas, la más hermosa pareja que se haya unido con los lazos del amor: Adán, el mejor de los hombres que fueron sus hijos; Eva, la más bella de las mujeres que nacieron hijas suyas.
Bajo una umbrosa enramada, que murmuraba dulcemente sobre el verde césped, se sentaron junto a una límpida fuente. El cultivo de su hermoso jardín les había ocupado tan sólo lo necesario para que gustaran más a su sabor de la frescura del céfiro, para hacerles más apacible el reposo y más saludables el hambre y la sed. Allí cogieron los frutos que debían servirles para su colación; frutos deliciosos que les decían las complacientes ramas, mientras ellos reposaban inclinados sobre la blanda alfombra de un lecho cubierto de flores. Gustaban las sabrosas pulpas, y a medida que tenían sed, bebían en la corteza de las frutas el agua que se deslizaba en torno suyo.
En este banquete no faltaban ni los dulces coloquios, ni las tiernas sonrisas, ni las juveniles caricias naturales a tan bellos esposos, enlazados por el dichoso vínculo nupcial, y que se encontraban solos. En su derredor triscaban alegremente los animales de la Tierra, que, transformados después en fieras, son perseguidos en los bosques o en los desiertos, en las selvas o en las cavernas. El león se encabritaba jugando y mecía la cabritillo entre sus garras; los osos, los tigres, los leopardos, las panteras, saltaban y luchaban inocentemente en su presencia, el informe elefante, para entretenerlos hacía gala de su fuerza y enroscaba con destreza los anillos de su flexible trompa; la astuta serpiente, insinuándose cerca de ellos, entrelazaba como un nudo gordiano su replegada cola, y daba una prueba de su fatal malicia, no comprendida entonces. Otros animales tendidos sobre el césped, hartos de pasto miraban a uno y otro lado, o rumiaban medio dormidos. El sol, próximo a su ocaso, apresuraba su carrera inclinada hacia las islas del de Océano y en la escala ascendente del cielo se elevaban las estrellas introductoras de la noche. El triste Satanás, que no había salido aún de su anterior asombro, apenas pudo recobrar su voz desfallecida:
"¡Oh infierno! ¿Qué es lo que mis ojos ven con dolor? ¡En lugar nuestro y a tan alto grado de felicidad se han elevado criaturas de otra sustancia, nacidas quizá de la tierra, y aunque no espíritus puros, poco inferiores, sin embargo a los espíritus celestiales! Mis pensamientos se fijan en ellas con asombro, yo podría amarlas, en atención a la divina semejanza que en ellas resplandece, y a tantas gracias como ha derramado en su forma la mano que las creó.
¡Ah pareja encantadora, no te imaginas el cambio que vas a sufrir en breve; todas tus delicias van a desvanecerse, y a entregarte a la desgracia; desgracia tanto mayor cuanto más placer estás disfrutando ahora! Pareja dichosa pero mal guardada para continuar por mucho tiempo en tan feliz estado: esta mansión elevada, vuestro cielo, está mal fortificada para serlo, y para impedir el paso a un enemigo tal como el que ahora ha entrado. No es decir que yo sea vuestro enemigo decidido; pues ahora podría tener piedad de vosotros al veros abandonados por más que no la hayan tenido de mí.
Pretendo celebrar con vosotros una alianza, una amistad mutua, tan íntima, tan estrecha, que en adelante habite yo con vosotros o vosotros habitéis conmigo. Mi morada no es parecerá sin duda tan agradable como este risueño paraíso; aceptadla, sin embargo tal cual es, porque es también la obra de vuestro Creador; Él me la ha dado, y yo, no menos generoso, os la cedo a mi vez. El infierno abrirá sus anchas puertas para recibiros a ambos y enviará todos sus reyes a vuestro encuentro. Allí dispondréis del espacio de que en estos reducidos límites careceríais, para aposentar vuestra numerosa posteridad. Si aquel lugar no es mejor, agradecérselo al que me ha obligado a pesar de mi repugnancia, a tomar en vosotros venganza del ultraje que me infirió, aunque por vuestra parte no me hayáis hecho ningún daño. Y aun cuando me enterneciese como lo hago, en vista de vuestra inofensiva inocencia, una justa razón pública, el honor, el imperio que mi venganza ensanchará con la conquista de este nuevo mundo, me obligarían a hacer lo que, sin estas razones, me parece aborrecible, a pesar de ser un condenado".
Así habló en Enemigo, procurando justificar con la necesidad pretexto de todos los tiranos, su diabólico proyecto.
Desciende desde la elevada copa del árbol donde se había posado, y se dirige hacia la juguetona multitud de los cuadrúpedos, convertido ya en uno, ya en otro, según la forma de ellos que cuadra mejor a su designio.
Contempla desde más cerca su presa; espía sin ser descubierto, cuanto puede averiguar aún acerca del estado de los dos esposos por sus palabras o por sus acciones. Tan pronto da vueltas en torno suyo cual león de chispeantes ojos, como les sigue cual tigre que ha descubierto por casualidad dos tiernos cervatillos jugando en el lindero de un bosque, agachándose, levantándose y cambiando con frecuencia de emboscada, como un enemigo que escoge el terreno desde donde, lanzándose sobre su presa, pueda cogerla entre sus garras. Adán, el primero de los hombres, al dirigir estas frases a Eva, la primera de las mujeres, hizo que Satanás aguzara los oídos para escuchar las palabras de aquella nueva lengua:
"¡Oh mi dulce compañera, única quien comparto todos estos placeres y a quien amo más que a ellos! Preciso es que el poder que nos ha hecho, y que ha hecho para nosotros este vasto mundo, sea infinitamente bueno, tan generoso como bueno, y asimismo tan liberal en su bondad como infinito. Él nos ha sacado del polvo y nos ha colocado aquí, en medio de toda esta felicidad, cuando por nuestra parte no hemos merecido nada de su mano, ni podemos hacer nada de que pueda Él tener necesidad. No exige de nosotros otra cosa que un solo deber, una fácil obligación, que de todos cuantos árboles producen en el paraíso frutos variados y deliciosos, nos abstengamos únicamente de tocar el árbol de la ciencia, plantado cerca del árbol de la vida. ¡Tan cerca de la vida crece la muerte! Y ¿qué es la muerte? Alguna cosa terrible sin duda; porque, como tú no ignoras, Dios ha dicho que tocar el árbol de la ciencia es lo mismo que morir. Esta es la única prueba de obediencia que nos ha impuesto entre tantas facultades de poder y de soberanía como nos ha conferido, y después de habernos dado un dominio absoluto sobre todas las criaturas que existen sobre la tierra, en el aire y el mar. No debemos pues, tener por penosa tan libera prohibición, cuando por lo demás disfrutamos del libre y amplio uso de todas las cosas, y la elección ilimitada de todos los placeres. Alabemos, sí, para siempre a Dios, glorifiquemos su bondad, continuemos en nuestra tarea deliciosa de podar esos árboles y cultivar esas flores, tarea que, aunque fuera fatigosa, contigo sería dulce".
Eva le respondió:
"¡Oh tú para quien y de quien he sido formada carne de tu carne, y sin quien no tendría objeto mi existencia! ¡Oh guía y jefe mío! Lo que acabas de decir es justo y razonable. Debemos en verdad, alabanzas y diarias acciones de gracias a nuestro Creador; y principalmente yo, que disfruto de la mayor parte de nuestra dicha poseyéndote a ti, que eres superior a toda comparación y que no puedes hallar otro igual a ti.
Recuerdo con frecuencia el día en que salí por primera vez de mi sueño me encontré muellemente reposada a la sombra sobre flores, no sabiendo en mi sorpresa lo que era, dónde estaba, ni de dónde y cómo había sido llevada allí. No lejos de este sitio se escapaba de una gruta el dulce murmullo de las aguas, que se extendían como un brillante espejo, quedando luego tranquilas y puras como la superficie del cielo. Me dirigí a aquel sitio con un pensamiento inexperto y me tendí sobre la verde orilla, para contemplar el verde y transparente lago, que me parecía otro firmamento. Cuando me inclinaba para mirar, apareció ante mí una forma en el cristal del agua, inclinándose también para contemplarme, retrocedí estremeciéndome y ella retrocedió estremeciéndose: complacida volví a adelantarme y ella hizo lo mismo, mirándonos con amorosa empatía. Aún estarían fijos mis ojos en aquella imagen y yo me habría consumido en un vano deseo, si una voz no me hubiera avisado de esta suerte:
"Lo que ves, hermosa criatura, lo que ves ahí es a ti misma: ese objeto va y viene contigo, pero sígueme, yo te conduciré a un sitio donde alguien que no es una sombra espera tu llegada y tus dulces caricias. Gozarás inseparablemente de aquel de quien eres imagen, le darás una multitud de hijos semejantes a ti misma y serás llamada madre del género humano"
¿Qué otra cosa podía yo hacer sino seguir a mi invisible guía? Bajo un plátano te vi entonces, gallardo y hermoso, es cierto, pero, sin embargo me pareciste menos bello, de una gracia menos atractiva, de una dulzura menos amable que aquella bella imagen de las aguas. Volví hacia atrás mis pasos, me seguiste y exclamaste: "¡Vuelve hermosa Eva! ¿De quién huyes? Del que huyes has nacido; tú eres su carne, sus huesos. Para darte el ser te he prestado de mi propio costado, del sitio más próximo a mi corazón, la sustancia y la vida a fin de que permanezcas para siempre a mi lado, y de que seas mi caro e inseparable consuelo. ¡Parte de mi alma, yo te busco! Reclama mi otra mitad". Con tu dulce mano cogiste la mía, cedí y desde entonces he visto cuánto sobrepuja a la belleza la gracia varonil y la sabiduría, que es la única verdaderamente hermosa".
Así habló nuestra madre común, y con miradas llenas de un encanto conyugal no rechazado, con un tierno abandono se apoyó en nuestro primer padre, medio abrazándole, la mitad de su seno, palpitante y desnudo, oculto bajo el oro flotante de sus trenzas esparcidas, fue a encontrar el seno de su esposo. Adán seducido por su belleza y por sus sumisos encantos, se sonrió con un amor superior, como Júpiter se sonríe mirando a Juno cuando fecundiza las nubes que esparcen las flores de mayo, y depositó un beso puro en los labios de la madre de los hombres. El demonio volvió la cabeza con envida, a pesar de lo cual continuó mirándolos de reojos con malignos celos, quejándose consigo mismo de esta suerte:
¡Vista odiosa!, ¡espectáculo atormentador! De ese modo esos dos seres, endiosados uno en brazos del otro, y formándose un Edén más feliz, acumularán dicha sobre dicha, mientras yo me veo sepultado en el infierno, donde no existe el placer, ni el amor, sino que arde un violento deseo, que no es por cierto el menor de nuestros tormentos, deseo que, no viéndose nunca satisfecho se consume en el suplicio de la pasión!
"Pero no olvidaré lo que he sabido de su propia boca, según parece, no todo se halla bajo tu dominio, aquí se eleva un árbol fatal, llamado el árbol de la ciencia, cuyo fruto les está prohibido tocar. ¡Prohibida la ciencia! Esto es sospechoso e irracional. ¿Por qué les habría de envidiar su Señor, la ciencia? ¿Es un crimen saber? ¿Es acaso la muerte? ¿Existe tan sólo merced a la ignorancia? ¿Estará fundada su felicidad en esta prueba de obediencia y de fidelidad? ¡Oh! ¡qué afortunado cimiento para labrar su ruina! Por este medio excitaré en su alma un deseo más grande de saber y de rechazar un mandato envidioso, inventado con el designio de tener humillados a los que, gracias a la ciencia, se verían exaltados hasta la altura de los dioses, con la esperanza de llegar a serlo, gustarán y morirán. ¿Qué cosa más verosímil? Pero ante todo recorramos este jardín, examinándolo minuciosamente y no dejemos de registrar ningún rincón La casualidad tan solo la casualidad puede conducirme al sitio donde me encuentre con algún espíritu del cielo, vagando a la orilla de una fuente, o en la espesura de una enramada, y entonces sabré por él lo que aún me falta averiguar. ¡Vive en tanto que puedes, afortunada pareja! ¡Goza hasta que yo vuelva, de esos cortos placeres, que en pos de ellos vendrán prolongados sinsabores!"
Así diciendo encamina desdeñosamente hacia otra parte sus pasos soberbios, pero con una circunspección artificiosa y da principio a sus investigaciones a través de los bosques y de las llanuras, por las colinas y los valles. El sol descendía entre tanto hacia el extremo del Occidente en que el cielo se confunde con el Océano y la Tierra, y hería horizontalmente con sus rayos vespertinos la puerta oriental del paraíso. Esta puerta era un roca de alabastro, que llegaba hasta la nubes, y que se descubría desde lejos. Un sendero tortuoso, accesible por el lado de la Tierra, conducía a una entrada elevada, el resto era un pico escarpado que se inclinaba hacia delante a medida que iba descendiendo, y por el que era imposible trepar.
Entre los dos pilares de la roca estaba sentado Gabriel, el jefe de los guardias angélicas, esperaba la noche, en torno suyo se ejercitaba en nobles juegos la juventud del cielo, desarmada; pero no lejos de ella, las armaduras divinas, las corazas, los escudos y las lanzas, suspendidas en forma de haces, brillaban con los destellos del oro y del diamante. Allí descendió Uriel sobre un rayo de sol, atravesando la dudosa claridad del crepúsculo y rápido como una estrella que cae durante una noche de otoño, cuando los vapores inflamados surcan el aire anunciando al marinero hacia qué punto de la brújula debe resguardarse de los vientos impetuosos. Uriel dirigió a Gabriel estas precipitadas palabras:
"Gabriel tu alcurnia te ha hecho obtener el empleo de vigilar cuidadosamente a fin de que no pueda acercarse o penetrar ninguna cosa nociva en esta dichos morada. Sabe, pues, que hoy, en pleno mediodía, ha llegado a mi esfera un espíritu, deseoso, en la apariencia de conocer un número mayor de obras del Todopoderoso, y especialmente al hombre, la última imagen de Dios. Le he enseñado el camino corto: he observado con atención su marcha aérea, y cuando se ha detenido en la montaña que se eleva al norte del Edén, descubrí en él miradas extrañas al cielo, oscurecidas por malas pasiones. Le seguí con la vista pero lo perdí en las sombras. Temo que alguno de la banda proscrita se haya aventurado a salir fuera del abismo, para suscitar nuevos disturbios: tuyo es el cuidado de encontrarle".
El guerrero alado respondió:
Uriel, no me admira que, residiendo en el círculo brillante del sol se extienda tu visa perfecta en todas direcciones. Por esta puerta donde tiene su asiento la Vigilancia no pasa nadie que no sea conocido como procedente del cielo: desde mediodía se ha presentado ninguna de sus criaturas. Si un espíritu de otra especie ha traspasado estos límites terrestres con algún intento, difícil es, como sabes, detener una sustancia espiritual con una barrera material, pero si en el recinto de estos paseos se ha deslizado ese que dices, yo lo sabré mañana al rayar el día, sea cualquier la forma bajo que se oculte".
Tal fue la promesa de Gabriel. Uriel se volvió a su puesto sobre el mismo rayo luminoso cuya punta elevada ahora, le conduce en rápido descenso hacia el sol, que se dirigía al ocaso por debajo de las Azores; ya sea porque el primer orbe, con una rapidez increíble, hubiese rodado hasta allí en su revolución diurna, o porque la tierra menos rápida y con una fuga más lenta hacia el Este, hubiera dejado allí al sol, matizado con reflejos de púrpura y oro las nubes que sirven de séquito a su torno occidental.
La noche avanzaba tranquila y el pardo crepúsculo escoltado por el silencio, había cubierto todos los objetos con su grave manto; los brutos y las aves se habían retirado: aquellos a sus lechos de hierba, éstos a sus nidos. Sólo el ruiseñor velaba, toda la noche estuvo cantando sus amorosas endechas, que tenían embelesado al silencio.
Pronto fulguró el firmamento con los más vívidos zafiros. Héspero, al frente de la milicia estrellada, se adentraba más resplandeciente, hasta que la luna, elevándose con una majestad nebulosa, se ostentó regiamente desplegando su luz de perlas y extendiendo su manto de plata sobre la sombra.
Adán, dirigiéndose a Eva, le dijo:
"Hermosa compañera, la hora de la noche, el reposo a que se ha entregado la Naturaleza entera, todos nos invita a reposar también. Dios ha hecho el trabajo y el descanso, como el día y la noche, para que alternen a favor del hombre; el rocío del sueño, cayendo a propósito con su dulce y adormecedora pesadez, cierra nuestros párpados. Las demás criaturas vagan durante el día ociosas, sin ocupación, y tienen menos necesidad de reposo: el hombre tiene asignada su cotidiana tarea corporal o espiritual; lo cual patentiza su dignidad y la atención que el cielo presta a todas su miras. Los animales, por el contrario, vagan a la ventura desocupados, y Dios no tiene en cuenta lo que hacen. Mañana, antes que la fresca aurora anuncie por el Oriente la primera aproximación de la luz, será preciso que nos levantemos para emprender de nuevo nuestros agradables trabajos. Tenemos que podar esos floridos vergeles, esas verdes alamedas, nuestro paseo del mediodía, embarazadas con el exceso de sus ramas: se ríen de la insuficiencia de nuestro cultivo y solicitan más brazos que las alivien de su exuberante crecimiento. También debemos recoger esas flores, y esas gomas que caen y permanecen en el suelo, sucias y desagradables a la vista, si queremos caminar con desahogo: ahora, según la voluntad de la Naturaleza, la noche nos prescribe el reposo".
Eva adornada de una belleza perfecta le respondió:
"Mi autor y mi soberano, manda, que yo te obedezco. Dios lo ordena así, Dios es tu ley y tú eres la mía. La gloria de una mujer y su ciencia más dichosa se cifra en no saber más. Hablando contigo olvido el tiempo, las horas y sus cambios me son igualmente gratos. Dulce es el soplo de la mañana, dulce el despuntar del día con los primeros cantos de los pajarillos, agradable el sol cuando despliega en este delicioso jardín sus primeros rayos sobre la hierba, el árbol, el fruto y la flor brillante de rocío; embalsamada la fértil tierra después de una dulce lluvia, encantadora la proximidad de un crepúsculo vespertino, apacible y delicioso, halagüeña la noche silenciosa con su ave solemne y esa luna tan bella, y esas perlas del cielo que forman su estrellada corte, pero ni el fresco hálito de la mañana ni el dulce canto de los pájaros, ni el sol que se eleva sobre este delicioso jardín, ni la hierba, ni el fruto, ni la flor que brilla con el rocío, ni el perfume que exhala la tierra después de la lluvia, ni la tarde silenciosa y apacible, ni la noche con su ave solemne, ni el paseo a la luz de la luna o al trémulo fulgor de las estrellas, tienen para mí atractivo sin ti. Pero ¿por qué brillan esas estrellas durante toda la noche? ¿Quién disfruta de ese glorioso espectáculo, cuando el sueño ha cerrado todos los ojos?"
Nuestro común antepasado respondió:
"Hija de Dios y del hombre, Eva perfecta, esos astros tienen que recorrer su curso alrededor de la tierra, desde la noche hasta la mañana, aparecen y desaparecen de comarca en comarca, a fin de dispensar la luz destinada a las naciones que no han nacido todavía, porque sería de temer que las tinieblas totales volviesen a ocupar durante la noche su antiguo dominio y extinguiesen la vida en la Naturaleza y en todas las cosas. No tan sólo alumbran esos moderados fuegos, sino que por medio de un amistoso calor de diversa influencia, fomentan, atemperan, alimentan o comunican una parte de su virtud estelar a todas las especies de seres que crecen sobre la tierra y les dan mas aptitud para recibir la perfección del rayo del sol, más poderoso que ellas. Aunque esos astros pasen inadvertidos en la profundidad de la noche, no brillan en vano. No creas que, aunque el hombre no existiese, carecería el cielo de espectadores, y Dios de alabanzas; mientras velamos, mientras dormimos, millones de criaturas espirituales marchan invisibles por el mundo alabando con cánticos sin fin las obras del Altísimo que contemplan noche y día. ¡Cuántas veces, desde lo alto de una colina, donde se repiten los ecos, o desde un bosque, hemos oído a medianoche voces celestiales, ya solas, ya contestándose mutuamente, cantando al sublime Creador! A menudo los ángeles, en sus nocturnas rondas, y al sonido de instrumentos divinamente pulsados, mezclan sus cantos con la más perfecta armonía, cantos que dividen la noche y elevan al Cielo nuestros pensamientos".
Hablando de esta suerte, y asidos de la mano, entran solitarios en su afortunado retiro; era éste un lugar escogido por el Plantador soberano, al disponer todas las cosas para el uso delicioso del hombre. La techumbre estaba formada por un tejado de laurel y mirto, y lo que sobresalía era un follaje compacto y aromático. Por uno y otro lado, el acanto y otras plantas espesas y olorosas elevaban un muro de verdura: bellas flores, lirios de todos matices, las rosas y el jazmín erguían sus frondosos tallos formando un mosaico. Bajo sus pies, la violeta, el azafrán, el jacinto, cual rica tapicería, bordaban la superficie de la tierra, comunicándole un colorido más brillante que el de la piedra más costosa y mejor esmaltada.
Ninguna otra criatura, ya fuese cuadrúpedo, pájaro, insecto o reptil, osaba penetrar en aquel recinto; tal era su respeto hacia el hombre. Jamás, ni aun en las ficciones de la fábula, durmieron Pan y Silvano ni habitaron Fauno y Ninfa en un lugar de tan apacible sombra, tan solitario y tan sagrado. Allí, en aquel retiro cercado de flores, de guirnaldas y de hierbas de un olor suavísimo, Eva, unida por vez primera a su esposo, embelleció su lecho nupcial, y los coros celestes cantaron su epitalamio. Aquel día, el ángel del himeneo condujo a Eva a la presencia de nuestro primer padre, más adornada en su belleza desnuda, más hermosa que Pandora a quien los dioses dotaron con todos sus dones, ¡ah! y muy semejante a Eva por el triste resultado que produjo, cuando conducida por Hermes, ante el imprudente hijo de Jafet, fascinó a la especie humana con sus seductoras miradas, a fin de vengar a Júpiter del que le había robado el fuego auténtico.
Llegados a esta suerte a su umbroso retiro, Eva y Adán se detuvieron, volviéronse ambos y adoraron bajo el cielo abierto al Dios que hizo a la vez el cielo, el aire, la tierra; el cielo que veían, el globo resplandeciente de la luna y el polo estrellado.
"La noche también ha sido obra tuya, ¡oh Creador omnipotente! Y has hecho el día que acabamos de emplear en el trabajo que tenemos prescrito, felices con nuestra asistencia mutua y con nuestro mutuo amor, corona de toda esta dicha ordenada por Ti. Tú has formado este sitio encantador, demasiado vasto para nosotros; tus dones harto abundantes caen sobre el suelo sin que encuentren manos que los recojan y participen de ellos. Pero nos has ofrecido una raza salida de nosotros, que llenará la Tierra, que con nosotros glorificará tu bondad infinita, lo mismo al despertar, que al buscar, como ahora, este sueño, otro de tus dones".
Tal fue la oración que pronunciaron ambos, unidos por un mismo pensamiento, y sin observar más ritos que una pura adoración, la mas grata a Dios. Entraron asidos de la mano en el sitio más secreto de su retiro y sin que tuvieran la molestia de desembarazarse de la incómodas ropas que nos cubren, se acostaron uno junto a otro. Adán no se apartó de su bella esposa, según creo, ni Eva rechazó los ritos misteriosos del amor conyugal, a pesar de todo cuanto dicen austeramente los hipócritas, acerca de la pureza del paraíso, de la inocencia, difamando como impuro lo que el mismo Dios ha declarado puro, lo que ordena a algunos, lo que permite a todos. Nuestro Creador mandó que se multiplicasen, quien prescribe una ley contrario a la suya es nuestro destructor, el enemigo de Dios y del hombre.
¡Salve amor conyugal, ley misteriosa, verdadero origen de la posteridad humana, única propiedad en el paraíso, donde todos los demás bienes eran comunes! Por ti fue lanzado de los hombres el ardor adúltero y relegado a las caprichosas inclinaciones de los brutos; tú eres quien da a conocer por la primera vez y purifica, consagra y estrecha, esos dulces vínculos de la sangre, esos títulos sagrados de padre, hijo y hermano, fundados en una razón leal, justa y pura. Lejos de mí, ¡oh casto himeneo!, la idea de ver en ti un pecado o una vergüenza, o de creerte indigno de penetrar en el sitio más sagrado, a ti, manantial perpetuo de goces domésticos, a ti, cuyo lecho ha sido declarado casto y puro por el presente y por el pasado, y en el cual han entrado los santos y los patriarcas. En él se arma el amor de sus doradas flechas, enciende su antorcha duradera, agita sus purpúreas alas, reina y se deleita, no en la mercenaria sonrisa de impúdicas beldades sin pasión, sin placeres, y que ningún cariño inspiran, el verdadero amor no existe en esos goces pasajeros, como tampoco entre las favoritas de la corte, ni en una danza confusa, ni bajo la lasciva máscara, ni en el baile nocturno, ni en la serenata que dedica un frenético amante a su altanera beldad, cuyo orgullo merecería un desdeñoso abandono.
Mecidos por el canto de los ruiseñores, dormían los dos esposos abrazados; sobre sus desnudos miembros iban lloviendo rosas desde la florida bóveda que los cobijaba, rosas que renacían en su tallo a los primeros albores del día. ¡Duerme dichosa pareja, mucho más dichosa, si no buscas un estado más feliz y si sabes no saber más!
Ya había medido la noche con su cono tenebroso la mitad de su carrera hacia el punto más alto de esta vasta bóveda sublunar, y los querubines saliendo de sus puertas de marfil a la hora acostumbrada, se habían armado para sus rondas nocturnas con marcial continente, cuando Gabriel dijo al que le seguía en poder:
"Uriel, toma la mitad de estos guerreros, y costea el Mediodía con la más exquisita vigilancia, la otra mitad dará la vuelta por el Norte y nuestra ronda, se reunirá hacia el Occidente".
Parten ligeros como la llama, los unos dirigiéndose hacia el lado del escudo y los otros hacia el de la lanza. Gabriel llama a dos espíritus sagaces y valientes que estaban cerca de él y les da esta orden:
"Ituriel y Cefón, recorred este jardín con toda la velocidad de vuestras alas, no dejéis sin examinar rincón alguno y sobre todo el sitio donde habitan esas dos hermosas criaturas que quizá duermen ahora, creyéndose al abrigo del mal. Esta tarde, al declinar el sol, ha llegado uno asegurándome que ha visto un espíritu infernal dirigiendo su marcha hacia este sitio y escapado de las barreras del infierno con mala intención sin duda, en cualquier punto donde lo encontréis, apoderaos de él y traedle aquí".
Dicho esto, se puso en marcha a la cabeza de sus radiantes filas, que eclipsaban a la luna. Ituriel y Cefón se encaminaron directamente al retiro de nuestros padres, para descubrir al que buscaban. Allí le encontraron agachado como un sapo, junto al oído de Eva, intentando con su arte diabólica insinuarse hasta en el organismo de su imaginación y forjar en él a su capricho ilusiones, fantasmas y sueño, o bien comunicándole su veneno, trataba de infectar los espíritus vitales, que semejantes a los ligeros vapores emanados de una límpida corriente, se exhalan de la sangre más pura. Esperaba, al corromperlos, infiltrar en el espíritu de Eva esos pensamientos desarreglados y descontentadizos, esas vanas esperanzas, esos proyectos vanos, esos deseos desordenados, henchidos de opiniones altaneras, que engendran el orgullo.
Ocupado se hallaba de esta suerte, cuando Ituriel le tocó ligeramente con su lanza, la impostura no puede resistir al contacto de un temple celestial, y se ve forzosamente obligado a volver a su propia forma. Satanás descubierto y sorprendido, se estremeció, y así como cuando cae un chispa sobre un montón de pólvora nitrosa preparada para llenar los barriles, a fin de pertrechar un almacén hasta la eventualidad de una guerra, el negro grano dispersado por una repentina explosión, inflama el aire, del mismo estalló en su propia forma el enemigo. Los dos hermosos ángeles retrocedieron un paso, casi admirados de ver tan súbitamente al terrible monarca. Sin embargo no cabiendo en ellos el espanto, se le acercaron en seguida:
"¿Cuál de aquellos espíritus rebeldes entregados al infierno eres tú? ¿Has venido escapado de tu prisión? ¿Por qué estás aquí, transformado y como enemigo en acecho, velando a la cabecera de los que duermen?"
"¿Acaso no me conocéis? - repuso Satanás con desdeñoso acento- ¿No me conocéis a mí? Pues bien: me habéis conocido en otro tiempo, no como compañero vuestro sino sentado donde no es atrevíais a dirigir vuestro vuelo; no conocerme es confesaros desconocidos vosotros mismos, y declararos los más ínfimos de vuestra banda. Y si me conocéis, ¿a qué viene interrogarme y dar principio a vuestra misión de un modo tan superfluo como vano será el fin?"
Cefón, devolviéndole desprecio por desprecio, le contestó:
"No creas, espíritu rebelde, que se te pueda reconocer y que tu forma sea la misma y no haya disminuido el esplendor que te rodeaba cuando estabas en el cielo erguido y puro. Esa gloria se apartó de ti, cuando dejaste de ser fiel: ahora te pareces a tu pecado y a la mansión impura y tenebrosa de tu condenación. Pero ven, porque es preciso, tenlo por seguro que des cuenta de tus acciones al que aquí nos ha enviado, y cuyo cargo es el de custodiar este sitio inviolable, y el de preservar a éstos de todo mal."
Así habló el querubín; su grave reprensión, severa en medio de una belleza juvenil, le imprimió una gracia irresistible. El demonio quedó confundido, pues conocía cuán imponente es la virtud en su forma, lo veía y gemía por haberla perdido, pero sobre todo, al advertir que había observado la alteración sensible de su esplendor. A pesar de esto, mostróse todavía intrépido.
"Si debo combatir - dijo-, que sea jefe contra jefe; contra el que envía, no contra el enviado, o contra todos a la vez; de este modo será mayor la gloria que adquiera, o menor la que pierda."
"Tu espanto -le contestó el atrevido Cefón- nos ahorrará la prueba de lo que el más pequeño de nosotros puede hacer solo contra ti, que siendo malo eres, por consiguiente débil".
El Enemigo ahogado por la cólera, no replicó una palabra, sino que se puso en marcha con la cabeza erguida, cual orgulloso y enfrenado corcel que tasca el freno, combatir le pareció tan inútil como huir, su corazón, que ninguna otra cosa podía ablandar, estaba dominado por el temor que le inspiraba el Cielo. Aproximábase hacia el punto del Occidente, donde los escuadrones de ángeles, después de haber descrito su ronda semicircular, llegaban y se reunían prontos a recibir nuevas órdenes.
Gabriel, su jefe, colocado al frente de ellos, exclamó:
"Amigos. Percibo el rumor de un pie ágil que se adelanta rápido por ese camino y a través de la oscuridad distingo ahora a Ituriel, a Cefón. Con ellos viene un tercero de regio aspecto, pero de un esplendor pálido y marchito, por su porte y su feroz continente parece ser el príncipe del infierno, que probablemente no saldrá de aquí sin resistencia. Estad firmes, porque sus miradas se ofuscan y nos desafían".
Apenas hubo concluido de hablar, cuando Ituriel y Cefón se le reúnen: le refieren brevemente quien es su cautivo, dónde le han encontrado y la ocupación en que le han sorprendido, bajo qué forma y la postura en que estaba tendido.
Gabriel le dirigió de este modo la palabra con mirada severa:
"Satanás, ¿por qué has traspasado los límites prescritos a tus rebeliones? ¿Por qué vienes a turbar en su ministerio a los que no quieren seguir tu ejemplo, rebelándose y que tienen la potestad y el derecho de interrogarte sobre tu audaz entrada en este sitio, donde te dedicabas, según parece, a violar el sueño y a inquietar a aquellos cuya morada ha colocado Dios en esta felicidad?"
Satanás respondió frunciendo las cejas con desprecio:
"Gabriel, en el cielo gozabas reputación de cuero, y yo te tenía por tal; pero la pregunta que me diriges me hace dudar de ello. ¡Que viva en el infierno el que ame sus suplicios! ¿Quién, si encuentra medios para ello, no escapará del infierno, por más que esté condenado en él? Tú mismo, tú, lo harías sin duda; tú te aventurarías audazmente hacia cualquier lugar, el que más lejano estuviese del dolor, donde tuvieras esperanzas de cambiar la pena en placer, y de trocar lo más pronto posible el sufrimiento por el gozo; eso es lo que he buscado en este sitio. Pero tú no tendrás por suficiente esta razón, porque conociendo únicamente el bien, no has padecido mal alguno. ¿Me objetarás la voluntad del que nos encadenó? ¿Por qué no ha reforzado sólidamente sus férreas puertas, si es que pretendía retenernos para siempre en aquella tenebrosa prisión? Ya he respondido con exceso a tu pregunta. En cuanto a lo demás, todo es verdad: me han encontrado donde dicen, pero esto no implica violencia ni engaño".
Así dijo con el mayor desdén. El ángel guerrero sorprendido, le replicó casi sonriéndose, con desprecio:
"¡Ah, qué juez tan apto para apreciar lo que es o no cuerdo ha perdido el cielo, desde que Satanás cayó derribado por su propia locura! Ahora vuelve escapado de su prisión, poniendo gravemente en duda si debe o no tener por cuerdos a los que le preguntan qué audacia le ha conducido aquí sin ningún permiso, fuera de los límites del infierno que le han sido marcados; ¡tan cuerdo juzga que es esquivar la pena, no importa cómo y evadirse de su castigo! Sigue opinando así, presuntuoso, hasta que la cólera que has provocado al huir te vaya a encontrar siete veces en tu huída, y vuelva a conducir al infierno a latigazos esa cordura que no te ha enseñado aún suficientemente que ninguna pena puede igualar a la en que se incurre provocando la cólera divina. Pero ¿por qué estás solo? ¿Por qué no ha venido contigo todo el infierno desencadenado? ¿Tienes menos premura por huir de él, o es que tú eres más débil que ellos para soportarlo? ¡Qué jefe tan animoso, que es el primero en sustraerse a los tormentos! Si hubieras alegado a tu ejército, cobardemente abandonado por ti, ese motivo de fuga, de seguro, que no habrías sido el único fugitivo."
A lo cual respondió el Enemigo con feroz entrecejo y terrible aspecto:
"Bien saber, ángel provocador, que para soportar los tormentos, mi valor no cede a nadie, y que no retrocedo ante ellos, he desafiado tu mayor furor, cuando en el combate acudió en tu ayuda precipitadamente el negro rayo y secundó a tu lanza, poco temible por sí misma. Pero tus palabras, lanzadas al azar, demuestran como siempre tu inexperiencia con respecto a lo que debe hacer un jefe fiel, según las duras pruebas y los malos resultados del pasado, un buen jefe no debe aventurarlo todo en las sendas peligrosas que no ha reconocido por sí mismo. Así es que me he decidido a volar solo a través del abismo desolado y a descubrir este mundo creado recientemente cuya existencia no ha dejado divulgar la Fama en el infierno. He venido aquí con la esperanza de encontrar una mansión mejor, y de establecer en la tierra o en medio del aire a mis potestades afligidas, aunque para adquirir su posesión nos viésemos obligados a probar una vez más lo que tú y tus elegantes legiones intenten contra nosotros. Para vosotros es misión más fácil la de servir a vuestro Señor allá en el cielo, cantar himnos en derredor de su trono e inclinaros a distancias marcadas, que la de combatir".
El ángel guerrero respondió inmediatamente:
"Decir y contradecirse, pretender primeramente que es cordura huir del castigo, para dedicarse después al espionaje, no da a conocer a un gran jefe, sino a un impostor avezado, Satanás. ¿Y te atreves a darte el título de fiel? ¡Oh nombre, nombre sagrado de fidelidad, profanado por ti! ¿Fiel tú? ¿Y a quién? ¡A tu banda rebelde, ejército de perversos, digno cuerpo de tan digna cabeza! ¿Consistía vuestra disciplina, vuestra fe jurada y vuestra obediencia militar en romper el juramente que os ligaba con el Poder Supremo reconocido? Y tú, astuto hipócrita, campeón hoy de la libertad, ¿quién como tú aduló, se inclinó y adoró más servilmente en otro tiempo al formidable Monarca del cielo? ¿Por qué lo hiciste así, sino por la esperanza de desposeerle y de reinar tú mismo? Escucha ahora el consejo que voy a darte: ¡Vete lejos de aquí! Torna al lugar de donde has huído; si de ahora en adelante te vuelves a aparecer en estos límites sagrados, te arrastraré encadenado a la sima infernal, y te sujetaré allí de modo que no vuelvas a despreciar jamás las fáciles puertas del infierno, harto ligeramente reforzadas".
De este modo le amenazó el arcángel; pero Satanás no hizo ningún caso de sus amenazas, antes por el contrario, con rabia creciente replicó:
"Cuando esté cautivo en tu poder, podrás hablarme de cadenas, orgulloso querubín fronterizo; pero antes que llegue este caso, prepárate a sentir el peso de mi potente brazo, por más que el Rey del cielo cabalgue sobre tus alas y por más que con tus compañeros, avezados al yugo, arrastres las ruedas de su carro triunfal en su marcha por el camino del cielo, empedrado de estrellas".
Mientras así hablaba, los escuadrones angélicos cambiaron su esplendor en rojo fuego y aguzando en forma de media luna los extremos de sus falanges, empezaron a rodearle con las lanzas preparadas; de igual modo que en un campo de Ceres, en la época de la recolección, se balancea un bosque erizado de espigas, inclinándose hacia doquiera que las impulsa el viento, mientras el labrador las contempla con inquietud, temeroso de ver reducidas a paja las gavillas, su única esperanza. Por su parte, Satanás, alarmado y reuniendo todas su fuerzas, se eleva grandioso, indestructible como el pico de Tenerife o el Atlas. Con su cabeza toca el cielo, sobre su casco se asienta el horror como un penacho, y en su mano llevaba algo parecido a una lanza y un escudo.
Se habrían consumado hechos terribles y en esta conmoción, no sólo el Paraíso, sino también la estrellada bóveda del cielo, o por lo menos todos los elementos, habrían volado hechos jirones, confundidos y destrozados por la violencia de semejante combate, si el Eterno para prevenir tan horrible tumulto, no hubiese suspendido al momento sus balanzas de oro, que se ven aún entre Astrea y el signo del Escorpión. En ellas pesó primero el Creador todas las cosas creadas, la tierra redonda y suspendida con el aire por contrapeso; ahora pesa los sucesos, las batallas y los reinos. Pudo dos pesos en los platillos, en el uno la partida de Satanás, en el otro el combate; el último platillo subió rápidamente, y fue a dar contra el fiel de la balanza. Observándolo Gabriel, dijo al Enemigo:
"Satanás, conozco tu fuerza, así como tú conoces la mía; ninguna de las dos nos es propia, sino que nos ha sido dada. ¿No es pues una locura que nos vanagloriemos de los que pueden hacer las armas, cuando tu fuerza y la mía son tan sólo lo que permite el Cielo, si bien la mía se ha duplicado al presente, para poder hollarte como fango a mis pies? En prueba de lo que te digo, mira allá arriba, lee tu destino en ese signo celeste donde has sido pesado y ve cuán ligero eres, cuán débil, si intentas resistir.
El Enemigo levantó los ojos, y reconoció que su platillo era el más elevado. Cedió; huyó blasfemando y con él huyeron las sombras de la noche.