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EL PARAISO PERDIDO

LIBRO V - LIBRO VI - LIBRO VII - LIBRO VIII

 

LIBRO V

Ya la aurora, adelantando sus rosados pasos por las regiones del Este, sembraba la tierra de perlas orientales, cuando Adán, siguiendo su costumbre, se despertó; porque su sueño ligero como el aire, favorecido por una digestión pura y por vapores dulces e hijos de la templaza, se disipaba insensiblemente al solo murmullo de los humeantes arroyuelos, al rumor de las hojas agitadas, abanico de la aurora, y al cántico matutino y animado de los pájaros sobre todas las ramas; y quedó sumamente admirado al ver que Eva no había despertado aún, y que demostraba en su cabellera desordenada y en sus mejillas encendidas la inquietud de su reposo. Adán, incorporándose y apoyado en un codo, se inclina amorosamente sobre ella, y contempla con miradas de un amor cordial la belleza que, despierta o dormida, brilla con tan singulares gracias. Entonces con dulce voz, como cuando Céfiro acaricia a Flora, tocando ligeramente la mano de Eva, murmura estas palabras:

"¡Despierta hermosa mía, esposa mía; último bien que he recibido, el último y mejor presente del cielo, mi delicia siempre nueva, despierta! La aurora brilla y la fresca campiña nos reclama, estamos perdiendo las primicias del día, el momento de observar cómo crecen esas plantas cultivadas por nuestros cuidados; cómo florece el bosquecillo de limoneros, de dónde mana la mirra y lo que destila el balsámico junquillo; cómo se reviste la Naturaleza de sus colores, y cómo se posa la abeja sobre la flor para libar en ella su dulce miel."

Con tan suave murmullo la despierta, y ella fijando en Adán sus espantados ojos, y abrazándole, le dice así:

"¡Oh tú, único en quien mis pensamientos encuentran reposo, mi gloria, mi perfección! ¡Cuánto gozo diento al ver tu rostro y el nuevo día! Esta noche soñaba, sí soñaba, y en no en ti, como lo hago con frecuencia, ni en los trabajos del día transcurrido, ni en los proyectos para el siguiente, sino en ofensas y turbaciones que mi espíritu no había conocido jamás hasta esta noche abrumadora; me ha parecido que una voz llena de dulzura, insinuándose junto a mi oído me llamaba y me invitaba a pasear; yo creí que era tu voz que me decía: ¿Por qué duermes, Eva? Esta es la hora placentera, fresca y silenciosa, en que el silencio sólo cede a la armoniosa ave de la noche, que, despierta ahora, suspira su más dulce canción, enseñada por el amor. La luna llena esparciendo desde su elevado solio la claridad más agradable, hace resaltar sobre la sombra la faz de los objetos. Espectáculo vano, sino hay quien lo contemple. El cielo vela con todos sus ojos, y ¿para qué, sino para contemplarte a ti, ¡oh deseo de la Naturaleza!?

A tu vista se regocijan todas las cosas, atraídas por el irresistible anhelo de admirar enajenadas tu belleza.

Me he levantado a tu llamado, pero no te he visto. A fin de encontrarte, emprendí entonces mi paseo, y me ha parecido que paseaba sola por sendas que me han conducido de improviso ante el árbol prohibido de la ciencia: me pareció hermoso y mi imaginación lo vio mucho más hermoso que durante el día. Mientras lo contemplaba con sorpresa, advertí que cerca de él estaba una figura alada, semejante a las que vemos con frecuencia descender del cielo, de sus cabellos húmedos de rocío se exhalaba la ambrosía; estaba también contemplando el árbol y decía:

"¡Oh hermosa planta de abundante fruto! ¿No hay quien se digne aliviarte de tu peso y gustar de tu dulzura, ni Dios ni el hombre? ¿Tan despreciada es la ciencia? ¿Será acaso la envidia o alguna injusta reserva lo que prohíba tocarte? Prohíbalo quien quiera, nadie me privará por más tiempo de los bienes que ofreces, y si no, ¿por qué estás aquí?"

Así dijo y no se detuvo más, sino que con mano temeraria arrancó el fruto y lo gustó. Un horror glacial heló mi sangre al oír tan osadas palabras, confirmadas por tan atrevida acción. Pero él, enajenado de gozo, exclamó:

"¡Oh fruto divino, dulce por ti solo, y mucho más dulce cogido de esta suerte, estando prohibido, al parecer, como reservado únicamente para los dioses, y siendo, sin embargo, capaz de convertir en dioses a los hombres! ¿Y por qué no han de serlo? El bien aumento cuanto más se comunica, y su autor, lejos de perder en ellos, adquiriría más alabanzas. Acércate dichosa criatura, bella y angelical Eva, participa de este fruto conmigo, aun cuando ahora te consideres feliz, puedes serlo más aún, si bien no puedes ser más digna de la felicidad. Gusta este fruto, y desde luego serás una divinidad entre los dioses; tu imperio no se limitará a la tierra, sino que tan pronto estarás en el aire como subirás al cielo por tu propio mérito, y verás la existencia de que gozan los dioses, y pasarás un vida igual a la suya".

Hablando de esta suerte, se acercó a mí y aproximó a mis labios una parte de aquella misma fruta arrancada por él, que había conservado; su agradable y sabroso perfume excitó de tal modo mi apetito, que me pareció imposible dejar de probarla. Inmediatamente me remonté con el espíritu hasta las nubes y vi desplegada a mis planta, la inmensa superficie de la tierra, que me ofreció una extensa y variada perspectiva. Estando en tan extraordinaria elevación, admirada de mi vuelo y del cambio operado en mí, mi guía desapareció de improviso, y yo, según creo, caí precipitada a la tierra, y quedé dormida. Mas, ¡oh cuán feliz fui al despertar y al ver que todo había sido sólo un sueño!"

De este modo refirió Eva su visión nocturna, y Adán le respondió contristado:

"¡Oh mi imagen más perfecta, y mi más cara mitad! La turbación de los pensamientos que has tenido esta noche durante tu sueño me afecta tanto como a ti; ese sueño desordenado me importuna, y temo que sea obra del mal. Pero el mal ¿de dónde puede proceder? En ti no puede existir, siendo una criatura tan pura. Escucha, sin embargo: en el alma existen algunas facultades interiores que se someten a la razón, como a su soberana. Entre éstas, la imaginación desempeña el principal papel; con todas las cosas exteriores que perciben los cinco sentidos cuando están despiertos, se forja fantasías, formas vagas y aéreas, que la razón reúne o repara, y con las cuales compone todo lo que afirmamos y negamos, y lo que llamamos nuestra ciencia o nuestra opinión. Cuando la naturaleza reposa, la razón se retira a su secreta celda, muchas veces durante su ausencia, la imaginación que se complace en contrahacerlo todo, vela por imitarla; pero uniendo confusamente las formas, produce a menudo una obra extraña, sobre todo en los sueños, acomodando mal las palabras y las acciones recientes o remotas.

Así es que hallo en tu sueño ciertas reminiscencia de nuestra última conversación de anoche, pero con extrañas adiciones. Sin embargo, no estés triste, el mal puede ir y venir por el espíritu de Dios o del hombre sin su beneplácito, y sin dejar en él mancha ni censura, y esto me infunde la esperanza de que jamás consentirás en hacer despierta lo que te parecía odioso soñar mientras dormías. Desecha, pues toda inquietud, que no oscurezca la más ligera nube esos ojos, cuyas miradas suelen ser más radiantes y serenas que lo es para la tierra, la primera sonrisa de un hermosa mañana. Levantémonos para dedicarnos a nuestras apacibles ocupaciones entre los bosquecillos, las fuentes y las flores que entreabren ahora su seno inundado de los perfumes más exquisitos, preservados de la noche y guardados para ti".

De esta suerte reanimaba a su bella esposa, y ella, por su parte, se sentía reanimada; pero sus ojos derramaron silenciosamente un dulce llanto, que enjugó con sus cabellos. Otras dos preciosas lágrimas iban a brotar de su cristalino manantial, y Adán las recogió con un beso antes que cayeran, mirándolas como señal de un tierno remordimiento y de un piadoso temor de haber ofendido.

Libres ya de toda inquietud, se apresuraron a marchar al campo. Pero en el momento en que salín de debajo de la bóveda de su enramado asilo, se ofreció a sus ojos de improviso en todo su esplendor la luz del día naciente y del sol, apenas elevado, que desfloraba con las ruedas de su carro la extremidad del Océano, y lanzaba paralelamente sobre la tierra sus rayos cubiertos de rocío, iluminando en una vasta extensión todo el Oriente del Paraíso y las afortunadas llanuras del Edén; se inclinaron profundamente, adoraron y dieron principio a su habituales oraciones, que elevaban al cielo cada mañana, pero variando siempre la expresión de sus votos; porque no carecían de un cariado estilo ni de un santo entusiasmo para alabar a su Creador, por medio de justos acordes cantados o pronunciados sin preparación alguna. Una rápida elocuencia manaba de sus labios, ya en prosa, ya en versos numerosos, tan llenos de armonía, que no tenían necesidad de laúd ni del arpa para aumentar su dulzura.

He aquí tus gloriosas obras, Padre del bien. ¡Oh Todopoderoso! ¡Tuya es esa estructura del universo, tan maravillosamente bella! ¡Y qué maravilla no eres tú mismo, Ser inefable! Sentado sobre los cielos, eres para nosotros o invisibles o confusamente entrevisto entre tus obras más inferiores, que a pesar de ellos hacen brillar mucho más allá de donde alcanza el pensamiento tu bondad y tu poder divino.

"Hablad vosotros que podréis expresarlo mejor, ¡oh ángeles hijos de la luz! Porque vosotros le contempláis y con cánticos y coros de sinfonías rodeáis su trono en el cielo, en un día sin noche, llenos de gozo.

Que todas las criaturas le glorifiquen en la tierra, como el primero y el último, como el medio y el eterno.

Oh, tú, la más bella de las estrellas, la última del séquito de la noche, si no es que perteneces más bien al de la aurora, prenda segura del día; tú cuyo círculo brillante corona la risueña mañana, celebra al Señor en tu esfera, cuando aparece el alba en esta primera hora del naciente día!

Tú, ¡oh sol! Ojo y alma a la vez de este gran universo, reconócele como más grande que tú; haz resonar sus alabanzas en tu eterna carrera, ya cuando te remontes por el cielo, ya cuándo alcances la altura del mediodía y cuando desciendas.

Luna que tan pronto te encuentras al sol en el Oriente, como huyes de él con las estrellas fijas, fijas en su movible órbita, y vosotros fuegos errantes que entre los cinco formáis una danza misteriosa, pero no sin armonía, cantad las alabanzas de aquel que sacó la luz de las tinieblas.

Oh aire, y vosotros elementos, primogénitos de las entrañas de la Naturaleza!, vosotros cuya cuádruple esencia recorre un círculo perpetuo bajo formas infinitas, mezclando y nutriendo todas las cosas; en vuestras constantes metamorfosis, dirigid a nuestro supremo Creador loores siempre variados, siempre nuevos.

Y vosotros, nieblas, vapores, exhalaciones, que en este momento, formando torbellinos grises o incoloros, os remontáis desde la colina o desde el humeante lago hasta que el sol dora vuestras lanudas franjas, elevaos en honor del gran Creador del mundo, y ya cubráis de nubes el cielo sin color, ya mitiguéis la sed del ardoroso suelo, con abundantes lluvias, al subir o al bajar, esparcid siempre sus alabanzas.

Llevad con dulzura o con fuerza en vuestros suspiros su alabanza, ¡oh vientos que sopláis por las cuatro partes del mundo! Vosotros, pinos, inclinad vuestras cabezas, y vosotras plantas de cada especie, balanceaos en señal de adoración.

Fuentes y arroyos, que corréis en armonioso murmullo, que vuestro dulce murmullo repita sus alabanzas.

Unid vuestras veces unánimes, almas vivientes, pájaros que subís cantando hasta las puertas del cielo, elevad en vuestras alas y en vuestros himnos sus alabanzas.

Vosotros, lo que os deslizáis por las aguas; vosotros, los que recorréis la tierra los que halláis con majestad, o los que os arrastráis por ella humildemente, sed testigos de que yo no guardo silencio, ni por la mañana ni por la tarde, presto mi voz a la colina o al valle, a la fuente o la fresca umbría, y mi canto les enseña a repetir sus alabanzas.

¡Salve, Señor universal! Sé siempre liberal en el bien que nos concedas, y si la noche ha dado asilo u ocultado alguna cosa mala, disípala, como la luz dispersa ahora las tinieblas".

De esta suerte oraron, llenos de santa inocencia y sus pensamientos recobraron en breve una paz firme y de la acostumbrada calma. Se apresuraron a dar principio a sus matutinos trabajos entre el rocío y las flores, allí donde algunas hileras de árboles sobrecargados de fronda, ostentaban demasiado sus espesas ramas, y tenían necesidad de una mano que reprimiera sus infecundos abrazos; se dedicaron también a enlazar la vid al olmo, cuyo tronco ciñe, cual desposada, con su núbiles brazos y le lleva en dote sus racimos, que él acepta para adornar con ellos su follaje estéril. Viendo el poderoso Rey del cielo con compasión a nuestros primeros padres ocupados de este modo, hace venir a su presencia a Rafael, espíritu sociable, que se dignó viajar con Tobías y aseguró su enlace con la virgen siete veces casada.

Rafael, -le dijo-, ya sabes el desorden que ha introducido Satanás en el paraíso, después de haberse escapado del infierno a través del tenebroso abismo, sabes la turbación que ha causado esta noche a la pareja humana y sus proyectos de perder con ella y de un solo golpe a la raza del hombre. Ve pues, habla durante la mitad de este día con Adán como un amigo con otro amigo; le encontrarás en algún vergel o bajo alguna enramada, al abrigo del calor del mediodía, para reponerse un momento de su trabajo cotidiano, por medio del alimento o del reposo. Dirígele palabras que contribuyan a recordarle su feliz estado, la dicha de que goza, confiada a su propia y libre voluntad que, aunque libre, es variable, adviértele que tenga cuidado en no extraviarse por un exceso de seguridad. Dile sobre todo el peligro que le amenaza y de quién procede, dile qué enemigo, caído recientemente del cielo, intenta ahora derribar a los otros desde semejante estado de felicidad, pero no por violencia, pues sería rechazado, sino por medio del fraude y del engaño. Hazle conocer todo esto para que, si delinque voluntariamente, no pueda alegar que ha sido sorprendido por no haber sido prevenido ni avisado.

Así habló el Padre eterno, y obró con toda justicia. El santo alado no se detiene después de haber recibido esta orden, sino que desde el centro de mil celestes ardores en que permanecía velado por sus magníficas alas, se remonta con celeridad y vuela a través del cielo. Los coros angélicos, aparándose a uno y otro lado, dejan franco el paso a su rapidez por todas las vías del Empíreo, hasta que, llegado a las puertas del cielo, se abren completamente por sí misma, girando sobre sus goznes de oro: obra divina del Soberano arquitecto. No impidiendo su vista la más ligera nube ni estrella alguna interpuesta, divisa la tierra, a pesar de su pequeñez, sumamente parecida a los demás globos luminosos, descubre el jardín de Dios, coronado de cedros, más elevado que todas las colinas; del mismo modo, si bien con menos seguridad, durante la noche observa el anteojo de Galileo tierras y regiones imaginarias en la luna; del mismo modo, el piloto viendo aparecer a Delos o Samos entre las Cíclades, las toma, desde luego por una nebulosidad. Rafael dirige su vuelo precipitado hacia allá abajo y a través del vasto firmamento etéreo, boga entre mundo y mundos. Ora se transporta hacia las regiones polares con ala inmóvil, ora, ésta, cual abanico viviente agita el aire elástico, hasta que, llegado, por fin, a la altura del vuelo de las águilas, es mirado por toda la familia volátil como un fénix, y contemplado por todos con admiración, como cuando aquella ave única volaba hacia la Tebas de Egipto para depositar sus reliquias en el resplandeciente templo del Sol.

De repente se posa sobre la cumbre oriental del paraíso y se reviste de su propia forma de serafín alado. Lleva seis alas, para dar sombra a sus miembros divinos, las dos que cubren sus anchos hombros van a caer sobre su pecho, como un manto real; las dos del medio rodean su cintura, cual estrellada zona, y cubren sus riñones y sus muslos con un plumón de oro y de vivos colores preparados en el cielo; las dos últimas sombrean sus pies y se unen a sus talones; sus esmaltadas plumas brillan con el color del firmamento; parecido al hijo de Maya, se mantiene en pie y sacude sus plumas, llenando de un perfume celestial el vasto recinto que le rodea.

Las cohortes angélicas que allí vigilaban le conocieron inmediatamente y se levantaron para honrar su alcurnia y su misión suprema, porque presintieron que estaba encargado de algún importante mensaje. Rafael atraviesa por entre sus brillantes tiendas y entra en el campo afortunado, a través de los bosquecillos de mirra, de olorosas flores de casia, nardo y bálsamo, que forman un desierto de perfumes. La Naturaleza, en su infancia, juguetea allí y gozaba a su antojo en sus virginales caprichos, destilando abundantemente su dulzura; beldad agreste que estaba por encima de toda regla y de todo arte. ¡Oh inmensidad de delicias!

Rafael avanzaba hacia la aromática selva. Adán le divisó; estaba sentado a la puerta de su fresco retiro, mientras el sol lanzaba a plomo desde el cenit sus abrasadores rayos para comunicar su calor a la tierra hasta en sus más profundas entrañas, calor más fuerte del que necesitaba Adán. Retirada Eva al interior de su morada y atenta a la hora en que estaban, preparaba para la comida los frutos más sabrosos, cuyo gusto agradaba al verdadero apetito, sin que dejaran de excitar por intervalos el deseo de apagar la sed con el néctar que les proporcionaba la leche o el agradable zumo de varios racimos. Adán llamó a Eva y le dice:

"Ven aquí, Eva; mira una cosa digna de ser vista; contempla en que forma tan gloriosa avanza entre esos árboles, por Oriente. ¡Parece una nueva aurora nacida en mitad del día! Ese mensajero nos trae quizá algún gran mandato del cielo, y se dignará ser hoy nuestro huésped. Pero apresúrate y tráele lo que contengan sus provisiones; prodiga una abundancia conveniente para recibir y honrar a nuestro divino extranjero. Bien podemos ofrecer sus propios dones a los que nos los dispensan, y presentar liberalmente lo que con liberalidad se nos concede, aquí donde la Naturaleza multiplica sus fértiles productos, siendo más fecunda cuanto más se desembaraza de ellos, lo cual nos enseña a no ser avaros.".

Eva le responde:

"Adán, modelo santificado de una tierra animada por el Eterno: pocas provisiones son necesarias en donde se sazonan en todas las estaciones, suspendidas de las ramas, si se exceptúan aquellos frutos que, ofreciendo un alimento menos agradable en el momento de ser cogidos, requieren que el tiempo evapore su humedad superflua o lo haga más sabrosos. Pero me apresuraré, y de cada planta, de cada rama, de cada vástago suculento, presentaré a nuestro angélico huésped lo más escogido, para que, al verlo, no pueda menos de confesar que Dios ha derramado sus bondades así en la tierra como en el cielo".

Dijo, y partió apresuradamente, dirigiendo solícitas miradas y absorta en sus pensamientos hospitalarios. ¿Cómo escoger lo más delicado? ¿Qué orden seguir para no mezclar los gustos, para ordenarlos con delicadeza y hacer que un sabor suceda a otro sabor distinto, por medio de una agradable transición? Eva corre, y de cada tierno tallo arranca lo que la tierra, esa madre fecunda y rica, produce en la India oriental y occidental, y en las comarcas que están en el centro, en el Ponto, en la costa púnica o en las riberas que vieron reinar a Alcinoo; frutos de toda especie, de áspera corteza o de piel lisa, encerrados en una cáscara o en una vaina: amplio tributo que Eva recoge y amontona sobre la mesa con mano pródiga. De los racimos exprimidos entre sus dedos hace salir un vino dulce e inofensivo; estruja diferentes granos y con las almendras que machaca forma una sustanciosa crema, sin que carezca de vasos limpios y a propósito para contener aquellas bebidas. Después esparce por el suelo rosas y perfumes extraídos de los arbustos sin la acción del fuego.

Entre tanto, nuestro primer padre sale de su morada para ir al encuentro de su huésped celestial, sin más acompañamiento que el de sus propias perfecciones; toda su corte residía en él; corte más solemne, sin embargo que toda la enojosa pompa que sigue a los príncipes cuando con su rico e interminable séquito de pajes recargados de oro y de caballos llevados de la brida deslumbran a los espectadores y les dejan asombrados. En cuanto Adán estuvo en la presencia del arcángel, con ademán sumiso y respetuosa dulzura, pero sin manifestar timidez, le dijo, inclinándose profundamente, como ante una naturaleza superior:

"Hijo del cielo, porque ¿qué otra región más que el cielo pude contener tan gloriosa forma? pues que, descendiendo de los altísimos tronos, has consentido en privarte un momento de aquellas felices mansiones para venir a honrar éstas, dígnate reposar un momento a la sombra de este humilde retiro con nosotros, que no somos aquí más que dos, y que, sin embargo, por un don soberano, poseemos toda esta tierra; ven a sentarte para probar todo lo más escogido que ofrece este jardín, hasta que haya pasado el calor del mediodía y decline, menos ardiente, el sol."

La angélica virtud respondió con dulzura:

"Adán, ése es el objeto de mi venida, un ser tal como tú, creado por Dios, dueño de un sitio tan bello es digno de que los mismos espíritus del cielo vengan a visitarle. Condúceme, pues, a tu frondoso retiro, porque puedo disponer de todas las horas que han de transcurrir desde la mitad del día hasta el principio de la noche.

Llegaron a la rústica morada, que, semejante a la de Pomona sonreía adornada de flores del más grato aroma. Eva, cuyo adornos consistía únicamente en sus naturales gracias, más hermosa, más encantadora que una ninfa de los bosque, o que la más bella de las tres diosas de la Fábula, que lucharon desnudas sobre el monte Ida, permaneció en pie para servir a su celeste huésped, cubierta con su virtud, no tenía necesidad de velo, ningún pensamiento impuro alteraba el color de sus mejillas. El ángel la saludó con la santa salutación empleada mucho tiempo después para bendecir a María, segunda Eva.

"¡Salve, madre de los hombres, cuyas fecundas entrañas llenarán el mundo con tus hijos, más numerosos que esos variados frutos con que los árboles de Dios han cubierto esta mesa!"

Su mesa consistía en un césped elevado y espeso, rodeado de asientos de musgo. Sobre su ancha superficie cuadrada se amontonaba de un extremo a otro todo el otoño, aunque entonces el otoño y la primavera, siempre inseparables, danzaban cogidos de la mano. Adán y el ángel se entretuvieron algún tiempo en sabrosos coloquios, sin temor de que se enfriasen los manjares. Nuestro padre empezó de esta manera:

"Celestial extranjero, dígnate gustar estas bondades que nuestro sustentador, de quien emana todo bien perfecto, sin tasa ni medida, ha ordenado a la tierra que nos cediera para este alimento sea insípido para las naturalezas espirituales; pero lo que sé es que un Padre celestial lo da a todos".

El ángel respondió:

"Cierto es que lo que El (resuene para siempre su alabanza) da al hombre, en parte espiritual, no puede parecer un alimento ingrato a los espíritus puros. Las sustancias intelectuales requieren su alimento como vuestras sustancias racionales; unas y otras tienen en sí mismas la facultad inferior de los sentidos, por medio de la cual oyen, ven huelen, tocan y gustan; el gusto refinado digiere, asimila y transforma los jugos materiales en esencias incorpóreas. Debes saber que todo lo que ha sido creado tiene necesidad de ser sustentado y nutrido, entre los elementos el más grosero alimenta al más puro; la tierra y el mar alimentan al aire; el aire alimento a a su vez a esos fuegos etéreos. La luna, astro el más próximo a la tierra, es el primero que recibe de ella su alimento, cuya superabundancia forma esas manchas que se distinguen en su redonda faz, que no son otra cosa sino vapores no purificados que aún no se han convertido en sustancia. La luna, desde su húmedo continente, exhala también el alimento a los orbes superiores. El sol, que dispensa la luz a todos, recibe de todos en húmedas emanaciones sus nutritivas recompensas, y durante la noche se alimenta con las aguas del Océano. Aunque en el cielo los árboles de la vida produzcan un fruto de ambrosía y las vides destilen el néctar; aunque cada mañana recojamos de las plantas un rocío de miel y encontremos el suelo cubierto de granos semejantes a perlas, aquí ha querido Dios variar su bondad con delicias tan nuevas, que se puede comparar este jardín al cielo, y no creo ser tan delicado de gusto que no pueda probar estos dones.

Se sentaron y empezaron a probar aquellos manjares; el ángel comió, no en la apariencia, o vaporosamente, como lo suponen los teólogos, sino con la viva premura de un verdadero apetito, y su alimento, transformado por el calor digestivo, se identificó con su sustancia celeste, lo superfluo transpira fácilmente a través de los espíritus. No debemos pues, extrañar que por medio del fuego del negro carbón, el empírico alquimista pueda transformar o por lo menos crea que es posible transformar los metales más groseros en oro tan perfecto como el extraído de la mina.

Eva, entre tanto servía desnuda a la mesa y llenaba de un agradable licor las copas a medida que se iban vaciando. ¡Oh inocencia digna del Paraíso! Si alguna vez los hijos de Dios hubieran podido tener excusa para amar, habría sido entonces, en presencia de tal espectáculo. Pero en aquellos corazones reinaba el amor más púdico, pues desconocían los celos, ese infierno del amante ultrajado.

Cuando estuvieron satisfechos de manjares y bebidas sin sobrecargar la naturaleza asaltóle de improviso a Adán el pensamiento de no dejar escapar la ocasión que le proporcionaba tan prolongada conferencia, para saber cosas superiores a su esfera, para tener conocimiento de los seres que habitan en el cielo, cuya excelencia veía tan superior a la suya, y cuyas radiantes formas, esplendor divino y elevado poder sobrepujan de tal modo las formas y el poder humanos. Así es que dirigió estas frases circunspectas al ministro del Empíreo:

"Tú que habitas con Dios me das un prueba de tu bondad en este honor que dispensas al hombre, bajo cuyo humilde techo te has dignado entrar y gustar esos frutos de la tierra, que, no siendo alimento de los ángeles, has aceptado sin embargo con tanta complacencia, que no parece sino que nunca hayas disfrutado de los grandes festines del cielo, siendo así que no admiten comparación".

El príncipe alado replicó:

"¡Oh Adán! Hay un solo Todopoderoso, de quien proceden todas las cosas y a quien todas las vuelven, si no ha sido pervertida su bondad, todas ellas han sido creadas semejantes en perfección, todas formadas de una sola materia primitiva aunque dotada de diferentes formas de diferentes grados de sustancia y de vida entre las cosas que viven. Pero estas sustancias se refinan, se espiritualizan, se purifican más a medida que más próximas están de Dios, o que tienden a aproximarse más, obrando en la propia esfera que les está designada, hasta que el cuerpo llega a espiritualizarse en los límites proporcionados a cada especie.

Así es como de la raíz brota más ligero el verde tallo; de éste salen las hojas más ligeras aún y por fin la flor perfecta exhala sus perfumadas esencias. Las flores y su fruto, alimento del hombre, volatizados en una escala gradual, se convierten en espíritus vitales, animales, intelectuales y dan a la vez la vida y el sentimiento, la imaginación y el entendimiento, de donde el alma recibe la razón.

La razón discursiva o intuitiva es la esencia del alma; la discursiva os pertenece por lo común, la intuitiva pertenece principalmente a nosotros; difiriendo más que en grados, en especie son las mismas. No debéis por tanto admiraros de que yo no rehuse lo que Dios ha visto que era buena para vosotros, pues, al contrario, lo convierto como vosotros en mi propia sustancia. Un tiempo vendrá quizá en que los hombres se nutran de un alimento celestial que no considerarán demasiado sutil para ellos. Alimentados con esos manjares corporales, tal vez vuestros cuerpos podrán ser más espirituales y perfeccionados con el transcurso del tiempo, y como nosotros, remontarse al éter con sus alas; o bien podrán habitar a su elección aquí o en Paraíso celeste, si se ve que habéis sido obedientes, si conserváis inalterablemente un amor eterno y constante hacia Aquel cuya progenie sois. Mientras tanto, gozad de la felicidad que os permite este dichoso estado, puesto que no estáis en aptitud de gustar otro mayor".

El patriarca del género humano replicó:

"¡Oh espíritu favorable, huésped propicio, cuán bien nos ha enseñado el camino que puede seguir siendo nuestro saber, y esa inmensa escala que va desde el centro de la naturaleza a su circunferencia! Sólo contemplando sus sublimes creaciones podremos, de grado en grado, elevarnos hasta Dios. Pero dígnate explicarme lo que significa esa advertencia: "si se ve que habéis sido obedientes" ¿Podemos acaso faltar a la obediencia que le debemos? ¿Será posible que nos separemos del amor hacia el que nos formó del polvo y nos colocó aquí, colmándonos de una felicidad sin límites, que excede a todo lo que los deseos humanos pueden buscar o concebir?"

El ángel repuso:

"¡Hijo del cielo y de la tierra, escucha! Tu felicidad presente la debes a Dios; la duración de esta misma felicidad te la deberán a ti mismo, es decir, a tu obediencia; continúa, pues, siendo obediente. Tal es el aviso que te he dado, no lo olvides. Dios te ha hecho perfecto, pero no inmutable; te ha hecho bueno pero te ha dejado dueño de perseverar en tu bondad, te ha dotado de una voluntad libre por naturaleza, que no puede ser esclava de la inflexible necesidad ni del inevitable destino. Desea que nuestro homenaje sea voluntario, pero no forzado, pues si así fuera, no sería ni podría ser aceptado por Él; porque no siendo libres los corazones, ¿cómo asegurarse de si obraban voluntariamente o no, cuando sólo desearan lo que el Destino les obligue a querer y carecieran la de la facultad de elegir? Mi feliz estado y el de todo el ejército de los ángeles que están en pie delante del trono de Dios sólo dura, como el vuestro, en tanto que dura nuestra obediencia; no tenemos otra garantía. Servimos libremente, porque amamos libremente; dado que es obra de nuestra voluntad el amar o no amar; y de ahí pende que nos mantengamos o caigamos. Algunos han caído porque han incurrido en la desobediencia, y por esto desde lo alto del cielo se han visto precipitados en el profundo infierno; ¡oh terrible caída, desde la más elevada beatitud a la mayor miseria!"

Nuestro progenitor repuso:

"¡Oh divino maestro! Tus palabras causan a mi oído atento más placer que el canto melodioso de los querubines que no s envían por la noche las montañas vecinas, envuelto en un aérea armonía. Yo no ignoraba que había sido creado libre de voluntad y acción, no nos olvidaremos nunca de amar a nuestro Creador, de obedecer al que nos ha impuesto un solo y justo mandato; mis pensamientos me lo han confirmado siempre así, y me lo confirmarán eternamente. Sin embargo, lo que acabas de indicarme acerca de lo ocurrido en el cielo ha hecho nacer en mi alguna duda y un vivo deseo de oír la narración entera de ese suceso, si es que consientes en ello, pues debe de ser extraño y digno de escucharse con religioso silencio. Podemos aún disponer de mucho tiempo, porque el sol apenas termina ahora la mitad de su carrera y apenas empieza la otra mitad en la gran zona del cielo".

Tal fue la petición de Adán, en la que consintió Rafael; quien después de una corta pausa habló de esta manera:

"¡Qué asunto tan grande me propones, oh el primero de los hombres! ¡Triste y difícil tarea! Porque ¿cómo podré poner al alcance de los espíritus humanos los invisibles hechos de los espíritus guerreros? ¿Cómo referir sin afligirme la ruina de tan considerable número de ángeles, gloriosos y perfectos mientras permanecieron fieles? ¿Cómo, por último levantar el velo que cubre los secretos de otro mundo, que no es dado quizá revelar? Sin embargo, por tu bien, todo permiso queda concedido. Procuraré expresar del mejor modo posible lo que está fuera del alcance de la inteligencia humana, asimilando las formas espirituales a las corporales; si la tierra es la sombra del cielo, ¿no puede existir más semejanza de la que se cree entre las producciones de una y otro?

Cuando este mundo no existía aún, el Caos informe reinaba donde ahora giran los cielos, y donde permanece ahora la tierra en equilibrio sobre su centro; un día (porque, hasta en la eternidad, el tiempo aplicado al movimiento mide todas las cosas que tienen alguna duración por el presente, el pasado y el porvenir), uno de esos días que componen el gran año del cielo, los ejércitos celestiales de ángeles, llamados desde todas las extremidades del cielo por acuerdo soberano, se reunieron en incalculable número ante el trono del Omnipotente, al mando de sus jefes en brillante orden. Diez mil banderas desplegadas avanzaron; flotaban al aire los estandartes y guiones entre la vanguardia y la retaguardia, y servían para distinguir las jerarquías, las alcurnias y las categorías, o llevaban pintados en sus resplandecientes tejidos santos recuerdos, actos eminentes de celo y de amor dignos de memoria. Cuando en los círculos de una circunferencia inconmensurable quedaron inmóviles las legiones, orbes en orbes, el Padre infinito, cerca del cual estaba sentado el Hijo en el seno de la beatitud, hizo resonar su voz que parecía salida desde la cima de una montaña de fuego cuyo resplandor la hubiera hecho invisible.

Escuchad todos, ángeles, hijos de la luz, tronos, dominaciones, principados, virtudes, potestades, escuchad mi decreto que será irrevocable: hoy he engendrado al que declaro mi único Hijo y sobre esta santa montaña he consagrado al que ahora veis a mi derecha. Le he designado como jefe vuestro y he jurado por mí mismo que todas las rodillas se doblarían en el cielo ante él, y le reconocerían como Señor: Permaneced unidos, como una sola alma indivisible y sed para siempre felices bajo el reinado de este gran vicegerente. Quien le desobedezca me desobedece, rompe la unión, aquel día, arrojado de la presencia de Dios y de la contemplación de la bienaventuranza, caerá profundamente abismado en las tinieblas exteriores, donde tendrá reservado su puesto, sin redención, sin fin.

Así dijo el Todopoderoso, todos parecieron quedar satisfechos con estas palabras; todos lo parecieron, pero no todos lo estaban.

Emplearon aquel día, como los demás días solemnes, en cánticos y danzas alrededor de la colina sagrada; danzas místicas, que la cama estrellada de los planetas y de las estrellas fijas, en todas sus revoluciones, imita más aproximadamente por medio de sus laberintos tortuosos, excéntricos, entrelazados, más regulares cuanto más irregulares parecen; aquella divina armonía regula de tal modo sus movimientos y modula tan bien sus encantadores acordes, que hasta el mismo oído de Dios los escucha halagado.

Se acercaba la noche; después de las danzas, los espíritus se mostraron deseosos de una dulce colación. Como permanecían todos en circulo, aparecieron en el centro algunas mesas cargadas de manjares propios para el alimento de los ángeles. El néctar de color de rubí, fruto de las deliciosas viñas que crecen en el cielo, se escancia en copas de perlas, de diamantes y de oro macizo. Tendidos sobre flores y coronados de frescas guirnaldas, saborean los alimentos y las agradables bebidas y en amigable consorcio beben sin tasa la inmortalidad y el júbilo. Ningún exceso es perjudicial allí donde una completa plenitud es el solo límite opuesto al exceso en la presencio del Dios de toda bondad, que les colma de todos sus dones con mano prodiga, regocijándose en sus placeres.

Entre tanto la noche de ambrosía, exhalada con las nubes desde la alta montaña de Dios, de donde salen la luz y la sombra, había cambiado la faz brillante del cielo en un gracioso crepúsculo y un rocío perfumado de rosa invitó a todas las cosas al descanso, excepto a los ojos de Dios, que no duermen jamás. En una vasta llanura, mucho más vasta que lo que sería el globo terráqueo si se desplegara formando una superficie plana, se acampó el ejército angélico, dispersado por bandas y por filas, a lo largo de los vivos arroyos que fertilizan los árboles de la vida; pabellones innumerables, elevados repentinamente; celestes tabernáculos donde dormitaban los ángeles acariciados por frescas brisas, excepto los que alternaban durante el transcurso de la noche en sus himnos melodiosos alrededor del trono supremo.

Pero Satanás no velaba como ellos. Él, uno de los primeros, si no el primer arcángel, grande en poder, a favor, en preeminencia, se vio, sin embargo, dominado por la envidia hacia el Hijo de Dios, honrado aquel día por su Padre y proclamado Mesías y ungido Rey; su orgullo no pudo soportar aquel espectáculo, y se creyó degradado, concibiendo por ellos un despecho y una malicia profunda: en cuanto la medianoche trajo consigo la hora oscura más amiga del sueño y del silencio, resolvió retirarse con todas sus legiones, y menospreciando el trono supremo, dejarlo desobedecido y sin adoración. Despertó a su primer subordinado y le dijo en voz baja:

"¿Duermes, querido compañero? ¿Qué sueño puede cerrar tus párpados? ¿Por ventura no te acuerdas del derecho de ayer, con tanta tardanza salido de los labios del Soberano del cielo? Estás acostumbrado a comunicarme tus pensamientos, como yo a participarte los míos; despiertos, no somos más que uno; cómo, pues, sería posible que tu seño te separase ahora de mí? Nos han impuesto, según ves, nuevas leyes; las nuevas leyes del que reina pueden producir en nosotros, que le servimos, nuevos sentimientos y nuevas determinaciones, a fin de examinar las consecuencias que de ellas pueden resultar fácilmente; pero en este sitio no es prudente decir más.

Reúne los jefes de todos esos millares de ángeles a cuya cabeza estamos; diles que, en buen orden y antes de que la oscura noche haya plegado su velo sombrío, debo apresurarme a tender el vuelo, con todos los que bajo mi mando hacen ondear sus banderas, hacia el sitio donde están nuestros cuarteles del Norte, para hacer los preparativos convenientes a la recepción de nuestro Rey, el gran Mesías, y recibir sus nuevos mandatos, pues tiene intención de atravesar prontamente en triunfo por entre todas las jerarquías y dictarles leyes"

Así habló el pérfido arcángel, derramando un maligno influjo en el corazón inconsiderado de su compañero; éste convoca uno después de toro, o todos a la vez, a los jefes que tiene a sus órdenes. Les manifiesta, según el encargo que había recibido, que por orden del Altísimo, el gran estandarte jerárquico debe marchar adelante antes que la sombría noche abandone el cielo; les manifiesta la supuesta causa de esta marcha y desliza al mismo tiempo palabras ambiguas y envidiosas, a fin de sondear y corromper su integridad. Todos obedecieron la señal acostumbrada y a la voz superior de su gran potentado; porque era en verdad grande su nombre y elevada su jerarquía en el cielo, su continente, semejante al del lucero de la mañana que guía el rebaño de las estrellas, les sedujo y sus imposturas arrastraron en pos de él a la tercera parte de las huestes celestiales.

Sin embargo, el ojo del Eterno, cuya mirada descubre los más secretos de sus pensamientos, vio sin necesidad de luz, desde lo alto de su santa montaña y entre las lámparas de oro que arden durante la noche ante él, la rebelión naciente; vio quiénes la formaban, que se extendía entre los hijos de la mañana, y la multitud que tomaba parte en ella para oponerse a su augusto decreto. Y sonriéndose, dijo a su Hijo único:

"Hijo, en quien veo mi gloria en todo su esplendor, heredero de todo mi poder, una cosa nos toca ahora de cerca: se trata de nuestra omnipotencia, de las armas que debemos emplear para sostener lo que desde la eternidad poseemos en divinidad e imperio. Levántase un enemigo con intención de erigir su trono al igual del nuestro en todo el vasto Septentrión. No contento con esto, ha pensado en experimentar en una batalla hasta dónde alcanza nuestra fuerza o nuestro derecho. Meditemos, pues, en ello, y en tal peligro, reunamos con prontitud las fuerzas que nos quedan; utilicémosla en nuestra defensa, ante el temor de perder por descuido nuestro elevado puesto, nuestro santuario, nuestra montaña"

El Hijo respondió con tono sosegado y puro, inefable, sereno y brillante de divinidad:

"Padre omnipotente con razón desprecias a tus enemigos, en tu seguridad de ríes de sus vanos proyectos, de sus vanos tumultos, motivo de gloria para Mí, que realzará el exceso de su odio, cuando vean todo el poder real que se me ha dado para domar su orgullo y para que por el resultado conozcan si es hábil mi brazo para reprimir a los rebeldes, o si debo ser mirado como el último en el cielo"

Así habló el Hijo.

Entre tanto Satanás, había avanzado ya con sus fuerzas en alada carrera, ejército innumerable como los astros de la noche o como esas gotas de rocío, estrellas de la mañana, que el sol convierte en perlas en cada hoja y en cada flor. Atravesaron vastas regiones y poderosas regencias de serafines, de potestades, y de tronos en sus triples grados de dignidad, regiones ante las cuales, tu imperio ¡oh Adán!, sólo sería lo que este jardín en respecto de toda la tierra y todo el mar, o del globo entero extendido a lo largo.

Después de haber pasado por aquellas regiones, llegaron a los confines del Norte, a su real morada colocada en la cumbre de una colina, que resplandecía a lo lejos como una montaña elevada sobre otra montaña, con erguidas pirámides y torres talladas en canteras de diamantes y rocas de oro; palacio del gran Lucifer, que Satanás, afectando en todo su igualdad con Dios y a imitación de la montaña donde el Mesías fue proclamado a la vista de todo el cielo, llamó poco después Montaña de la Alianza, porque allí fue donde reunió a todo su séquito, pretendiendo que había recibido orden al efecto para que deliberaran sobre la gran recepción que debían hacer a su Rey, próximo a llegar. Con aquel arte calumnioso que disfraza la verdad, cautivó sus oídos con estas palabras:

"¡Tronos, dominaciones, principados, virtudes, potestades, si es que estos magníficos títulos se conservan aún, y no son puramente nombres vanos, desde que por un decreto se ha revestido otro de todo poder, y nos ha eclipsado con su título de Rey consagrado! Por su causa hemos hecho a toda prisa esta marcha durante la noche, y nos hemos reunido aquí desordenamente, tan sólo para deliberar con qué clase de honores podremos recibir mejor al que viene a recibir de nosotros el tributo de doblar la rodilla, no satisfecho todavía, que es una vil prosternación. Pagarlo a uno solo, era ya demasiado; pero ¿cómo hemos de consentir en pagarlo doblemente? ¡Pagarlo al primero, y a su imagen ahora proclamada! Y, sin embargo ¿qué importa esto, si nuestro espíritus, ilustrados con mejores consejos, nos enseñan a sacudir este yugo? ¿Queréis inclinar la cerviz? ¿Preferís doblar una rodilla dócil? No, no lo preferiréis, si es que os conozco según creo, o si es que os tenéis por oriundos e hijos del cielo que nadie poseyó antes que nosotros. Aunque no todos seamos iguales, somos, sin embargo libres, igualmente libres; porque las alcurnias y las categorías no son contrarias a la libertad, sino que se armonizan con ella. ¿Quién puede introducir leyes y decretos entre nosotros cuando, aun sin leyes, no cometemos nunca un error? Con mucha menos razón puede ser aquél nuestro señor y pretender nuestra adoración en detrimento de esos títulos imperiales, que atestiguan que nuestro estado se ha hecho para gobernar, no para servir".

Hasta aquí su audaz discurso fue oído sin contradicción, cuando de entre los serafines levantóse Abdiel, el adorador más ferviente de Dios y el más obediente a sus divinos preceptos e inflamado de un celo severo, opuso estas palabras al torrente de la furia de Satanás:

¡Oh argumento blasfemo, falso y orgulloso, palabras que ningún oído podía esperar que se escuchasen en el cielo y menos de ti que de todos los demás, ingrato, de ti. ¿Te atreves con una doblez impía a condenar ese justo decreto pronunciado y jurado por Dios? Ha jurado que toda alma que exista en el cielo doblará la rodilla ante su Hijo único, investido por derecho con el cetro real, reconociéndose por medio de este honor, debido como a su legítimo Rey. Es injusto, según dices, sobre manera injusto someter por leyes al que es libre, y dejar que el igual reine sobre sus iguales, uno sobre todos con un poder en el que nadie sucederá. Pero ¿quieres imponer leyes a Dios? ¿Pretendes discutir sobre puntos de libertad con el que te ha hecho lo que eres, con el que ha formado las potestades del cielo como mejor le ha cuadrado, con el que ha circunscrito su ser? Sin embargo, aleccionados por la experiencia, sabemos cuán bueno es, cuán atento está siempre a nuestro bien y a nuestra dignidad, cuán lejos de su pensamiento empequeñecernos y que se inclina más bien a exaltar nuestro dichoso estado, uniéndonos más estrechamente bajo un mismo jefe. Pero, aun concediéndole que sea injusto que el igual reine como un monarca sobre sus iguales, ¿piensas tú, aunque eres grande y glorioso, que tú o todas las naturalezas angélicas reunidas en una sola llegaríais a igualar a su Hijo engendrado? Por Él, como su por su Verbo, el Padre omnipotente ha formado todas las cosas y aun a ti y a todos los espíritus del cielo, creados por Él en sus brillantes órdenes, los ha coronado de gloria, y en su gloria les ha llamado tronos, dominaciones, principados, virtudes, potestades; potestades esenciales, inseparables de nuestra naturaleza, que lejos de ser oscurecidas por el reino del Hijo de Dios, se hacen más ilustres, puesto que Él, nuestro jefe, reducido a serlo llega a ser uno de nosotros. Sus leyes son nuestras leyes, todos los honores que se le tributan recaen en nosotros mismos. Cesa pues, en tu rabia impía y no tientes a éstos; apresúrate a calmar al Padre irritado y al Hijo irritado, mientras puedes alcanzar el perdón, si lo imploras a tiempo".

Así habló el fervoroso ángel, pero su celo no secundado fue tenido por inoportuno, o singular, o temerario. El apóstata se regocijó por ello y le replicó con altanería:

"¿Conque, según tu, hemos sido creados y somos obra de una segunda mano, cuyo cuidado ha transferido el Padre al Hijo? Desearíamos saber donde has aprendido semejante doctrina. ¿Cuál fue el tiempo, quiénes los testigos de esta creación? ¿Recuerdas tú haber sido creado y cuándo te dio el ser el Creador? En cuanto a nosotros, no conocemos el tiempo en que no éramos lo que somos ahora; a nadie conocemos anterior a nosotros: engendrados por nosotros mismos, salidos de nosotros mismos por nuestra propia fuerza, cuando el curso de la fatalidad describió toda su órbita y estuvo en su madurez nuestro nacimiento, salimos como hijos etéreos de nuestro cielo natal. Nuestro poder procede de nosotros, nuestra diestra nos aleccionará en los hechos más famosos para conocer al que es nuestro igual. Entonces verás, si pretendemos dirigirnos a él con ruegos y si deseamos rodear su trono supremo como suplicantes o como sitiadores. Pues llevar este dictamen, estas noticias al Ungido del Señor, y huye antes que venga a impedir tu fuga alguna desgracia".

Dijo y un ronco murmullo semejante al ruido de las aguas profundas, respondió a estas palabras aplaudidas por la innumerable hueste. A pesar de ellos, el resplandeciente serafín no experimentó temor alguno, aunque se veía solo y rodeado de enemigos, sino que replicó con intrepidez:

¡Oh abandonado de Dios, espíritu maldecido, despojado de todo bien!, preveo tu próxima caída y tu desgraciada banda, envuelta en esta perfidia, siente ya el contagio de tu crimen y de tu castigo. De hoy más no te esfuerces en saber cómo sacudirás el yugo del Mesías de Dios; no se invocarán más sus indulgentes leyes, pues ya se han lanzado contra ti otros decretos que no admiten apelación. Ese cetro de oro que rechazas, es ahora una vara de hierro para castigar y aniquilar tu desobediencia. Me has aconsejado bien: huyo, pero no por seguir tu consejo, ni ante tus amenazas; huyo de estas tiendas criminales y réprobas, temeroso de que, al estallar la inminente cólera en súbita llama, no haga distinción de ninguna clase. Prepárate a sentir en breve sobre tu cabeza su rayo, fuego que devora. Entonces aprenderás a conocer, entre gemidos, al que te ha creado, cuando conozcas al que puede aniquilarte".

Así habló el serafín Abdiel, el único que permaneció fiel entre una multitud de infieles, conservando su lealtad, su amor y su celo, inmutable, inquebrantable, incorrupto e impávido, entre tantos impostores. Ni el número ni el ejemplo pudieron obligarle a separarse de la verdad, o alterar, a pesar de verse solo, la constancia de su espíritu. Se retiró de en medio de aquel ejército; durante un largo trecho atravesó por entre los desdenes de sus enemigos afrontándolos, mostrándose superior a la injuria, y sin temer nada de la violencia, y con igual desprecio volvió la espalda a aquellas orgullosas torres condenadas a una próxima destrucción.

 

LIBRO VI

Durante toda la noche, el intrépido ángel prosiguió su camino a través de la vasta llanura del cielo, sin ser perseguido, hasta que la mañana, despertada por las horas que marchan en círculo, abrió con su mano de rosa las puertas de la luz. Bajo el monte de Dios y muy cerca de su trono hay un gruta que habitan y deshabitan alternativamente la luz y las tinieblas en perpetua sucesión procurando al cielo la agradable variedad del día y la noche. La luz sale, y por la otra puerta entran obedientes las tinieblas, esperando la hora marcada para envolver al cielo con su velo; si bien las tinieblas de allí parecen el crepúsculo de aquí.

"La aurora se elevaba tal como es en el más alto cielo, vestida de oro del empíreo; ante ella se desvanecía la noche atravesada por los rayos del Oriente; cuando de improviso se muestra a la vista de Abdiel todo el campo cubierto de brillantes y compactos escuadrones, formados en batalla, de carros, de armas centelleantes y fogosos corceles, reflejando entre sí su mutuo fulgor, descubrió la guerra con todo sus aparato y vio que ya era sabida la noticia que creía llevar. Reunióse lleno de júbilo con aquellas potestades amigas, que recibieron con alegría y con inmensas aclamaciones al único que entre tantos millares de ángeles perdidos volvía salvo. Le condujeron con grandes aplausos a la montaña sagrada, y le presentaron ante el trono supremo, donde se oyó una voz dulce que, saliendo de en medio de una nube de oro, decía así:

"Servidor de Dios has obrado bien; has combatido bien en el mejor partido, siendo el único que ha sabido sostener contra innumerables rebeldes la causa de la verdad, haciéndote más temible por tus palabras que los enemigos lo son por sus armas. Y para sostener la verdad, has afrontado el reproche universal, más terrible de soportar que la violencia; porque tu único deseo era que tu conducta fuera aprobada por la mirada de Dios, aunque los mundos te juzgasen perverso. Ahora, ayudado por un ejército de amigos, te resta un triunfo más fácil, que consiste en volver contra tus enemigos más glorioso que despreciado fuiste cuando te separaste de ellos, y en combatir por medio de la fuerza a los que rechazan la razón, y por su rey al Mesías, que reina por el derecho del mérito. Parte, Miguel, príncipe de los ejércitos celestiales, parta también, Gabriel, tú que le sigues en belicosas hazañas, conducid a esos mis invencibles hijos al combate, conducid a mis santos escuadrones, ordenados por millares y millones para la batalla, iguales en número a esa multitud rebelde y sin Dios. Atacadles sin temor con el fuego y las armas ofensivas, persiguiéndolos hasta los confines del cielo; arrojadlos de donde está Dios y la felicidad para lanzarlos al sitio de su castigo, al abismo del Tártaro, cuyo ardiente Caos se abre ya ampliamente para recibirlos en su caída"-

Así habló la voz soberana y las nubes empezaron a oscurecer toda la montaña, y las llamas, luchando con violencia por escaparse, hicieron brotar las ondulantes espirales de una negra humareda, señal de que despertaba la cólera divina. No menos terrorífica resonó en la cima la ruidosa trompeta etérea; y a este mandato las potestades guerreras del cielo forman un potente cuadro con una unión irresistible y sus brillantes legiones avanzan en silencio al son de armoniosos instrumentos, que les comunicaban el heroico ardor de arriesgadas empresas, y al mando de jefes inmortales, defensores de la causa de Dios y de su Mesías. Adelantan con firmeza y compactos; ni la alta colina, ni el estrecho valle, ni bosque, ni río, nada, en fin divide sus perfectas filas porque marchan elevadas sobre el suelo, y el aire, obediente, sostiene su paso ágil, en un orden semejante volaron los innumerables pájaros que acudieron al Edén para recibir su nombre de tu boca. ¡Oh Adán! Y del mismo modo las legiones celestiales atravesaron inmensos espacios en el cielo, numerosas provincias diez veces más grandes que la longitud de la tierra.

Al fin, allá lejos, en el horizonte septentrional, apareció una región de fuego, que desde un extremo a otro se desenvolvía bajo la forma de un ejército. En breve se descubrieron las potestades adictas a Satanás, erizadas de los rayos innumerables de sus lanzas rectas e inflexibles; por todas partes se veían apiñados cascos, diversos escudos en que estaban pintados insolentes emblemas; aquellas tropas avanzaban con una precipitación furiosa, pues se vanagloriaban de apoderarse aquel mismo día por combate o por sorpresa, del monte de Dios y de sentar sobre su trono al soberbio pretendiente, envidioso de su imperio, pero a la mitad de camino reconocieron lo vano y loco de sus pensamientos. Nos pareció desde luego extraordinario que el ángel hiciera la guerra al ángel; que llegaran unos y otros a chocar en una furiosa hostilidad, cuando estaban acostumbrados a encontrarse con tanta frecuencia unidos en las fiestas de gozo y de amor como hijos de un solo señor, cantando himnos al eterno Padre, pero resonó el grito de la guerra y el atronador estrépito del ataque destruyó todo pensamiento apacible.

El apóstata, elevado como un dios en medio de los suyos, estaba sentado sobre su carro de sol, parodiando una majestad divina y rodeado de ardientes querubines y de escudos de oro. No tardó en descender de su trono fastuoso, pues no quedaba ya entre los dos ejércitos más que un corto espacio y presentaban inmóviles frente a frente una terrible línea de espantosa longitud. Satanás, cubierto de una armadura de oro y diamante, a la cabeza de su tenebrosa vanguardia y sobre la línea de las legiones prontas a embestirse, avanzó a grandes pasos, erguido como una torre. Abdiel no pudo soportar su vista; colocado entre los más valientes, se preparaba a llevar a cabo las más gloriosas acciones y animó de este modo su corazón intrépido:

¡Oh Cielo! ¿Puede existir tal semejanza con el Altísimo en donde ya no existe la fe y la realidad? ¿Por qué no se extingue el poder donde ha desaparecido la virtud, o por qué no ha de ser más débil el más presuntuoso? Aunque al verle, Satanás parezca invencible, confío, sin embargo en el auxilio del Todopoderoso, e intento poner a prueba la fuerza de aquel cuya razón falsa y corrompida he podido ya conocer; ¿no será justo que el que ha vencido en la lucha de la verdad consiga vencer con las armas y que salga igualmente vencedor en ambos combates? Si el combate es rudo y vergonzoso cuando la razón mide sus armas con la fuerza, tanto más justo es que la razón consiga la victoria.

Reflexionando de esta suerte, Abdiel sale de entre las filas de sus compañeros armados y encuentra a la mitad del camino su audaz enemigo, que viéndose prevenido, se muestra más furioso; Abdiel le reta con aplomo de esta manera:

"¡Temerario! Ya puedes ver cómo salen a tu encuentro. Fundabas tu esperanza en alcanzar sin oposición la altura a que aspirabas y en encontrar el trono de Dios abandonado y a sus defensores dispersos por el terror de tus armas o por la violencia de tus palabras.

¡Insensato! No han considerado cuán en vano es levantarse en armas contra Dios; contra el que puede hacer surgir de las cosas más pequeñas un sinfín de innumerables ejércitos para humillar tu loco atrevimiento contra Dios; cuya mano solitaria que alcanza más allá de todo límite, puede, de un solo golpe y sin auxilio de nadie, anonadarte y sepultar a tus legiones en las tinieblas. Pero ya lo vez, no todos te siguen, hay muchos que prefieran la fe y la piedad para con Dios, por más que no los vieras cuando entre los tuyos parecía ser yo el único equivocado, el único que se separaba de la unión de todos. Cuenta ahora los que pertenecen a mi secta; conoce, aunque tarde, que la verdad puede residir en un corto número, al paso que la multitud puede errar".

El gran Enemigo, mirándolo de reojo y con desdén, le respondió:

"En mala hora para ti, pero en hora propicia para mi venganza, vuelves de tu fuga, ángel sedicioso, tú el primero a quién yo buscaba para darte la recompensa merecida y hacer de ti el primer ensayo del peso de mi diestra que has provocado, pues que con tu lengua, inspirada por la contradicción, has sido el primero en oponerte a la tercera parte de los dioses reunidos en sínodo para asegurar su divinidad. Los que sienten en sí un vigor divino, no pueden conceder la omnipotencia a nadie. Tú te adelantas a tus compañeros, ganoso de arrebatarme algunas plumas, para que tu hazaña pueda hacer creer a tus guerreros en mi ruina; pero si detengo un momento mi venganza es para que no te jactes de haberme reducido al silencio. Oye, pues, lo que voy a decirte: he creído desde luego que libertad y cielo no era más que una sola cosa para las almas celestes; pero ahora veo que muchos, por bajeza, prefieren servir; ¡espíritus domésticos, arrastrados por fuerza a las fiestas y a las canciones!...Tales son los que tú has armado; mercenarios del cielo, esclavos para combatir la libertad; este día pondrá de manifiesto lo que valen sus hechos comparados a los nuestros".

El severo Abdiel respondió brevemente:

"Apóstata, sigues equivocado, alejado del camino de la verdad, nunca cesarás de errar. Pretendes mancillar injustamente con el nombre de servidumbre la obediencia que Dios y la Naturaleza ordenan. Dios y la Naturaleza prescriben lo mismo cuando el que gobierna es el más digno y sobresale entre aquellos a quines gobierna. La servidumbre sólo existe cuando se sirve al insensato o al que se rebela contra uno más digno que él, como te sirven ahora los tuyos a ti, que no eres libre, sino esclavo de ti mismo. ¡Y te atreves descaradamente a insultar nuestro deber! Reina en el infierno, tu verdadero reino, déjame servir en el cielo a Dios por siempre bendito, y obedecer su divino mandato, que es el que merece más obediencia; pero no esperes encontrar reinos en el infierno, sino cadenas. Ahora, al regresar de mi huída, como decías hace poco, recibe este saludo sobre tu crestón impío".

Al decir estas palabras, descarga un rudo golpe que no se perdió en el aire, sino que cayó como la tempestad sobre el orgullos crestón de Satanás, ni la vista, ni el movimiento del rápido pensamiento y mucho menos el escudo pudieron prevenir tan horrible choque. Retrocedió diez enormes pasos, al décimo se inclinó sobre una rodilla apoyándose en su maciza lanza, semejante a una montaña, que impelida con todos su pinos y bosques por la violencia de los vientos subterráneos o de las olas impetuosas, quedara oblicuamente derribada y medio sumergida en el abismo. Apoderóse de los rebeldes Tronos la más viva sorpresa; pero aún fue mayor su rabia cuando vieron caído de aquel modo al más poderoso de entre ellos. Los nuestros, llenos de gozo y de ardiente deseo de combatir, lanzaron un grito présago de la victoria. Miguel mandó tocar la angélica trompeta, que resonó en la vasta extensión del cielo y los ejércitos fieles cantaron Hosanna al Altísimo. Por su parte las legiones contrarias no se entretuvieron en contemplarnos; no menos terribles que las nuestras se precipitaron en horrible choque.

Entonces se elevó una tempestuosa furia y un clamor tal como hasta entonces no se había oído en el cielo. Las armas chocando contra la armadura producen un sonido horrible y estridente; las ruedas furiosas de los carros de bronce rugen iracundas; ¡el estrépito de la batalla es terrible! Sobre nuestras cabezas se oyen los silbidos agudos de los inflamados dardos, que se cubren con una bóveda de fuego entre ambas huestes. Bajo esta cúpula ardiente se lanzan al combate los cuerpos de ejército, acompañados en tan funesto asalto de un furor inextinguible; todo el cielo retumbó con su estruendo y si la Tierra hubiera existido entonces, habría temblado hasta en su centro. Pero, ¿debe causarnos esto admiración, cuando de una y otra parte combatían cual fieros adversarios millones de ángeles, el más débil de los cuales podía manejar los elementos y armarse con la fuerza de todas su legiones? ¡Cuánto más poder no tendrían, pues, aquellos dos ejércitos, combatiendo uno contra otro, para encender la espantosa combustión de la guerra, y para derribar, ya que no para destruir, su afortunada morada natal, si el Rey omnipotente y eterno sujetando el cielo con mano firme no hubiera dominado y limitado su fuerza! Cada legión parecía por su número un considerable ejército; por su fuerza, cada mano armada equivalía a una legión; en medio del combate cada soldado parecía un jefe y cada jefe un soldado: todos sabían avanzar y retroceder a tiempo, variar los ataques y abrir y cerrar las filas de la odiosa guerra. Entre ellos no existía ninguna debilidad, ni la más mínima apariencia de temor; cada cual contaba consigo mismo como si fuera su solo brazo el que decidiera la victoria.

Se llevaron a cabo innumerables hechos de fama eterna; el combate ocupando un inmenso espacio, variaba a cada momento de formas y de combinaciones; tan pronto daban impulso a sus poderosas alas y atormentaban todo el aire, haciéndole entonces semejante a un fuego belicoso. La batalla permaneció indecisa durante mucho tiempo, hasta que Satanás, que en todo el día había dado muestras de una fuerza prodigiosa y no encontraba quien le igualara en las armas, corriendo de fila en fila a través de la espantosa confusión de serafines puestos en desorden, vio por fin el sitio en que la espada de Miguel hendía y derribaba escuadrones enteros.

Miguel tenía asida con ambas manos aquella espada que blandía con una fuerza enorme; al caer, su horrible filo introducía el estrago en cuanto alcanzaba. Satanás para detener semejante destrucción se precipita y pone al acero de Miguel su ancho escudo, orbe impenetrable, recubierto con diez placas de diamantes. A su llegada, el gran arcángel da por un momento tregua a su guerrera tarea, halagado con la esperanza de terminar aquí la guerra intestina del cielo, venciendo a su enemigo o arrastrándole entre cadenas; frunce el formidable entrecejo, y con el rostro inflamado fue el primero en hablar de esta manera:

"Autor del mal, del mal desconocido y sin nombre en el cielo hasta tu rebelión y que ahora abunda en él, merced a una guerra odiosa, odiosa a todos, aunque por una justa medida, su horror recae más sobre ti y tus partidarios; ¿cómo has osado turbar la dichosa paz del cielo y traer a la Naturaleza la miseria increada antes del crimen de tu rebelión? ¡Cuántos millares de ángeles, en otro tiempo rectos y fieles y hoy convertidos en traidores, has emponzoñado con tu malicia! Pero no creas que conseguirás desterrar de aquí el santo reposo; el cielo te rechaza de todos sus límites; el cielo, mansión de la felicidad no soporta las obras de la violencia y de la guerra. ¡Ea! ¡lejos de aquí! Vaya contigo el mal, tu hijo, a la morada del mal, al infierno, contigo y con tu perversa banda; fomenta allí tus sediciones; pero evita que esta espada vengadora empiece tu sentencia, o que alguna venganza más rápida, a quien Dios de alas, te precipite con dolores redoblados".

Así habló el Príncipe de los ángeles. Su adversario replicó:

¡No pienses aterrar con el viento de tus amenazas al que no puedes aterrar por medio de las acciones! ¿Has hecho, por ventura, huir al menor de mis guerreros? En caso de que los hayas derribado, ¿no se han vuelto a levantar invencibles? ¿Esperas triunfar de mí con más facilidad? ¿Crees, en tu arrogancia, que me harán huir tus amenazas? No te engañes; no concluirá así el combate, al que tú llamas mal, y que nosotros llamamos combate de gloria. O conseguiremos la victoria o transformaremos este cielo en ese infierno del que nos cuentas tanta patraña. Si no reinamos por lo menos habitaremos aquí libres. A pesar de todo, no huiré de tu mayor fuerza, aun cuando el que se llama Omnipotente venga en tu ayuda; te he buscado siempre, tanto de lejos como de cerca".

Cesaron de hablar y ambos se prepararon a un combate indescriptible; ¿quién podría referirlo, aun con el lenguaje de los ángeles? ¿A qué cosas podría compararse en la tierra, que fuesen bastante notables para elevar la imaginación humana hasta la altura de un poder semejante al de un dios? Porque aquellos dos jefes ya anduvieran, ya permanecieran inmóviles, parecían dioses por su estatura, por sus movimientos, por las armas, por los propios que eran para decidir del Imperio del gran cielo. En aquel momento sus centelleantes espadas ondean y describen en el aire espantosos círculos; sus escudos, como dos anchos soles, resplandecen uno frente a otro, mientras que la ansiedad hace que todos queden inmóviles de horror. Por una y otra parte se retira precipitadamente la inmensa multitud de ángeles del sitio donde antes era mayor la refriega y deja un vasto campo donde no había seguridad en el aire, agitado por tamaña conmoción.

Para hacer comprender las cosas grandes por medio de las pequeñas, semejantes a los dos combatientes serían dos planetas que, si se rompiera la concordia de la Naturaleza, o si se declarara la guerra entre las constelaciones, precipitados bajo la influencia maligna de la oposición más violenta, combatieran en medio del firmamento y confundieran sus esferas enemigas.

Los dos jefes levantan simultáneamente sus brazos, que casi alcanzan en poder al del Todopoderoso, y amagan un golpe que pudiera terminarlo todo de una vez y que, dispensándoles de secundarlo, no dejara la victoria indecisa. Ambos parecen iguales en vigor y agilidad; pero la espada de Miguel, sacada de la armería de Dios, estaba templada de tal suerte que ninguna otra, por más acerada y penetrante que fuese, podía resistir a su filo. Encuentra la espada de Satanás y descendiendo para herir con una fuerza precipitada, la corta totalmente por la mitad, después de esto no se detiene, sino que por medio de rápido revés penetra profundamente en el costado derecho del arcángel y se lo hiende enteramente.

Satanás reconoció entonces por primera vez el dolor y se retorció convulsivamente hacia uno y otro lado; ¡tan cruelmente le atravesó de parte a parte aquella cortante espada, ocasionándole una herida continua! Pero su sustancia etérea no podía permanecer mucho tiempo dividida; volvióse a unir y de la herida salió un río de néctar, color de sangre, de esa sangre que sólo los espíritus celeste pueden derramar, y manchó su armadura, tan brillante hasta entonces. Inmediatamente corrieron en su ayuda de todas partes un gran número de ángeles vigorosos, que se interpusieron en su defensa, mientras le conducían sobre sus escudos a su carro, donde permaneció retirado lejos de las filas belicosas. Así le colocaron rechinando los diente de dolor, de despecho y de vergüenza al ver que otro le igualaba; su orgullo había quedado humillado con semejante revés, que tan distante estaba de su pretensión de igualar a Dios en su poder.

Sin embargo, curó pronto, porque los espíritus que son todo vida, existen por en completo en cada una de sus partes (no como el hombre frágil que la tiene en las entrañas, en el corazón o en la cabeza, en el hígado o en los riñones) y sólo podrían morir anonadados, no pueden recibir ninguna herida mortal en su líquido tejido, así como tampoco la recibe el aire fluido; son todo corazón, cabeza, ojos, oídos, inteligencia, sentidos; según su voluntad, se adaptan miembros y toman el color, la forma y el volumen dilatado o comprimido que les sugiere su deseo.

Entre tanto ocurrían hechos parecidos, y que serían dignos de memoria, en donde estaba combatiendo el poderoso escuadrón de Gabriel, con sus soberbios estandartes hendía los profundos batallones de Moloc, rey furioso que le desafiaba y que le amenazaba con arrastrarle atado a las rueda de su carro, la lengua blasfema de este ángel no respetaba siquiera la unidad sagrada del cielo. Pero de improviso, henchido de la cabeza a la cintura, con sus armas rotas y presa del más horrible dolor, huye lanzando rugidos.

En cada ala, Uriel y Rafael vencieron a sus insolentes enemigos, Adramalec y Asmodeo, por más que éstos fueran enormes y estuvieran armados con rocas de diamantes, eran dos poderosos tronos que se desdeñaban de ser menos que dioses, y cuya fuga les comunicó pensamientos más humildes al verse acribillados de terribles heridas, a pesar de su coraza y de su cota de mallas. Abdiel no se descuidó en perseguir a la tropa atea, y a su redoblados golpes cayeron Ariel y Arioc, destrozando y abrazando además al violento Ramiel.

Podría hablar aún de otro mil y eternizar sus nombres aquí en la tierra; pero aquellos ángeles escogidos, contentos con la fama de que gozan en el cielo, no solicitan la aprobación de los hombres. En cuanto a los otros, si bien son admirables por su poder, por sus acciones de guerra y sobre todo por su deseo de fama, como por un justo decreto están borrados de la sagrada memoria del cielo, dejémoslos habitar sin nombre el negro olvido. Cuando la fuerza se separa la verdad y de la justicia es indigna de alabanza y no merece más que baldón e ignominia; y sin embargo vana y arrogante, aspira a la gloria y procura hacerse famosa por la infamia; ¡sea pues, su galardón un silencio eterno!

Derrotados ya sus principales y más poderosos jefes, el ejército se replegó deshecho por nuestras repetidas cargas, enfrentando en él la derrota informe y el vergonzoso desorden; el campo de batalla estaba sembrado de armas rotas; los carros y sus conductores, los corceles, arrojando espumosas llamas, tendidos en confuso montón. Cuanto queda en pie retrocede extenuado de fatiga a través del ejército satánico, que, postrado, apenas se defiende; sorprendidos por el pálido espanto, por primera vez sorprendidos por el terror y por el sentimiento de dolor, huyen aquellos ángeles ignominiosamente conducidos a este mal por el pecado de la desobediencia; hasta entonces no habían estado sujetos ni al temor, ni a la huída, ni al dolor.

Muy diferente era el estado de los inviolables santos, con paso seguro avanzaron formados en falange cuadrangular, completos, invulnerables, armados impenetrablemente; tal era la inmensa ventaja que les daba su inocencia sobre sus enemigos; por no haber pecado por no haber desobedecido, continuaron combatiendo sin fatiga, sin exposición de recibir heridas, aunque separados de sus filas por la violencia.

La noche que empezaba su carrera, difundió su silencio y una dulce tregua al odioso estruendo de la guerra; a su nebuloso abrigo se retiraron vencedores y vencidos. Miguel y sus ángeles, dueños del campo de batalla, establecieron en él sus reales y pusieron en torno centinelas de querubines, agitando llamas. De la otra parte, Satanás desapareció con sus rebeldes, retirado a los lejos en la sombra. Privado de reposo, reúne durante la noche en consejo a sus potestades; en medio de ellas y sin mostrarse abatido, les habló así:

"¡Oh vosotros, a quienes ha acrisolado ahora el peligro y a quienes el reciente combate ha dado a conocer como invencibles; queridos compañeros, dignos no tan sólo de libertad, que es demasiado débil pretensión, sino de lo que más nos importa de honor, de imperio, de gloria y de fama! Habéis sostenido durante un día un combate dudoso y si durante uno, ¿por qué no durante días enteros?, habéis resistido el ataque de todo lo más poderoso que el Señor del cielo podía lanzar desde el rededor de su trono contra nosotros, de lo que había creído que bastaba para someternos a su voluntad, y, sin embargo, no ha sucedido así... Por lo cual me parece que podemos mirarle como falible cuando se trate del porvenir, aunque hasta aquí se haya creído en su omnisciencia. Es cierto que nosotros, peor armados, hemos tenido algunas desventajas y soportado algunos dolores desconocidos hasta ahora; pero también es verdad que, apenas conocidos, los hemos despreciado: pues ahora sabemos que, no pudiendo sufrir ningún golpe mortal, nuestra forma empírea es imperecedera; y que, aunque se vea acribillada de heridas, éstas se cicatrizan pronto, gracias a su natural vigor. Podéis, pues, ver cuán fácil es el remedio para un mal tan leve. Sin duda, que con armas más fuertes, con armas más impetuosas, lograremos mejorar nuestra posición en el primer encuentro, empeorar la de nuestros enemigos, o igualar lo que entre ellos y nosotros establece esa disparidad que no existe en la Naturaleza. Si ha influido en su superioridad alguna otra causa oculta, pronto la descubriremos por medio de una madura deliberación y una indagación activa, en tanto que conservemos nuestro pleno espíritu y nuestro entendimiento sano".

Sentóse y del medio de la asamblea se levantó Nisroc, el feje de los principados; se levantó como un guerrero escapado de un combate cruel; cubierto de heridas, rotas y destruidas sus armas y contestó de este modo con aire sombrío:

"¡Libertador! Tú que nos emancipaste del yugo de nuevos señores y nos conduces al libre goce de los bienes que se deben a nuestra jerarquía divina, asaz duro es para nosotros que, a pesar de nuestra calidad de dioses, seamos ahora accesibles al dolor y tengamos que combatir con armas desiguales a enemigos exentos de él e impasibles. De esta desigualdad debe resultar forzosamente nuestra ruina, porque ¿de qué sirven el valor y la fuerza incomparables si se ven dominados por el dolor, que lo subyuga todo y hace caer desfallecidos los brazos más formidables? Quizá podríamos borrar de la vida sin quejarnos el sentimiento del placer, y vivir satisfechos, que es lo que hace más dulce la vida; pero el dolor es el colmo de la miseria; el peor de los males, y si se hace excesivo, no hay intrepidez ni paciencia que puedan soportarlos. Así, pues, el que pueda inventar alguna cosa más eficaz para causar heridas a nuestros enemigos aún invulnerables, o el que sepa armarnos con armas defensivas iguales a las suyas, merecerá de mi parte las mismas alabanzas que aquel a quien debemos nuestra libertad".

Satanás respondió con tranquilo y mesurado aspecto:

"Ese socorro, no inventado aún y que con razón consideras tan esencial para nuestro buen éxito, yo te lo traigo. Cualquiera de nosotros que contemple la brillante superficie de este terreno celeste sobre el que vivimos, este espacioso continente del cielo, adornado de plantas, de frutos, de flores, de ambrosía, de perlas y de oro, ¿mirará tan superficialmente estas cosas para no comprender que germinan profundamente bajo la tierra, cual negros y crudos materiales de una espuma espirituosa e ígnea, y que merced al influjo y penetración de un rayo de los cielos, brotan, crecen y se ostentan tan bellas a la luz del ambiente?

Pues bien, el abismo nos cederá esas materias en su negro origen, fecundadas por una llama infernal. Comprimiéndolas en anchos, huecos y redondos tubos, les aplicaremos fuego por un orificio abierto en una de sus extremidades, inflamadas de repente, dilatadas y estallando con el estruendo del trueno, enviarán a larga distancia contra nuestros enemigos tales elementos de destrucción que derribarán y harán pedazos todo cuanto se les oponga, de suerte que nuestros adversarios temerán que hayamos desarmado al dios tonante de su solo dardo temible: Nuestro trabajo no será de larga duración; antes que nazca el día se cumplirá nuestro intento. Entre tanto, tranquilizaos, desechad todo temor, pensemos que nada hay difícil y mucho menos desesperado, para la fuerza y habilidad reunidas"

Dijo y sus palabras hicieron brillar los rostros abatidos y reanimaron en los corazones la perdida esperanza.- Todos admiraron la invención y cada cual se asombra de no haber sido el inventor, tan fácil parece, una vez hallada la cosa que antes de descubierta se hubiera tenido por imposible. Si por acaso en los días futuros llegase a reinar el mal en la tierra, alguno de tu raza, ¡oh Adán! Hábilmente perverso, o inspirado por el espíritu diabólico, imaginará un instrumento semejante, a fin de desolar a los hijos de los hombres, arrastrados por el pecado a la guerra o al crimen.

Los demonios se dirigieron sin demora desde el consejo a poner por obra lo propuesto por Satanás, ninguno tiene objeciones que oponer; innumerables manos están prontas y en un momento revuelven una inmensa extensión del suelo celeste y descubren los rudimentos de la Naturaleza hasta en su tosco germen. Encuentran espumas sulfurosas y nitrosas que amalgaman, y con rara habilidad las reducen por medio del fuego a granos negros que van amontonando aparte con cuidado.

Los unos registran las ocultas vetas de los minerales y de las rocas (las entrañas del cielo se parecen a las de la tierra) para extraer de ellas sus máquinas y sus balas, mensajeras de la ruina; otros se proveen de teas incendiarias perniciosas por el solo contacto del fuego. De este modo, antes de que despuntase el día dieron fin en silencio a su tarea, sin más testigos que la misma noche, y se reunieron de nuevo en orden con una cautelosa circunspección y sin ser vistos.

En cuanto la bella y matutina aurora apareció en el cielo, se levantaron los ángeles victoriosos y la trompeta de Diana llamó a las armas. Ocuparon sus filas cubiertos con sus armaduras de oro, y en breve estuvo formada toda aquella hueste resplandeciente. Algunos tienden la vista en derredor desde lo alto de las colinas que reciben los primeros reflejos del naciente día; los exploradores, ligeramente armados, van en descubierta por todas partes para divisar al distante enemigo, para saber en qué sitio ha acampado o huído, si se ha puesto en marcha para combatir o si está parado. Bien pronto lo descubren adelantándose con sus banderas desplegadas, con lento paso y en compactos batallones. Con extremada celeridad retrocede Zofiel, el querubín de más rápido vuelo y se dirige hacia nosotros volando y gritando desde el aire:

"¡A las armas, guerreros; a las armas, al combate! El enemigo está cerca; los que creemos fugitivos van a ahorrarnos hoy una larga persecución; no temáis que huyan, pues vienen tan compactos como un nublado, y veo retratada en su semblante la ceñuda resolución y la confianza. Que cada cual se ciña bien su coraza de diamante; que cada cual se cubra perfectamente con su casco y embrace fuertemente su ancho escudo, elevado o bajo, porque hoy, según mis conjeturas, no será un llovizna lo que nos lancen, sino una terrible tempestad de inflamadas flechas"

De esta surte avisó Zofiel a los que ya estaban de antemano sobre aviso, y que acudieron al grito de alarma, adelantándose en batalla, ordenados, libres de todo lo que pudiera entorpecer su marcha y acelerándola sin confusión. No tardaron en descubrir a corta distancia al enemigo, que con pesados pasos y formando un apiñado y basto ejército, se adelantaba arrastrando dentro de un espacio cuadrado sus máquinas diabólicas, encerradas por todos lados, entre profundos escuadrones que ocultaban el fraude. Al divisarse, los dos ejércitos se detuvieron algún tiempo; pero en breve apareció Satanás a la cabeza de sus guerreros y se oyó que les dirigía en alta voz estas órdenes:

"¡Vanguardia! Desplegad vuestro frente a derecha e izquierda, a fin de que todos los que nos odian puedan ver como solicitamos la paz y la conciliación, cuán pronto estamos a recibirlos con los brazos abiertos, si acogen nuestras proposiciones y no nos vuelven la espalda con perversidad, como lo temo. Sin embargo séame testigo el Cielo, ¡oh Cielo, sé testigo de que por nuestra parte les abrimos con franqueza nuestro corazón! Vosotros que habéis sido designados y que permanecéis firmes, cumplido vuestra misión; manifestad brevemente lo que proponemos y bien alto, para que todos puedan oírlo"

Apenas hubo pronunciado estas palabras ambiguas e irónicas cuando se abrió el frente de su ejército a derecha e izquierda, replegándose sobre uno y otro flanco; entonces apareció a nuestro vista una triple hilera de columnas de bronce, de hierro y de piedra, colocadas sobre ruedas, que hubiéramos tenido por tales, o bien por troncos vacíos de encinas o de abetos derribados en los bosques o en la montaña, si el horrendo orificio de su boca ampliamente abierto en nuestra dirección, no pronosticara una tregua insidiosa. Detrás de cada pieza estaba en pie un serafín, en cuya mano oscilaba un caña encendida, mientras que nosotros permanecíamos absortos, junto y distraídos en nuestros pensamientos.

Esta indecisión no duró mucho tiempo, porque de repente todos los serafines extienden sus cañas a la vez y las aplican a una imperceptible abertura que tocan ligeramente. Al punto se inflamó todo el cielo y en seguida se oscureció con los torrentes de humo que vomitan aquellas máquinas de su profunda garganta, cuyo rugido hendía el aire con un estruendo furioso y desgarraba todas sus entrañas, descargando en superabundancia infernal una lluvia de rayos encadenados y una granizada de globos de hierro. Dirigidos éstos contra la hueste victoriosa, la hieren con tan impetuosa furia, que aquellos a quienes alcanzan no pueden permanecer en pie, siendo así que en otro caso habrían permanecido firmes como rocas. Caen a millares, el ángel rueda amontonado sobre el arcángel, con más motivo a causa de sus armas, que a no ser por ellas habrían podido como ágiles espíritus, contrayéndose o desviándose rápidamente, escapar de tan horrible desorden. Pero entonces sufrieron una vergonzosa dispersión y una inevitable derrota. De nada les sirvió abrir sus compactas filas: ¿qué podían hacer? ¿Adelantar intrépidos, afrontar la tempestad y verse rechazados por segunda vez e ignominiosamente derribados? Su valor sólo serviría para renovar la causa de su vergüenza y para escarnio de sus enemigos; pues se veía una segunda fila de serafines en disposición de hacer estallar nuevamente sus rayos; sin embargo, retroceder abatidos era lo que más repugnaba a los ángeles leales. Viendo Satanás su apurada situación, dijo a los suyos con insultante sarcasmo:

"Amigos, ¿cómo es que esos soberbios vencedores no siguen adelante? Hace poco avanzaban orgullosos y cuando, para recibirlos con rostro y corazón descubiertos les proponíamos las bases de un arreglo, cambian repentinamente de idea, huyen y se entregan a extrañas locuras, como si quisieran danzar. Sin embargo, para un danza parecen algo extravagantes y salvajes: quizá sea por efecto del gozo que les causa la paz que les ofrecemos. Pero me parece que, si oyen una vez más nuestra proposiciones, podemos obligarles a una pronta resolución".

Belial le respondió con el mismo tono sarcástico:

"General, las bases del arreglo que les hemos enviado son de un gran peso de un contenido sólido y de una fuerza irresistible. Son tales, según podemos ver, que a todos han divertido, y aun aturdido a muchos; el que las recibe de frente se ve en la necesidad de comprenderlas bien de pies a cabeza, y si no son comprendidas, tienen por lo menos la ventaja de darnos a conocer cuándo no andan derechos nuestros enemigos".

De este modo, rebosando de gozo, se burlaban entre sí, estando muy distantes de pensar siquiera en la incertidumbre de la victoria; presumían que era tan fácil igualar con sus invenciones el poder eterno, que despreciaban sus rayos y se reían de su ejército mientras reinaba en él la confusión. Pero esto no duró mucho tiempo; el furor reanimó en fin a las legiones fieles y les dio armas que oponer a aquella infernal malicia.

Inmediatamente la fuerza de Dios arroja lejos de sí sus armas; los ángeles rápidos como el surco que describe el rayo, corren, vuelan a las colinas, las conmueven sacudiéndolas en todas direcciones hasta sus cimientos, arrancan las montañas con todo su peso, sus rocas, ríos y selvas, y asiéndolas por sus cabelludas crestas, las transportan en sus manos. Figúrate la admiración, el terror de los espíritus rebeldes, cuando vieron venir las montañas vueltas hacia arriba y precipitarse su base sobre ellos, sepultando la triple hilera de sus odiosas máquinas, de sus cilindros infernales y con ella toda su confianza. Los mismos enemigos, postrados, sintieron llover sobre sus cabezas rocas enormes, vastos promontorios cuya impetuosa masa oscurecía el aire y aplastaba legiones enteras. Las armaduras aumentaban sus padecimientos; aprisionada en ellas su sustancia, veíase aplastada y magullada, causándoles implacables tormentos y haciéndoles exhalar dolorosos gemidos. Por espacio de mucho tiempo lucharon con esta masa antes de poder evaporarse de semejante prisión, porque aunque los espíritus de la más pura luz, la más pura en otro tiempo, ahora se había trocado en grosera por su pecado.

Imitándonos el resto de sus compañeros, echó mano de iguales armas y arrancó los collados vecinos. Lanzados los montes de una y otra parte con una proyección funesta, se encuentran en el aire y chocan entre sí, de suerte que se combate bajo una bóveda de tierra en una oscuridad espantosa y con estrépito infernal. Las más terribles guerras comparadas con estas batallas, parecerían festejos públicos. Por doquiera reina el desorden, a la confusión se añade una confusión mayor y en aquel momento todo el cielo se habría derrumbado hecho pedazos y ruinas si el Padre omnipotente que está sentado invisible en su inviolable santuario de los cielos, calculando las consecuencias de las cosas, no hubiese previsto este tumulto y no lo hubiera permitido todo para llevar a cabo su gran designio: honrar a su Hijo consagrado, vengarle de sus enemigos y declarar que se le había transferido todo poder. Se dirigió, pues, en estos términos a su Hijo, inmortal compañero de su torno:

"¡Esplendor de mi gloria, Hijo amado, Hijo en cuyo rostro aparece visiblemente lo que yo tengo de invisible en la divinidad; tú, cuya mano ejecuta mis decretos, segunda omnipotencia! Han pasado ya dos días, dos de los días que nosotros contamos en el cielo desde que Miguel ha partido con sus potestades para someter a esos rebeldes. El combate ha sido tan violento como era de esperar que lo fuese, cuando miden sus armas semejantes enemigos; porque los he dejado entregados a sí mismos, y bien sabes que en su creación los hice iguales y que sólo el pecado ha podido desigualarlos; pero los efectos de éste son todavía insensibles porque suspendo su sentencia, sería, pues, vergonzoso que permanecieran entregados a un combate perpetuo y sin fin, y no se encontraría solución alguna.

La fatigosa guerra ha hecho todo cuanto podía hacer: ha soltado las riendas de un furor desordenado, haciendo que se sirvieran de montañas en vez de armas, obra extraña en el cielo y peligrosa para toda la Naturaleza. Han transcurrido dos días, a ti te toca el tercero; a ti lo he destinado y he tenido paciencia hasta ahora a fin de que sea tuya la gloria de terminar esta gran guerra, pues nadie más que tú puede ponerle término. Te he transferido tan alta virtud, tan inmensa gracia, que todos, así el cielo como el infierno, puedan conocer tu fuerza incomparable; apaciguada así esta conmoción perversa, quedará patente que eres el más digno de ser heredero y Rey ungido por tu derecho y por tus méritos. Ve, pues, ¡oh tú, el más poderoso en el poder de tu Padre!, sube en mi carro y guía sus ruedas rápidas que conmueven el cielo en su base; lleva contigo toda mi guerra, mi arco y mi rayo; revístete con mis omnipotentes armas, lleva suspendida mi espada de tu fuerte muslo, persigue a esos hijos de las tinieblas y arrójalos de todos los límites del cielo hasta el abismo exterior. Que aprendan allí, ya que eso les place, a despreciar a Dios y al Mesías, su consagrado".

Dijo, y sus rayos lanzados directamente sobre su Hijo se reflejan en él deslumbradores; el Hijo recibió de un modo inefable y por completo sobre su rostro la entera efusión de su Padre, y la Divinidad filiar respondió así:

"¡Oh Padre! ¡Oh Soberano de los tronos celestiales, el Primero, el Altísimo, el Santísimo, el Mejor! Siempre has procurado glorificar a tu Hijo, y Yo, siempre glorificarte, como es justo. Toda mi gloria, mi elevación y mi felicidad se cifran en que, complaciéndote en mí, declares que se ha cumplido tu voluntad; pues el cumplimiento de ésta es toda mi dicha. Acepto el cetro y el poder, como dones tuyos, y los pondré de nuevo y con más gozo en tus manos cuando al fin de los tiempos lo seas todo en todo. Yo en Ti, para siempre y en Mi todos los que tú amas.

Pero aquellos a quienes aborreces los aborrezco también, y puedo revestirme de tus terrores, así como me revisto de tus misericordias, imagen tuya en todas las cosas. Armado de tu poder, no tardaré en dejar libre el cielo de esos rebeldes, que serán precipitados en la horrible mansión que les está preparada; serán sujetos con cadenas de tinieblas y entregados al gusano que nunca muere, esos malvados que han podido rebelarse contra la obediencia que te es debida, cuando la felicidad suprema consiste en obedecerte. Entonces, esos santos que se han conservado sin mancha, separados de los impuros rodearán tu montaña sagrada, cantarán aleluyas sinceras e himnos de alabanzas en tu honor y Yo el primero, como jefe suyo".

Así dijo e inclinándose sobre su cetro se levantó de la derecha de la gloria, donde se sienta; cuando empezaba a brillar, a través del cielo, la tercera aurora sagrada. Inmediatamente se lanza el carro de la divinidad paternal con el ruido de un torbellino, arrojando espesas llamas y con ruedas en medio de ruedas, este carro no iba tirado, sino animado por un espíritu y escoltado por cuatro formas de querubines. Cada una de estas figuras tiene cuatro rostros sorprendentes; todo su cuerpo y sus alas están sembrados de ojos semejantes a estrellas; también las ruedas, que son de berilo, tienen ojos y al girar despiden por todas partes densas llamaradas. Sobre sus cabezas se ve un firmamento de cristal, donde hay un trono de zafiro moteado de ámbar puro con los colores del arco iris.

El Hijo subió a este carro, armado con la panoplia celeste del radiante Urín, obra divinamente elaborada. A su derecha está sentada la Victoria con sus alas de águila, de su costado penden su arco y su carcaj lleno de tres órdenes de rayos, y en torno suyo giran furiosas oleadas de humo, de llamas belicosas y de terribles centellas.

Avanza acompañado de diez mil santos; el resplandor anuncia desde lejos su llegada y se ven a uno y otro lado veinte mil carros de Dios. En alas de los querubines es transportado sublime por el cielo de cristal, sobre un trono de zafiro que resplandece a larga distancia. Los suyos fueron los primeros en divisarlo y sintieron un gozo inesperado cuando ondeó el gran estandarte del Mesías, celestial enseña llevada por los ángeles. En breve reunió Miguel bajo este estandarte sus batallones, extendidos en las dos alas y no formaron ya más que un solo cuerpo a las órdenes de su jefe.

El poder divino allanaba ante su Hijo el camino del triunfo; a su voz, las desarraigadas montañas se retiraron a su primitivo asiento; la oyeron, y se encaminaron a él obedientes; el cielo recobró su aspecto acostumbrado y la colina y el calle reaparecieron rientes con sus frescas flores.

Los desdichados enemigos vieron en vano estos prodigios, porque continuaron endurecidos como antes y reunieron de nuevo sus fuerzas, preparándose a un combate decisivo. ¡Insensatos! ¡Fundaban su esperanza en la desesperación! ¿Puede existir tanta perversidad en espíritus celestes? Mas para convencer al orgullos, ¿de qué sirven los prodigios? ¿Ni de qué maravillas pueden hacer que ceda el obcecado? Aquello mismo que debía obligarles aumentó su obstinación; irritados con la gloria del Hijo, se apoderó de ellos la envidia al contemplarla; y aspirando a elevarse hasta él, se forman audazmente en orden de batalla, resueltos a triunfar por la fuerza o por la astucia y a prevalecer al fin contra Dios y su Mesías, o a precipitarse en una postrera y universal ruina. Mientras se preparaban al combate, teniendo a menos huir o retirarse vergonzosamente, el gran Hijo de Dios se dirigió a su ejército, formado a derecha e izquierda, y le habló en estos términos:

"Permaneced, ¡oh santos!, tranquilos en tan brillante orden; quedaos aquí vosotros, ángeles armados, descansad hoy de las fatigas de la batalla. Fiel ha sido vuestra vida guerra y acepta a los ojos de Dios, lo que de Él habéis recibido lo habéis empleado invenciblemente y sin temor en pro de su santa causa. Pero el castigo de esa banda maldita corresponde a otro brazo, la venganza es de Dios o del único a quien Él se la ha confiado. Ni en el número ni en la multitud está el cumplimiento de la obra de este día; permaneced tan sólo atentos, y contemplad la indignación de Dios, descargada por mis manos sobre estos impíos. No ha sido a vosotros, sino a Mí a quien han despreciado, a quien han envidiado, toda su rabia se dirige contra Mí, porque el Padre, a quien pertenecen la omnipotencia y la gloria en el supremo reino del cielo, me ha honrado según su voluntad. Por esta razón me ha confiado en encargo de juzgarlos; y pues que desean la ocasión de probar por medio del combate quién es el más fuerte, si todos ellos contra Mí, o Yo sólo contra todos, ya que la fuerza es todo para ellos, ya que no ambicionan otra superioridad ni les importa que se les sobrepuje de otro modo, consiento en que la fuerza decida entre ellos y Yo".

Así habló el Hijo, con un aspecto tan terrible, que nadie se atrevió a sostener su mirada; lleno de cólera, marchó contra sus enemigos. Las cuatro figuras despliegan a la vez sus alas estrelladas, produciendo una sombra formidable y continua. Las ruedas de su carro de fuego giran con un estruendo semejante al de un caudaloso torrente o al de un numeroso ejército. Tenebroso cual la noche, se lanza directamente contra sus impíos adversarios. El inmóvil empíreo tembló en toda su extensión bajo sus ardientes ruedas; todo se estremeció, excepto el trono de Dios. Pronto llega en medio del enemigo, armada la diestra con diez mil rayos y los arroja ante él de tan suerte, que cubren de dolorosas heridas las almas de los rebeldes. Dominados por el asombro y el espanto, cesan en su resistencia, pierden todo su valor, y dejan caer sus inútiles armas. El Mesías pasa sobre los escudos y los cascos, sobre las cabezas de los tronos y de los poderosos serafines prosternados, que entonces hubieran deseado que continuaran lanzándose montañas sobre ellos para que les sirvieran de abrigo contra su cólera. No menos tempestuosos partes por ambos lados sus dardos centelleantes de las cuatro figuras de cuatro rostros sembrados de ojos, y son lanzados por las ruedas vivientes, asimismo sembradas de multitud de ojos. Un espíritu dirigía aquellas ruedas; cada ojo despedía relámpagos y arrojaba entre los malditos una perniciosa llama, que paralizaba toda su fuerza, los despojaba de su vigor acostumbrado y los dejaba extenuados, sin alientos, desolados y caídos. Y, sin embargo, el Hijo de Dios no empleó siquiera la mitad de su fuerza y contuvo su rayo, pues no era su designio destruirlos, sino desarraigarlos del cielo. Levantó a los que estaban caídos y los arrojó ante sí, como una manada de machos cabríos, o como un tímido y apiñado rebaño, anonadados, perseguidos por los Terrores y por las Furias hasta los límites de la muralla de cristal del cielo. Este se abrió, ser replegó hacia dentro y dejó en descubierto, por medio de una brecha espaciosa, el devastado abismo. Su monstruoso aspecto los deja como petrificados de horror: retroceden, pero otro horror mucho más grande los empuja; con la cabeza inclinada se precipitan por sí mismos de arriba abajo, desde el borde del cielo, y la cólera eterna, ardiente, apresura su caída en el abismo sin fondo.

El infierno oyó es espantoso ruido que produjeron; el infierno vio al cielo derrumbándose del cielo y este espectáculo le habría hecho huir aterrado si el inflexible Destino no hubiese echado profundamente sus cimientos tenebrosos, ligándole a ellos fuertemente.

Durante nueve días estuvieron cayendo: rugió el Caos, confundido, y sintió una confusión duplicada, mientras, al caer, atravesaban su feroz anarquía; ¡tantas fueron las ruinas que amontonó aquella enorme derrota! Por fin el abierto infierno los recibió a todos y se cerró tras ellos; el infierno, la mansión que les convenía, el infierno, asilo de dolores y de penas, donde arden con furor en medio de llamas inextinguibles. El cielo, libre de su peso, se regocijó, y desplegando la parte que antes habían replegado la unió y reparó la brecha de su muralla.

El Mesías, único vencedor con la expulsión de sus enemigos, regresó en su carro triunfal. Todos sus santos, que en silencio habían sido testigos oculares de sus acciones omnipotentes, salieron a su encuentro llenos de júbilo, y marchando sombreadas de palmas las brillantes jerarquías, cantaban su triunfo y le aclamaban Rey victorioso, Hijo, Heredero y Señor. ¡ A Él se le ha dado todo poder: Él es el más digno de reinar!ª

Acompañado de aclamaciones pasa triunfante por mitad del cielo, y llega al templo y al santuario de su Padre todopoderoso, elevado sobre un trono; su Padre le recibe en la gloria, donde ahora está sentado a la derecha de la Beatitud.

De este modo comparando las cosas del cielo a las de la tierra y accediendo a tu demanda, ¡oh Adán! Para que lo pasado te haga precavido y cauto, te he revelado lo que de otro modo hubiera podido permanecer oculto a la raza humana, esto es, la discordia sobrevenida en los cielos, la guerra entre potestades angélicas y la profunda caída de aquellos que, aspirando a elevarse demasiado, se sublevaron con Satanás, el rebelde, que celoso ahora de tu estado, intenta separarte también de la obediencia, a fin de que, desheredado, como él, de toda felicidad, participes asimismo de su castigo y de su miseria eterna. Todo su consuelo y su mayor venganza consistirían en hacerte su compañero de infortunio, por creer que con ello ocasiona una pena al Altísimo. No des, pues, oído a sus tentaciones, aprovéchate del terrible ejemplo que ya conoces para estar cierto de la recompensa que espera al desobediente; hubieran podido permanecer firmes y, sin embargo, cayeron, recuérdalo y teme incurrir en una desobediencia".

 

LIBRO VII

¡Desciende del cielo, Urania, si es que llevas ese nombre con justicia! Animado por tu voz divina, sigo mi raudo vuelo más allá del Olimpo y más allá de donde llegó el alado Pegaso. No es un nombre vano a quien invoco, sino a ti misma; porque tú no estás entre las nueve musas; tú no moras en la cumbre del antiguo Olimpo; nacida en el cielo antes que se elevaran las colinas, antes que corriera la fuente, mezclaste tus cantos a la voz de la eterna Sabiduría, de la Sabiduría tu hermana, con la que conversabas en presencia del Padre omnipotente, a quien halaga tu canto divino. Llevado por ti al cielo de los cielos, he penetrado en ellos temerariamente yo, huésped terrestre, y he respirado el aire empíreo, templado por ti; guíame del mismo modo cuando descienda; vuélveme a mi elemento natal, pues temo caer en los campos de la Licia y vagar por ellos, perdido y abandonado, derribado por ese corcel que vuela sin freno, cual Belerofonte lo fue en otro tiempo, aunque no desde tan elevada región.

Aún me queda por cantar la mitad de mi asunto, pero debo mantenerme para ello en los más estrechos límites de la esfera diurna y visible. Colocado en la tierra y sin verme, arrebatado más allá del Polo, cantaré con más seguridad y con voz mortal, que no ha enronquecido ni enmudecido, aunque hayan llegado para mí días nefastos, sí, días nefastos y me vea rodeado de malas lenguas, sumido en las tinieblas y en la soledad, y cercado de peligros. Pero no estoy solo cuando de noche me visitas en sueños o cuando la aurora cubre con su púrpura el Oriente.

Inspira y dirige siempre mis cantos, Urania; concédeme un auditorio favorable, aunque poco numeroso; pero aparta de mí la bárbara disonancia de Baco y de su bullicioso séquito; progenie de aquella horda desenfrenada que destrizó sobre el monte Rodope al bardo de Tracia cuyo acento atraía los bosques y las peñas, hasta que con salvajes clamores ahogaron su voz y su lira, la Musa no pudo salvar a su hijo, pero tú no abandonarás así al que te implora, Urania, porque ella no era más que un seño vano, y tú eres un sueño celestial.

Refiere, ¡oh diosa!, lo que sucedió después que Rafael, el afable arcángel advirtió a Adán que se guardase del perjurio con el terrible ejemplo de los apóstatas del cielo, temeroso de que alcanzara en el Paraíso tan terrible suerte a Adán y a su raza, una vez advertidos de que no debían tocar al árbol prohibido, si despreciaban, si traspasaban este solo mandato, tan fácil de observar, cuando podían elegir entre el inmenso número de objetos creados para satisfacer sus deseos, por extraordinarios que éstos fuesen.

Adán y su compañera habían escuchado esta historia con oído atento; permanecían llenos de admiración y sumidos en una meditación profunda, causada por el relato de cosas tan elevadas y extraordinarias y, según sus ideas, tan poco imaginables, pues no podían concebir que hubiera existido el odio en el cielo, la guerra al lado de la paz divina y tan cruel confusión en medio de la misma felicidad. Pero, al propio tiempo, conocieron que, una vez rechazada la maldad caía como un diluvio sobre aquellos de quienes había salido, incompatible para siempre con la Beatitud.

Adán reprimió no obstante, las dudas que se despertaban en su corazón, aún inocente, y se dejó llevar tan sólo por el deseo de conocer lo que más de cerca le tocaba; esto es, como empezó este mundo visible, el cielo y la tierra, en qué tiempo y de qué principio fueron creados; por qué causa y qué cosas había en el Edén y fuera de sus límites antes de la época hasta donde alcanza su memoria. Semejante al hombre que apenas ha satisfecho su ardiente sed sigue con la vista la corriente del arroyuelo, que haciendo llegar hasta él su murmullo la enciende nuevamente, así Adán se atreve a interrogar a su huésped de este modo:

"Divino intérprete, has revelado a nuestros oídos grandes cosas, fecundas en maravillas y muy diferentes a las de este mundo, el favor de Dios te ha hecho descender del Empíreo para advertirnos a tiempo de lo que hubiera podido ocasionar nuestra ruina, siéndonos desconocido el peligro y no alcanzando a preverlo la inteligencia humana. Debemos, pues, eterna gratitud a la Bondad infinita, y recibimos sus advertencias con una solemne resolución de observar inmutablemente su Voluntad soberana, que es el fin y objeto de nuestra existencia. Pero ya que para instruirnos te has dignado revelarnos con tanta complacencia cosas que están muy por encima del pensamiento humano y que tienen un gran importancia para nosotros, según lo ha juzgado la suprema Sabiduría, dígnate descender más aún, y refiérenos lo que quizá no nos es menos útil saber, en primer lugar cuando comenzó ese cielo que vemos tan distante y elevado y adornado de innumerables y movibles luminarias; qué es ese aire que envuelve o llena todo el espacio, ese aire tan ampliamente extendido y que rodea el orbe de esta florida tierra, qué causa fue la que movió al Creador, en medio del santo reposo que le rodeaba por toda una eternidad a construir después de tanto tiempo en el Caos, y cómo es que su obra, una vez empezada, se acabó en tan breve espacio. Si es que no la prohibido, revélanos lo que deseamos saber, no con objeto de investigar los secretos misteriosos de su Empíreo eterno, sino para glorificarle mucho más cuando conozcamos mejor sus obras.

Aún tiene mucho espacio que recorrer la gran antorcha del día para acabar su carrera por más que se incline ya a su ocaso ese sol suspendido en los cielos detenido por tu voz, por tu potente voz, te escuchará, disminuirá la rapidez de su carrera, a fin de oírte referir su nacimiento y cómo pudo salir la Naturaleza de las entrañas del confuso abismo; y aunque la estrella vespertina y el astro de la noche se den prisa para oírte, la noche traerá consigo el silencio; el mismo Sueño velará escuchándote, o haremos que se aleje hasta que tus cantos terminen y te permitan regresar antes que brille la mañana.

Así rogó Adán a su ilustre huésped y el ángel le respondió con divina dulzura:

"Consiente en acceder a tu súplica, expresada con tanta prudencia; pero ¿qué palabras, qué lenguaje seráfico podrá ser bastante para referirte las obras del Todopoderoso, ni qué inteligencia humana podrá llegar a comprenderlas? Sin embargo no se ocultará a tu penetración nada de cuanto pueda enseñarte a glorificar al Creador y aumentar su felicidad. He recibido de lo alto la misión de responder a tus deseos de saber, siempre que están contenidos en justos límites, traspasados los cuales, abstente de manifestarlos, no alimentes en tu imaginación la esperanza de llegar a las cosas impenetrables, ocultas, que el invisible Rey, el solo omnisciente, conserva sepultadas en un profunda noche, e inaccesibles a todo ser que exista en la tierra o en el cielo. Aparte de esto, aún tienes mucho que investigar y conocer. Pero la ciencia es como el alimento y es necesaria la templanza para regular el apetito de ella, para determinar la medida que puede soportar fácilmente el espíritu: de otro modo el exceso lo debilita y transforma la ciencia en locura, así como el alimento en humo.

Sabe, pues que luego que Lucifer fue precipitado desde el cielo a través del abismo con sus brillantes legiones hasta su sitio infernal, habiendo regresado el Hijo victorioso y rodeado de sus santos, el Omnipotente, el Padre Eterno contempló desde lo alto de su trono a la multitud que iba en pos de él, y habló así a su Hijo:

"Por lo menos nuestro envidioso enemigo se ha equivocado, al suponer que todos serían rebeldes como él; auxiliado por ellos, se vanagloriaba de deponernos, apoderándose de esta elevada e inaccesible fortaleza, solio supremo de la divinidad. En pos de su rebelión ha conseguido arrastrar una multitud, cuyo puesto ya no se conoce aquí. Veo, sin embargo, que la mayor parte de los ángeles ocupan fielmente su lugar: el cielo está poblado aún, conserva suficiente número de habitantes para llenar sus reinos, a pesar de los vastos que son y bastantes ministros para frecuentar este elevado templo con las observancias debidas y los ritos solemnes. Más, para que el enemigo no se llene de orgullo con el mal que ha causado despoblando el cielo, y con creer neciamente que me ha hecho sufrir un gran daño, si es que así puede llamarse el perder lo que está perdido por sí mismo, quiero reparar este daño. En un momento crearé otro mundo, de un solo hombre produciré una innumerable raza de hombres: habitarán ese mundo, no estos lugares, hasta que probados por una prolongada obediencia y elevándose gradualmente según su mérito, se abran por sí mismos un camino para llegar hasta aquí, entonces la tierra se convertirá en cielo, y el cielo en tierra; no existirá más que un solo empíreo, unido en ventura y en eterna concordancia.

Entre tanto potestades celestiales, id, extendeos más ampliamente por esta mansión, y Tú, mi Verbo, Hijo engendrado, Tú llevarás a cabo mi obra: ¡habla y quedará hecha! Contigo envío mi poder y mi espíritu, que lo cubre todo con su sombra. Ve y ordena al abismo, cuyos límites vas a circunscribir, que se convierta en cielo y tierra. El abismo no tiene límites ni vacío, porque Yo soy: lo infinito está lleno de Mí. Pero Yo, a quien nada puede contener, me retiro y no extiendo por todas partes mi bondad, que es libre de obrar o de no obrar; el hado ni la necesidad en Mí no influyen: mi voluntad es el Destino".

Así habló el Altísimo, y su Verbo, su divinidad filial ejecutó lo que había ordenado: Los actos de Dios son inmediatos y más rápidos que el tiempo y el movimiento, mas para referirlos al oído humano es preciso que la sucesión lenta de las palabras los haga descender al alcance de la inteligencia terrestre.

Grande fue el triunfo, grande el regocijo en los cielos, cuando se declaró y fue conocida la voluntad del Todopoderoso.

¡Gloria al Altísimo! Cantaron las voces celestiales. ¡Buena voluntad a la futura raza de los hombres, y paz en su morada! ¡Gloria a Aquel cuya justicia y cuya vengadora cólera han arrojado a los malos de su presencia y de la mansión de los justos!

¡Gloria y alabanza a Aquel cuya sabiduría ha mandado salir el bien del mismo mal, y ocupar por una raza mejor el sitio que habían dejado vacío los espíritus perversos! Su bondad eterna se extenderá por mundos y siglos sin fin!

Así cantaban las celestes jerarquías.

Entre tanto se presentó el Hijo preparado para su gran misión, ceñido de la omnipotencia, coronado de los rayos de la majestad divina, la sabiduría, el amor inmenso, todo su Padre, en fin, resplandece en Él. Se ve en derredor de su carro un innumerable séquito de querubines, serafines, potestades, tronos, virtudes, espíritus alados, carros de vastas alas sacados del arsenal de Dios, carros prontos siempre a volar, y que colocados a millones desde la más remota antigüedad entre dos montañas de bronce esperaban un día solemne: moviéndose entonces espontáneamente, porque en ellos mora una espíritu de vida, para acompañar a su Señor. El cielo abrió por completo sus puertas eternas, que giraron sobre sus goznes de oro, produciendo un sonido armonioso, para dejar pasar al Rey de la Gloria, que, en su potente Verbo, en su Espíritu, se adelantaba para crear nuevos mundos.

Pero al llegar a los límites del cielo se detuvieron todos, y contemplaron el abismo inconmensurable, tempestuoso como un océano, tenebroso, devastado, salvaje, trastornado hasta en sus profundidades por furiosos huracanes, y elevando sus olas como montañas para asaltar la cima de los cielos y confundir el centro con los polos.

"¡Ondas tumultuosas, silencio! ¡Y tú, abismo, paz, cesad en vuestras discordias!- dijo entonces el Verbo Creador, potente." Y todo se calló.

No se detuvo aquí, sino que, llevado de alas de los querubines, avanzó, revestido de la gloria de su Padre, hasta entrar en el Caos y en el mundo que aún no había nacido. El Caos oyó su voz: los ángeles le seguían en brillante procesión, para ver la creación y las maravillas de su poder. Entonces detuvo las ardientes ruedas de su carro y tomó en su mano el compás de oro, preparado en el tesoro eterno de Dios, para describir la circunferencia de este universo y de todas las cosas creadas. Apoyó una de sus puntas en el centro, e hizo girar la otra en la vasta profundidad de las tinieblas y dijo: "Extiéndete hasta aquí: éstos son tus límites y tu circunferencia exacta, ¡oh mundo!"

De este modo creó Dios el cielo y la tierra, materia informe aún y vacía. Espesas tinieblas cubrían el abismo, pero extendiendo entonces sus alas paternales sobre la tersa superficie de las aguas, el espíritu de Dios infundió la virtud y el calor vital a través de la inmensidad del fluido, y precipitó en las profundidades el légamo negro, tartáreo, frío, infernal, enemigo de la vida. Finalmente, reuniendo, aglomerando las partes homogéneas, dispersó el resto en diferentes sitios y esparció el aire entre los objetos: la tierra, equilibrándose por sí misma, quedó asentada en su centro.

"¡Sea hecha la luz!" -dijo Dios.

Y brotó del abismo la luz etérea, la primera de todas las cosas, la esencia más pura que saliendo de su oriente natal, empezó su carrera a través de las tinieblas aéreas, encerrada en una nube esférica y radiante, en este nebuloso tabernáculo permaneció algún tiempo, porque el sol no existía aún, Dios vio que la luz era buena y la separó de las tinieblas, dividiéndolas por hemisferios. A la luz le dio el nombre de día, y a las tinieblas el de noche, y de la tarde y de la mañana se formo el primer día que no transcurrió sin que lo celebraran y cantaran los coros celestiales. Cuando en aquel día del nacimiento del cielo y de la tierra vieron que la luz oriental se exhalaba de las tinieblas llenaron con sus conciertos de alegría el orbe universal, pulsaron sus arpas de oro, glorificando con sus himnos al Eterno y sus obras y lo proclamaron Creador cuando llegó la primera tarde y cuando brilló la primera aurora.

Dios dijo luego: "Sea hecho el firmamento en medio de las aguas y divida aguas de aguas".

Y Dios hizo el firmamento, extensión de aire elemental, fluido, puro, transparente que se extiende circularmente hasta la convexidad más apartada de su gran círculo; división firme y segura, que separa las aguas inferiores de las que están en las regiones superiores. Porque lo mismo que la tierra, Dios creó el mundo sobre tranquilas aguas, que lo rodea un ancho Océano cristalino, y muy apartado del tumultuoso desorden del Caos, a fin de que la proximidad de sus rudos confines no ocasionara algún perjuicio a la vasta estructura de este mundo. Dios dio el nombre de cielo al firmamento. Y los coros celestiales celebraron en sus cantos de la tarde y la mañana del segundo día.

La tierra estaba ya creada; pero sumergida, cual embrión incompleto, en las entrañas de las aguas, no se mostraba aún: las olas del inmenso Océano se extendían y no en vano, sobre toda su superficie, porque su humedad tibia y prolífica ablandaba todo el globo de la tierra y hacía fermentar a esta madre universal para que pudiera concebir, saturándola de un humor vivificante.

Dios dijo entonces: "Júntense las aguas que están debajo del cielo en un solo lugar, y descúbrase el suelo seco".

Y las montañas enormes, desprendidas de las olas se elevan, sus espaldas vastas, peladas, desnudas, tocan las nubes y sus cabezas llegan hasta el firmamento. Cuanto más se levantaban hacia los cielos aquellas masas hinchadas, tanto más espacioso, vasto y profundo se abrió el lecho de las aguas, que corren con una gozosa precipitación, aglomerándose como las gotas que toman una forma esférica cuando se desprenden sobre el árido polvo. Una parte de esta agua se eleva como una muralla de cristal o como una montaña cortada a pico: tal fue la rapidez que el gran mandato imprimió a las impetuosas olas: del mismo modo que los ejércitos se agrupan bajo sus estandartes a los sonidos de las trompetas, así se reunió aquella turba líquida, rodando ola sobre ola por dondequiera que encontraba un paso, con la impetuosidad del torrente en la pendiente escarpada como apacible río en la llanura. Ni las rocas, ni las montañas pueden detener a las olas, que, ya infiltrándose bajo la tierra, ya siguiendo en prolongados circuitos sus sinuosas revueltas, se abren paso a través de profundos canales en el suelo cenagoso; cosa fácil antes de que Dios ordenase a la tierra que se afirmara y secara, excepto en los parajes donde hoy recibe a los ríos, que arrastran en pos de sí su perpetuo y húmedo séquito.

Dios llamó tierra al elemento árido y mar al gran receptáculo donde se aglomeraban las aguas. Vio que esto era bueno y dijo:

"Produzca la tierra hierba verde y la hierba, simiente, y los árboles frutales den fruto, cada uno según su género, cuya simiente esté en ellos mismos sobre la tierra".

Apenas hubo acabado de hablar, cuando la tierra desnuda hasta entonces, desierta y calva, sin adorno, de aspecto desagradable, se revistió de tiernas hierbas, que cubrieron toda su superficie de una risueña verdura. Las plantas engalanadas con tan diferentes follajes, desenvolviendo el esplendor de sus flores, y desplegando sus colores variados, regocijaron el seno de la tierra deliciosamente perfumado. Apenas se hubieron abierto, cuando floreció la viña y se cargó de numerosos racimos; la calabaza se redondeó sobre sus enroscados tallos, las cañas de trigo se formaron en batalla por la llanura, el humilde zarzal y el delgado arbusto enlazaron su erizada cabellera, y, finalmente, los majestuosos árboles elevándose cadenciosamente, extendieron sus ramas, enriquecidas de frutas y adornadas de flores. Las colinas se coronaron de altas florestas y frondosos bosquecillos sombrearon los valles, las orillas de las fuentes y de los ríos. La tierra se mostró semejante al cielo y digna de ser habitada por los dioses, pues podía ofrecerles sus deliciosos paseos o hacerles amar el abrigo de sus sagradas umbrías.

Dios, sin embargo, no había hecho caer aún la lluvia sobre la tierra, ni existía tampoco en ella hombre alguno para labrar los campos; pero de sus suelo se elevaba un vaporoso rocío que la humedecía y humedecía todas las plantas que Dios había creado antes de que brotaran, y todas las hierbas antes de que hubiesen crecido sobre su verde tallo. Y Dios vio que esto era bueno, y fue la tarde y la mañana el día tercero.

Dijo también el Todopoderoso:

"Sean hechas lumbreras en la alta extensión del cielo, a fin de que separen el día de la noche, y sirvan de señales para las estaciones, y para los días, y el curso de los años, y sean como antorchas puestas en el firmamento del cielo para dar luz a la tierra". Y fue hecho así.

Y Dios formó dos grandes cuerpos luminosos, grandes por su utilidad para el hombre el mayor para que presidiese al día y el menor para que presidiese a la noche. E hizo las estrellas y las puso en el firmamento del cielo para que luciesen sobre la tierra y para que regulasen el día y la noche en sus vicisitudes y separasen la luz de las tinieblas. Y vio Dios contemplando su gran obra que esto era bueno, porque el sol, el primero de los cuerpo celestes que formó, esfera poderosa, inmensa, no fue luminoso desde luego, aunque sí de esencia etérea. En seguida formó el globo de la luna y las estrellas de todas magnitudes, y sembró el cielo de estrellas como un campo. Después tomando de su nebuloso tabernáculo la mayor parte de la luz, la trasplantó y la colocó en el orbe del sol, que, siendo poroso, atrae y bebe el luciente líquido y siendo compacto retinen sus innumerables rayos absorbidos, orbe que ahora es el gran palacio de la luz. En él, como en su manantial, se alimentan los demás astros y recogen la luz en sus urnas de oro, y en él es donde dora sus cuernos el planeta de la mañana. Por impresión o por reflexión, estos astros aumentan su débil claridad, si bien parecen pequeños a causa del inmenso espacio que los separa de la vista humana.

Por primera vez apareció en su Oriente el glorioso luminar regulador del día, cubrió el horizonte entero con sus rayos resplandecientes y se encaminó gozoso hacia sus Occidentes por la grande y sublime ruta de los cielos. El pálido crepúsculo y las Pléyades le precedían danzando, y esparcían ante él su benigna influencia.

Menos esplendente que el astro del día, y opuesta hacia Occidente, en el mismo nivel apareció suspendida la luna, espejo del sol, cuya luz prestada recibe en su faz plena, bajo este aspecto no necesita ninguna otra lumbrera y guardó aquella distancias hasta la noche. Entonces brilló a su vez en Oriente, después de haber descrito su revolución sobre el gran eje de los cielos y reinó compartiendo su imperio con otros mil luminares más pequeños, con millares de estrellas, que aparecieron sembrando de lentejuelas el hemisferio, al que adornaban por primera vez sus radiantes luces, saliendo unas mientras otras se ponían. Y la alegre tarde y la alegre mañana coronaron el cuarto día.

Y dijo Dios:

"Engendren las aguas los reptiles, abundantes en freza, que sean criaturas vivientes, y vuelen las aves sobre la tierra, desplegando sus alas bajo el firmamento del cielo".

Y Dios creó las enormes ballenas y todos los animales dotados de vida, todos los que se deslizan en las aguas y que éstas producen en abundancia, cada cual según especies; creó también las aves provistas de alas, cada cual según su especie, y vio que esto era bueno y los bendijo diciendo:

"Creced y multiplicaos y henchid las aguas del mar, de los lagos y de los ríos, y las aves multiplíquense sobre la tierra".

Y al momento los estrechos y los mares, cada golfo y cada bahía, bullen con el desove innumerable de una multitud de peces, que cubiertos de brillantes escamas y desplegando sus aletas, surcan las verdes ondas, aglomerándose con frecuencia en tan grande multitud, que forman bancos en el seno de los mares. Solos o seguidos de sus compañeros, unos buscan en las algas su alimento, ya vagan entre los laberintos de coral, ya jugando y deslizándose rápidos como el relámpago, ostentan al sol su ondulante ropaje esmaltado de gotas de oro; otros, plácidamente aprisionados en su concha de nácar, esperan su húmedo alimento, o bien cubiertos de una armadura, espían bajo las rocas su presa. Las focas y los encorvados delfines juguetean sobre la tranquila superficie de las aguas; otros peces de un tamaño prodigioso, se revuelcan pesadamente produciendo tempestades en el océano. Allí, Leviatán, la mayor de todas las criaturas animadas, extendido sobre el abismo como un promontorio duerme o nada, parecido a una isla flotante, con sus agallas atrae hacia dentro un mar de agua que vuelve a arrojar por sus narices.

Entre tanto, las templadas cavidades, los pantanos, las riberas, empollan una numerosa cantidad de huevos, cuyo cascarón, roto en breve, deja escapar a los hijuelos desnudos: muy luego se revisten de plumas y despliegan enteramente sus alas, dispuestos a volar, prorrumpiendo en gritos de triunfo, hienden el aire sublime y se alejan desdeñosos de la tierra, que sólo divisan en perspectiva y a través de las nubes. Sobre las escarpadas rocas y las copas de los cedros anidan el águila y la cigüeña.

Algunas de estas aves se mecen indolentemente en la elevada región del aire; otras, más cautas, siguen reunidas su camino formando una figura especial, conocedoras de las estaciones, disponen sus caravanas aéreas, que vuelan sobre la tierra y los mares y facilitan su marcha, prestándose mutua ayuda con las alas; de este modo, las prudentes cigüeñas, dejándose llevar a impulso del viento, dirigen su viaje anual, agítase el aire durante su paso y cede a los esfuerzos de sus innumerables plumas.

Las aves mas pequeñas, saltando de rama en rama alegran los bosquecillos con sus cantos, desplegando sin cesar sus pintadas alas hasta que llega la noche; y aun entonces, el solemne ruiseñor no cesa de cantar, pues durante ella exhala sus tiernas endechas. Otros pájaros bañan su aterciopelado plumaje en los plateados lagos y en los ríos. El cisne, irguiendo su cuello arqueado entre sus alas de alabastro, extendidas como un rico manto, nada majestuoso, sirviéndose de sus patas a guisa de remos. A veces abandona el húmedo alimento, y tendiendo sus alas, se eleva hasta la región media del aire. Otros caminan con seguridad sobre la tierra, como el encrestado gallo, cuyo canto anuncia las horas silenciosas y como el ave de brillante cola, enriquecida con los vivos colores del arco iris y llena de ojos estrellados. Así, pobladas las aguas de peces y el aire de aves, la mañana y la tarde solemnizaron el quinto día.

El sexto y último día de la Creación lució por fin entre el son de las arpas de la tarde y de la mañana, cuando Dios dijo:

"Produzca la tierra, animales vivientes, cada uno en su género; ganados y reptiles y bestias de la tierra, cada cual según su especie".

La tierra obedeció y entreabriendo sus fecundas entrañas inmediatamente dio a luz de un solo alumbramiento, innumerables criaturas vivientes, perfectas en sus formas y provistas de miembros completamente desarrollados. Del suelo, como de su propio lecho, alzóse la bestia feroz y en los sitios donde suele estar, en la selva desierta, en la maleza, entre los helechos o en la caverna, y apareció cada cual con su pareja debajo de los árboles: todos se pusieron en movimiento, los rebaños en los campos y en las verdes praderas, uno, pocos numerosos, solitarios; otros, reunidos en gran número, paciendo a la vez y brotando del suelo en manadas inmensas. Ora, un montón de tierra crasa produce un becerro; ora sale hasta la mitad del cuerpo un león rojo, que para dar libertad a sus restantes miembros escarba el suelo y como escapado de sus lazos, se pone erguido, salta y sacude la erizada melena. El leopardo, la onza, el tigre, aparecen, como aparece a su vez el topo, arrojando en torno suyo montoncitos de tierra removida. El rápido ciervo levanta de debajo del suelo su enramada cabeza, y el mayor de los hijos de la tierra, Behemont, consigue desprender su cuerpo inmenso de la greda que lo cubre. Las laníferas y baladoras ovejas brotan como plantas, el hipopótamo y el cocodrilo escamoso quedan indecisos entre la tierra y el agua.

A la vez fue producido todo lo que se arrastra sobre la tierra, insectos o gusanos, los unos agitan a manera de alas sus flexibles abanicos y ostentan sus más delicados rasgos decorados con todas las libreas del orgulloso Estío, salpicados de oro, púrpura azul y verde; los otros prolongando, como una línea su extensa forma, marcan en el suelo un sinuoso surco. Y no todos son la obra más pequeña de la Naturaleza, pues algunos de ellos de la especia de las serpientes asombrosos por su volumen y longitud entrelazan sus anillos replegados, añadiéndoles alas.

Marcha al frente de todos la económica y previsora hormiga; en cuyo débil cuerpo se encierra un gran corazón, modelo quizá en lo futuro de la equitativa igualdad, asociando en comunidad a sus tribus populares. En seguida aparece por enjambres la abeja que alimenta deliciosamente a su holgazán compañero y que construye con cera sus celdillas llenas de miel. El resto es innumerable, tú no ignoras la diversidad de su naturaleza: tú le diste nombres que ahora te repetiría en vano. No te es desconocida la serpiente, el animal más sutil de los campos, y que a veces adquiere una longitud considerable, tiene ojos de bronce, terribles e hirsutas crines, aunque no te haga daño alguno y se someta a tu mandato.

Resplandecían ya los cielos con toda su gloria y giraban según los movimientos que la mano de su grande y primer motor había impreso desde el principio a su curso. Terminada la tierra y cubierta con todas su galas, sonreía encantadora: el aire, las aguas y la tierra estaban poblados por el ave que vuela, por los peces que nadan y por los brutos que andan, pero aún no estaba completa la obra del sexto día.

Faltaba la obra maestra, el fin de todo lo que se había hecho, un ser que no anduviese encorvado, ni fuese irracional como las demás criaturas, sino que, dotado de la santidad de la razón pudiera erguir derecha su estatura y elevar su frente serena, un ser conocedor de sí mismo y digno de gobernar a los demás, un ser, en fin, magnánimo que desde estos lugares pudiera corresponderse con el cielo, pero que, lleno de gratitud reconociese de dónde procede su felicidad, y dirigiendo devotamente su corazón, su voz, sus miradas a aquel punto, adorase y reverenciase al supremo Dios que le hizo jefe de toda su obra. Por esta razón el Padre todopoderoso y eterno que se halla presente en todas partes, habló distintamente a su Hijo en estos términos:

Hagamos ahora al hombre a nuestra imagen y semejanza, y tenga dominio sobre los peces de la mar, y sobre las aves del cielo y sobre las bestias, y sobre toda la tierra y sobre todo reptil que se mueve en la tierra.

Y dicho esto, te formó a ti, ¡oh Adán, a ti hombre, polvo de la tierra e inspiró en tu faz un hálito vital, te creó a su propia imagen, a la imagen exacta de Dios y te convertiste en un alma viviente. Te creó varón y creó hembra a tu compañera para perpetuar tu raza. Entonces bendijo al género humano y dijo:

Creced y multiplicaos y henchid la tierra y sojuzgadla y tened señorío sobre los peces de la mar y sobre las aves del cielo y sobre todos los animales que se mueven sobre la tierra, doquiera hayan sido creados pues ningún lugar ha sido designado aún por su nombre.

Desde allí, como sabes te trasladó a este delicioso vergel, a este jardín, donde estaban plantados los árboles de Dios, tan deleitables a la vista como al gusto, y te dio liberalmente todos sus frutos para tu alimento. Aquí están reunidas todas las especies de la tierra entera, ¡variedad infinita!; pero debes abstenerte del fruto del árbol cuyo sabor produce el conocimiento del bien y del mal, el día en que comas de él, morirás, porque la muerte es la pena que se te ha impuesto. Guárdate, pues y ordena con prudencia tus apetitos, si no quieres que te sorprendan el Pecado y la Muerte, su horrible compañera.

Aquí terminó Dios su obra y miró todas las cosas que había hecho y vio que eran muy buenas. Y fue la tarde y la mañana del día sexto, pero no terminó éste antes de que el Creador, cesando en su trabajo, aunque no fatigado, volviera arriba, al cielo de los cielos, su morada sublime a fin de contemplar desde allí este mundo recientemente creado, adición de su imperio y ver desde su trono cómo se presentaba en su perspectiva, y si en los bueno y en lo bello correspondía a su gran idea.

Ascendió al cielo, seguido de aclamaciones y a los melodiosos acordes de diez mil arpas que despedían una angélica armonía. En la tierra y en el aire resonaron los cielos y todas las constelaciones los repitieron y los planetas se detuvieron en su estación para escuchar, mientras aquella pompa brillante ascendía con gran júbilo cantando de este modo:

"¡Abríos puertas inmortales! ¡Abrid, oh cielos vuestras puertas vivientes; dejad entrar al supremo Creador que vuelve con gran magnificencia de su obra, de su obra de seis días, un mundo! Abríos y en adelante abríos a menudo, porque Dios se dignará visitar muchas veces con placer las moradas de los hombres justos, y con frecuente comunicación enviará a ellos sus alados mensajeros, que serán portadores de su gracia suprema"-

Así cantaba el brillante y glorioso séquito en su ascensión y a través del cielo, que abrió de par en par sus resplandecientes puertas, siguió el Verbo el camino recto hasta llegar a la mansión eterna de Dios, camino prolongado y ancho cuyo polvo es de oro y el pavimento de estrellas, semejante a la aglomeración de astros que ves en la Galaxia, esa vía láctea que descubres por la noche como una zona polvoreada de estrellas.

Entonces apareció la séptima tarde sobre la tierra del Edén, porque el sol se había ocultado y el crepúsculo precursor de la noche venía de Oriente, cuando el Poder filial llegó al santo monte, elevada cima del cielo, trono imperial de la divinidad, eternamente fijo, firme y seguro, y se sentó al lado de su Padre. Porque éste si bien había permanecido en el mismo sitio, había asistido también, aunque invisible, a la obra ordenada por ser el principio y fin de todas las cosas. Y descansando entonces del trabajo, bendijo y santificó el séptimo día, porque durante él se dedicó al reposo. Pero no se celebró aquella fiesta con un silencio sagrado, sino que el arpa laboriosa no descansó un momento: la grave flauta, el tímpano, los órganos de melodioso teclado, todos los vibrantes sonidos que producen las cuerdas o los hilos de oro se confundieron en dulces acordes, mezclados de voces que cantaban en coro o aisladas. Nubes de incienso se elevaron de los incensarios de oro y velaron la montaña. Aquellos coros dedicaron sus cantos a la creación y a la obra de lo seis días.

¡Grandes son tus obra, oh Jehová, infinito tu poder! ¿Qué pensamiento alcanza a medirte? ¿Qué lengua a narrarte? Mucho más grande te has mostrado a tu regreso que después del combate con los ángeles gigantes. Tus rayos te engrandecieron aquel día, pero es mucho más grande crear que destruir lo ya creado. ¿Qué poder igualará al tuyo, oh sublime Rey? ¿Quién imitará tu imperio? Has rechazado fácilmente la orgullosa empresa de los espíritus apóstatas y disipado sus vanos proyectos cuando, en su impiedad, se imaginaron poder aminorar tu poder y apartar de tu lado la multitud de tus adoradores. El que procura empequeñecerte sólo consigue, contra su intento , patentizar mucho más tu poder; haces uso de la malignidad de tu Enemigo, pero es para sacar de ella un nuevo bien; testigo de ellos es ese universo nuevo, ese otro cielo colocado no lejos de la puerta del cielo fundado a nuestra vista sobre el puro cristalino, sobre el mar de vidrio, y ese cielo, de una extensión casi inmensa, está sembrado de innumerables estrellas, cada una de las cuales quizá sea un mundo destinado a ser habitado, pero cuyo tiempo conoces Tú sólo. ¡Dichosos tres veces los hombres y los hijos de los hombres, a quien Dios ha favorecido tan plenamente! ¡Los hombres que ha creado a su imagen para habitar esos lugares adorarle y reinar sobre todas sus obras, sobre el mar, la tierra, los aires y multiplicar una raza de adoradores santos y justos! ¡Dichosos tres veces si conocen su felicidad y perseveran en la virtud!

Tal fue su canto y las aleluyas resonaron en el Empíreo, así fue santificado el día del sábado.

Creo, Adán haber satisfecho plenamente la demanda que me hiciste con objeto de saber cómo este mundo y la faz de las cosas comenzaron y lo que existía desde un principio y antes del tiempo a que alcanza tu memoria, a fin de que la posteridad, instruida por ti pudiese saberlo. Si quieres conocer alguna otra cosa que no exceda de los límites de la inteligencia humana, habla".

 

LIBRO VIII

El ángel cesó y su voz comunicó tal encanto al oído de Adán, que durante algún tiempo permaneció éste inmóvil, escuchándole, creyendo que hablaba todavía. Por último, como si despertara de un sueño reciente le dijo con efusión:

"¿Qué gracias serán bastantes o qué recompensa proporcionada podré ofrecerte, divino historiador, que tan cumplidamente has saciado la sed que tenía de conocer y que con tan amistosa condescendencia me has referido cosas inescrutables para mí, cosas que he oído con asombro, pero también con delicia y cuya gloria atribuyo como es debido al soberano Creador? Me quedan sin embargo algunas dudas que únicamente tus palabras pueden resolver.

Cuando contemplo esta maravillosa fábrica, este mundo, compuesto del cielo y de la tierra y calculo su magnitud, esta tierra es una mancha, un grano, un átomo, comparada con el firmamento y con los innumerables astros que parecen recorrer espacios incomprensibles. Y, por ventura, ¿esos orbes giran únicamente para distribuir la luz durante el espacio de un día y una noche en derredor de esta tierra opaca, de esta mancha de un punto, siendo por lo demás, inútiles en toda su vasta misión? Cuando reflexiono en ello, me causa admiración muchas veces cómo la sobria y sabia Naturaleza ha podido cometer tales desproporciones, cómo ha podido, con mano pródiga, crear los cuerpo más hermosos, multiplicar los mayores para este único uso, según parece, e imponer a sus orbes tales revoluciones, sin reposo, un día y otro repetidas. Y entre tanto, la sedentaria tierra, que podría moverse mejor en un círculo mucho menor, servida por lo que es más noble que ella, cumple su misión sin el menor movimiento y recibe el calor y la luz como tributo de un curso incalculable, prestado con una rapidez incorpórea; rapidez tal que no podría apreciarse ni aun con la reunión de todos los números".

Así habló nuestro primer padre, absorto a juzgar por su semblante en estudiosos y abstractos pensamientos, lo cual, visto por Eva, desde el sitio en que estaba sentada en su presencia, pero un tanto apartada, se levantó con una modestia majestuosa y una gracia que inducía al que la miraba a desear que continuase allí. Fuese a visitar su frutos y sus flores, a examinar cómo prosperaban el capullo y la flor, sus discípulos que brotaron a su llegada y que, tocados su hermosa mano, crecieron más gozosamente. Eva no se retiró porque le fueran indiferentes aquellos discursos, o porque su oído careciese de aptitud para tan elevado asunto, sino porque quería reservarse el placer de escucharlos de boca de Adán y de ser la única que los escuchase; ella prefería que su marido fuera el narrador más bien que el ángel y le gustaba mas interrogarle; sabía que su compañero interpolaría agradables digresiones y resolvería las más arduas dificultades con caricias conyugales, en una palabra, no era sólo la elocuencia lo que esperaba de los labios de su esposo. ¡Oh! ¿Dónde se encuentra ahora una pareja semejante, unida mutuamente en dignidad y amor? Eva se alejó con el continente de una dios, no carecía de acompañamiento, porque llevaba siempre consigo, como una reina un séquito de gracias atractivas y en las miradas de todos los ojos que la rodeaban brotaban los vivísimos deseos de contemplar incesantemente su presencia.

Rafael, en tanto, bondadoso y complaciente, contestó de este modo a las dudas propuestas por Adán:

"No repruebo tus deseos de instruirte, porque el cielo es cual libro de Dios abierto ante ti, en el que puedes leer sus maravillosas obras y adquirir el conocimiento de sus estaciones, sus horas, sus días, sus meses o sus años, poco debe importarte para alcanzar este objetivo que el cielo o la tierra se muevan, con tal que seas exacto en tus cálculos. El gran Arquitecto ha obrado sabiamente en ocultar lo demás al hombre o al ángel; en no divulgar sus secretos para que los escudriñen aquellos que más bien deben admirarlos; si acaso quieren aventurarse en conjeturas. Dios ha abandonado el edificio de los cielos a sus vanas disputas, tal vez con el objeto de reírse de sus opiniones vagas y sutiles cuando lleguen, andando el tiempo a modelar el cielo y a calcular el número y magnitud de las estrellas. ¡Cómo manosearán la poderosa estructura del universo! ¡Cómo construirán, derribarán y se ingeniarán para salvar las apariencias! ¡Cómo ceñirán la esfera de círculos concéntricos y excéntricos, de ciclos y epiciclos, de orbes en orbes mal trazados sobre ella! Lo adivino así por tu razonamiento, pues tú, debes guiar a tu posteridad, supones que los cuerpos mayores y luminosos no deberían servir a otros más pequeños que carecen de luz ni recorrer semejantes espacios en el cielo, mientras que la tierra, tranquila en su asiento es la única que recibe el beneficio de este movimiento.

Considera en primer lugar que la grandeza o el brillo no suponen excelencia, y si bien la tierra, comparada con el cielo es muy pequeña y sin luz, puede, en cambio contener cualidades sólidas en más abundancia que el sol, que brilla estéril y cuya virtud no opera ningún efecto en el mismo, sino en la tierra fecunda, en ella es donde, recibidos primeramente sus rayos inactivos en otra parte, adquieren su vigor. Y, además, no es a la tierra a quien sirven esas resplandecientes luminarias sino a ti, habitante de la tierra.

En cuanto al inmenso circuito del cielo, en él está proclamada la magnificencia del Creador, que le ha construido de tan vasta extensión y trazado sus límites tan apartados para que el hombre pueda conocer que su morada no le pertenece, y que es demasiado grande para que pueda ocuparla, cuando le basta una pequeña porción de ella, el resto está destinado a usos conocidos tan sólo del soberano Señor. Atribuye la celeridad de esos innumerables círculos a la omnipotencia de Dios, que puede dotar a las sustancias materiales de una rapidez casi espiritual. Bien conoces mi propia velocidad, pues, habiendo salido mañana de la altura del cielo, donde Dios reside he llegado al Edén antes del mediodía, recorriendo una distancia que no se podría expresar con todos los guarismos conocidos.

Pero yo me expreso así, admitiendo el movimiento de los cielos, para demostrarte cuán poco calor tiene lo que te hace dudar, no es que yo afirme que existen esos movimientos, por más que desde la tierra donde resides te persuadan tus ojos del curso de los astros. Dios ha colocado el cielo tan lejos de la tierra para que la inteligencia humana no pueda llegar hasta sus particulares miras, y para que, si la vista del hombre se aventurase tanto, se pierda sin fruto al intentar penetrar en tan sublimes misterios.

Pero, ¿y si el sol es el centro del mundo y otros astros incitados por la virtud atractiva de aquél y por la suya propia, giran en torno de él en diferentes círculos? Estás viendo el curso incierto de seis planetas, ya alto, ya bajo, ya oculto, progresivo, retrógrado o estacionario, ¿qué sería el séptimo planeta, la tierra, que tan inmóvil parece, obedeciera insensiblemente a tres movimiento distintos? De otra suerte, o tendrías que atribuirlos a diferentes esferas movidas en sentido contrario y cruzándose en sus rutas oblicuas, o eximir al sol de tan inmenso trabajo, lo mismo que a ese rápido rombo, que supones diurno y nocturno, invisible, sobre todas las estrellas, y del que haces la rueda de los días y de las noches. Podrías abandonar esa creencia, si la tierra, industriosa por sí misma, fuese en busca del día dirigiéndose hacia Oriente, y si encontrara la noche en su hemisferio opuesto a los rayos del sol mientras que en el otro hemisferio brillara aún la luz del día. Y ¿qué sería, si esa luz reflejada por la tierra a través de la vasta transparencia del aire, fuera como la luz de un astro con respecto al globo terrestre de la luna, y si la tierra iluminara a la luna durante el día y como ésta ilumina a aquélla durante la noche? Habría entonces una reciprocidad de servicios, suponiendo que la luna tuviera una tierra, campos y habitantes. Tú ves en ella manchas que parecen nubes; esas nubes; esa nubes pueden resolverse en lluvia, y la lluvia puede producir frutos en el suelo reblandecido por la luna, para que sirvan de alimento s los que allí estén colocados.

Tal vez descubras otros soles acompañados de sus lunas comunicando la luz masculina y femenina; porque esos dos grandes sexos fecundizan el universo, lleno quizá en cada uno de sus orbes de seres vivientes. Porque el que tan vasta extensión de la Naturaleza esté privada de almas vivientes; o que esté desierta, desolada, hecha solamente para brillar, para pagar apenas a cada orbe una débil chispa de luz enviada a tanta distancia, a este orbe habitable que le devuelve otra vez su luz, todo esto será motivo de eterna controversia.

Pero que estas cosas sean o no así, que el sol dominando en el cielo se eleve sobre la tierra, o que la tierra se eleve sobre el sol, que el sol empiece en Oriente su abrasadora carrera, o que la tierra avance desde Occidente su silenciosa marcha, con inofensivos pasos, mientras que durmiendo su eje suave se traslade blandamente con la atmósfera tranquila que la rodea, nada de esto debe darte cuidado, ni tienes para que fatigar tu pensamiento con cosas tan ocultas, déjalas para el Dios de las alturas, sírvele y témele. Que disponga a su placer de las demás criaturas, dondequiera que estén colocadas. Goza con lo que te ha dado: este paraíso y tu hermosa Eva. El cielo está por demás elevado con respecto a ti para que puedas saber lo que en él pasa. Sé humildemente sabio: piensa tan sólo en lo que os concierne a ti y a tu ser; no sueñes con otros mundos, ni con criaturas que en ellos vivan según su estado, su condición o su grado, y conténtate con lo que te ha sido revelado hasta aquí, no sólo acerca de la tierra, sino también acerca del más alto cielo".

Adán, aclaradas ya sus dudas, le respondió:

"¡Cuán plenamente me has satisfecho, pura inteligencia del cielo, ángel sereno! Tú me has librado de innumerables inquietudes: me has mostrado el camino más fácil para vivir; me has enseñado a no interrumpir con mis vacilantes ideas las dulzuras de una vida de la que Dios me ha alejado todas las inquietudes, ordenándoles que habitaran lejos de nosotros y que no turbaran nuestro sosiego, a menos que nosotros fuéramos en su busca con erróneos pensamientos y vanas nociones! Pero el espíritu, o más bien la imaginación, está siempre predispuesta a extraviarse si no hay quien la sujete, y se entrega a errores interminables, hasta que advertida y aleccionada por la experiencia, reconoce que las mayor sabiduría no consiste en conocer ampliamente las materias oscuras, sutiles o apartadas del uso, sino en el estudio de las cosas que se han puesto a nuestro alcance merced a un unos diario: lo demás es humo, o vanidad, o loca extravagancia, que nos hace inhábiles, ciegos en la práctica de los objetos más interesantes, y nos deja inciertos e inquiriendo sin cesar. Así pues, bajemos de esta altura, abatamos nuestro vuelo y hablemos de cosa útiles que nos atañen; pues quizá el tratar de ellas encuentre ocasión para dirigirte algunas preguntas que no tendrás por superfluas, y que acogerás con tu complacencia y tu favor acostumbrados.

Te he oído referir lo que ha sucedido antes del tiempo a que alcanzan mis recuerdos: ahora escucha a tu vez mi historia, que quizá ignores. Aún no ha disipado el día toda su luz y como ves, busco sutiles pretextos para detenerte aquí, invitándote a oír mi narración. Esto sería por mi parte una locura, si no me moviera la esperanza de oír tus respuestas, pues sentado junto a ti, me creo transportado al cielo, tus palabras son más dulces a mi oído que lo son al paladar los frutos más agradables de la palmera para aplacar el hambre y la sed después del trabajo del día, a la hora de la grata colación: éstos satisfacen en breve y cansan por más que sean sabrosos, pero tus palabras llenas de atractivo y de una gracia divina destilan una suavidad que nunca cansa".

Rafael replicó con dulzura celestial:

"No carecen tus labios de gracia, ni de elocuencia tu lengua padre de los hombres, porque Dios ha derramado en ti todos sus dones, así exterior como interiormente, en ti que eres su brillante imagen; y ya hables, ya calles, la nobleza y la gracia te acompañan y forman cada uno de tus discursos, cada uno de tus movimientos. En el cielo te consideramos como nuestro compañero de servicio en la tierra y con placer indagamos las miras de Dios con respecto al hombre; porque Dios, bien lo vemos, te ha colmado de honor, y su amor es tan igual hacia el hombre como hacia nosotros.

Habla pues, porque precisamente el día en que naciste estaba yo ausente, ocupado en un viaje difícil y tenebroso, en una lejana excursión hacia las puertas del infierno. Con toda mi legión formada en cuadro -tal era la orden que habíamos recibido- vigilábamos para que ningún espía o ningún enemigo saliese de allí, mientras Dios estaba dedicado a su obra, no fuese que, irritado por tan atrevida irrupción, mezclara la destrucción con la Creación. Y nos envió, no por temor de que los espíritus rebeldes osaran intentar nada sin su permiso, sino para proclamar sus altos mandatos como soberano Monarca, y para acostumbrarnos a la obediencia.

Encontramos herméticamente cerradas las horribles puertas, herméticamente cerradas y fuertemente barreadas; pero mucho antes de llegar oímos en el interior un ruido muy diferente al de la danza o el canto; ¡ruido de tormentos, grandes alaridos, furiosa rabia! Cumpliendo la orden que teníamos, regresamos contentos a las playas de la luz antes de la tarde del sábado. Ahora deseo oír tu narración: estoy pronto a escucharte, que si te son gratas mis palabras, no lo son menos para mí, las tuyas".

Así habló aquel poder semejante a un dios; y entonces nuestro primer padre empezó de esta manera:

"Es muy difícil para el hombre decir cómo ha empezado la vida humana; porque ¿quién puede tener un conocimiento, perfecto de su origen? Sin embargo, el deseo de prolongar mi coloquio contigo me induce a hablar: Como si acabase de despertar del sueño más profundo, me encontré tendido muellemente sobre la florida hierba empapado en balsámico sudor, que secaron en breve los rayos del sol absorbiendo su vaporosa humedad. Volví mis asombrados ojos hacia el cielo, y contemplé durante algún tiempo el espacioso firmamento, hasta que, llevado por un rápido e instintivo impulso, di un salto, como si mi intención fuera llegar hasta él, y quedé firme sobre mis pies.

Divisé en torno mío una colina, un valle, bosques umbríos, llanuras en que se reflejaban los rayos del sol y una líquida cascada de arroyuelos bulliciosos, en esos sitios distinguí criaturas que vivían y se movían que andaban o volaban, pajarillos que gorjeaban en las ramas: todo sonreía, mi corazón estaba inundado de gozo y de deleite.

Entonces me recorrí a mí mismo con la vista y me examiné miembro por miembro; unas veces andaba, otras corría, poniendo en juego mis flexibles coyunturas, según me impulsaba un vigor animado; pero ignoraba quién era yo, dónde me encontraba y por qué causa estaba allí. Intenté hablar y hablé inmediatamente, mi lengua obedeció y pudo nombrar en el acto todo lo que yo veía.

¡Oh sol, dije, hermosa luz! ¡Y tú, tierra a quien ilumina, tan fresca y sonriente! ¡Oh vosotros, colinas y valles! ¡Oh vosotros, ríos, bosques y llanuras! Y vosotras, bellas criaturas que vivís y os movéis, decid, decid, si es que lo habéis visto, ¿cómo he venido así, cómo es que estoy aquí? No he venido indudablemente por mí mismo, sino merced a algún gran Creador preeminente en bondad y en poder. Decidme cómo podré conocerle, cómo adorar a Aquel por quien me muevo, vivo y siento que soy más dichoso de lo que puedo apreciar.

Mientras hablaba de este modo, andaba errante no sé por dónde, lejos del sitio donde por primera vez había respirado el aire y visto esa luz afortunada; y no obteniendo respuesta alguna a mis preguntas, me senté pensativo sobre un verde banco, al que prestaban su sombra los árboles y sus armas las flores. Allí se apoderó de mí por la primera vez un agradable sopor que infundió una dulce opresión en mis sentidos adormecidos, aunque no turbados, si bien entonces me figuré volver a mi primitivo estado de insensibilidad y disolverme.

De improviso acudió a mi cabeza un ensueño, cuya aparición interior inclinó dulcemente mi imaginación a creer que aún conservaba el ser y que vivía. Me pareció que alguno con forma divina se aproximaba a mí y me dijo:

"Tu morada te espera, Adán: ¡levántate, primer hombre y padre futuro de innumerables hombres! Llamado por ti, acudo para guiarte al jardín de la beatitud, donde se halla preparada tu mansión"

Diciendo así, me tomó de la mano y me levantó, y deslizándose dulcemente, sin andar por los campos y por las aguas, como pudiera hacerlo por el aire, me transportó a una montaña frondosísima, cuya cima era una meseta; vasto recinto cerrado, plantado de árboles excelentes y magníficos, de alamedas y de bosquecillos; tales que lo que antes había visto sobre la tierra parecía apenas agradable comparado con ellos. Los hermosos frutos de que estaba cargado cada árbol y que pendían de ellos incitantes, excitaban en mí un repentino deseo de cogerlos y comérmelos. Entonces me desperté y descubrí realmente ante mis ojos lo que el sueño me había representado vivamente en imagen. Hubiera vuelto a emprender de nuevo mi curso errante, si el que era mi guía en aquella montaña, no se hubiese aparecido entre los árboles. ¡Oh presencia divina! Lleno de gozo, pero con respetuoso temor, caí poseído de admiración a sus plantas. Entonces me levantó, y...

"Yo soy el buscas - me dijo con dulzura-: Yo soy el autor de todo cuanto ves sobre ti, en derredor tuyo o debajo de ti. Te doy este Paraíso, mírale como tuyo para cultivarle y cuidarle y comer de sus frutos. Come libremente y cuanto quisieres de cada árbol que crece en el jardín, no temas la escasez, pero guárdate de tocar al árbol que opera y transmite el conocimiento del bien y del mal, árbol plantado por mí cerca del de la Vida, en medio del jardín, como prueba de tu obediencia y fidelidad: acuérdate de mi advertencia, y procura evitar los amargos resultados; porque debes saber que el día que comas de él, el día en que quebrantes mi único mandato, morirás inevitablemente, perderás tu dichosa situación y serás arrojado desde aquí a un mundo de desgracia y miseria"

Pronunció severamente esta rigurosa sentencia, que aún resuena terrible en mis oídos, por más que sólo dependa de mí el no incurrir en ella. Pero, recobrando en breve su aspecto sereno, prosiguió de esta suerte su agradable discurso:

"No tan sólo este hermoso recinto, sino también la tierra os doy a ti y a tu raza. Poseedla como señores, y con ella todas las cosas que tienen vida ya en la misma, ya en la mar, ya en el aire, animales, peces y aves. Como prueba de ellos, he aquí los brutos y las aves, cada cual según su especie, te los presento para que reciban su nombre de ti, y para que te rindan fe y homenaje con una sumisión profunda. Lo propio debes entender con respecto a los peces que ven su acuática morada, y que no comparecen aquí porque no pueden cambiar su elemento para respirar un aire más sutil"

Mientras hablaba, iban acercándose de dos en dos los cuadrúpedos y las aves: aquellos doblaban las rodillas con una cariñosa humildad, éstas se inclinaban batiendo dulcemente las alas. Yo iba nombrándolos a medida que pasaban y distinguía su naturaleza: ¡tan grande era la penetración de que Dios había dotado a mi repentina inteligencia! Pero, entre todas aquellas criaturas no vi lo que parecía faltarme aún, y me dirigí en estos términos a la celestial visión:

¡Oh! ¿Qué nombre te daré a Ti, que eres superior a todas esas criaturas, superior a la especie humana, superior a lo que está más elevado que la especie humana, así como a todo cuanto puedo nombrar? ¿Cómo podré adorarte, Autor de este universo, y de todo este bien dado al hombre, por cuyo bienestar tan amplia y liberalmente has prodigado todas las cosas? Pero no veo a nadie que pueda participar de ella conmigo. ¿Consiste la dicha en la soledad? ¿Quién pude gozar estando solo? Y aunque se disfrute de todo, ¿qué contento se puede hallar?

Así hablaba yo presuntuoso, y la visión celeste, cuyo resplandor vino a realzar una sonrisa, replicó de este modo:

"¿A qué llamas soledad? No están llenos el aire y la tierra de diversas criaturas vivientes y no están todas ellas sometidas a tus órdenes para contribuir a tus placeres? ¿No conoces su lenguaje y sus costumbres? También ella tienen conocimiento y están dotadas de un instinto que no es, por cierto despreciable. Proporciónate con ellas un pasatiempo y gobiérnalas: tu reino es vasto"-

Tales fueron las palabras del Señor universal, palabras que me parecieron órdenes. Yo, implorándole con humilde ruego el favor de hablarle aún repliqué:

"No te ofendan mis frases, ¡oh Poder celestial! Creador mío, séme propicio mientras hablo. ¿No me has hecho aquí tu representante? ¿No has ordenado que esas criaturas estuvieran colocadas en una categoría muy inferior a la mía? Entre seres desiguales, ¿qué sociedad, qué armonía, qué verdadera delicia puede existir? Todo lo que ha de ser mutuo debe darse y recibirse en justa proporción; pero faltando esta igualdad, si el uno está muy elevado y el otro siempre rebajado, no pueden concertarse mutuamente, sino, por el contrario, llegan a hacerse igualmente molestos entre sí. Yo quiero hablar de una sociedad tal cual la busco, capaz de participar de toda delicia racional, que no puede encontrarse entre el hombre y el bruto. Todo animal se deleita con los de su especie, como el león con la leona, por esa razón los has unido convenientemente de dos en dos. El pájaro no puede conversar con el cuadrúpedo, ni el pez con el pájaro, ni el mono con el buey, con más razón le será imposible al hombre asociarse con la bestia, siendo de entre todos el que menos puede lograrlo"

A esto respondió el Todopoderoso sin enfado:

"Te propones por lo que veo una felicidad delicada y pura en la elección de tus asociados, Adán; de modo que en el seno mismo del placer no gozarás placer alguno si permaneces solitario. ¿Qué piensas pues de Mí y de mi estado? ¿Crees o no que poseo bastante felicidad, encontrándome solo por toda una eternidad? Porque Yo no me conozco segundo, ni semejante, ni mucho menos igual. ¿Con quién podré conversar, si no es con las criaturas que he hecho y éstas son inferiores a Mí, y están infinitamente más alejadas de Mí que las demás criaturas lo están de ti?"

Se calló y yo respondí humildemente:

"Todos los pensamientos humanos son cortos para llegar a la altura y profundidad de tus miras eternas. Soberano de todas las cosas, tú eres perfecto en ti mismo, y en ti no se encuentra nada defectuoso, no sucede lo mismo con respecto al hombre, que sólo se perfecciona gradualmente: esta es la causa de su deseo de asociarse con su semejante para buscar un consuelo o un alivio en su insuficiencia. Tú no tienes necesidad de propagarte, puesto que eres Infinito y completo en número, por más que sólo seas Uno. Pero el hombre debe manifestar por el número su singular imperfección, y ha de producir el semejante de su semejante, multiplicando su imagen defectuosa en la unidad, lo cual exige una tierna amistad y un mutuo amor. En el secreto de tu grandeza, tú aunque solo, estás superiormente acompañado de ti mismo, y no necesitas de comunicación social: sin embargo, a ser ése tu beneplácito, podrías divinizar a tu criatura y elevarla hasta el punto de unión o comunicación que quisieras, al paso que yo, para conversar no puedo levantar a esos brutos encorvados sobre la tierra, ni hallar mi complacencia en sus costumbres.

Usando de la libertad que se me había concedido me expresé de esta suerte; mis palabras encontraron grata acogida, y obtuvieron esta respuesta de la graciosa voz divina:

"Hasta ahora, Adán, me he complacido en experimentarte, y he visto que no sólo conocías a los diferentes animales, al darles sus propios nombres, sino que te conocías a ti mismo, demostrando suficientemente ese espíritu libre de que te he dotado, como a imagen mía, y que no he concedido a los brutos, por cuya razón no podía convenirte semejante compañía. Tenías razón para manifestarlo así francamente: piensa siempre de ese modo. Ya sabía Yo, antes de que hablases que no es bueno que el hombre esté solo; la compañía que entonces viste no era la que yo te había destinado, te la he presentado tan sólo como una prueba, para ver cómo juzgarías tú respecto de lo justo y conveniente. Lo que ahora voy a traerte será de tu agrado, puedes estar seguro de ello, porque es tu semejanza, el auxiliar que te conviene, será otro tú, exactamente conforme a todo lo que desea tu corazón"

Cesó de hablar o yo cesé de oírle, pues entonces mi naturaleza terrestre, agobiada bajo el peso de su naturaleza celestial, ante la cual me había exaltado mucho tiempo hasta la altura de un coloquio divino y sublime; mi naturaleza ofuscada y postrada como cuando un objeto excede a la penetración de nuestros sentidos, languideció y buscó el reparo del sueño, que cayó al instante sobre mí: llamado en mi auxilio por la Naturaleza, acudió y cerró mis ojos.

Se cerraron mis ojos, pero quedó abierta la celdilla de mi imaginación, mi vista interior por medio de la cual, como arrobado en éxtasis, vi, según me pareció aunque dormido como estaba, la siempre gloriosa forma ante la cual había estado despierto; la cual inclinándose hacia mí, me abrió el costado izquierdo y sacó de él una costilla impregnada del calor espirituoso del corazón y goteando una sangre fresca, origen de la vida, ancha era la herida, pero llena al instante de carne, se cicatrizó.

Aquella forma amoldó y arregló esta costilla entre sus manos; entre sus manos creadoras se formó una criatura semejante al hombre, pero de diferente sexo, tan agradablemente bella, que lo que antes me había parecido bello en todo el mundo, ahora parecía raquítico, o más bien, que estuviese reunido en ella, contenido en ella y en sus miradas, que desde aquel momento han derramado en mi corazón una dulzura no experimentada hasta entonces: su presencia inspiró a todas las cosas un espíritu de amor y una amable delicia. Aquella criatura desapareció y me dejó en las tinieblas, desperté resuelto a encontrarla o a deplorar para siempre su pérdida rechazando todos los demás placeres.

Cuando ya iba perdiendo la esperanza, la divisé no lejos de mi, tal cual la había visto en mi sueño, adornada de todo cuanto la tierra o el cielo podían prodigar para hacerla amable. Venía conducida por su celestial aunque invisible Creador, cuya voz la guiaba. No ignoraba la santidad nupcial ni los ritos del matrimonio, la gracia se veía en todos sus pasos, el cielo en sus ojos, en cada uno de sus movimientos, la dignidad y el amor. Arrebatado de gozo, no pude menos de exclamar en voz alta:

"¡Oh! Esta vez has colmado todos mis deseos: has cumplido tu promesa, Creador generoso y lleno de benignidad, dispensador de tantos beneficios, pero éste es el más bello de todos tus presentes y no me lo has envidiado. Ahora veo los huesos de mis huesos, la carne de mi carne, mi yo ante mi mismo. Será llamada Varona, porque del varón mismo fue sacada, por ella dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer y serán una sola carne, un corazón y una sola alma.

Mi compañera me oyó, y aunque divinamente atraída, sin embargo, la inocencia y la modestia virginal, su virtud y la conciencia íntima de su valor y para decirlo de una vez la misma naturaleza, aunque pura de todo pensamiento pecaminoso, obró en ella de tal modo, que al verme se desvió. Yo la seguí, conoció ella lo que era honor y con una condescendencia majestuosa, aprobó las razones que alegué. La conduje a nuestro retiro nupcial, sonrosada cual la aurora, todas las constelaciones afortunadas derramaron sobre aquella hora su más benéfica influencia; la tierra y sus colinas dieron señales de congratulación, los pájaros de su alegría, las frescas brisas, los dulces céfiros murmuraron esta unión en los bosques, y al agitar sus alas, esparcieron entre nosotros los perfumes de los balsámicos arbustos, hasta que el ave enamorada de la noche cantó las bodas y ordenó a la estrella de la tarde que apresurara sus pasos por la cumbre de la colina para encender la antorcha nupcial.

Con lo dicho te he dado cuenta de toda mi condición y he llegado en el curso de mi historia al colmo de la felicidad terrestre de que disfruto, debo confesar que en todas las demás cosas encuentro a la verdad placer, pero un placer tal que, ya lo siento o deje de sentirlo no excita en mi alma mudanza alguna o vehementes deseos, tales son esas sensaciones del gusto, de la vista, del olfato, de las hierbas, frutas, flores, vergeles y de la melodía de las aves. Pero aquí es muy diferente, veo con deleite, todo con arrobamiento. ¡Aquí sentí por la primera vez el amor, conmoción extraña! Superior y tranquilo en todos los demás goces, me siento débil únicamente ante de el encanto de la poderosa mirada de la beldad. O la Naturaleza se ha mostrado escasa conmigo, y ha dejado alguna parte de mí mismo no bastante capaz de resistir a un objeto tan encantador, o al arrancarme una porción de mi costado me arrebató quizá más de lo que debía; por lo menos se ha concedido demasiado adorno a la mujer, completa en sus formas exteriores, aunque interiormente menos acabada. Comprendo bien que, según el primer designio de la Naturaleza es inferior en espíritu y en las facultades interiores que sobresalen, y aun en su formas exteriores se parece menos a la imagen del que nos ha hecho a entrambos, y lleva menos impreso ese carácter de dominación que tanto nos realza sobre las demás criaturas. Sin embargo, cuando me acerco a sus hechizos, me parece tan perfecta y en sí misma tan cumplida, tan conocedora de sus derechos, que cuanto quiere decir o hacer parece lo más cuerdo, lo más virtuoso, lo más discreto, lo mejor, en fin. La más alta conciencia cae humillada en su presencia, la sabiduría, discurriendo con ella, queda desconcertada y parece locura. La autoridad y la razón la siguen, como si hubiera sido la primera en salir de manos del Creador y no creada la segunda accidentalmente: Para terminar la grandeza de su alma y la nobleza establecen en ella su más deliciosa morada y la rodean como de una guardia angélica, de un respeto mezclado de temor"

El ángel frunciendo el entrecejo, le respondió:

"No acuses a la Naturaleza, que ha llenado su cometido; llena tú el tuyo, y no desconfíes de la sabiduría que no te abandonará nunca si no la rechazas de tu lado cuando tengas más necesidad de ella, cuando des mucho valor a cosas menos excelentes, como tú mismo, has llegado a conocer. Ahora bien: ¿qué es lo que admiras? ¿Qué es lo causa tu arrobamiento? Exterioridades hermosas sin duda y muy dignas de tu ternura, de tu homenaje y de tu amor, pero no de su sujeción. Mídete con la mujer y compara luego, las más de las veces nada es tan provechoso como un amor propio bien entendido y fundado en la justicia y la razón. Cuánto más conozcas esta ciencia, más te reconocerá como jefe tu compañera, y todas sus apariencias cederán ante las realidades. Formada tan bella para agradarte más, es al mismo tiempo tan imponente, a fin de que puedas amar honrosamente a tu compañera, que no deja de advertir cuando abdicas una parte de tu prudencia.

Pero si el sentido del tacto, por medio del cual se propaga la especie human, te parece un placer más grato que cualquiera otro, piensa que también ha sido otorgado a todos los animales y no les hubiera sido revelado y hecho común si en él existiera alguna cosa digna de subyugar el alma del hombre o de inspirarle pasión.

Consagra siempre tu amor a lo más elevado, atractivo, dulce y razonable que encuentres en la sociedad de tu compañera, haces bien amar, pero no en apasionarte en la pasión. El amor purifica los pensamientos y ensancha el corazón; tiene su asiento en la razón, es juicioso, es la escala por la cual puedes llegar hasta el amor celeste, como no te sumerjas en el placer carnal; esta es la causa por que no se ha encontrado ninguna compañera entre las bestias".

Adán repuso algún tanto avergonzado:

"No; lo que más me encanta de ella no es la forma exterior, a pesar de su belleza, ni nada de cuanto se refiere a la procreación, común a todas la especies, lo que me agrada más en mi compañera es la gracia que acompaña a todas sus acciones, son esos mil honestos atractivos que brotan sin cesar de todas sus palabras, de todos sus movimientos impregnados de amor, de dulce complacencia, irrecusable testimonio de la íntima unión de nuestros pensamientos que hace de ambos una sola alma; armonía de dos esposos, más agradable a la vista que lo es al oído, la más suave melodía.

Sin embargo nada de esto me domina; te descubro lo que siento en mi interior, sin por eso declararme vencido, pues que los diversos objetos que encuentro ejercen en mí su natural influencia y siempre libre, escojo el mejor, y hago lo que apruebo. Tú no repruebas que yo ame, porque, según dices, el amor nos eleva al cielo, del cual es a la vez camino y guía; perdóname pues, que te haga una pregunta, si es que me está permitido: ¿No aman los espíritus celestiales? ¿Cómo demuestran su amor? ¿Con sus miradas solamente? ¿O mezclan su refulgente luz por medio de un tacto, virtual o inmediato?"

El ángel le respondió con una sonrisa que animaba el carmín de las rosas celestiales, color propio del amor:

"Que te baste saber que somos felices, y que sin amor no hay felicidad. Todo el placer puro de que gozas en tu sustancia corpórea lo gozamos también en un grado más eminente; nosotros no encontramos los obstáculos de la carne, de las coyunturas, ni de los miembros, que son barreras exclusivas. Cuando los espíritus se abrazan, se identifican más fácilmente que el aire con el aire, deseando el que es puro la unión con el puro; no necesitan un medio de transmisión limitado, como la carne para unirse a la carne, o el alma al alma.

Pero no puedo ya detenerme más: el sol va ocultándose por más allá de las tierras de Cabo Verde y de las islas floridas de la Hesperia; ésa es la señal de mi partida. Sé firme, vive feliz y ama, pero ama a Dios sobre todo; obedecerle es amarle. Observa su gran mandato; pon mucho cuidado en que la pasión no arrastre tu juicio a hacer lo que de otro modo no admitiría tu libre voluntad. En ti estriba tu desgracia o tu felicidad y la de tus hijos. Obra con prudencia, que yo y todos los espíritus bienaventurados nos regocijaremos con tu perseverancia. Mantente firme, pues de tu libre albedrío depende que caigas o continúes en pie. Siendo perfecto interiormente, no busques auxilio exteriores y rechaza toda tentación de desobediencia".

Dijo, y se levantó. Adán le siguió bendiciéndole.

"Pues es preciso que partas, ¡ve huésped celestial, mensajero divino, enviado de Aquel cuya bondad soberana adoro! Tu condescendencia ha sido dulce y afable para mí, por lo cual la honraré eternamente y como merece en mi agradecida memoria. ¡Sé siempre el protector, el amigo del género humano y vuelve con frecuencia!

De este modo se separaron; el ángel regresó al cielo desde la frondosa enramada y Adán a su retiro.

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