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EL PARAISO PERDIDO

LIBRO IX - LIBRO X - LIBRO XI - LIBRO XII

 

LIBRO IX

Cesen ya los coloquios con Dios o con el ángel, huéspedes del hombre; ya no acudirán éstos a sentarse a su mesa, cual amigos íntimos para participar de sus campestres refrigerios con familiaridad e indulgencia, y permitirle, sin reconvención, sus excusables discursos. En adelante debo trocar estos acentos trágicos; por parte del hombre, vergonzosa desconfianza y ruptura desleal, rebelión y desobediencia; por parte del cielo, ahora ofendido, alejamiento y disgusto, cólera y reprensión justa, y sentencia terrible, la cual introdujo en este mundo un mundo de calamidades, el pecado y su sombra inseparable, la muerte y la miseria, precursora de la muerte.

¡Triste asunto! Lúgubre, sin duda, pero no menos elevado y más heroico que la cólera del implacable Aquiles, cuando persiguió tres veces alrededor de los muros de Troya a su fugitivo enemigo, más heroico que la ira de Turno al ver rota su unión con Lavinia, o que el furor de Neptuno y el de Juno, que por tanto tiempo persiguió al Griego y al hijo de Citerea. Pero por grande que sea lo que me propongo, procuraré cantarlo si obtengo de mi celeste protectora un estilo adecuado a él; de esta protectora que se digna visitarme durante la noche sin esperar mis ruegos y que preside a mis sueños o me inspira fácilmente versos que no he meditado.

Este asunto me agradó siempre para un canto heroico, fijé mi elección hace mucho tiempo y lo comencé muy tarde. La Naturaleza no me ha dotado de suficiente aptitud para referir los combates, mirados hasta aquí como el único asunto digno de un poema heroico. ¡Qué obra maestra la de relatar largamente el enojoso estrago de fabulosos caballeros en batallas fingidas, mientras que nadie se ocupa de un valor más noble, de la paciencia, de la constancia sublime del martirio! Describir carreras y juegos, aprestos bélicos, escudos blasonados, divisas ingeniosas, caparazones y lujosos arneses, ricas gualdrapas y toda la pompa caballeresca de las justas y torneos; y luego los banquetes magníficos servidos bajo bóvedas suntuosas por coperos y senescales! En cuanto a mí, no creo que esa habilidad del arte, consagrada a una obra mezquina, pueda dar fama justa y heroica al autor o al poema.

Yo, que ni estoy instruido en esas cosas ni me cuido de ellas, me propongo un asunto más elevado, bastante por si mismo para inmortalizar mi nombre; a no ser que un siglo demasiado tardío, la frialdad del clima o los años entorpezcan mi humilde vuelo, como podrían conseguirlo si toda esta obra fuera exclusivamente mía, y no de la Divinidad, que cada noche acude a confiar sus cantos a mi atento oído.

El sol se había ocultado, y en pos de él Héspero, astro cuya misión es la de conducir a la tierra al crepúsculo, conciliador de un momento entre el día y la noche. El hemisferio nocturno había huído del Edén ante las amenazas de Gabriel, volvió a él perfeccionado en el fraude y en la malicia, más deseoso que nunca de la destrucción del hombre, y sin temor a nada de cuanto pudiera sucederle que agravara su situación. De noche huyó, y regresó a la hora de medianoche, después de haber dado la vuelta a la tierra, evitando la luz del día, desde que Uriel, conductor del sol, descubrió su entrada en el Edén y dio aviso a los querubines que lo custodiaban. Arrojado de allí lleno de angustia, rodó con las sombras durante siete noches continuas. Giró tres veces en derredor de la línea equinoccial; cuatro veces cruzó el carro de la noche de polo a polo, atravesando cada coluro. Volvió a la octava noche y penetró furtivamente en el Paraíso por un punto opuesto a su entrada y al en que vigilaban los querubines, punto que éstos no podían sospechar.

Había allí un sitio que ya no existe en donde el Tigris se precipitaba desde la falda del Paraíso en una cavidad profunda, haciendo refluir parte de sus aguas, que brotaban como una fuente cerca del árbol de la vida. Satanás se sumergió con el río en aquel antro y volvió a salir con él, envuelto en húmedo vapor. Buscó en seguida un lugar donde ocultarse; había explorado el mar y la tierra desde el Edén hasta el Ponto Euxino y el Palo Meótides y hasta más allá del río Obi, desde donde descendió al polo antártico; había ido también hacia Occidente desde el Oronte hasta el océano que separa el istmo de Darien y desde allí hasta el país que riegan el Ganges y el Indo. Recorriendo de este modo el globo con minuciosa atención y considerando con una inspección profunda cada criatura a fin de hallar la que fuera más apta para servir a sus artificios, descubrió que la serpiente era el más astuto de todos los animales de la tierra. Después de largas reflexiones, irresoluto y vacilando en sus pensamientos, Satanás se decidió por fin a escoger el asiento más a propósito para el engaño, el receptáculo más conveniente en que pudiera penetrar y ocultar sus negras sugestiones a las miradas más penetrantes; porque todo lo artificioso que intentara la serpiente, lejos de causar sospechas, sería mirado como nuevo testimonio de su sagacidad de su natural sutileza; mientras que, si se notara en otros animales, podía engendrar la sospecha de un poder diabólico desarrollado en ellos, superior a los que permite la inteligencia animal. Satanás tomó esta resolución; pero no pudiendo contener por más tiempo el sufrimiento que le desgarraba interiormente, dejó estallar su pasión, que se exhaló en estas quejas:

¡"Oh Tierra, cuánto te pareces al cielo, si no eres preferible al él! ¡Morada mucho más digna de los dioses, como formada por una segunda idea que ha reformado lo que ya era viejo! ¿Qué Dios, después de haber elevado tan hermosos monumentos, intentaría construir otros menos perfectos? ¡Terrestre cielo, en torno del cual se mueven otros cielos que brillan, derramando con sus lámparas oficiosas luz sobre luz y concentrando para ti solo todos sus preciosos rayos, penetrados de una influencia sagrada! Así como en el cielo Dios es el centro y, sin embargo se expande por todas partes, del mismo modo eres tú aquí el centro de esos orbes cuyos tributos recibes; en ti, no en ellos, aparece productiva toda su virtud en la hierba, en la planta y en la más noble formación de los seres animados de una vida gradual, siendo la vegetación, el sentimiento, la razón, dones reunidos en el hombre.

¡Con cuánto placer habría dado yo la vuelta a la tierra si existiese aún algún goce para mí! ¿Qué agradable sucesión de colinas, de valles, de ríos, de bosques y de llanuras! ¡Tan pronto tierra como mar; unas veces riberas coronadas de selvas; otras rocas, antros, grutas! Yo, sin embargo, no he encontrado en ella asilo ni refugio, y cuántos más objetos de felicidad veo en torno mío, mayores son los tormentos que sufro, como si yo fuera el odioso asiento de las contrariedades, todo bien se convierte en veneno para mí y hasta en el cielo sería peor aún mi condición.

Pero yo no pretendo permanecer aquí ni en el cielo, a no ser que dominara en él como su Soberano Señor. No espero tampoco que lo que intento me haga menos miserable; tan sólo anhelo convertir a otros en lo que soy, aunque por ello redoblen mis males, pues, únicamente en la destrucción encuentran algún lenitivo mis inquietos pensamientos. Si consigo destruir al hombre, para quien ha sido creado todo esto, o le induzco a consumar su perdición entera, todo lo que le rodea le seguirá también como encadenado a él en su dicha o en su desdicha. ¡Sea, pues, en su desdicha! ¡Qué la destrucción se extienda a todo! A mí, sólo a mí, entre todos los espíritus infernales, me cabrá la gloria de haber corrompido en un solo día lo que el llamado Todopoderoso construyó con un continuo trabajo de seis días y seis noches. ¿Y quién sabe cuánto tiempo antes lo había estado meditando? Aunque tal vez concibió esta idea, después que yo hube libertado en una sola noche de una servidumbre ignominiosa a la mitad próximamente de las razas angelicales, reduciendo la multitud de sus adoradores.

El quiso vengarse, sin duda y reparar sus legiones disminuidas, pero ya sea que su virtud, ha tiempo extinguida, le faltase ahora para crear nuevos ángeles, suponiendo que éstos sean obra suya, o que para mayor afrenta nuestra se determinase a reemplazarnos con una criatura formada de tierra y concederle, a pesar de lo abyecto de su origen, una categoría tan elevada, enriqueciéndola con nuestros despojos celestiales, lo que decretó, lo ha llevado a cabo; hizo al hombre, y construyó para él este mundo magnífico, declarándole señor de su mansión de la tierra. ¡Oh indignidad! Sometió al servicio del hombre las alas del ángel y obligó a unos ministros celestiales a velar por él y a cumplir esta terrestre misión. Temo la vigilancia de éstos; para evitarla me he envuelto en la niebla y en el vapor de la medianoche; me deslizo oscuro, registro cada mata, cada helecho para ver si encuentro alguna serpiente dormida a fin de ocultarme en sus tortuosos pliegues y conmigo que negra intención que abrigo.

¡Oh vergonzosa humillación! Yo, que en otro tiempo luché contra los dioses para hacerme superior a ellos, me veo hoy reducido a unirme a un animal, a identificarme con tan impuro lodo, a encarnar en él mi esencia y a embrutecer por último al que fijaba sus aspiraciones en llegar al más alto grado de la Divinidad! Pero ¿hasta dónde no son capaces de descender la ambición y la venganza? El que quiere subir ha de arrastrarse tanto más profundamente cuanto más ha remontado su vuelo y resignarse tarde o temprano a ejercer los oficios más viles. La venganza dulce en un principio, se vuelve amarga muy pronto, y recae sobre sí misma. ¡Sea pues! Poco me importa, con tal que acierte a herir; y pues no puedo asestar mis tiros a mayor altura, los dirigiré sobre el segundo que provoca mi envidia, sobre ese nuevo favorito del cielo, ese hombre de barro, ese hijo del despecho, cuyo autor le ha hecho salir del polvo para mayor afrenta nuestra; el odio con el odio se paga mejor".

Dijo y arrastrándose como un negro vapor a través de los áridos o húmedos matorrales, continuó sus nocturnas pesquisas, para encontrar lo más pronto posible a la serpiente. No tardó en hallarla profundamente dormida, enroscada sobre sí misma en un laberinto de círculos, descansando en medio de ellos su cabeza llena de sutiles ardides. El reptil no se escondía aún en una madriguera horrible ni en retiros espantosos, ni era tampoco nocivo, sin temer ni ser temido, dormía tranquilamente sobre la espesa hierba. El demonio se introdujo por su boca, y apoderándose de su instinto brutal en la cabeza o en el corazón, le inspiró una activa inteligencia, pero no turbó su sueño, y esperó encerrado en aquel modo la llegada de la aurora.

Ya la luz sagrada empezaba a despuntar en el Edén, entre las húmedas flores que exhalaban sus inciensos matutinos, en el momento en que todas las cosas que respiran en el gran altar de la tierra elevan hacia el Creador silenciosas alabanzas y un aroma que le es tan grato; la pareja humana salió de su retiro y unió la adoración de su boca al coro de las criaturas privadas de voz. Hecho esto, nuestros padres saborean aquella hora deliciosa en que circulan los más dulces perfumes y las brisas más suaves. En seguida consultan entre sí acerca del modo cómo se dedicarían aquel día a su trabajo, siempre creciente; porque excedía en mucho a la actividad de las manos, crecerá la obra a medida de nuestro trabajo; pródigo por necesidad, todo lo que durante el día hemos sujetado, atado, reprimido o cortado por exuberante, se mofa de nuestros cuidados en una noche o dos, merced a un rápido desarrollo, y tiene a volver a su interior estado silvestre. Piensa en esto ahora, o escucha las primeras ideas que se me ocurren.

"Dividamos nuestros trabajos: tú dirígete a donde mejor te parezca, o hacia el sitio que reclame mayor cuidado, ya para enredar la madreselva en derredor de nuestra morada ya para dar dirección a la hiedra trepadora, y entre tanto, yo encontraré allá abajo, en aquel plantel de rosas entrelazado de mirtos, bastantes cosas que arreglar. Porque si durante todo el día nos ocupamos en la misma tarea sin separarnos un momento uno de otro, interrumpida ésta por sonrisas, miradas, conversaciones causadas por nuevos objetos, no es sorprendente que vaya reduciéndose nuestro trabajo diario, y que a pesar de emprenderlo muy temprano hagamos poco. Entonces llega la hora de tomar nuestro alimento sin que lo hayamos ganado".

Adán le contestó con extremada dulzura:

¡Mi única Eva, mi sola compañera, incomparablemente más querida para mí que todas las criaturas vivientes! Tus ideas son justas y razonables con respecto al modo de cumplir mejor la tarea que nos ha sido designada aquí por el Altísimo. No dejaré de alabarte por ello, porque nada es más amable en la mujer que estudiar los deberes de familia e inclinar a su marido hacia las buenas acciones. Sin embargo, nuestro Señor no nos ha impuesto tan rigurosamente la ley del trabajo, que nos prive del reposo necesario, ya para tomar alimento, ya para nuestros coloquios, ya para ese dulce cambio de miradas y de sonrisas, porque éstas emanan de la razón; negadas al bruto, son el alimento del amor, y el amor no es fin menos noble de la vida humana. Dios no nos ha hecho para un trabajo penoso, sino para el placer, y para el placer unido constantemente a la razón. Nuestras manos juntas no lo dudes, defenderán fácilmente contra la invasión del desierto a esas florestas en toda la extensión que necesitamos para nuestros paseos, hasta que dentro de poco vengan a ayudarnos manos más jóvenes.

Pero si acaso llega a cansarte nuestra incesante conversación, podría consentir en una corta ausencia, porque la soledad es a veces la mejor sociedad y una corta separación excita el deseo del regreso. Me asedia, sin embargo, otra inquietud, temo que te sobrevenga algún daño cuando estés separada de mí, porque debes acordarte de la advertencia que se nos ha dado, sabes que un maligno enemigo, envidioso de nuestra felicidad y desesperado de recobrar la suya, pretende causar nuestra ruina y nuestra miseria, valiéndose de un ataque artificioso; nos acecha sin duda en algún sitio no lejos de aquí, con la ávida esperanza de lograr el objeto de su deseo y su mayor ventaja consistiría en encontrarnos separados, no se atrevería a atacarnos reunidos, porque nos prestaríamos un rápido y mutuo socorro; y ya sea que su principal designio estribe en apartarnos de la fe que debemos a Dios o que intente turbar nuestro amor conyugal, que excita quizá su envidia más bien que toda la dicha de que gozamos, sea, por fin, otra cosa peor, no abandones el fiel costado que te ha dado el ser, que te abriga aún y te protege. La mujer a quien persigue el peligro o acecha el deshonor, siempre está más segura y con mayor decoro al lado de su esposo, que la defiende o soporta con ella todas las desgracias".

Entonces la majestad virginal de Eva, como un persona que ama, pero que se ve importunada por algún rigor, le respondió con aspecto dulce al par que austero:

¡"Hijo del cielo y de la tierra, soberano de la tierra entera! He sabido por ti y por el ángel que tenemos un enemigo que procura nuestra ruina, pues sorprendí las palabras pronunciadas por aquél al marcharse, mientras permanecía algún tanto apartada en esa frondosa arboleda, al regresar aquí, precisamente se cerraban las flores de la noche. Pero que pongas en duda mi constancia para con Dios o para contigo porque tenemos un enemigo que pueda tentarla, eso es lo que no esperaba de oír. Tú no temes la violencia del enemigo, pues siendo, tales como somos, inaccesibles a la muerte o al dolor, no debemos temer una ni otro, y podemos rechazarlos. Solamente con engaños te dan miedo; y de ahí se infiere claramente que temes también ver quebrantados o seducidos por su astucia mi amor y mi felicidad constante. ¿Cómo has podido dar entrada en tu ánimo a semejantes pensamientos, Adán? ¿Es posible que pienses mal de la que te es tan querida?"

Adán le replicó con estas palabras a propósito para tranquilizarla:

"Hija de Dios y del hombre, Eva inmortal, puesto que lo eres por no haberte contaminado aún ni la falta ni el pecado; no es desconfianza hacia ti lo que me obliga a disuadirte de que te apartes de mi lado, sino más bien el deseo de evitar las asechanzas de nuestro enemigo. El tentador, aunque no logre su objetivo, deja las huellas del deshonor en que ha tentado, en el mero hecho de haber supuesto que su fe no era incorruptible, que no resistiría la prueba de la tentación. Tú misma te mostrarías indignada, agraviada por la injuria que se te habría querido inferir por más que hubiera quedado sin efecto. No te enojes, pues, si pretendo desviar semejante afrenta de ti sola, afrenta que, por más audaz que fuese el enemigo, apenas osaría intentar contra los dos a la vez, o si a tanto se atreviera su principal ataque se dirigiría contra mí; no te burles tampoco de su malicia o de su pérfida astucia, pues debe ser muy hábil en sus artificios el que ha podido seducir a los ángeles. Ni tengas por superflua la ayuda de otro.

El influjo que en mi ejercen tus miradas me hace capaz de todas las virtudes; ante tu vista me siento más prudente, más vigilante, más fuerte; y si fuera necesario el empleo de la fuerza exterior, con sólo que me miraras, la vergüenza de verme vencido o engañado animaría mi valor y me comunicaría un vigor irresistible. ¿Por qué no has de sentir en tu interior la misma impresión cuando estoy a tu lado, y no has de preferir ser puesta a prueba estando conmigo, que soy el mejor testigo de tu acrisolada virtud?"

De esta suerte habló Adán, inspirado por su solicitud doméstica y por su amor conyugal; pero Eva, pensando que no daba entero crédito a la sinceridad de su fe, renovó su réplica con sentido acento:

"Si nuestra condición es la de habitar así en un reducido espacio - dijo- estrechados por un enemigo sutil o violento; si ha de abandonarnos la fuerza para resistirle en el momento que nos separemos, ¿cómo hemos de ser felices, puesto que viviríamos siempre agitados por el continuo temor del mal? Pero no, el mal no es el precursor del pecado, y aunque nuestro enemigo al tentarnos, nos infiera una afrenta por el vergonzoso desprecio que hace de nuestra integridad, su mismo desprecio no logrará imprimir el deshonor en nuestra frente sino que recaerá vergonzosamente sobre él.

¿Por qué, pues, hemos de temerle y esquivarle, cuando, por el contrario, alcanzaremos doble honor al dejar burlada su falsa presunción y ganaremos a la vez la paz interior y el favor del Cielo, nuestro testigo? ¿Y qué suponen la felicidad, el amor, la virtud, cuando no se les ha puesto a prueba asiladamente y sin el auxilio de un socorro extraño? No debemos acusar a nuestro sabio Creador de haber dejado tan imperfecto nuestro feliz estado, que no esté al abrigo de todo peligro, bien nos hallemos juntos o separados. Si así fuese, ¡cuán efímera sería nuestra dicha! Expuesta de esta suerte, el Edén dejaría ser Edén".

Adán replicó con ardor:

"¡Oh mujer! Todo se halla aquí en el estado más perfecto, según lo ha dispuesto la voluntad de Dios. Su mano creadora no ha dejado nada defectuoso o incompleto en todo cuanto ha creado, y mucho menos en el hombre o en la que puede asegurar su condición feliz; el hombre está al abrigo de la fuerza exterior; su peligro está en él mismo, pero también reside en él la facultad de rechazarlo. Jamás puede recibir mal alguno contra su voluntad; pero Dios ha dejado libre la voluntad, porque el que obedece a la razón es libre, y Dios ha hecho recta la razón, aunque ordenándole que permanezca siempre vigilante, siempre en pie, no sea que, sorprendida por alguna bella apariencia del bien, aconseje e informe mal a la voluntad para obligarla a hacer lo que Dios tiene expresamente prohibido.

"No es pues, desconfianza, sino un tierno amor lo que me impone el deber de velar por ti, así como a ti el de velar por mí. Aunque firmes, podríamos sucumbir; porque no es imposible que la razón se extravíe por algún especioso pretexto, y que engañada por el enemigo y dejando adormecer la rígida vigilancia que le fue prescrita, caiga al fin en un lazo imprevisto. No provoques, pues, la tentación, que es mejor evitarla, y la evitarás probablemente si no te separas de mí; la prueba llegará sin que la busquemos. ¿Quieres probar tu constancia? Prueba primero tu obediencia. Pero ¿quién conocerá la primera si no has sido tentada? ¿Quién la atestiguará? Sin embargo, si crees que un ataque imprevisto nos hallaría a los dos, aunque unidos, menos preparados a la defensa que si estuvieras sola y avisada, vete; porque no siendo libre aquí tu presencia, te alejaría más de mí: Ve, pues, con tu nativa inocencia, apóyate en toda tu virtud, reúnela por completo, y puesto que Dios ha cumplido su deber con respecto a ti, cumple tuyo con respecto a Él."

Así habló el patriarca del género humano; pero Eva persistió, y aunque sumisa, fue la última en replicar de esta manera:

"Con tu permiso, pues y animada por la sabia y prudente reflexión que me ha dirigido al decirme que cuanto menos intentada fuera la prueba nos encontraría quizá menos preparados, me alejo con mayor gusto. No debo presumir que tan orgulloso enemigo se dirija a la parte más débil; pero si así lo hiciese, sólo conseguiría mayor vergüenza al verse derrocado".

Diciendo así, retira dulcemente su mano de entre las de su esposo y como una ninfa ligera de los bosques, Oréada, o Dríada, o del séquito de la diosa de Delos, vuela a la floresta. Aventajaba a la misma Delia en su porte y en su gracioso aspecto, aunque no estuviera armada como ésta del arco y del carcaj, sino de esos instrumentos propios para el cultivo de las flores y tales como los había formado el arte sencillo aún y sin el auxilio del fuego, o como los habían llevado allí los ángeles. Adornada como Pales o Pomona, se parecía a ellas: a Pomona cuando huía de Vertunio, a Ceres en la flor de su juventud, cuando aún estaba virgen de Proserpina, a quien tuvo de Júpiter. Adán estaba encantado, sus ojos la siguieron por largo rato, dirigiéndole ardientes miradas, pero había preferido mucho más que permaneciera a su lado. Encargóle varias veces que regresara pronto y ella le prometió a su vez, volver al mediodía a su morada, para poner todas las cosas en el mejor orden y para invitar a Adán a la comida del mediodía o al reposo de la tarde.

¡Oh cuán equivocada, cuán engañada vas, infeliz Eva, con respecto a tu próxima vuelta! ¡Oh funesto acontecimiento!... A contar desde este instante no encontrarás ya en el Paraíso ni dulce alimento ni apacible reposo! Entre esas flores y esas enramadas se te ha tendido una infame asechanza; el odio infernal te espera, ese odio que amenaza interceptar tu camino, o hacer que vuelvas despojada de inocencia, de fidelidad, de dicha!...

Desde los primeros albores del día, el Enemigo oculto bajo la apariencia de una serpiente, había salido de su retiro buscando el sitio donde más probablemente pudiera encontrar a los dos únicos seres de la especie humana, y en ellos, a toda su raza, que era su prometida presa. Recorre los sotos y las praderas, en todos los parajes donde algún vergel o alguna parte del jardín, objeto de su cuidados o de sus plantaciones, se muestra más agradable por sus delicias; los busca a los dos, pero desea con preferencia encontrar a Eva separada de Adán; lo deseaba, aunque no con la esperanza de alcanzar lo que tan rara vez sucedía; cuando, según su deseo y contra su esperanza, descubre a Eva sola, velada por una nube de perfumes, medio oculta entre las numerosas y espesas rosas que enrojecían el espacio en torno suyo, e inclinándose frecuentemente para enderezar las flores de un débil tallo, cuya extremidad aunque revestida de los sembrados de oro, pendía sin apoyo; las sujetaba airosamente con un vástago de mirto, sin pensar que ella misma, la flor más bella, carecía de sostén, hallándose tan lejos su mejor apoyo y la tempestad tan próxima.

La serpiente se acercaba a través de las sendas a que daban sombras los elevados cedros, pinos y palmeras, ya ondulante y atrevida, ya oculta, ya dejándose ver por entre los arbustos enlazados y las flores que formaban orladura por ambos lados, obra de las manos de Eva; retiro más delicioso que los fabulosos jardines de Adonis resucitado; o del famoso Alcinoo, el huésped del hijo del viejo Alertes, y mucho más aún que aquel jardín no creado por la Fábula, en que el sabio Rey cambiaba tan dulces caricias con la bella egipcia su esposa.

Satanás queda admirado al ver aquel sitio, pero más admiración le causa la persona de Eva. Así como un hombre encerrado durante largo tiempo en una ciudad populosa, cuyas apiñadas casas y cuyas cloacas corrompen el aire, al salir en una mañana de estío a respirar el aire puro por las risueñas aldeas y las granjas circunvecinas, encuentra una nuevo placer en todas las cosas que se ofrecen a su vista, recreándole el olor de los trigos o de la hierba segada, el de las vacas o el de las lecherías, cada objeto rústico, cada ruido campestre, y sí por ventura llega a pasar una hermosa doncella de continente de ninfa, lo que antes agradaba a aquel hombre, le agrada ahora doblemente a causa de ella, por encontrar todas las delicias reunidas en sus ojos; así la serpiente sentía un placer semejante al ver aquel plantel florido, dulce retiro de Eva, tan madrugadora, tan solitaria. Su forma angélica y suave y más femenil, su graciosa inocencia, todo el atractivo de sus actitudes, de sus menores movimientos, intimidan la malicia de Satanás, y causándole un dulce arrobamiento, despojan a su violencia del fiero intento que allí le había conducido. El príncipe del mal se ve un momento alejado por su éxtasis fuera del mal; en este corto intervalo experimenta tan sólo una bondad estúpida, pues queda desarmado de enemistad, de picardía, de odio, envidia y venganza. Pero el abrasador infierno, que arde siempre en él aun estando en un semicielo, pone breve término a sus delicias y le tortura tanto más cuanto más cerca ve el placer que no le está destinado. Entonces recobra todo su odio y acariciando sus desastrosos pensamientos, se anima de esta suerte:

"Pensamientos, ¿adónde me habéis conducido? ¿Qué dulce emoción me cautiva obligándome a olvidar el proyecto que nos trajo aquí? El odio es lo que traigo y no el amor, ni la esperanza de alcanzar el Paraíso para el infierno, ni la de gustar aquí algún placer, sino la de destruirlos todos, excepto el que se siente destruyendo; todo lo demás está perdido para mí. No dejemos pues, escapar la ocasión que me sonríe ahora; he aquí la mujer, sola, expuesta a todos los ataques; que lo distinguen todo a gran distancia, no le descubren, así es mejor, pues evito su inteligencia más elevada y su fuerza; dotado de un valor altivo y de miembros heroicos, aunque construidos de tierra, no es un enemigo despreciable; él está exento de heridas, y yo no: ¡tanto es lo que me ha degradado el infierno, tanto es lo que el dolor me ha hecho decaer de mi primitiva alcurnia! Eva es bella, divinamente hermosa, hecha para el amor de los dioses; no tiene nada de terrible, aunque sean temibles el amor y la belleza, cuando ésta no tiene junto a sí un odio más fuerte; odio tanto más implacable cuanto mejor disfrazado está bajo la apariencia del amor; y ése es el camino que intento seguir para causar la ruina de Eva".

Así habló el enemigo del género humano, huésped maligno de la serpiente, en la que se había encerrado y continuó su marcha en dirección a Eva. No se arrastraba entonces sobre la tierra en odas desiguales como lo hace hoy, sino que se erguía sobre su parte posterior, base circular formada de repliegues superpuestos, que subían en forma de torre, acumulando contornos sobre contornos, cual laberinto creciente; coronaba su elevada cabeza una orgullosa cresta; sus ojos eran carbunclos; su cuello era de un verde oro bruñido, se mantenía erguida en medio de sus redondas espirales, que ondulaban flotantes sobre el césped. Su forma era agradable y vistosa; jamás se han visto después serpientes tan hermosas, ni la en que fueron convertidos en Iliria Hermione y Cadmo, ni la que fue el dios de Epidauro ni la en que se vieron transformados Júpiter Amón y Júpiter Capitolino, el primero con Olimpias, el segundo con la que dio a luz a Escipión, el esplendor de Roma.

Recorrió su camino oblicuamente, como el que quiere acercarse a una persona y teme molestarla; semejante al buque gobernado por un hábil piloto a la desembocadura de un río o cerca de un cabo, que vira de bordo y cambia sus velas tantas veces cuantas se muda el viento; del mismo modo cariaba Satanás sus movimientos, formando en presencia de Eva caprichosos anillos con la cola para atraerse sus miradas.

Eva, enteramente dedicada a su trabajo, oyó el ruido que producían las hojas agitadas, pero no le prestó atención alguna, porque estaba acostumbrada a ver solazarse en el campo y ante ella a todos los animales más sumisos a sus voz de lo que fue a la voz de Circe el rebaño metamorfoseado.

Más atrevida entonces, la serpiente se presenta ante Eva sin ser llamada, pero queda como inmóvil de admiración. De un modo cariñoso inclina frecuentemente su soberbia cresta y sus cuello esmaltado y brillante, lamiendo la tierra que Eva ha hollado con sus plantas. Su muda al par que gentil expresión hace por último que las miradas de aquélla se fijen en sus evoluciones. Gozoso Satanás por haberle llamado la atención, con la lengua orgánica de la serpiente o por medio de la impulsión del aire vocal empezó su astuta tentación de esta suerte:

"No te maravilles, soberana señora, si es que a ti, que eres la sola maravilla, puede algo causártela, ni revistas de desprecio tus miradas, cielo de dulzura, mostrándote irritada porque me atreva a acercarme a ti y a contemplarte insaciable, sin temor hacia tu imponente aspecto, mucho más imponente cuando te hallas sola. ¡Oh tú, la más bella semejanza de tu hermoso Creador! Todas las cosas que te pertenecen como un don, contemplan extasiadas y adoran tu celestial belleza. Cuanto más universalmente admirada es la belleza, mayor estimación alcanza, pero aquí en este recinto silvestre, entre estos animales, groseros espectadores, incapaces de distinguir la mitad de tu hermosura, ¿quién te ve a excepción de un hombre? ¿Y qué supone un solo admirador cuando se te debiera ver como una diosa entre los dioses, adorada y servida por una corte diaria de innumerables ángeles?

Tales eran las lisonjas del tentador, tal fue el tono de su preludio, sus palabras se abrieron paso hasta el corazón de Eva, aunque quedara sumamente sorprendida al oir la voz de la serpiente; así que, sin cesar su sorpresa le respondió de este modo:

"¿Qué oigo? ¿El lenguaje del hombre, el pensamiento humano, expresado por la lengua de un bruto! Yo estaba en la creencia de que no se había concedido la palabra a los animales y de que Dios los había hecho mudos el día de su creación, impidiéndoles la articulación de los sonidos. Bien, es verdad que en cuanto al pensamiento tenía mis dudas, porque a menudo, se perciben destellos de razón en las miradas y en las acciones de las bestias. A ti, serpiente te conocía como el más sutil de los animales de los campos, pero ignoraba que estuvieses dotada de la voz humana. Repite, pues, ese milagro, y dime cómo es qué, siendo antes muda, hablas ahora y en qué consiste que me demuestres más afección que el resto de la especie irracional que se ofrece diariamente a mi vida. Dímelo, porque semejante maravilla llama, como es natural, toda mi atención".

El astuto tentador replicó de esta suerte:

"¡Emperatriz de este hermoso mundo! ¡Eva resplandeciente! Me es sumamente fácil decirte cuanto me ordenas, justo es también que seas obedecida.

En un principio era yo como las demás bestias que pacen la hierba hollada con sus pies; mis pensamientos eran abyectos y tan bajos como mi pasto; únicamente podía discernir el alimento y el sexo, y no comprendía nada que fuera elevado; hasta que un día vagando a la ventura por el campo, descubrí a los lejos un hermoso árbol cargado de frutas matizadas de los más bellos colores de púrpura y oro. Me acerqué a él para contemplarle y noté que sus ramas despedían un olor excitante y agradable al apetito; este olor halagó mis sentidos mucho más que el que despide el dulce hinojo, más que la ubre de la oveja o de la cabra, que deja escapar por la noche la leche no mamada por el cordero o por el cabrito ocupados en sus juegos.

Resolví satisfacer en el mismo instante el vivo deseo que sentía de probar aquellas hermosas manzanas; el hambre y la sed, persuasivas consejeras, aguijoneadas por el olor de tan seductora fruta, me impulsaban vivamente a ello. Inmediatamente me levanto y enrosco mis anillos en el musgoso tronco de aquel árbol, porque para llegar a las ramas sería necesaria tu gallarda estatura o la de Adán; en torno del árbol estaban los demás animales, contemplándome y excitados por el mismo deseo, me envidiaban porque no podían alcanzar la fruta. Cuando conseguí tan próxima y tentadora la abundancia, no me descuidé en coger y comer hasta la saciedad, porque jamás había experimentado un placer semejante, ni en el pasto, ni en la fuente.

Satisfecha al fin, no tardé en observar en mi un cambio extraño con respecto al grado de razón de mis facultades interiores; en breve obtuve la facultad de hablar, aunque conservaba mi forma acostumbrada. Desde aquel momento, mis pensamientos se fijaron en reflexiones profundas o elevadas y consideré con grandeza de ánimo todas las cosas visibles en el cielo, en la tierra, o en el aire; todas las cosas buenas y bellas. Pero en tu divina imagen, en el rayo celestial de tu belleza encuentro reunido todo lo bello y lo bueno, pues no existe hermosura que pueda igualar o secundar a la tuya; y ello me ha obligado, aunque quizá pecando de importuna, a venir a contemplarte, a adorarte, ¡a ti, que por derecho eres reconocida como la soberana de las criaturas, como señora universal!"

Así habló el artificioso espíritu oculto en el reptil, y Eva, todavía más sorprendida, le replicó imprudentemente:

"Serpiente, tus desmedidas alabanzas me hacen dudar de la virtud de esa fruta que has sido la primera en experimentar. Pero dime: ¿dónde crece ese árbol? ¿está lejos de aquí? Dios ha llenado este Edén de árboles, cuyas especies son tan variadas y tan numerosas, que muchos de ellos no son todavía desconocidos; en tanta abundancia se ofrecen a nuestra vista, que dejamos intacto un gran tesoro de frutos, que permanecerán suspendidos e incorruptibles hasta que nazcan hombres para cogerlos y más numerosas manos nos ayuden a aliviar a la Naturaleza de su prodigiosa fecundidad."

La insidiosa culebra, gozosa y satisfecha contestó:

"Emperatriz el camino no es penoso ni largo. Está más allá de una alameda de mirtos, en un prado, cerca de una fuente, y después de haber atravesado un bosquecillo que exhala el perfume de la mirra, y del bálsamo. Si me aceptas por guía, te conduciré pronto hasta él".

- Guíame, pues -dijo Eva.

La serpiente enrolla con presteza sus anillas, la rapidez de su sinuosa carrera la hacía parecer erguida; tan dispuesta estaba para el crimen. La esperanza la eleva y el júbilo ilumina su cresta. Semejante a un fuego fatuo formado de un vapor untuoso que, condensándose por la noche y rodeado de frío, se inflama por efecto del movimiento, cuyo fuego suele ir acompañado, según dicen, de algún espíritu maligno, y que, revoloteando y reluciendo con fulgor engañoso, atrae al viajero nocturno, le alucina, le extravía a través de los pantanos y de los bosques le conduce hacia los lagos y los profundos abismos, en donde, alejado de todo socorro, se precipita y parece sepultado; así brillaba la pérfida serpiente mientras iba guiando a nuestra crédula madre hacia el árbol prohibido, origen de todas nuestras desgracias. En cuanto Eva lo vió, dijo a su guía:

"Serpiente, hubiéramos podido ahorrarnos esta marcha infructuosa para mí, por que sean abundantes los frutos de este árbol. El beneficio de su virtud será sólo para ti, verdad maravillosa, en verdad, si tales efectos produce. Pero nosotros ni podemos tocar a ese árbol ni probar su fruto; así lo ha dispuesto Dios y esta prohibición que nos ha dejado es la única que ha salido de su boca; en cuanto a lo demás, nosotros vivimos con arreglo a nuestra ley y esta ley consiste en nuestra razón".

El tentador, lleno de dolo, replicó:

- ¿Será cierto? ¿Conque Dios ha dicho que no habéis de comer del fruto de todos los árboles de este jardín, a pesar de haberos declarado señores de todo cuanto hay en la tierra y en el aire?

Eva contestó inocentemente:

- Podemos comer del fruto de cada árbol de este jardín, pero al mostrarnos el de ese hermoso árbol, Dios nos dijo: "No comeréis de él, no le habéis de tocar, o, de contrario, moriréis".

Apenas pronunció Eva estas breves palabras, cuando el tentador, redoblando su audacia y mostrándose lleno de celo y de amor hacia el hombre y des indignación por el ultraje que se le infería, empezó a representar un nuevo papel. Como si estuviera movido a compasión, se balancea turbado, aunque con gracia, y se asienta erguido sobre sus anillas, como si se dispusiera a trata algún asunto importante. Antiguamente, cuando en Atenas florecía la elocuencia, que enmudeció después, al presentarse un orador famoso, encargado de alguna gran causa, permanecía en pie, como recogido en sí mismo, mientras que cada parte de su cuerpo, cada uno de sus movimientos, cada uno de sus gestos, atraía la atención antes que su palabra, y a veces daba principio a su discurso con entereza, no permitiéndole su celo por la justicia la lentitud de un exordio; del mismo modo, el tentador, fijo, agitándose, irguiéndose altanero, prorrumpió, al fin, con acento apasionado:

"¡Oh planta sagrada sabia y dispensadora de sabiduría, madre de la ciencia! Yo siento ahora dentro de mí tu poder que me ilumina y no sólo me da a conocer las causas primitivas de las cosas, sino también me descubre las miras de los agentes supremos, tenidos por sabios. ¡Reina del universo!, no creas en esas rigorosas amenazas de muerte; no moriréis, no. ¿Cómo podríais morir? ¿Por causa de ese fruto? El os dará la vida de la ciencia. ¿Por el autor de la amenaza? Miradme a mí; a mí, que he tocado y gustado y, sin embargo, vivo y hasta he conseguido una vida más perfecta que la que me había destinado la suerte, atreviéndome a elevarme sobre mi condición. ¿Estará cerrado al hombre el camino abierto a todos los animales? ¿Se inflamará la cólera de Dios por tan leve ofensa? ¿No alabará más bien vuestro indomable valor que ante la amenaza de la muerte, consista ésta en lo que quiera, no ha vacilado en llevar a cabo lo que podía conducir a una vida más dichosa, al conocimiento del bien y del mal? ¡Del bien! ¿Qué cosa más justa? Del mal, ¡ah! si es que existe, ¿por qué no conocerlo, pues así se le podría evitar más fácilmente? Dios no puede herirnos y ser justo al mismo tiempo; si no es justo, no es Dios; y entonces no debe temérsele ni obedecérsele. Vuestro mismo temor aleja el temor de la muerte.

Mas, ¿para qué os había de imponer tal prohibición? ¿Para qué, sino para amedrentaros? ¿Para qué, sino para teneros sumidos en la abyección y en la ignorancia, a vosotros, sus adoradores? Él sabe que el día en que comáis del fruto, vuestros ojos que ahora parecen tan claros y que, no obstante, están turbados, quedarán perfectamente abiertos e iluminados, y seréis como dioses, conociendo a la vez como éstos el bien y el mal. Que vosotros seáis cual dioses, así como yo soy cuál un hombre interiormente, es una proporción muy justa; porque si yo, de bruto me he convertido en hombre, vosotros de hombres, debéis convertiros en dioses.

Así pues, quizá muráis al despojaros de vuestra humanidad para revestiros de la divinidad; pero será una muerte apetecible, por más que haya sido anunciada con amenazas, puesto que es es lo peor que puede suceder. Y ¿qué son los dioses para que el hombre no pueda llegar a ser lo que ellos haciendo uso de una manjar divino? Los dioses fueron los primeros que existieron, y se prevalen de esta ventaja para hacernos creer que todo procede ellos, pero lo dudo; porque al paso que veo esta hermosa tierra, que con el calor de los rayos del sol produce tantas cosas, ellos no producen nada. Si lo producen todo, ¿quién ha encerrado la ciencia del bien y del mal en ese árbol, de tal suerte que el que come de su fruto adquiere al momento la sabiduría sin su permiso? ¿Cuál sería la ofensa del hombre por alcanzar ese conocimiento? ¿En qué podría perjudicar a Dios vuestra ciencia, o qué es lo que este árbol podría comunicar contra su voluntad, si todo procede de Él? ¿Obrará, acaso movido por la envidia? ¿Puede habitar ésta en los corazones celestiales? Estas razones, estas y otras muchas, prueban la necesidad que tenéis de ese hermoso fruto. Divinidad humana, coge y gusta libremente."

Dijo; y sus palabras henchidas de malicia, encontraron una entrada demasiado fácil en el corazón de Eva. Con los ojos fijos contemplaba aquel fruto, cuyo solo aspecto era incitante; en sus oídos resonaba aún el eco de aquellas palabras persuasivas, que le parecían llenas de razón y de verdad. Además, era ya cerca de mediodía y se despertaba en Eva un ardiente apetito, que estimulaba, aún más el olor tan sabroso de aquel fruto, inclinada como estaba ya a cogerle y probarlo, fijaba en él con ansia sus ávidas miradas. Sin embargo se detiene un momento y hace interiormente estas reflexiones:

"Grandes son tus virtudes, sin duda, ¡oh, el mejor de los frutos! Por más que estés vedado al hombre, eres digno de admiración, tú, cuyo jugo, harto tiempo despreciado, ha concedido desde el primer ensayo la palabra al mudo y ha enseñado a una lengua incapaz de discurrir a proclamar tu mérito. El que nos ha vedado tu uso no nos ha ocultado tampoco este mismo mérito al llamarte el árbol de la ciencia, ciencia a un tiempo del bien y del mal; es cierto que nos ha prohibido probarte, pero su misma prohibición te hace más recomendable, porque ella se deduce el bien que comunicas y la necesidad que de él tenemos. El bien que no se conoce no se posee, o sí se posee, como continúe desconocido, es lo mismo que no si no existiera.

En resumen ¿qué es lo que nos prohíbe conocer? ¿nos prohíbe el bien, nos prohíbe ser sabios?...Semejantes prohibiciones no deben ligarnos... Pero si la muerte nos rodea con las últimas cadenas, ¿de qué nos servirá nuestra libertad interior? El día en que lleguemos a comer de ese hermoso fruto moriremos; tal es nuestra sentencia... ¿Ha muerto por ventura la serpiente? Ha comido, y vive y conoce y habla y raciocina y discierne, cuando hasta aquí era irracional. ¿No habrá sido inventada la muerte más que para nosotros solos? ...¿O será que ese alimento intelectual que se nos niega está reservado solamente a las bestias? Pero el único animal que ha sido el primero en probarlo, en lugar de mostrarse avaro de él, comunica con gozo el bien que le ha cabido, cual consejero no sospechoso, amigo de hombre e incapaz de toda decepción y de todo artificio. ¿Qué es, pues, lo que temo? ¿Acaso sé lo que debo hacer en la ignorancia en que me encuentro del bien y del mal, de Dios o de la muerte de la ley o del castigo? Aquí crece el remedio de todo; ese fruto divino, de aspecto agradable, que halaga el apetito y cuya virtud comunica la sabiduría. ¿Quién me impide, pues, que lo coja y alimente a la vez el cuerpo y el alma?

Esto diciendo, su mano temeraria se extiende en hora infausta hacia el fruto, ¡lo arranca y come! La tierra se sintió herida; la Naturaleza conmovida hasta en sus cimientos, gime a través de todas sus obras y anuncia por medio de señales de desgracia que todo estaba perdido.

La culpable serpiente se oculta en una maleza y bien pudo hacerlo, porque Eva, embebecida completamente en la fruta no miraba otra cosa. Le parecía que hasta entonces no había probado nada tan delicioso, ya porque su sabor fuera realmente así, o porque se lo imagina en su halagüeña esperanza de un ciencia sublime; su divinidad no se apartaba de su pensamiento. Ávidamente y sin reserva devoraba la fruta, ignorando que tragaba la muerte. Satisfecha, al fin, exaltada cual si lo fuera por el vino, alegre y juguetona, plenamente satisfecha de sí misma habló de esta suerte:

"¡Oh rey de todos los árboles del Paraíso, árbol virtuoso, precioso, cuya bendita operación es la sabiduría! Árbol ignorado hasta aquí, despreciado, y cuyo hermoso fruto permanecía pendiente, como si no hubiera sido creado con ningún objeto! De hoy más, mis cuidados matutinos serán para ti; vendré a verte cada aurora, no sin hacer resonar en mis cantos tus justas alabanzas; aliviaré tus ramas del fértil peso que ofreces liberalmente a todos, hasta que, nutrida por ti, llegue a la madurez de la ciencia, como los dioses, que saben todas las cosas, aunque envidien a los demás lo que no les es dado concederles; si ellos hubieran sido el origen de los dones que tú dispensas de seguro que no crecerías aquí.

¡Qué no te debo oh experiencia, guía inmejorable! De no haberte seguido, hubiera continuado sumida en la ignorancia, tú abres el camino de la sabiduría, y tú le das libre acceso a pesar del secreto en que se oculta.

Y yo ¿permaneceré también oculta? El cielo es alto, alto, y está muy remoto para ver desde distintamente cada cosa sobre la tierra; otros cuidados más importantes pueden haber distraído, quizá la continua vigilancia de nuestro Ordenador, tranquilo en medio de todos los espías que le rodean... pero ¿cómo me presentaré ante Adán? ¿le comunicaré mi cambio? ¿le haré o no partícipe de mi felicidad? ¿guardaré para mí todas las ventajas de la ciencia, sin compartirlas, a fin de la mujer adquiera lo que le falta para lograr mayor amor por parte de Adán, para igualarme más a él y, lo que sería de desear, superior quizá? Porque, siendo inferior, ¿quién es libre? Todo esto bien puede ser... Pero ¿y si Dios me ha visto? ¿Y si a esto siguiera la muerte? Entonces yo no existiría y Adán, casado con otra Eva, viviría feliz con ella después de mi muerte. ¡Sólo pensarlo es morir! No hay que dudarlo, estoy resuelta, Adán compartirá conmigo la felicidad o la desgracia. Le amo tan tiernamente, que con él puedo sufrir todas las muertes; vivir sin él no es vivir"-

Diciendo así, se apartó del árbol, pero antes de alejarse de él le hizo una reverencia profunda como si fuera dirigida al poder que lo habitaba y cuya presencia infundiera en la planta una savia de ciencia destilada del néctar, la bebida de os dioses.

Entre tanto, Adán, que esperaba impaciente su regreso había entretejido una guirnalda de las flores más delicadas para adornar su cabellera y premiar sus trabajos campestres, como suelen hacerlo muchas veces los segadores para coronar a la reina de la siega. Prometíase en su imaginación un vivo gozo, un dulce consuelo en su regreso, por tanto tiempo diferido. Sin embargo, a veces, desfallecía su corazón con desiguales latidos, presintiendo alguna cosa funesta; por fin, va en busca de Eva y se adelante por el camino que aquélla había seguido por la mañana en el momento en que se separaron.

Adán debía pasar cerca del árbol de la ciencia y encontró a Eva, que acababa de separarse de él, llevando en la mano una rama recientemente cogida de la hermosa fruta, cubierta de aterciopelado vello, que exhalaba el olor de la ambrosía. Al divisar a Adán corrió hacia él, la disculpa que se leía en su semblante fue el prólogo de su discurso y su demasiado pronta apología, le dirigió cariñosas palabra, siempre dispuestas en su voluntad.

"¿No te ha causado extrañeza mi demora, Adán? ¡Cuánto te he echado de menos, y cuán largo me ha parecido el tiempo privada de tu presencia! Agonía de amor, no sentida hasta el presente, y que no volveré a sentir, porque nunca más tendré la idea que hoy, temeraria e inexperta, he tenido de probar la pena de la ausencia, lejos de tu vista. Mas la causa de mi retraso es extraña y digna de ser oída.

Ese árbol no es, como se nos ha dicho, un árbol cuyo fruto peligroso abre una senda de males desconocidos al que lo gusta, sino que, por el contrario, su efecto es divino: abre los ojos y transforma en dioses a los que lo prueban, como se ha patentizado. La sagaz serpiente, no estaba sometida a la misma restricción que nosotros, o desobedeciéndola ha comido de ese fruto y no ha encontrado la muerte con que se nos ha amenazado, sino que desde aquel momento, dotada de voz humana, de sentidos humanos y de un admirable raciocinio, ha sabido persuadirme de tal modo, que he gustado y he visto también que sus efectos respondían a lo que era de esperar: mis ojos, antes turbados, están ahora más abiertos, mi espíritu más despejado; más amplio mi corazón, me elevo a la divinidad, que he buscado principalmente por ti, por que sin ti la desprecio, pues la felicidad en que tú tienes parte es para mí la verdadera felicidad; dicha de que no gozas conmigo me es enojosa e insufrible en breve. Prueba, pues, este fruto, a fin de que estemos unidos por igual suerte, como por un mismo amor; porque temo que, si te abstienes de gustarlo, nos separe nuestra condición desigual y me vea obligada a renunciar por ti a la divinidad demasiado tarde y cuando la suerte ya no lo permita".

De este modo refirió Eva su historia, con animación creciente, pero con rubor y un desorden que iban subiendo y enrojeciendo sus mejillas. Por su parte, Adán, en cuanto tuvo conocimiento de la fatal desobediencia de Eva, palideció sobrecogido y confuso, mientras un horror glacial circulaba por sus venas y descoyuntaba todos sus huesos. Cayó de su desfallecida mano la guirnalda que había entretejido para Eva, y se dispersaron sus rosas marchitas; permaneció lívido y sin voz, hasta que, por último rompió el silencio interior, dirigiéndose a sí mismo la palabra:

"¡Oh, ser el más bello de la Creación, la última y la mejor de todas las obras de Dios, criatura en quien descollaba, para encantar la vista y el pensamiento, todo cuanto ha sido formado santo, divino, bueno, amable y dulce! ¿Cómo te has perdido? ¿Cómo te has quedado tan pronto decaída, marchita, deshonrada, entregada a la muerte? ¿Cómo has cedido a la tentación de quebrantar el estricto mandato, de violar el sagrado fruto prohibido? Algún maldito ardid, fraguado por un enemigo desconocido para ti, te ha hecho caer y a mí me ha perdido también, porque mi resolución es la de morir contigo. ¿Cómo podría yo vivir sin ti? ¿Cómo renunciar a tu dulce compañía y a nuestro amor, tan tiernamente unido, para sobrevivir abandonado en estos bosques salvajes? Aunque Dios creara una nueva Eva y yo proporcionase otra costilla mi corazón lamentaría eternamente tu pérdida. ¡No, no! Los vínculos de la Naturaleza me atraen hacia ti, tú eres carne de mi carne, hueso de mis huesos, mi suerte no se separará de la tuya, ya sea feliz o miserable".

Después de hablar así, como quien sale de un profundo estupor, y calmando sus agitados pensamientos, se conforma con lo que parece irremediable; volviéndose hacia Eva le dijo estas palabras con sosegado acento:

"¡Qué acción tan audaz has cometido, temeraria Eva! Has provocado un gran peligro, no sólo atreviéndote a codiciar con la vista ese fruto sagrado, objeto de santa abstinencia, sino también lo que es mayor atrevimiento, probándolo, a pesar de la prohibición de tocarlo. Pero ¿quién puede revocar lo pasado y deshacer lo hecho? Nadie, ni el Destino, ni el mismo Dios omnipotente. Sin embargo, quizá no mueras; quizá no sea tan punible tu acción, habiendo sido gustado y profanado aquel fruto por la serpiente, que lo ha convertido en un fruto común, privado de santidad, antes de que nosotros hayamos llegado a tocarlo. La serpiente no ha notado ningún efecto mortal; la serpiente vive todavía; vive, según dices y se ha visto exaltada a la vida human, grado mucho mayor que el que tenía. ¡Poderosa inducción para nosotros de que, al gustar ese fruto, alcanzaremos igualmente una elevación proporcionada, que no se puede ser otra que la de llegar a ser dioses, ángeles o semidioses!

No puedo creer que, aunque nos amenace Dios, el sabio Creador quiera efectivamente destruirnos a nosotros, sus primeras criaturas, cuya dignidad ha encumbrado tanto, colocándonos por encima de todas sus obras; las cuales, creadas para nosotros, deben caer necesariamente envueltas en nuestra ruina, pues fueron puestas bajo nuestra dependencia. De otra suerte, Dios, de creador se convertiría en destructor, veríase frustrado su designio, haría y desharía y perdería su trabajo; todo lo cual no podría concebirse en Dios, pues si bien su omnipotencia puede hacer una nueva Creación, le repugnaría sin embargo, destruirnos, a fin de que el Adversario no triunfara y dijera: "Deleznable es, por cierto, el estado de los más favorecidos por Dios... ¿Quién será el que consiga su agrado durante mucho tiempo? Ha causado mi ruina primeramente; después, la de la especie humana. ¿A quién le tocará ahora? " Motivo de mofa que no debe darse a un enemigo. Sea lo que quiera, he ligado mi suerte a la tuya y estoy resuelto a arrostrar la misma sentencia. Si la muerte me une a ti, la muerte es para mí como la vida; tan indisoluble siento en mi corazón el lazo de la naturaleza, que me atrae poderosamente hacia mi propio bien, hacia mi propio bien en ti; porque lo que tú eres me pertenece; nuestro estado no puede separarse, los dos no formamos más que uno, una misma carne; perderte es perderme yo mismo".

Así habló Adán y Eva le replicó de esta suerte:

"¡Oh prueba gloriosa de un excesivo amor! ¡Ilustre testimonio, noble ejemplo, que me obliga a imitarlo! Pero tan apartada de tu perfección, ¡Oh Adán! ¿cómo podría conseguirlo yo, que me vanaglorio de haber salido de tu precioso costado y que te oigo hablar gozoso de nuestra unión, de un solo corazón, de una sola alma entre ambos? Este día nos ofrece una buena prueba de esa unión, pues que declaras que antes que la muerte u otra cosa más terrible separe, unidos como estamos por tan tierno amor, estás resuelto a cometer conmigo la falta, el crimen, si es que en esto lo hay, de probar este hermoso fruto, cuya virtud ha proporcionado tan dichosa prueba a tu amor, que sin esto quizá no se hubiera manifestado nunca ten eminentemente.

Si pudiera creer que la muerte anunciada debería seguir a mi temeraria tentativa, soportaría yo sola el peor destino y no procuraría disuadirte; antes preferiría morir abandonada que obligarte a una acción funesta para tu reposo, sobre todo después de haberme asegurado de un modo tan notable de la verdad de tu amor, tan fiel, tan sin par. Mas espero diferentes efectos de este suceso; no, no es la muerte lo que siento en mí, sino la vida aumentada, la vista mas penetrante, nuevas esperanzas, nuevos goces, un sabor tan divino, que todas las dulzuras que antes halagaban mis sentidos me parecen ahora, comparadas con él, ásperas e insípidas. En vista de lo que experimento, puedes gustar libremente, Adán y dar al viento el temor de la muerte".

Diciendo esto, le abraza y llora de ternura. Su victoria era grande, pues había conseguido que Adán ennobleciera su amor hasta el punto de arrostrar por ella el desagrado divino o la muerte. En recompensa le entrega con mano generosa el fruto incitante y bello que pendía de la rama. Adán no tuvo ningún escrúpulo en comer, a pesar de lo que sabía, no fue engañado, sino locamente vencido por el encanto de una mujer.

La tierra tembló hasta en sus entrañas, como si se renovasen sus tormentos y la Naturaleza lanzó un segundo gemido. El cielo se oscureció, dejó oír un trueno sordo y derramó algunas tristes lágrimas cuando se consumó el mortal pecado original.

Adán no reparó en ello, ocupado enteramente en saciarse de aquella fruta. Eva no tuvo inconveniente en reiterar su primera trasgresión a fin de animar a su esposo con su dulce compañía. Ambos nadaban entonces en el placer, como si estuvieran embriagados con un vino nuevo; imagínanse sentir en sí mismos los efectos de la divinidad, que les presta alas para elevarse lejos de la tierra que desdeñan. Pero aquel fruto pérfido ejerció diferente influjo, encendiendo en ellos pro primera vez el apetito carnal. Adán empezó a dirigir a Eva miradas lascivas; Eva se las devolvió impregnadas de voluptuosidad; la concupiscente lujuria los envolvió a ambos en su llama. Adán excitó a Eva de esta suerte a las amorosas caricias:

- "Ahora conozco Eva, la exquisita delicadeza de tu gusto, que no es la parte menos excelente de la sabiduría; pues a cada uno de nuestros pensamientos le aplicamos la palabra sabor y llamamos juicioso a nuestro paladar; te felicito por ella, porque nada iguala a los deliciosos manjares que me has dado a conocer hoy. ¡Cuántos y cuán grandes placeres hemos perdido durante nuestra abstinencia de este fruto delicado! Hasta ahora no habíamos conocido el verdadero gusto. Si tal es el placer que proporcionan las cosas prohibidas, sería de desear que en vez de un árbol, se nos hubiesen prohibido diez. Pero ven, y ya que estamos tan bien alimentados solacémonos como conviene después de tan delicioso refrigerio; porque nunca, desde el día en que te vi por primera vez y en que me desposé contigo, colmada todas las perfecciones, nunca excitó tu belleza en mis sentidos tanto deseo de gozarla; ahora estás más encantadora que nunca. ¡Oh bondad de ese árbol lleno de virtud!"

Mientras pronunciaba estas palabras, no escaseó sus miradas, ni sus caricias, que revelaban su intención amorosa. Eva, cuyos ojos despedían llamas contagiosas, le comprendió. Adán tomó su mano y condujo a su esposa que no opuso ninguna resistencia, hacia un muelle césped, cubierto y sombreado por una bóveda de espejo follaje. Su lecho era de flores, pensamientos, violetas, jacintos y asfódelos; el más fresco y suave tapiz de la tierra. Allí se hartaron de amor y de amorosos deportes, timbre de su mutuo crimen, consuelo de su pecado, hasta que el rocío del sueño se posó sobre ellos, cansados ya de sus voluptuosos placeres.

Tan luego como se hubo disipado la virtud de aquel fruto falaz, cuyo embriagador y dulce perfume, apoderándose de sus espíritus había hecho divagar sus facultades internas, y en cuanto los abandonó el sopor más grosero, producido por malignos vapores y atestados de ensueños rememorativos, se levantaron como si despertaran de una profunda pesadilla, y se miraron mutuamente. ¡Pronto conocieron cuán abiertos estaban sus ojos y cuán oscurecidas sus almas! La inocencia que les había ocultado como un velo el conocimiento del mal, había desaparecido. La justa confianza, la rectitud natural y el honor no existían ya en torno suyo, y los habían entregado desnudos a la vergüenza, culpable hija del crimen; ésta los cubrió con su manto, pero en vez de conseguirlo, los descubría más aún. Así como el fuerte Danita, el hercúleo Sansón se levantó del regazo prostituído de Dalila, la filistea y despertó privado de su fuerza, Adán y Eva se despertaron desnudos y despojados de sus virtudes. Silenciosos y confusos, estuvieron contemplándose por largo tiempo, sentados frente a frente, hasta que Adán, menos avergonzado que su compañera dio libre curso a estas entrecortadas palabras:

"¡Oh Eva! En hora desgraciada diste oídos a ese engañoso reptil, de quien quiera que haya aprendido a fingir la voz humana, ha dicho la verdad al anunciarnos nuestro cambio, pero ha mentido al prometernos nuestra elevación; pues, en efecto se han abierto nuestros ojos y conocemos a la vez el bien y el mal. ¡El bien perdido y el mal ganado! ¡Triste fruto el de la ciencia, si la ciencia consiste en conocer lo que nos revela nuestra desnudez, demostrándonos que estamos privados de honor, de inocencia, de fe, de pureza, nuestros usuales adornos, ahora manchados y corrompidos, y lo que imprime a nuestros rostros las señales evidentes de una infame voluptuosidad, origen de todos los males y de la vergüenza, el último de ellos! Ten por segura la pérdida del bien... ¿Cómo podré contemplar en adelante la faz de Dios o de su ángel, que hasta había visto tantas veces con júbilo y arrobamiento? Esas formas celestiales deslumbrarán ahora mi sustancia terrestre con sus rayos de un brillo insoportable. ¡Ah, ojalá pudiera ocultar mi vida salvaje aquí, en la soledad, en el fondo de algún oscuro retiro, donde la inmensa altura de los árboles, impenetrables a los rayos del sol y de los astros, desplegaran su vasta sombra, oscura como la noche! ¡Cubridme, pinos! ¡Cedros, cubridme con vuestras innumerables ramas. Ocultadme donde no pueda ver jamás a Dios ni a su ángel! Pero en el estado deplorable en que nos hallamos debemos deliberar sobre el mejor medio de ocultarnos ahora el uno al otro lo que parece más sujeto a la vergüenza y más indecente a la vista. Las hojas anchas y flexibles de algún árbol, unidas entre sí y ceñidas alrededor de nuestros lomos, pueden cubrir en redondo las partes medias, a fin de que la vergüenza nuestra nueva compañera, no se fije y nos acuse de impureza".

Tal fue el consejo de Adán y ambos se internaron en la espesura de los bosques, donde fijaron su elección en la higuera; no en el árbol, que es hoy conocido entre nosotros por la excelencia de su fruto, sino el que conocen los indios del Malabar y del reino de Decán, que extiende sus brazos y cuyas hojas se desarrollan tan anchas y largas que sus tallos encorvados echan raíces, cual hijos que crecen en derredor del árbol madre; monumento de sombra de elevada bóveda, de paseos llenos de ecos, donde acude con frecuencia el pastor indio, huyendo del calor, para buscar el fresco y vigilar mientras pace su ganado por entre las hendiduras abiertas en lo más espeso del ramaje.

Adán y Eva cogieron aquellas hojas anchas como un escudo de amazona y ayudados por su maña particular las cosieron para ceñírselas a los lomos. ¡Vano tejido para cubrir su crimen y su vergüenza! ¡Oh! ¡Cuánto diferían de su primera y gloriosa desnudez! Como los americanos que halló Colón en estos últimos tiempos, ceñidos de un cinturón de plumas y desnudo el resto del cuerpo, vagando errantes por los bosques, por las islas y las umbrías márgenes de los ríos; del mismo modo iban cubiertos nuestros primeros padres y velada en parte su vergüenza, según creían; pero no pudiendo hallar su espíritu descanso ni sosiego se sentaron en el suelo rompiendo en llanto.

No sólo desbordaron de sus ojos torrentes de lágrimas, sino también empezaron a elevarse en su interior grandes tempestades. La cólera, el odio, la desconfianza, la sospecha, la discordia, todas las pasiones más tumultuosas conmovieron con violento choque el estado interior de su espíritu, región tranquila poco antes y llena de paz, hoy turbulenta y agitada; porque el entendimiento no gobernaba ya, y la voluntad se mostraba rebelde a sus órdenes; veíanse ambos sometidos al apetito sexual, que, a pesar de ser tan abyecto, usurpaba la soberanía de la razón, y se elevaba sobre ella como un tirano.

Con el corazón turbado, con feroz mirada y entrecortadas frases, Adán continuó de esta suerte su interrumpido discurso:

"¿Por qué no escuchaste mis palabras ni permaneciste a mi lado, como te lo suplicaba, cuando al despertar este infortunado día te viste poseída de ese extraño deseo, cuya procedencia desconozco, de vagar sola y errante? Continuaríamos aún siendo dichosos, y nos veríamos, como ahora, despojados de todo bien, avergonzados, desnudos, miserables. ¡Oh ¡Nadie busque en adelante una inútil razón para justificar la fidelidad debida, cuando se busca con ardor semejante prueba, debe deducirse que aquélla empezaba a flaquear."

Eva, ofendida por tan amargo reproche, contestó inmediatamente:

"¿Qué severas palabras han pronunciado tus labios, Adán? ¡Achacas nuestra desgracia a mi debilidad, a lo que llamas mis deseos de vagar! ¿Quién sabe lo que hubiera podido suceder en tu presencia y aun a ti mismo quizá? Aunque el ataque se hubiera efectuado ante ti, aquí o allá, no habrías podido descubrir el artificio de la serpiente, hablando como hablaba. No siendo conocida ninguna causa de enemistad entre ella y nosotros, ¿cómo pensar que me aborreciese y que procurase mi daño? ¿Acaso no había de separarme nunca de tu lado? Tanto hubiera valido crecer en él siempre, como una costilla inanimada. Siendo yo lo que soy, y tú el jefe, ¿por qué no me impusiste la orden terminante de no alejarme, puesto que iba, según dices, a arrostrar semejante peligro? Lejos de oponerme una prudente resistencia, te mostraste muy condescendiente conmigo, me diste tu permiso, aprobaste mi determinación y me despediste contento. Si hubieses tenido más firmeza y persistieras en tu negativa, ni yo hubiera faltado a mi deber, ni tú faltaras conmigo".

Adán irritado por primera vez, le replicó:

"¿Es ése tu amor? ¿Es ésa la recompensa del mío, Eva ingrata; de mi amor, que te he declarado inmutable cuando ya estabas perdida, y cuando aún no lo estaba yo, que hubiera podido vivir y gozar de una felicidad eterna y he preferido, sin embargo, la muerte con tal de morir contigo? ¡Y me echas en cara haber sido la causa de tu desobediencia! Te parece que no te detuve con bastante severidad... ¿Qué más podía hacer? Te amonesté, te exhorté, te predije el peligro, te avisé que un enemigo emboscado te estaba acechando. Después de todo esto, sólo me faltaba emplear la fuerza, y la fuerza no cabe donde hay una voluntad libre. Pero la confianza en ti misma te ha arrastrado por estar cierta de que no tropezarías con el peligro, o que encontrarías en él materia para una gloriosa prueba. Puede ser también que yo me haya equivocado al prestar una admiración tan excesiva a lo que creía en ti tan perfecto, figurándome que el mal no intentaría nada contra ti; pero ahora maldigo este error, que es mi crimen, y por el cual me acusas. Otro tanto le sucederá al que, fiando demasiado en el mérito de la mujer, deje que sea la voluntad de ésta la que gobierne: al verse contrariada, la mujer no sufrirá ninguna violencia, pero si se la abandona a sí misma, y acaece algún daño, entonces lo achacará a la débil indulgencia del hombre."

Adán y Eva consumían de este modo infructuosamente las horas en sus mutuas querellas, pero no reconociéndose culpables ni uno ni otro, parecían dispuestos a no poner término a su vana disputa.

LIBRO X

Entre tanto, la acción odiosa y pérfida que Satanás había cometido en el Edén era ya conocida en el cielo; se sabía cómo había seducido a Eva, oculto en la serpiente, obligándola a gustar el fruto fatal. ¿Qué es lo que puede ocultarse a la mirada de Dios, que lo ve todo, o engañarle siendo omnisciente? Sabio y justo en todas las cosas, el Eterno no impidió que Satanás tentara el ánimo del hombre dotado de toda su fuerza y de una voluntad libre, perfectas ambas para descubrir y rechazar los ataques de un enemigo o de un amigo falso. Adán y Eva conocían y debían recordar siempre la importante prohibición de no tocar al fruto, cualquiera que fuese el que los tentara. No obedeciendo, arrostraban la pena: ¿qué otra cosa podían esperar? Cómplices ambos en el pecado, merecían su caída.

Los guardas angélicos del Paraíso se apresuraron a subir al cielo tristes y abatidos, pensando en el hombre, porque tenían ya por él mismo conocimiento de su suerte, y asombrados de que el sutil enemigo hubiera burlado su vigilancia entrando en el Edén sin ser visto.

Apenas llegaron tan fatales nuevas de la tierra al cielo, todos los que las oyeron quedaron consternados. Una sombría tristeza se retrató en aquel instante en todos los semblantes divinos; tristeza que, mezclada de compasión, no llegó a velar su beatitud. El pueblo etéreo acudió presuroso en torno de los recién llegados, para oír y saber cómo había sido aquel acontecimiento; pero éstos se acercaban con presteza al trono supremo, como responsables que eran, para exponer en una justa defensa su extrema vigilancia, fácilmente aprobada; cuando el Altísimo, el Eterno Padre, desde el fondo de su misteriosa nube, hizo oír de esta suerte el trueno de su voz:

- "Ángeles aquí reunidos, potestades que volvéis de una comisión infructuosa, no os mostréis desanimados ni conturbados por esas noticias de la tierra, que no podía prevenir vuestro más exquisito cuidado. Había predicho ya lo que sucedería, cuando el tentador, saliendo por vez primera del infierno, atravesó el abismo. Os anuncié que prevalecería, poniendo por obra sin dilación su mal consejo; que el hombre sería seducido, perdido por la lisonja, y que daría crédito a la mentira contra su Creador. Mis decretos no han concurrido en la necesidad de su caída, ni tocado con el más leve movimiento de impulsión su voluntad libre, abandonada a su propia inclinación en un justo equilibrio. Pero el hombre ha caído, y ahora ¿qué resta, sino pronunciar la sentencia mortal contra su desobediencia, la muerte anunciada para este día? El hombre la presume ya vana y nula, porque aún no se le ha infligido, según temía, por algún golpe repentino; pero bien pronto, antes que termine el día conocerá que una prórroga no es una absolución: no se verá desdeñada la justicia como lo ha sido la bondad.

- Pero ¿a quién enviaré para juzgar a los culpables? ¿A quién, sino a Ti, vicerregente, mi Hijo? A Ti, a quien he transferido todo juicio en el cielo, en la tierra y en el infierno. Se verá fácilmente que me propongo unir la misericordia a la justicia enviándote a Ti, el amigo del hombre, su mediador, designado para servirle a la vez de rescate y de redentor voluntario, destinado a ser hombre para que pueda juzgar al hombre caído"

Así habló el Padre, que entreabrió brillante la diestra de su gloria, e irradió sobre su Hijo su divinidad descubierta. El Hijo, rodeado de esplendor, y manifestándose como un reflejo vivo de su Padre, le respondió con una dulzura celestial:

- ¡Eterno Padre! A Ti te corresponde mandar; a Mi cumplir en el cielo y en la tierra tu voluntad suprema, a fin de que siempre puedas cifrar tu complacencia en Mí, tu Hijo amado. Voy a juzgar en la tierra a esos rebeldes a tu ley; pero ya lo sabes, cualquiera que sea al fallo, sobre Mi debe recaer el mayor castigo cuando llegue el tiempo. A eso me he comprometido en tu presencia: no me arrepiento de ellos; y eso es lo que me da el derecho de dulcificar su sentencia, que cae de rechazo sobre Mí; mitigaré el rigor de la justicia por la misericordia, de modo que entrambas sean más glorificadas, quedando plenamente satisfecha y aplacada tu cólera. Para esta misión no tengo necesidad de ir acompañado: no quiero séquito alguno, pues nadie debe asistir al juicio, excepto los dos que serán juzgados: el tercer culpable está ausente y condenado por lo mismo, su fuga le declara convicto y rebelde a todas las leyes: la convicción de la Serpiente no importa a nadie".

Dijo y se levantó de su solio, radiante de una alta gloria colateral: los tronos, las potestades, los principados, las dominaciones, ministros suyos, le acompañaron hasta la puerta del cielo, desde donde se ve el Edén y toda su comarca en perspectiva: parte e inmediatamente se encuentra en él: el tiempo no alcanza a medir la rapidez de los dioses, por más que tenga veloces minutos por alas.

El sol, inclinado al Occidente, se alejaba ya del Mediodía, las apacibles brisas se despertaban a la hora señalada para dirigir su soplo a la tierra, e introducían en ella la tranquila frescura de la tarde. En tal momento llegó el Intercesor y dulce Juez, con una cólera más tranquila, para pronunciar la sentencia del hombre. La voz de Dios, que discurría por el jardín fue llevada por las suaves brisas a oídos de Adán y Eva, a la caída de la tarde; la oyeron y se ocultaron entre los árboles más frondosos. Pero Dios, avanzando, llamó a Adán en alta voz:

- Adán, ¿dónde estás, tú, que siempre salías gozoso a mi encuentro, apenas me divisabas desde lejos? No me place tu ausencia. ¿Por qué te entretienes en la soledad, cuando antes te presentabas solícito a mi vista sin necesidad de ser buscado? ¿Vengo ahora, por ventura, con menos esplendor? ¿Qué cambio causa tu ausencia? ¿Qué es lo que te detiene?

Se presentó Adán, y Eva con él, pero titubeando al hacerlo, por más que hubiera sido la primera en ofenderle. Los dos se aproximaron abatidos, inmutados, en sus miradas no brillaba ya ni el amor hacia Dios, ni su mutuo amor; sólo se veía en ellas el crimen, la vergüenza, la turbación, la desesperación, la cólera, la obstinación, el odio y la falacia. Adán largo tiempo balbuciente, respondió con estas lacónicas palabras:

"Te he oído en el jardín y he tenido miedo a tu voz, porque estaba desnudo: ésa es la razón que he tenido para ocultarme.

Su misericordioso Juez le replicó sin reconvenirle:

"Muchas veces has oído mi voz, y no te ha causado miedo, sino que, por el contrario, te ha regocijado siempre. ¿Cómo es qué hoy se ha convertido en tan terrible para ti? ¿Quién te ha dicho que estás denudo? ¿Has comido el fruto del árbol que yo te había prohibido tocar?

Adán abrumado de tormentos, contestó:

"¡Oh cielo! ¡En cuán estrecha senda me encuentro hoy ante mi Juez, ya sea que tome sobre mí todo el crimen, o bien acuse de él a mi otro yo, a la compañera de mi vida! Yo debería ocultar su falta, en tanto que me queda su fidelidad, y no exponerla a la censura por mi queja, pero una rigurosa necesidad, un lamentable deber me obligan a hablar, no sea que refluyan a la vez sobre mi cabeza el pecado y su castigo, ambos insoportables. Aun cuando guardara silencio, descubrirías lo que yo te ocultara.

Esta mujer que creaste para que me ayudara, y que me habías ofrecido como el más perfecto de tus dones; esta mujer tan buena, tan llena de gracia, tan encantadora, tan divina, a quien no podía suponer capaz de mal alguno y que, por la nobleza de sus acciones parecía justificar todo cuanto hacía, esta mujer me ha presentado el fruto del árbol y yo lo he comido".

La soberana Presencia replicó de este modo:

¿Era ella por ventura, tu Dios para prestarle más obediencia que a la voz de tu Creador? ¿Había sido hecha acaso para ser tu guía, tu superior ni aun tu igual, para que ante ella depusieses tu virilidad y la categoría superior a la suya de que Dios te había dotado; ante ella, que fue formada de ti y para ti, cuando tus perfecciones excedían en tan alto grado a las suyas en verdadera dignidad?. Es cierto que estaba rodeada de gracias y encantos para atraerse tu amor; pero no tu dependencia. Sus cualidades eran tales, que si bien parecían buenas para ser gobernadas, no lo eran para dominar: la autoridad te pertenecía como un atributo de tu persona, si hubieras sabido comprenderlo bien.

Habiendo Dios hablado así, dirigió a Eva estas pocas palabras:

- Di mujer. ¿Por qué has hecho eso?

La triste Eva casi anonadada por la vergüenza y pronta a confesar su falta, sin ser locuaz ni atrevida en presencia de su Juez, respondió confusa:

- La serpiente me engañó y comí.

Lo cual, oído por el Señor Dios, procedió sin más tardanza a pronunciar la sentencia de la serpiente acusada, a pesar de la irracionalidad de ésta, y ser, por tanto incapaz de hacer recaer el crimen que se la imputaba sobre el que la convirtió en instrumento del mal y la degradó obligándola a ejercer un empleo tan opuesto al fin de su creación: fue, pues, justamente maldecida como viciada en su naturaleza. Al hombre no le importaba saber más; pues aunque algo más supiera, esto no habría disminuido su falta. Sin embargo, Dios aplicó la sentencia a Satanás, el primero en el pecado, pero con frases misteriosas que juzgó entonces las más a propósito y dejó caer así su maldición sobre la serpiente:

- Por cuanto has hecho esto, maldita eres entre todos los animales y bestias del campo. Sobre tu vientre andarás arrastrándote, y polvo comerás todos los días de tu vida. Enemistad pondré entre ti y la mujer, y entre tu linaje y su linaje: ella quebrantará tu cabeza y tú pondrás asechanzas a su calcañar.

Así fue pronunciado el oráculo, que se verificó cuando Jesús, Hijo de María, segunda Eva, vio caer como un rayo desde el cielo a Satanás, príncipe del aire. Entonces, aquél, saliendo de la tumba, cargado con los despojos de los principados y potencias infernales, manifestó ostensiblemente su triunfo, y en una ascensión gloriosa, llevó cautiva a la cautividad a través de los aires, a través del mismo imperio, largo tiempo usurpado por Satanás. El que predijo en aquel día tan fatal quebranto, será el que huelle finalmente a Satanás bajo nuestros pies.

Después dirigiéndose a la mujer, pronunció así su sentencia:

- Multiplicaré tus dolores durante tu preñez, con dolor parirás los hijos y estarás bajo la potestad de tu marido y él tendrá dominio sobre ti.

La sentencia de Adán fue la última que pronunció:

- Por cuanto oíste la voz de tu mujer y comiste del árbol, del cual te ordené diciéndote: "No comerás de él", maldita será tierra a causa de lo que has hecho: con afanes comerás de ella todos los días de tu vida. Espinas y abrojos te producirá, y comerás la hierba del campo. Con el sudor de tu rostro comerás el pan, hasta que vuelvas a la tierra, de la fuiste tomado, porque polvo eres, y en polvo te convertirás.

Así juzgó al hombre aquel que fue enviado a la vez como Juez y como Salvador, desviando de su cabeza el golpe repentino de la muerte anunciado para aquel día, Compadeciéndose luego de los que estaban desnudos ante él, expuestos a la influencia del aire, que iba a sufrir grandes alteraciones, no se desdeñó de empezar a tomar la forma de un servidor, como cuando más adelante lavó los pies a sus servidores, sino que, cual un buen padre de familia, cubrió su desnudez con piles de bestias muertas, o que habían mudado su piel como la Serpiente. No tuvo que pensar mucho para vestir a sus enemigos; y no sólo cubrió su desnudez con pieles de animales, sino también su desnudez interior, mucho más ignominiosa, envolviéndola con su manto de justicia y desviándola de las miradas de su Padre. Después se elevó rápidamente hacia él, en cuyo venturoso seno fue acogido, entrando en la gloria como otras veces, y refirió a su Padre, apaciguado, por más que nada le esté oculto, lo que había pasado con el hombre acompañando su relato de una piadosa intercesión.

Entre tanto, antes de haberse cometido y juzgado pecado alguno sobre la tierra, la Culpa y la Muerte estaban sentadas una frente a otra en el umbral de la puerta del infierno, que había quedado abierta vomitando a los lejos en el Caos una llama impetuosa, desde que el Enemigo pasó por ella cuando la abrió la Culpa. Esta rompió el silencio hablando así a la Muerte:

"Hija mía, ¿por qué permanecemos aquí ociosas, mirándonos mutuamente, mientras Satanás, nuestro gran autor, prospera en otros mundos, y procura proporcionarnos, a nosotras, su progenie querida, una mansión más dichosa? No hay duda que habrá obtenido un feliz éxito, pues de lo contrario, ya hubiera regresado antes de ahora, acosado por la furia de sus perseguidores, porque ningún otro lugar puede ser tan adecuado como éste para su castigo o para la venganza de ellos.

En este momento creo que se eleva en mí un poder nuevo, que me nacen alas y que se me concede un vasto dominio más allá del abismo. No sé si es simpatía o más bien una poderosa fuerza connatural, lo que me incita a unir, a través de una inmensa distancia, y en una secreta amista, las cosas de la misma especie por las vías más secretas. Tú, mi sombra inseparable, debes acompañarme, porque ningún poder puede separar a la Muerte del Pecado. Pero como temo que nuestro padre se halle detenido, cómodo y llano hasta el infierno. Si las cosas pequeñas pueden ser comparadas con las grandes, algo parecido hizo Jerjes; el cual, abandonando su gran palacio memnoniano, acudió al mar desde Susa, para encadenar la libertad de Grecia, y por medio de un puente se hizo un paso a través del Helesponto, unió Europa a Asia y azotó con varas las ondas indignadas.

La Muerte y la Culpa, con maravilloso arte, lograron construir su obra, que consistía en una cadena de rocas suspendidas sobre el tumultuoso abismo, en la misma dirección que había llevado Satanás, hasta el sitio en que éste plegó sus alas y descendió, al salir del Caos, sobre la árida superficie de este mundo esférico. Allí la sujetaron, reforzándola con clavos y cadenas de diamante: ¡cuán sólida y cuán duradera la hicieron! Desde allí contemplaron, separados por un espacio de poca extensión, los confines de este mundo y los del cielo empíreo; a la izquierda estaba el infierno, pero con vastísimo abismo interpuesto; tres diferentes caminos conducían a aquellas tres regiones. Los monstruos se dirigen por el de la tierra y encaminan sus primeros pasos hacia el Edén; cuando he aquí se les presenta Satanás bajo la figura de un ángel de luz, elevándose hacia el cenit entre el Centauro y Escorpión, mientras el sol iba saliendo por Aries. Avanzaba disfrazado, pero a pesar de sus disfraz, en breve le reconocieron sus queridos hijos.

Satanás, después de haber seducido a Eva, se había internado cautelosamente en el bosque contiguo, y cambiando de forma para observar las consecuencias del suceso, vio que Eva repetía su acción criminal con su marido, aunque sin mala intención, y vio que ambos buscaban un velo inútil para ocultar su vergüenza; pero cuando observó que el Hijo de Dios, descendía para juzgarlos, huyo atemorizado, no porque esperara sustraerse al castigo, sino con intención de retardarlo, y temeroso en culpabilidad de lo que pudiera infligirle de súbito la cólera del Hijo. Pasado el peligro, volvió por la noche y acercándose al lugar donde estaban sentados los dos infortunados esposos, escuchó sus tristes palabras y sus diferentes quejas, por las cuales tuvo noticia de su propia sentencia; comprendió que la ejecución de ésta no era inmediata, sino aplazada para tiempos venideros y lleno de gozo con aquellas noticias, regresó entonces al infierno. Encontró inesperadamente en los bordes del Caos, junto al pie de aquel nuevo y maravilloso puente, a sus queridos vástagos, que iban en su busca. Al reunirse con ellos sintió una gran alegría, que vino a aumentar la vista del prodigioso puente; permaneció largo rato contemplándolo con admiración, hasta que la Culpa, su encantador hija, rompió así el silencio:

"¡Oh padre mío! He aquí tus magníficas obras, tuyos son los trofeos que estás contemplando como si no lo fueran, tú eres su autor y su primer arquitecto, porque apenas hube adivinado en mi corazón, apenas hube adivinado el feliz éxito de tu empresa, como me lo manifiestan ahora tus miradas, cuando a pesar de los mundos que nos separaban, me sentí atraída hacia y conmigo está tu hija; tan fatal es el Destino que nos une. No era posible que el infierno nos detuviera por más tiempo y en sus límites, ni ese abismo intransitable y tenebroso podía impedirnos ya que siguiéramos tus ilustres huellas. Tú has dado cima a nuestra libertad; relegadas hasta ahora detrás de las puertas del infierno, nos ha comunicado la fuerza necesaria para llevar a cabo esta inmensa fábrica, para echar este enorme puente sobre el sombrío abismo.

De hoy más te pertenece todo este mundo; lo que no ha edificado tu mano, lo ha conseguido tu virtud, tu saber ha recobrado con ventaja lo

que habías perdido en la guerra, y ha vengado plenamente nuestra derrota en el cielo. Aquí reinarás como monarca; allí no reinabas, que domine, pues allí tu vencedor, como lo ha decidido el combate, pero que se retire lejos de este mundo nuevo que acaba de enajenarse por su propia sentencia. Que compartía en adelante contigo la monarquía de todas las cosas divididas por las fronteras del Empíreo, quédese El con la ciudad de forma cuadrada, y tú con el mundo orbicular o que intente provocarte de nuevo, ahora que eres más peligros para su trono".

El príncipe de las tinieblas le respondió con alegría:

Hija encantadora, y tu mi hija y nieta a la vez habéis dado hoy una gran prueba de que pertenecéis a la raza de Satanás, habéis merecido, bien de mí y de todo el imperio infernal, cuando tan cerca de la puerta del cielo habéis respondido a mi triunfo con un acto triunfal, a mi gloriosa obra con esa obra gloriosa, y habéis hecho del infierno y de ese mundo un solo reino, el nuestro, un solo continente de fácil comunicación.

Así, pues, mientras yo desciendo cómodamente por vuestro camino a través de las tinieblas en busca de los compañeros de mi poder, para noticiarles y celebrar con ellos estos acontecimientos, seguid vosotras ese otro en dirección al Paraíso, por entre esos orbes numerosos que ya son vuestros y habitad allí, reinando en medio de la felicidad. Desde allí ejerced vuestro dominio sobre la tierra y sobre el aire, y principalmente sobre el hombre, declarado señor de todo, convertidle primero en vuestro esclavo y matadle después. Os envío en mi reemplazo y os nombro en la tierra plenipotenciarios de un poder sin igual emanado de mí. Ahora, de la unión de nuestras fuerzas depende mi soberanía en ese nuevo reino entregado a la Muerte por el pecado merced a mis esfuerzos. Mientras prevalezca vuestro poder reunido, los intereses del infierno no deben temer ningún detrimento. Id, pues, y sed fuertes".

Dicho esto, las despidió. Emprenden su marcha velozmente a través de las constelaciones más espesas, diseminando por ellas su ponzoña; las estrellas infectadas, palidecieron y los planetas heridos por una maligna influencia emanada de ellos mismos, sufrieron un verdadero eclipse. Siguiendo Satanás el camino opuesto, descendió por la calzada hasta la puerta del infierno. El Caos lanzó un gemido por los dos lados en que le había dividido aquel puente, y azotó con sus imponente olas los costados de aquel dique que se burlaba de su indignación.

Satanás atravesó la puerta del infierno, que estaba abierta y descuidada, y vio que la soledad reinaba en torno, porque los que tenían el encargo de permanecer allí habían abandonado su puesto y volado hacia el mundo superior. Los demás se habían retira al interior, en torno de los muros del Pandemónium, corte y asiento soberbio de Lucifer, que fue llamado así por alusión a esta estrella brillante comparada con Satanás. Allí vigilaban las legiones, mientras los grandes reunidos en consejo, mostraban inquietud por los azares que podían ocasionar la tardanza de su emperador, enviado por ellos, tal era la orden que éste les había dado al partir y que cumplían fielmente.

Con el tártaro que, huyendo del ruso, su enemigo, se retira hacia Astracán, atravesando nevadas comarcas; o como el sofí de la Bactriana que, al huir de la turca media luna, deja devastado a su paso todo cuando se extiende más allá del reino de Aladula en su retirada hacia Tauris o Casbin, así la hueste últimamente desterrada del cielo dejó desiertas muchas leguas de tinieblas y se retiró a lo más apartado del infierno, concentrándose como guardia vigilante en derredor de su metrópoli, y esperando de hora en hora al gran aventurero de regreso de su exploración por mundos desconocidos.

Este atravesó por en medio de la multitud sin ser notado, bajo la figura de un ángel del último orden de la milicia plebeya; desde la puerta de la sal Plutoniana subió invisible sobre su alto trono, el cual estaba colocado en la parte más elevada bajo un dosel del más rico tisú y ostentando una magnificencia regia. Permaneció sentado algún tiempo y vió sin ser visto cuanto había en torno suyo; por último como si se abriera paso a través de una nube, dejóse ver su cabeza radiante y su forma de estrella resplandeciente; o con más brillantez aún, revestido de la gloria tolerada, del falso esplendor que conservó después de su caída. La muchedumbre estigiana, sumamente sorprendida con tan repentino brillo, dirigió hacia él sus miradas y conoció al que deseaba, a su poderoso jefe, que había vuelto. Inmensa fue la aclamación en que todos prorrumpieron, los pares abandonando sus deliberaciones, se levantaron precipitadamente de su sombrío diván y se dirigieron a felicitar a Satanás, poseídos de igual júbilo. Este impuso silencio con un ademán y llamó la atención general con estas palabras:

"Tronos, dominaciones, principados, virtudes, potestades, porque así quiero llamaros y como tales os declaro ahora, no sólo por derecho, sino también por posesión. Después de un éxito que ha excedido a todas mis esperanzas, vuelvo para sacaros triunfantes de este abismo infernal, abominable, maldito, mansión de miseria y cárcel nuestro tirano. Ahora poseéis como señores un mundo espaciosa poco inferior a nuestro cielo natal y que, mediante mi ardua empresa, he adquirido para vosotros a costa de grandes peligros.

Sería prolijo referir lo que he hecho, lo que he sufrido, las penas con que he viajado por la vasta profundidad de la horrenda confusión sin límites, sin realidad, sobre la que la Culpa y la Muerte acaban de construir una ancha vía para facilitar vuestra gloriosa marcha, pero yo he tenido que abrirme con un inmenso trabajo un paso desconocido; he tenido que remontarme por el indomable abismo y sumergirme en las entrañas de la Noche sin origen y del feroz Caos, que, celosos de sus secretos, se opusieron violentamente a mi extraño viaje con furiosos clamores, protestando ante el Destino supremo.

Tampoco os diré cómo he encontrado ese mundo recientemente creado, cuya fama ha tiempo había resonado en el cielo, maravilloso edificio de una perfección acabada, en donde el hombre, colocado en un paraíso gracias a nuestro destierro, fue creado feliz. Por medio de mi astucia, he apartado al hombre de su Creador; le he seducido y para mayor admiración vuestra, ¡le he seducido, con una manzana! Ofendido por esto el Creador, ha entregado a su amado hombre y todo el mundo al Pecado y a la Muerte, y por consiguiente a nosotros, que lo hemos ganado sin riesgo, sin trabajo ni alarmas, para recorrerlo, habitarlo y dominar sobre el hombre, como sobre todo lo que él habría dominado.

Verdad es que Dios me ha juzgado también, o mejor dicho, no me ha juzgado a mí, sino a la Serpiente, a ese animal bajo cuya forma he seducido al hombre. Lo que me alcanza de esa sentencia es la enemistad que establecerá entre mí y el género humano, al que he de morder el talón y cuya raza quebrantará mi cabeza, aunque no se dice cuándo. ¿Quién no compraría un mundo en cambio de una herida y aun a mayor precio todavía? Os he hecho ya la revelación de mi empresa ¿Qué otra cosa os queda que hacer, ¡oh dioses!, sino levantaros y entrar en posesión de la beatitud que os he preparado".

Después de haber hablado de esta suerte, permaneció inmóvil un momento, esperando las aclamaciones universales y los grandes aplausos que debían halagar su oído; pero en contra de lo que se prometía, oyó por todos lados un silbido unánime y siniestro producido por innumerables lenguas, señal inequívoca del desprecio público. Quédase asombrado, pero su admiración duró un breve instante, porque al punto hubo de admirarse más de sí mismo; sintió que su rostro se reducía y se afilaba, que sus brazos se pegaban a sus costados, sus piernas se enroscaban entre sí y finalmente, privado de sus pies, caía convertido en una monstruosa serpiente, arrastrándose sobre su vientre, quiere resistir, más en vano, porque domina sobre él un poder mayor, que, según su sentencia le castiga bajo la figura con que había pecado. Quiere hablar, pero su lengua, hendida en forma de horquilla, responde con silbidos a los silbidos de las lenguas hendidas que le rodean, porque todos los demonios sufrieron la misma transformación, cómplices de su audaz atentado, todos se convirtieron en serpientes. Terrible fue el estridor de los silbidos en aquella sala llena de un espeso hormiguero de monstruos, que confundían sus repugnantes pliegues y mezclaban en sus movimientos sus colas y sus terribles cabezas, como el escorpión, el áspid, el cruel anfisbena, la cerasta armada de cuernos, la hidra, el dipsa y el siniestro elope; jamás se vieron tantos ni tan numerosos enjambres de reptiles en la tierra regada con la sangre de la Gorgona, ni en la isla de Ofiusa.

Entre todos descollaba Satanás, transformado en dragón, excediendo en tamaño a la enorme serpiente Pitón, engendrada por el sol en el fango del valle pítico y conservando aún de este modo su imperio sobre los demás. Todos le siguieron cuando salió para dirigirse al campo abierto; estaban allí los que quedaban de las bandas rebeldes caídas del cielo, apostados o formados en orden de batalla, gozando de antemano con la esperanza de ver aparecer en triunfo a su príncipe glorioso; pero contemplaron un espectáculo muy diverso, una multitud de horror y sometidos a una horrible simpatía, se veían; cayeron sus brazos, sus lanzas y sus escudos y cayeron con igual prontitud ellos mismos, repitiendo los espantosos silbidos y tomando la horrible y contagiosa forma de sus compañeros, iguales en el castigo como lo fueron en el crimen. Así es que los aplausos que tenían preparados se trocaron en una explosión de silbidos, triunfo de la afrenta, que de su propia boca refluía sobre ellos mismos.

Cerca de allí había aparecido un elevado bosque en el momento mismo de su transformación y por orden del que reina allá arriba; para agravar su pena, las ramas de los árboles estaban cargadas de un hermoso fruto semejante al que crecía en el Edén, y que el tentador había elegido para seducir a Eva. En tan extraño objeto fijaron los demonios sus ardientes miradas, imaginándose que, en vez de un árbol prohibido, había crecido una multitud de ellos para multiplicar su vergüenza o sus tormentos. Devorados, sin embargo, por una sed ardiente y un hambre cruel, enviada por Dios para atraerlos a aquel lazo, no pueden contenerse, y se precipitan a montones, trepan a los árboles y se enroscan en sus ramas, más apiñados que los nudos de serpientes que formaban bucles en la cabeza de Megera. Arrancan con avidez la fruta que tan hermosa le parecía, semejante a la que crece cerca de aquel lago bituminoso donde pereció Sodoma abrasada, pero el fruto infernal, más seductor todavía, engaña al gusto y no al tacto. Los perversos espíritus, esperando neciamente aplacar su hambre, mascan en vez de fruta amargas cenizas, que su ofendido paladar arroja en medio de ruidosas contorsiones. Obligados por el hambre y la sed, intentan probarla de nuevo, pero aquella acre aspereza, aquella invencible repugnancia, les obliga sin cesar a retorcer sus mandíbulas, llenas de hollín y ceniza. Muchas veces cayeron en el mismo engaño, difiriendo en ello del hombre, que no cayó más que una vez. De este modo continuaron atormentados por el hambre y por un largo y continuado silbido, mientras no alcanzaban el permiso de recobrar su perdida forma. Y es fama que fue decretado que los años sufran, durante cierto número de días, aquella humillación, para quebrantar su orgullo y su contento por haber seducido al hombre. A pesar de esto, esparcieron por el mundo pagano alguna tradición con respecto a su conquista y refirieron la fábula de que la serpiente llamada por ellos Ofión en compañía de Eurynoma, que quizá usurpó el nombre de Eva en remotos tiempos, fue la primera que reinó en el alto Olimpo de donde fue arrojada por Saturno y por Ops, antes de que naciera Júpiter Dicteo.

Entre tanto la pareja infernal llegó en breve al Paraíso. La Culpa había estado antes en él como potencia después en acción; ahora iba a él en persona para residir como perpetuo habitante. La Muerte la seguía de cerca paso a paso no montada todavía en su pálido caballo. La Culpa le dijo:

"Segundo vástago de Satanás, ¡oh Muerte! Que debes conquistarlo todo: ¿qué piensas de nuestro nuevo imperio, que no sin gran trabajo hemos adquirido? ¿No vale mucho más estar aquí que vigilar sentadas todavía en el umbral del negro infierno, sin nombre, sin ser temidas, y tú misma medio muerta de hambre?"

El monstruo nacido de la Culpa le respondió inmediatamente:

"Para mí, que desfallezco de una eterna hambre, infierno, tierra o cielo, todo es igual; me hallo mejor donde más presa encuentro, y ésta, si bien aquí es abundante, parece demasiado pequeña para saciar este estómago, este vasto cuerpo que no cubre piel alguna".

La incestuosa madre replicó:

"Aliméntate desde luego con esas hierbas, esos frutos y esas flores, y luego, con cada bruto, pez o ave, que no son manjares despreciables, devora sin tasa las cosas que vaya segando la guadaña del Tiempo, hasta el día en que, después de haber residido yo en el hombre y en su raza, después de haber contaminado sus pensamientos, sus miradas, sus palabras, sus acciones te lo haya preparado y sazonado para ser tu última y más sabrosa presa".

Diciendo esto, los dos monstruos se dirigieron por diferentes caminos a fin de destruir o desinmortalizar a las criaturas y prepararlas para una destrucción mas o menos próxima, viendo lo cual el Todopoderoso desde lo alto de su trono sublime, en medio de los santos, hizo oír de esta suerte su voz a aquellas brillantes jerarquías:

"Ved con que ardor se adelantan esos perros del infierno para desolar ese mundo, que había creado yo tan bueno y tan hermoso, y que aún permaneciera en tal estado si la locura del hombre no hubiese abierto el camino a esas furias devastadoras que me imputan semejante necedad. Así obran el príncipe del infierno y sus partidarios, porque soporto con facilidad que se apoderen y posean tan celestial morada creyendo que una ciega connivencia me asocia a los proyectos de mis insolentes enemigos, los cuales se ríen, como si arrebatado por la cólera lo hubiera abandonado todo a su discreción y a sus desórdenes. Ignoran que he llamado y traído aquí a esos mis perros infernales para que laman la suciedad y la inmundicia que el impuro pecado del hombre ha esparcido sobre todo lo que era puro en la tierra hasta que, satisfechos, ahítos y próximos a reventar con las sobras de todo cuanto hayan chupado y tragado, sean por fin precipitados a través del Caos, el Pecado, la Muerte y la abierta tumba al solo impulso de tu brazo vencedor, ¡oh mi Hijo amado!, quedando cerrada para siempre la boca del infierno y selladas sus voraces mandíbulas. Entonces, renovados el cielo y la tierra, serán purificados, para santificar lo que ya no recibirá mancha alguna. Pero hasta que llegue ese momento es preciso que se cumpla la maldición pronunciada contra los dos culpables.

Calló y el celeste auditorio entonó aleluyas semejantes al fragor de los mares, y la multitud cantó:

"¡Justas son tus miras, equitativos en todas tus obras tus decretos! ¿Quién será capaz de debilitar tu poder?"

En seguida dedicaron sus cánticos al Hijo, Redentor predestinado de la raza humana, por quien un nuevo cielo y una nueva tierra se levantarán en las edades venideras o descenderán del Empíreo.

Tal fue su canto, y llamando después el Creador por sus nombres a los más poderosos de entre sus ángeles, les confió diferentes comisiones que convenían al mejor estado de las cosas. El sol fue el primero que recibió la orden de modificar su curso, y de brillar de modo que hiciera sufrir a la tierra un frío un calor apenas soportables, de llamar desde el fondo del Norte al decrépito invierno, y traer desde el Mediodía el calor del solsticio estival. Los ángeles prescribieron a la blanca Luna sus funciones, y a los otros cinco planetas sus movimientos y sus aspectos en sextil, cuadrado, trino y opuesto de una eficacia nociva; les enseñaron cuándo debían reunirse en una conjunción desfavorable, y a las estrellas fijas cómo debían derramar su maligna influencia, y cuáles de entre ellas serían las que, saliendo u ocultándose con el sol, habían de promover tempestades. Designaron a los vientos sus cuadrantes, y les indicaron cuándo habían de turbar con fragor el mar, el aire y la playas, y por último, enseñaron al trueno a rodar con estruendo en las salas tenebrosas del aire.

Unos dicen que el Todopoderoso ordenó a sus ángeles que inclinaran los polos de la tierra dos veces diez grados y más sobre el eje del sol, a cuyo efecto empujaron oblicuamente y con gran esfuerzo este globo central; otros pretenden que se ordenó al sol volver sus riendas en una latitud igualmente distante de la tierra dos veces diez grados y más sobre el eje del sol, a cuyo efecto empujaron oblicuamente y con gran esfuerzo este globo central; otros pretenden que se ordenó al sol volver sus riendas en una latitud igualmente distante de la línea equinoccial, entre el Toro, las siete hermanas Atlánticas y los Gemelos de Esparta elevándose hacia el Trópico de Cáncer y que descendiera desde éste al de Capricornio por los signos del León, la Virgen y la Balanza a fin de llevar a cada clima las vicisitudes de las estaciones. A no ser por esto, una eterna Primavera, siempre adornada de flores, habría sonreído a la tierra, siendo iguales sus días y sus noches, menos para los habitantes que estuvieran más allá de los círculos polares; para éstos el día hubiera brillado sin noche, mientras que el sol indemnizándoles de su inmensa distancia habría girado a su vista alrededor del horizonte, sin que conocieran Oriente ni Occidente, y ni el helado Estotiland, al Norte, ni las tierras australes que hay más allá de la de Magallanes, se verían cubiertas por la nieve.

En cuanto fue probado el fruto fatal, el sol desvió su curso, como si hubiera presentido el banquete de Tiestes. De otro modo, ¿cómo el mundo habitado, aunque estuviera sin mancilla, habría podido evitar más que hoy día el intenso frío y el calor ardiente? Aquellos cambios en los cielos produjeron, a pesar de su lentitud, otros cambios parecidos en la tierra y en el mar, tales como las tempestades sidéreas, los vapores, las nieblas y las exhalaciones abrasadoras corrompidas y pestilenciales.

Ahora, desde el septentrión de Norumbega y desde las costas de los Samoyedos, Bóreas y Coecias, el ardiente Argestes y Tracias, forzando su cárcel de bronces y armados de nieve, de hielo, de granizo, de tempestuosas ráfagas y de torbellinos, desgarran los bosques y los mares trastornados, que también lo son por los vientos contrarios del Mediodía, por el Noto y el Afer, ennegrecidos con las nubes tronadoras de Sierra Leona. A través de éstos, pero con menos fuerza, se precipitan de Levante y de Poniente el Euro y el Céfiro, y sus turbulentas colaterales, Siroco y Libecchio. De esta suerte empezó la violencia en las cosas sin vida; después la Discordia, primera hija del Pecado, introdujo a la Muerte entre las cosas irracionales, valiéndose de la furiosa Antipatía; entonces el bruto hizo la guerra al bruto; el ave, al ave: el pez, al pez; todos los animales vivientes, dejando de pacer la hierba se devoraban mutuamente, y sólo tuvieron hacia el hombre un temor mezclado de respeto, pero huyeron de él o le miraron cuando pasaba cerca de ellos con feroz aspecto.

Tales era exteriormente las crecientes miserias que Adán iba entreviendo en parte, a pesar de estar oculto en la más tenebrosa sombra y entregado al pesar. Pero en su interior su mal era mucho mayor; juguete de un tempestuoso mar de pasiones, procuraba aliviar su corazón con estas tristes quejas:

"¡Oh cuánta miseria, después de tan gran felicidad! ¿Era éste el fin de un mundo nuevo y tan glorioso? Y yo, que hace poco era la gloria de esta gloria, ¡me veo ahora maldecido, cuando antes estaba colmado de beneficios; obligado a sustraerme a la presencia de Dios, cuya vista era entonces el colmo de la felicidad! Y si al menos se redujera a eso mi infortunio, puesto que lo he merecido, soportaría mi propio demérito, pero de poco o de nada me serviría. Todo cuanto coma o beba, todo cuanto engendre es una maldición propagada. ¡Oh palabras oídas en otro tiempo con delicia: Creced y multiplicaos, palabras que ahora traen consigo la muerte! Porque, ¿qué es lo que puedo hacer crecer y multiplicarse, sino las maldiciones sobre mi cabeza? ¿Quién será el que, en las edades venideras, al sentir los males que le habré legado, no maldecirá mi memoria? "¡Perezca la memoria de nuestro impuro antepasado! -exclamarán-. ¡Esta es, Adán, la gratitud que te debemos!" Y un agradecimiento semejante será un execración.

"A la maldición que llevo conmigo vendrán a añadirse como por un violento reflujo todas las que proceden de mí; en mi se reunirán como en su centro natural, y aunque ocupen el puesto que les corresponde, me doblegarán bajo su peso. ¡Oh goces fugaces del Paraíso, cuán caros os he comprado a costa de desgracias infinitas! Cuando permanecía en el polvo, ¿te pedí acaso, ¡oh creador!, que me transformaras en hombre? ¿He solicitado que me sacaras de las tinieblas o que me colocaras en este delicioso jardín. Como mi voluntad no ha concurrido en mi ser, es justo y equitativo que me reduzcas otra vez al polvo del que nací, ya que deseo resignar, devolver lo que he recibido, pero me siento incapaz de cumplir tus durísimas condiciones, por las cuales debía alcanzar un bien que no he solicitado. ¿Por qué has añadido a la pérdida de este bien, que ya es bastante castigo el sentimiento de una desdicha sin fin? Tu justicia parece inexplicable...

Sin embargo, lo confieso, es ya demasiado tarde para protestar de este modo, porque yo hubiera debido rechazar las condiciones, cualesquiera que fuesen, cuando me fueron propuestas. Tú has aceptado, Adán; ¿pretenderás, no obstante, gozar del bien, al paso que no te parecen aquéllas convenientes? Dios te ha hecho sin tu permiso, según dices; pero si te desobedece un hijo tuyo, y al ser reprendido por ti te contesta: ¿Por qué me has engendrado? Yo no te lo he pedido", ¿admitirías en tu menosprecio tan orgullosa respuesta? A ser tuya la elección, no le hubieras engendrado, es cierto; pero debió su ser a un enlace necesario de las leyes de la Naturaleza. Dios te ha hecho por su propia elección, y de su propia voluntad para servirle, tu recompensa procedía de su gracia, tu castigo de su justa voluntad. Pues bien: sea así, me someto; su sentencia es equitativa: polvo soy y polvo me he de volver.

¡Oh, momento feliz, venga cuando quiera! ¿Por qué tarda la mano del Todopoderoso en ejecutar lo que su decreto fijó para este día? ¿Por qué he de sobrevivir? ¿Por qué se ríe de mí la muerte y por qué se ha conservado para sufrir un tormento inmortal? ¡Con qué placer soportaría la muerte, mi sentencia, convirtiéndome en tierra insensible! ¡Con cuánto gozo me recostaría como en el seno de mi madre! Allí reposaría y dormiría con seguridad. La terrible voz de Dios no retumbaría en mis oídos; el temor de un mal peor para mi posteridad no me atormentaría con una cruel expectativa...

"Sin embargo, una duda me persigue: ¿Y si me fuera imposible morir del todo? ¿Y si el puro soplo de la vida, el espíritu del hombre que Dios le inspiró no pudiera perecer con esta corporal arcilla? Entonces, ya fuese en la tumba o en cualquier otro sitio funesto, ¿viviría aún después de muerto? ¡Oh pensamiento horrible, suponiendo que sea cierto! Pero ¿por qué ha de serlo? Ese soplo de la vida no es el que ha pecado. ¿Qué puede, pues, morir, sino lo que tuvo vida y pecó? El cuerpo no ha tenido propiamente parte en la vida ni en el pecado; todo morirá, pues, conmigo; esta idea debe calmar mis dudas, ya que a más allá no alcanza el pensamiento humano.

Y por que el Señor de todas las cosas sea infinito, ¿lo será también su cólera? El hombre no lo es, luego es mortal. ¿Cómo ejercerá el Altísimo una cólera sin fin sobre el hombre a quien debe poner término la muerte? Puede el Señor hacer inmortal a la muerte? Eso sería caer en una extraña contradicción imposible en Dios, porque argüiría debilidad y no poder. Por amor hacia su cólera, ¿extendería lo finito hasta lo infinito en el hombre castigado, para satisfacer su rigor nunca satisfecho? Eso sería llevar su sentencia aún más allá del polvo y de la ley de la Naturaleza, por la cual todas las causas obran según la capacidad de los seres en los que opera la materia, y no según la extensión de su propia esfera. Pero ¿y si la muerte no extingue de un solo golpe el sentimiento, como yo he supuesto, y desde hoy se convierte en una miseria interminable, tal como la empiezo a experimentar a la vez dentro y fuera de mí, y esto sigue perpetuamente del mismo modo?...¡Ah! De nuevo se apodera de mí este temor, que pesa como una tormenta terrible sobre mi cabeza indefensa.

La muerte y yo somos eternos e incorpóreos juntamente. Pero no soy el único que participa de esta suerte, sino que conmigo está maldecida toda mi posteridad. ¡Qué hermoso patrimonio os lego, hijos míos! ¡Oh! ¿Por qué no lo habré de consumir todo entero y no dejaros nada de él? Desheredados de este modo, me bendeciríais, en vez de maldecirme. ¡Ah! ¿Por la falta de un solo hombre ha de verse condenada toda la raza humana, por más que sea inocente? Pero, ¿lo será? ¿Qué puede salir de mí que no sea corrompido, de un espíritu y de una voluntad depravados, y que no esté dispuesto, no sólo a hacer lo mismo que yo he hecho? Y siendo así, ¿cómo podrían permanecer libres de responsabilidad en presencia de Dios?

Después de todas estas reflexiones me veo obligado a absolver al Señor. Todos mis vanos subterfugios, todos mis razonamientos me conducen a través de sus laberintos a mi propia convicción. En primero y último lugar, sobre mí, sobre mí solo, autor y origen de toda corrupción, debe recaer justamente todo vituperio; ¡así pudiera recaer también toda la cólera! ¡Deseo insensato! ¿Te sería acaso posible soportar esa carga fatal, mucho más pesada que la tierra, mas aún que el universo, aunque esté repartida entre ti y esa infame mujer? Pero lo que deseas y lo que temes destruye igualmente toda esperanza de refugio, y te declara más miserable que todo ejemplo pasado y futuro, semejante tan sólo a Satanás en crimen y en castigo. ¡Oh conciencia! ¡En qué abismo de inquietudes y horrores me has precipitado! No encuentro ningún camino para salir de él; porque al intentarlo caigo de un abismo en otro más profundo!".

Así se lamentaba Adán en alta voz durante el silencio de la noche; noche que ya no era, como antes de la caída del hombre, sana, fresca y apacible, sino rodeada de una atmósfera sombría y envuelta en húmedas y espesas tinieblas, que presentaban todas las cosas ante la culpable conciencia de nuestro primer padre con un doble terror. Tendido sobre la tierra, sobre la fría tierra, maldecía con frecuencia su creación, y acusaba por su tardanza a la muerte, pues que, según se le había anunciado, debía sorprenderle el mismo día de la ofensa.

¿Por qué no acude la muerte -decía- y me libra de mí mismo con un golpe tres veces dichoso? ¿Faltará la verdad a su palabra? ¿No se apresurará a ser justa la Justicia Divina? Pero la muerte no acude a mi llamamiento; la Justicia Divina no acelera su lento paso a pesar de mis súplicas o mis lamentos. Bosques, fuentes, colinas, valles, florestas, ¡con qué diferentes ecos enseñaba yo en otro tiempo a vuestras umbrías a responderme, y a repetir a los lejos otro canto semejante al mío!"

Cuando la triste Eva vio la aflicción de Adán desde el sitio en que permanecía sentada y desolada, se acercó a él, y procuró aliviar su violento dolor con dulces palabras; pero él la repelió con severa mirada, diciéndole:

"¡Lejos de mí, serpiente!... Ese es el nombre que mereces, por haberte ligado a ella, haciéndote tan falsa y tan aborrecible como ella. Sólo te falta tener una forma y un color semejantes a los suyos, para revelar tu interior insidioso, y hacer que todas las criaturas venideras se precavan de ti por temor de que tu demasiado celestial figura, encubriendo una falsedad infernal, les haga caer en el lazo. Sin ti yo habría continuado siendo feliz, sin tu orgullo y tu vanidad vagabunda no hubieras desechado mis amonestaciones cuando estabas menos segura, y rechazado con desdén mi justa desconfianza. Ardías en deseos de ser vista por el mismo demonio, a quien en tu presunción creías dejar burlado; pero habiéndote encontrado con la Serpiente, has sido burlada y engañada, tú por ella, y yo por ti, por haber confiado en ti, que saliste de mi costado. Te creí prudente, constante, circunspecta, a prueba de todo ataque, sin comprender, que en ti todo era apariencia más bien que sólida virtud, que no eras más que una costilla torcida por la naturaleza, y según veo, más inclinada hacia el lado izquierdo, de donde fue sacada. ¡Ah! ¡Si a lo menos hubiese sido desechada por exceder del número de las debía tener mi cuerpo!

¡Oh! ¿Por qué Dios, el sabio Creador, que pobló los altos cielos de espíritus masculinos, creó al fin esta novedad en la tierra, esta hermosa imperfección de la Naturaleza? ¿Por qué no ha llenado de una vez el mundo de hombres, así como llenó el cielo de ángeles, sin mujeres? ¿Por qué no ha recurrido a otro medio para perpetuar la especie humana? Si así fuese, no hubiera acaecido esa desgracia ni las que vendrán en pos de ella, ni ocurrirían en la tierra los innumerables disturbios ocasionados por los artificios de las mujeres y por íntimo consorcio con su sexo; porque, o el hombre no encontrará jamás la compañera que le conviene, sino que la tendrá tal cual se la depare el infortunio o el error; o la que más desee será la que menos obtenga por su perversidad, y verá que la alcanza otro menos acreedor que él; si, por el contrario ella le ama, estará contrariada por sus padres, o se le presentará otra elección más ventajosa, cuando ya sea demasiado tarde, y está unido por los vínculos del matrimonio a una cruel enemiga, su odio o su vergüenza. De todo esto resultará una calamidad infinita para la especie humana, que turbará la paz del hogar doméstico".

Adán no pronunció una palabra más y se desvió de Eva; pero ésta sin desanimarse, bañada en llanto que no cesaban de derramar sus ojos, y con los cabellos desordenados, cayó humildemente a sus pies y abrazando sus rodillas, imploró su perdón y exhaló así sus quejas:

"No me abandones de ese modo, Adán; el cielo es testigo del amor sincero y del respeto que hacia ti siente mi corazón. ¡Te he ofendido sin intención, engañado desgraciadamente! Suplicante, mendigo tu misericordia y abrazo tus rodillas. No me prives de lo que me da aliento para vivir, de tus dulces miradas, de tu apoyo, de tus consejos, que en tan extrema necesidad son mi sola fuerza y mi amparo. Abandonada por ti, ¿dónde me retiraré? ¿Dónde subsistiré? Mientras vivamos, y quizá dure nuestra existencia algunas horas rápidas, reine la paz entre nosotros. Ya que hemos estado unidos para la ofensa, unámonos en nuestra enemistad contra el enemigo que nos ha sido designado expresamente por nuestra sentencia, contra la cruel serpiente. No me hagas sentir el peso de tu odio por esa desgracia que nos ha acontecido, porque yo estoy ya perdida y soy la más miserable de los dos. Hemos pecado juntos; pero tú contra Dios solamente y yo contra él y contra ti. ¡Volveré al mismo sitio donde Dios ha pronunciado su fallo, y allí importunaré al Cielo con mis lamentos, a fin de que, apartada la sentencia de tu cabeza, caiga sobre mí, que soy para ti la causa única de toda esta miseria! ¡Yo, tan sólo yo, debo ser el justo objeto de la cólera del Señor!

Terminó estas frases entre abundantes lágrimas y su humilde postura, en la que continuaba inmóvil hasta obtener el perdón por su falta reconocida y deplorada, excitó la conmiseración de Adán. En breve se enterneció su corazón por la que antes había sido su vida y su única delicia, y que ahora veíase sumisa a sus pies, presa de la mayor desolación; por una criatura tan bella, que solicitaba la reconciliación, el consejo y el apoyo de aquel en cuyo desagrado había incurrido. Adán vio desvanecida toda su cólera, semejante a un hombre desarmado: levantó a su esposa y le dirigió estas palabras pacíficas:

"Imprudente, deseosa, tanto ahora, como antes, de lo que no conoces, anhelas que todo el castigo caiga sobre ti. ¡Ah! Sufre primeramente tu propia pena, porque serías incapaz de soportar la cólera entera de Dios, de la que sólo sientes una pequeña parte, cuando tan mal arrostras mi resentimiento. Si los ruegos pudieran cambiar los decretos del Altísimo, me apresuraría a trasladarme antes que tú al sitio donde se ha pronunciado nuestra sentencia, y me haría oír con más fuerza, a fin de que mi cabeza fuese la única castigada, y de que Dios perdonara tu fragilidad y tu sexo más débil que el mío, confiado a mi cuidado y tan neciamente por expuesto.

Levántate, pues: no disputemos más; no nos dirijamos mutuos vituperios, que bastante recaen ya sobre nosotros. Esforcémonos con mutuo amor en aliviar, repartiéndolo entre ambos, el peso de la desgracia, ya que no ha de llegar tan pronto, según preveo, ese día de nuestra muerte que nos ha sido anunciado, sino que vendrá como un mal de tardío paso, como un día que muere lentamente, a fin de aumentar nuestra miseria; miseria transmitida a nuestra raza. ¡Oh raza infortunada!"

Eva, reanimando su abatido espíritu contestó:

Adán, sé por una triste experiencia el escaso valor que deben tener para ti mis palabras, hasta aquí tan llenas de error, y que por un desgraciado suceso han sido tan fatales; sin embargo, ya que me acoges de nuevo y me rehabilitas a tus ojos, a pesar de lo indigna que soy de ello, con la esperanza de reconquistar tu amor, único contento de mi corazón tanto en vida como en muerte, no te ocultaré los pensamientos que se agitan en mi inquieto seno; pensamientos que tienden a aliviar nuestros males o a terminarlos, y que, aunque sean punzantes y tristes, son, sin embargo, tolerables, comparados con nuestros sufrimientos, y de elección más fácil.

Si la inquietud con respecto a nuestra posteridad es lo que más nos atormenta; si esta posteridad debe nacer destinada a una desgracia cierta, y ser devorada finalmente por la Muerte, sería muy criminal por nuestra parte que diésemos lugar a la miseria de otros, de nuestros propios hijos; que hiciésemos salir de nuestro seno a este mundo maldito una raza infortunada, la cual, después de una vida deplorable, debe ser pasto de un monstruo tan impuro. En tu poder está suprimir, por lo menos antes de la concepción, la raza no bendecida, y que no ha sido aún engendrada. Sin hijos estás ahora, quédate sin hijos; de este modo la Muerte verá burlada su hambre insaciable, y sus voraces entrañas no tendrán más remedio que contentarse con nosotros dos. Pero si piensas que es duro y difícil, mientras nos hablamos, nos miramos y nos amamos, abstenerse de los deberes del amor y de los dulces lazos nupciales, languidecer en el deseo sin esperanza en presencia del objeto amado, a quien el mismo deseo hace languidecer a su vez, tormento y miseria no menores por cierto que cualquiera de los que ahora sufrimos, entonces, a fin de librar a un tiempo a nuestra raza y a nosotros mismo de lo que tenemos para los dos, busquemos el medio más pronto, busquemos la muerte y si no la encontramos, que nuestras manos ejerzan en nosotros mismos su oficio. ¿Por qué hemos de estar por más tiempo siendo víctimas de esos temores que no presentan otro término que la muerte, cuando está en nuestra mano, escogiendo el camino más corto de los varios que para ello se nos ofrecen, destruir la destrucción por medio de la destrucción?"

Con estas palabras dio fin a su discurso, o, por mejor decir, lo cortó en su vehemente desesperación. De tal modo le habían penetrado los pensamientos de muerte, que tiñeron sus mejillas de una palidez mortal. Pero Adán, que no se dejaba arrastrar por semejante consejo, y cuyo espíritu más elevado alimentaba mejores esperanzas le respondió:

Eva, tu desprecio hacia la vida y el placer parecen demostrar en ti algo más sublime y excelente que lo que tu alma desdeña; pero la destrucción de sí mismo, en el hecho de ser buscada, destruye la idea de tal excelencia supuesta en ti, e implica, no tu desprecio, sino tu angustia y tu sentimiento por perder la vida y con ella sus anhelados goces. Si ansías la muerte como el último fin de la miseria, creyendo evitar de este modo el castigo que te ha sido impuesto, te equivocas, porque Dios ha armado muy sabiamente su ira vengadora, para que así pueda ser sorprendido. Mucho más temeraria, por mi parte, que una muerte así arrebatada no nos eximiese de la pena que nos condena a cumplir nuestra sentencia y que tales actos de contumacia provocasen al Eterno a hacer vivir la muerte en nosotros. Busquemos, pues, una resolución más saludable, que ya creo percibir, al meditar atentamente en esta parte de nuestra sentencia: "Tu raza quebrantará la cabeza de la serpiente" Mísera reparación, si esto no debiera referirse, como conjeturo, a nuestro gran enemigo, a Satanás, que, encerrado en la serpiente, ha llevado a cabo su engaño en contra nuestra. Quebrantar su cabeza sería, en efecto, una venganza; pero la perderíamos si atentáramos contra nuestra vida, o si transcurrieran los tiempos sin que tuviésemos hijos, según me propones, de esta suerte nuestro enemigo escaparía al castigo que se le ha impuesto, al paso que nosotros sufriríamos doblemente el que pende sobre nuestra cabezas.

Por consiguiente no tratemos de cometer ningún género de violencia contra nosotros mismos, ni de imponernos una esterilidad voluntaria, que nos privaría de toda esperanza, que solo haría germinar en nosotros el rencor y el orgullo, la impaciencia y el despecho, la rebelión contra Dios y contra el justo yugo que nos ha impuesto. Recuerda con qué dulce y graciosa bondad nos escuchó y nos juzgó sin cólera ni reconvención. Esperábamos una disolución inmediata, y creíamos, según su amenaza que la muerte debía sorprendernos en aquel mismo día. Pues bien, a ti te predijo únicamente los dolores de la preñez y del alumbramiento, brevemente recompensados por el goce del fruto de tus entrañas, en cuanto a mí, su maldición, rozándome apenas, ha ido a descargar sobre la tierra. Debo ganar el pan con mi trabajo: ¿qué mal hay en esto? Peor hubiera sido la ociosidad, mi trabajo me alimentará. Temeroso de que el frío o el calor nos perjudicase, nos ha provisto de lo necesario en su solicitud y sin implorar su auxilio, y sus manos nos han vestido compadeciéndose de nosotros, que somos indignos de compasión, en el mismo instante en que nos juzgaba. ¡Oh cuánto más, si le rogamos, abrirá sus oídos, y se inclinará su corazón a la piedad! Él nos enseñará además los medios de evitar la inclemencia de las estaciones, la lluvia, el hielo, el granizo, la nieve, que el cielo, variando su faz, ha empezado ahora a mostrarnos sobre aquella montaña, mientras los vientos soplan furiosos y húmedos, maltratando la hermosa cabellera de esos gallardos árboles que extienden sus ramas. Esta mudanza nos impone el deber de buscar algún abrigo mejor, algún calor más a propósito para reanimar nuestros miembros entumecidos antes que el astro del día de lugar al frío de la noche; veamos como podemos animar una materia seca por medio de esos rayos recogidos y reflejados, o bien cómo haciendo girar rápidamente dos cuerpos, puede su frotación inflamar el aire; hace poco, las nubes chocando entre sí o impelidas por el viento, en su rudo choque han despedido el relámpago oblicuo, cuya llama, al caer serpenteando, ha abrasado la corteza resinosa del pino y del abeto, y esparcido a lo lejos un agradable calor que puede sustituir al del sol. Si rogamos y solicitamos el perdón de nuestro Juez, quizá conseguiremos que éste nos instruya en el modo de usar de ese fuego, y en todo lo que puede aliviar o poner un término a los males que nos han ocasionado nuestras faltas; no debemos pues, abrigar el temor de que las incomodidades aquejen nuestra vida, sí Él nos presta su amparo, hasta que nos confundamos en el polvo, nuestro último reposo y nuestra morada natal.

¿Qué otra cosa mejor podemos hacer que volver al sitio donde nos ha juzgado, caer reverentemente prosternados ante Él, confesar humildemente nuestras faltas, implorar nuestro perdón, regando la tierra con nuestras lágrimas y llenando el aire de suspiros exhalados por nuestros corazones contritos, en señal de un amor sincero y de una humillación profunda, que calmará sin duda y disipará su enojo? Cuando parecía más irritado y severo, ¿acaso brillaba en su mirada serena otra cosa más que favor, gracia y piedad".

Así habló nuestro padre arrepentido; iguales remordimientos sintió Eva, y en seguida se encaminaron al sitio donde Dios los había juzgado, cayeron prosternados reverentemente ante él y confesaron humildemente su falta, implorando su perdón, regando la tierra con sus lágrimas y llenando el aire de suspiro exhalados por sus corazones contritos, en señal de un dolor sincero y de una humillación profunda.

LIBRO XI

Penetrados de un profundo arrepentimiento, permanecían arrodillados rogando nuestros padres en la más humilde postura; porque habiendo descendido desde el alto trono de la misericordia, la gracia anticipada había disipado el endurecimiento de sus corazones y hecho crecer en su lugar una nueva carne regenerada, que exhalaba ahora inexplicables suspiros; los cuales, inspirados por el espíritu de la oración, subían al cielo llevados por alas de más rápido vuelo que el de la más impetuosa elocuencia. Sin embargo, la actitud de Adán y Eva no era la de viles postulantes; su petición debió de ser tan importante como la de la antigua pareja de las fábulas antiguas compuesta de Deucalión y de la casta Pirra, cuando para renovar la raza humana sumergida, se prosternaron religiosamente ante el santuario de Temis.

Las súplicas de Adán y Eva volaron en derechura al cielo, sin desviarse de su camino, sin que el soplo de los vientos envidiosos las hiciera vagar o disiparse, con su esencia espiritual, pasaron los umbrales divinos, y envueltas allí por su gran Mediador en el incienso que ardía en el altar de oro, llegaron ante tu trono. El Hijo, lleno de gozo, al presentárselas, empieza a interceder de esta manera:

- "Ve, Padre mío, los primeros frutos que ha producido en la tierra tu gracia depositada en el hombre, considera esos suspiros, esos ruegos que, mezclados con el incienso en este incensario de oro, te presento yo, tu sacerdote; frutos debidos a la simiente arrojada por la contrición en el corazón de Adán; frutos de un sabor más agradable que los que, cultivados por las manos del hombre, hubieran podido producir todos los árboles del Paraíso, antes que el hombre perdiese su inocencia. Presta ahora atento oído a sus súplicas; escucha sus suspiros, aunque mudos, ignorantes como están de las palabras con que deben rogarte, permite que las interprete por ellos, yo que soy su abogado, su víctima propiciatoria. Trasplanta en mí todas sus obras buenas o malas, mis méritos perfeccionarán las primeras; mi muerte expiará las segundas. Acepta mi intercesión y recibe de estos infortunados, por mi conducto, un perfume de paz favorable a la especie humana. Que a lo menos viva el hombre, reconciliado contigo los días que le restan, aunque tristes, hasta que la muerte a que, está sentenciado le haga pasar a una vida mejor, en la que todo mi pueblo redimido pueda habitar conmigo en el gozo y la beatitud, no formando conmigo más que uno, así como yo no formo más que uno contigo".

El Padre a quien no rodeaba ninguna nube, le respondió con sereno rostro:

- "Todas tus demandas a favor del hombre, Hijo agradable, están concedidas; todas tus demandas eran otros tantos decretos míos. Pero la ley que he dado a la Naturaleza prohíbe al hombre habitar por más tiempo en el Paraíso. Esos elementos puros e inmortales que no conocen nada que sea material, ninguna mezcla manchada e inarmónica, rechazan ahora al hombre contaminado; quieren purgarse de él como de una sucia enfermedad, enviarlo a respirar un aire más grosero, a nutrirse de un alimento mortal como el que puede disponerle mejor a la disolución operada por el pecado que fue el primero en alterar todas las cosas, haciéndolas corruptibles de incorruptibles que antes eran.

- En un principio había yo creado al hombre dotado de dos hermosos presentes: la dicha y la inmortalidad; el primero lo ha perdido neciamente; y como el segundo sólo hubiera servido para eternizar su miseria, le he destinado a la muerte, por lo cual se ha convertido ésta en su remedio final. Después de una vida puesta a prueba por una cruel tribulación, purificada por la fe y por sus obras, el hombre, llamado a una segunda vida el día de la renovación del justo, será elevado por la muerte hasta mi con el cielo y la tierra renovados.

- Convoquemos ahora en los vasto recintos del cielo a todos los bienaventurados, no quiero ocultarles mis juicios, que vean como procedo contra la especie humana, así como han visto últimamente mi modo de obrar con los ángeles pecadores; porque aunque mis santos sean inmutables en su estado, se afirmarán más en él"

Dijo y el Hijo dio la gran señal al brillante ministro que velaba cerca del trono, éste hizo resonar en seguida su trompeta, que quizá fue la que después se oyó sobre el Horeb cuando Dios descendió y que tal vez resonará nuevamente en el juicio final. El soplo angélico llenó todas las regiones; los hijos de la luz salieron precipitadamente de sus afortunados bosquecillos, sombreados por el amaranto; de las orillas de las fuentes y manantiales de la vida, de todos los sitios en fin, en que descansaban asociados en sus placeres y acudieron a la imperiosa llamada y ocuparon sus puestos, hasta que desde lo alto de su trono supremo, anunció el Todopoderoso su soberana voluntad en estos términos:

- "Hijos míos, el hombre es ya como uno de nosotros; conoce a la vez el bien y el mal desde que ha gustado el fruto prohibido; pero sólo puede vanagloriarse de conocer el bien perdido y el mal ganado; mucho más feliz sería si le hubiera bastado conocer el bien por sí mismo, y de ningún modo el mal. Ahora está afligido, arrepentido, y ruega contrito: mi gracia que le acompaña es la que produce esos impulsos, más duraderos que él, pues yo sé que su corazón, abandonado a sí mismo, es variable y vano. Siendo de temer que ahora con mayor osadía, ponga su mano en el árbol de la vida, que coma de él y viva para siempre, o al menos crea vivir eternamente, he decidido alejarlo, enviarlo fuera del jardín a cultivar la tierra de donde fue sacado, el suelo que más le conviene.

- Miguel, encárgate de cumplir mi orden, elige para que te acompañen algunos flamígeros guerreros de entre los querubines, no sea que el Enemigo promueva algún nuevo disturbio, declarándose a favor del hombre, o pretendiendo ocupar su morada vacante. Apresúrate y arroja sin piedad del Paraíso de Dios a la pareja pecadora; expulsa de la tierra sagrada a los profanos, y anúnciales, así como a toda su posteridad, su perpetuo destierro de ese sitio. Sin embargo, para que no desmayen al oír su triste sentencia rigurosamente pronunciada, pues los veo afligidos y deplorando sus excesos con lágrimas, no les infundas terror. Si obedecen pacientemente tu mandato, no los despidas desconsolados: revela a Adán lo que debe suceder en los días futuros, según las luces que te suministraré; mezcla en tu narración la noticia de que he renovado mi alianza con la raza de la mujer; así podrás despedirlos, aunque afligidos, en paz.

- Al Oriente del jardín, por donde es más fácil la entrada en el Edén coloca una guardia de querubines con una espada que haga ondear anchurosamente su llama, a fin de atemorizar a lo lejos a quien intente aproximarse, e impedir todo acceso al árbol de la Vida, para evitar que el Paraíso se convierta en el receptáculo de impuros espíritus, que todos mis árboles sean su presa y que roben su fruto para seducir más al hombre"

Se calló, el arcangélico poder se prepara a un descenso rápido, y con él la brillante cohorte de los vigilantes querubines. Cada uno de ellos, cual un doble Jano, tenía cuatro rostros: todo su cuerpo estaba sembrado de ojos como lentejuelas, más numerosos que los que se adormecieron a los seductores sonidos de la flauta arcádica con el encanto producido por el caramillo de Hermes, o por su varita soporífera.

Entre tanto, para saludar de nuevo al mundo con la luz sagrada, Leucotea despertaba y embalsamaba a la tierra con un fresco rocío, cuando Adán y Eva, nuestra primera madre, terminaban su oración y sentían que su fuerza recibía de arriba nuevo aliento: observaba que surgía de su desesperación una nueva esperanza, un nuevo gozo, pero mezclado todavía de espanto. Adán dirigió de nuevo a Eva frases tan cariñosas como éstas:

"Eva, por medio de la fe podemos admitir fácilmente que todo el bien de que gozamos procede del cielo; pero es mucho más difícil creer que alguna cosa emanada de nosotros pueda llegar hasta él, y que sea bastante preciosa para que merezca llamar la atención de Dios soberanamente feliz, o capaz de inclinar su voluntad. Creo, sin embargo, que esta ferviente oración, estos suspiros que se exhalan del pecho del hombre, deben remontarse hasta el trono de Dios; porque desde que he procurado aplacar a la Divinidad ofendida por medio de la oración, desde que me he prosternado y humillado mi corazón ante Dios, me parece verle más asequible atendiéndome con dulzura. Siento nacer en mí la persuasión de que he sido escuchado favorablemente. La paz se ha hecho lugar de nuevo en el fondo de mi corazón, y en mi memoria la promesa de que tu raza aplastará a nuestro enemigo. Esta promesa de que en mi pavor no podía acordarme, me da ahora la seguridad de que ha pasado la amargura de la muerte y de que viviremos. Salve, pues, Eva, llamada con justicia la madre del género humano, la madre de todas las cosas vivientes, puesto que el hombre ha de vivir por ti y todas las cosas vivirán para el hombre".

Eva, cuyo aspecto era dulce y triste, respondió:

"Soy poco digna de semejante título, pecadora de mí, que estando destinada para ser tu ayuda, me he convertido en tu celada; por lo cual sólo merezco reprensión, desconfianza y desprecio: pero mi Juez ha sido tan infinito en su misericordia, que de todos, se me califica de fuente de vida; y tú le imitas en bondad al dignarte llamarme de ese modo, cuando he merecido un nombre muy distinto. Mas los campos nos llaman al trabajo, impuesto ahora con sudor, aunque hayamos pasado la noche sin dormir; por que, ¡mira!, la aurora, indiferente a nuestro insomnio, comienza sonriente su sonrosada carrera. Vamos, pues; en adelante no me apartaré jamás de tu lado, sea cualquiera el sitio de nuestro trabajo diario, y aun cuando ahora se nos haya prescrito más penoso que antes hasta la caída del día. Mientras permanezcamos aquí, ¿puede haber nada que sea fatigoso en estas frondosidades placenteras? Por tanto vivamos aquí contentos, aunque en un estado abatido".

Tales fueron las palabras, tales los deseos de Eva, profundamente humillada; pero el Destino no sancionó sus votos. La Naturaleza lo declaró bien pronto con diversas señales manifestadas por el ave, el bruto y el aire: éste se oscureció repentinamente después del corto albor de la aurora; a la vista de Eva, el ave de Júpiter se lanzó desde la altura de su vuelo sobre dos pájaros del más brillante plumaje y les hizo huir ante ella; el animal que reina en las selvas, y que fue el primer cazador, descendiendo de la colina, persiguió a la más graciosa pareja de todo el bosque, al corzo y la corza, que dirigieron sus furtivos pasos hacia la puerta orienta. Adán los observó y siguiendo esta caza con la vista, dijo conmovido a Eva:

"¡Oh Eva! Pronto nos espera otro cambio: el cielo, por medio de mudas señales operadas en la Naturaleza nos muestra los precursores de sus designios, o nos advierte que confiamos demasiado en la remisión de nuestro castigo, por que la muerte haya retardado su golpe algunos días. ¿Quién sabe lo que durará nuestra vida, y lo que será hasta entonces? ¿Sabemos acaso más sino que somos polvo y que dejaremos de existir? Si así no es, ¿a qué viene ese doble espectáculo que se ofrece a nuestra vista, esa persecución en la tierra y en el aire, hacia un mismo sitio y simultáneamente? ¿Por qué esa oscuridad en el Oriente antes que el día haya llegado a la mitad de su carrera. ¿Por qué la luz de la mañana brilla más en aquella nube de Occidente, que despliega en el azul del firmamento una blancura radiante y desciende con lentitud llevando alguna cosa celestial?

Adán no se equivocaba, porque en aquel instante las cohortes angélicas descendían al Paraíso en una nube jaspeada, y se posaron en una colina: ¡aspiración gloriosa para Adán, si la duda y el temor humanos no hubieran oscurecido aquel día sus ojos! No fue más gloriosa la visión que se ofreció a Jacob cuando en Mahanaim le salieron al encuentro los ángeles y vio el campo cubierto con las tiendas de sus brillantes guardianes, ni la que apareció sobre el monte inflamado de Dotán, cuando se vio un campo de fuego pronto a devorar al rey sirio que para sorprender a un solo hombre había puesto un ejército en campaña y dado principio a la guerra como un bandolero sin declararla.

El príncipe de las jerarquías dejó en la colina, en su brillante puesto, a sus guerreros para que tomaran posesión del jardín, y se adelantó solo para encontrar el sitio donde Adán se había refugiado; pero no sin que fuera divisado por nuestro primer padre, que dijo a Eva mientras el gran mensajero se acercaba:

"Eva, prepárate ahora a grandes acontecimientos, que quizá decidirán en breve de nuestra suerte, o nos impondrán la observancia de nuevas leyes; porque descubro allá abajo uno de los ángeles de la milicia celeste, descendiendo de la nube resplandeciente que vela la colina, y que, a juzgar por su porte, no es de los inferiores, sino un gran prócer o uno de los tronos de arriba, según su majestuoso continente. No tiene, sin embargo, un aspecto terrible que mi inspire temor, ni, como Rafael, ese aire sociable y dulce que me permita confiar mucho en él, pero es solemne y sublime. Es preciso, para que no se ofenda, que me acerque a él respetuosamente y que tú te retires".

Al decir esto, el arcángel llegó presuroso como un hombre vestido para ir en busca de otro hombre. Sobre sus armas brillantes ondulaba una cota de mallas de una púrpura más viva que las de Melibea o de Sarra, que llevaban los reyes o los héroes antiguos en los tiempos de tregua; Iris había tejido su trama. El casco estrellado que el arcángel llevaba con la visera levantada dejaba ver en él los primeros rasgos de la virilidad que siguen a la juventud. Del costado de Miguel pendía como un resplandeciente zodíaco, la espada, terror de Satanás, y en su mano llevaba una lanza. Adán le hizo una profunda reverencia: Miguel en su regio continente, no se inclinó, sino que explicó desde luego su venida de esta suerte:

"Adán, ante la orden suprema de los Cielos, es superfluo todo preámbulo; que te baste saber que han sido escuchados tus ruegos y que la muerte que debías sufrir, según la sentencia, en el momento mismo de tu falta, se verá privada de apoderarse de ti durante los muchos días que se te conceden para que puedas arrepentirte y resarcir por medio de buenas obras un acto culpable. Entonces será posible que, aplacado tu Señor te redima completamente de las avaras reclamaciones de la muerte. Pero no permite que habites por más tiempo este Paraíso; he venido para hacerte salir de él y enviarte fuera de este jardín a labrar la tierra de la que fuiste sacado y el suelo que más te conviene".

El arcángel no dijo nada más, porque Adán, herido en lo íntimo del corazón por tales noticias, fue presa de la glacial congoja del dolor que le privó de sus sentidos. Eva, que lo había oído todo sin ser vista, se descubrió por un desgarrador gemido en el sitio donde estaba oculta.

"¡Oh golpe inesperado, peor que la muerte! ¡Conque he de abandonarte, oh Paraíso! ¡Abandonaros de esta suerte, a ti. ¡Oh suelo natal, y a vosotras alamedas encantadoras, florestas dignas de ser frecuentadas por los dioses! Yo esperaba pasar aquí tranquila, aunque triste, el plazo concedido hasta el día de nuestra muerte. ¡Oh flores que no creceréis jamás bajo otro clima, que recibíais por la mañana mi primera y por la tarde mi última visita. Flores que cuidé con mano cariñosa desde que se entreabrió el primer capullo y a las que di nombre, ¿quién os expondrá ahora a los rayos del sol, quién os ordenará en tribus y os regará con el agua de la fuente de ambrosía? Y tú, retiro nupcial, adornado por mí con todo cuanto puede ser agradable al olfato o a la vista, ¿cómo separarme de ti? ¿Dónde hallaré otro igual en un mundo interior, que, comparado a éste, será oscuro y salvaje? ¿Cómo podremos respirar otro aire menos puro, estando acostumbrados a frutos inmortales?"

El ángel la interrumpió dulcemente, diciéndole:

"Eva, no te lamentes así; antes bien, resígnate con paciencia a la pérdida que has sufrido justamente; no dirijas tan apasionadamente los deseos de tu corazón a lo que ya no te pertenece. Además, no te alejas completamente sola, tu marido va contigo. Estás obligada a seguirle; piensa que el sitio en que él habite debe ser tu país natal.

Adán, volviendo entonces de su repentino y glacial estupor, coordinó sus ideas confusas y dirigió a Miguel estas humildes palabras:

"Ser celestial ya ocupes un lugar entre los tronos o ya seas el primero entre ellos, porque una forma como la tuya puede parecer la de un príncipe superior a los príncipes; nos has transmitido con dulzura este mensaje que, anunciado de otro modo, hubiera podido herirnos y, cumpliéndose, causarnos la muerte. Sin embargo, todo el pesar, todo el abatimiento y la desesperación que puede soportar nuestra flaqueza se encierran en tus palabras, en el destierro de esta mansión dichosa, nuestro apacible retiro, nuestro único consuelo, con el que nos habíamos familiarizado. Todos los demás lugares de la tierra nos parecerán inhospitalarios y desolados, y seremos tan desconocidos para ellos como ellos lo son para nosotros.

¡Ah! si me atreviese a esperar que una súplica incesante cambiara la voluntad del que lo puede todo, no cesaría de importunarle con mis asiduos lamentos; pero contra su decreto absoluto, la oración no tiene más fuerza que nuestro aliento contra el huracán, el cual lo rechaza sofocante contra el mismo que lo exhala.

Me someto pues, a su gran mandato. Lo que más me aflige es que, al alejarme de aquí, me veré privado de contemplar su faz, privado de su protección sagrada. Aquí, hubiera podido tributarle adoración en los sitios en que se dignó mostrar su divina presencia y habría dicho a mis hijos: "En esta montaña se me apareció, bajo este árbol se presentó visiblemente, entre estos pinos oí su voz, aquí, a la orilla de esta fuente, conversé con Él.

Mi agradecimiento le habría elevado muchos altares de césped, yo hubiera amontonado las pulidas piedras de los arroyos, como un recuerdo o como un monumento para las edades venideras, en esos altares le habría ofrecido los dulces perfumes de las olorosas gomas, frutos y flores. En el mundo inferior, allá abajo, ¿dónde podré ver sus brillantes apariciones, y las huellas de sus pies? Porque, aunque debo huir de su cólera, estando, sin embargo, destinado a una larga vida, y habiéndome sido prometida una posteridad, contemplo ahora con gozo la extremidad de la orla de su gloria y adoro desde lejos los vestigios de sus pasos".

Mirándole con suma benignidad, le respondió Miguel:

"Adán, bien sabes que tanto el cielo como la tierra entera pertenecen a Dios y no este monte solamente; su omnipresencia llena la tierra, el mar, el aire y todas las cosas, a quienes fomenta y comunica un dulce calor con su poder virtual. Te ha dado toda la tierra para poseerla y gobernarla; no debe despreciarse semejante don. No te imagines, pues, que su presencia esté confiada a los estrechos límites de este Paraíso o del Edén. El Edén hubiera sido quizá tu principal asiento, de donde habrían salido todas las generaciones y adonde habrían acudido de todas las extremidades de la tierra para celebrarte y reverenciarte como a su gran autor, pero esta preeminencia la has perdido por haber descendido ahora a habitar la misma tierra que habitarán tus hijos.

A pesar de esto, no dudes que Dios deje de hallarse presente en la llanura y en el valle, lo mismo que aquí, las señales de su presencia te seguirán todavía; aún te verás rodeado de bondad, de su amor paternal, de su imagen expresa y de la huella divina de sus pasos. A fin de que puedas creerlo y estar seguro de ello antes de salir de aquí, has de saber que he sido enviado para revelarte lo que debe acontecer a ti y a tu raza en los tiempos futuros. Prepárate a oír el bien y el mal; a ver la gracia sobrenatural luchando con la maldad de los hombres; esto te enseñará a tener verdadera paciencia y a templar la alegría con el temor y con una santa tristeza, acostumbrado por la moderación a soportar cualquier mudanza, bien sea próspera o adversa. De este modo dirigirás con más seguridad tu vida y estarás mejor preparado para arrostrar tu tránsito a la muerte cuando ésta llegue. Sube a esa colina; deja a tu esposa, cuyos párpados he cerrado, que duerma aquí abajo, mientras tú velarás para contemplar el provenir, así como dormiste el día en que Eva fue formado para la vida".

Adán, lleno de gratitud le contestó:

"Sube, por cualquier sendero que me conduzcas te seguiré, guía seguro, inclinándome bajo el brazo del cielo por más que me castigue. Me armaré de paciencia para soportar el mal, y de bastante sufrimiento para vencer y lograr el reposo a costa del trabajo, si es que de esta suerte puedo alcanzarlo.

Ambos subieron a la visión de Dios. Esta era una montaña, la más alta del Paraíso, desde cuya cima se ofrecía a la vista extensamente y hasta la más lejana perspectiva el hemisferio de la tierra. No era más alta, ni desde ella se descubría en torno mayor espacio, la montaña sobre la cual el tentador transportó por motivo diferente a nuestro segundo Adán en el desierto para mostrarle todos los reinos de la tierra y todas sus glorias.

Desde allí, la mirada de Adán podía dominar, en cualquier parte donde estuviesen situadas las ciudades de fama antiguas o moderna, las capitales de los imperios más poderosos, desde los muros destinados para Cabalu, residencia del Kan de Catay, y desde Samarcanda, trono de Temir, cerca del Osus, hasta Pekín, capital de los reyes de China; y desde allí, hasta Agra y Lahora, del Gran Mogol, descendiendo hasta el Quersoneso de oro, o bien hacia el sitio que el Persa habitaba en otro tiempo en Ecbatana, o en Ispahán después, o hacia Moscú, ciudad del zar de Rusia, o hacia Bizancio, sometida al sultán oriundo del Turquestán. Sus ojos podían ver también el imperio de Negus hasta Ercoco, su puerto más distante y los reducidos estados marítimos de Mombaza, Quiloa, Melinde y Sófala, que se cree sea Ofir, hasta el reino de Congo y de Angola, el más distante hacia el Sur; desde allí podía divisar, entre el río Níger y el monte Atlas, los reinos de Almanzor, de Fez, de Sus, de Marruecos, de Argel y de Tremecén y en seguida Europa, los sitios donde Roma debía dominar el mundo. Quizá vio también representada en su espíritu la rica Méjico, asiento de Moctezuma y en el Perú, a Cuzco, morada más rica aún de Atabalipa y la Guyana, no despojada aún, y cuya gran ciudad fue llamada El Dorado por los hijos de Gerión.

Mas para proporcionarle espectáculos más nobles, Miguel disipó la nube formada sobre los ojos de Adán por el fruto falaz que le había prometido una vista más penetrante.

El ángel le limpió el nervio óptico con eufrasia y ruda, porque había de ver muchas cosas y dejó caer en sus ojos tres gotas de agua de la fuente de la vida. La virtud de aquel colirio penetró tan profundamente aun en la parte más interior de la vista mental, que Adán, obligado entonces a cerrar los ojos, cayó y todos sus sentidos se entorpecieron; pero el precioso ángel le levantó, cogiéndole de la mano, y llamó de este modo su atención:

"Adán, abre ahora los ojos y contempla desde luego los efectos que tu pecado original ha operado en algunos de los que deben nacer de ti, y que ni han tocado jamás al árbol prohibido, ni conspirado con la serpiente, ni pecado con tu pecado. Y, sin embargo, de este pecado procede la corrupción que debe producir las más violentas acciones".

Adán abrió los ojos y vio un campo, en una parte de aquel campo, ya cultivada, se veían gavillas segadas recientemente; en la otra, praderas y dehesas de ganados; en el centro, como sirviendo de límite, se elevaba un rústico altar de césped. En aquel momento, un segador, cubierto de sudor, depositó en él las primicias de su trabajo, la verde espiga y la amarilla mies, amontonadas confusamente. Después de éste acudió un amable pastor con los más tiernos. Los mejores y más escogidos corderos de su rebaño; los sacrificó en seguida y extendió sus entrañas y su grasa, salpicadas de incienso, sobre la pira preparada y practicó todos los ritos debidos. Al punto un fuego propicio del cielo consumió su ofrenda con una llama rápida y un humo agradable; la otra ofrenda no fue consumida, porque no era sincera, por lo cual, el labrador se sintió poseído de una rabia tal, que mientras hablaba con el pastor, le hirió en mitad del pecho con una piedra que le arrancó la vida; cayó y cubierto de una palidez mortal, exhaló su alma entre gemidos y un torrente de sangre que inundó el suelo.

Adán sintió su corazón sobrecogido de espanto ante aquel espectáculo y dijo apresuradamente al ángel:

"¡Oh maestro! ¿Qué terrible desgracia ha sucedido a ese hombre amable, que había ofrecido dignamente su sacrificio? ¿Alcanzan tal recompensa la piedad y la devoción más puras?"

Miguel conmovido también, le contestó:

"Esos dos son hermanos, Adán y ambos saldrán de tus riñones; el injusto ha dado la muerte al justo por envidia de que el Cielo hubiese aceptado la ofrenda de su hermano. Pero tan sanguinaria acción será vengada y la fe del justo, que ha merecido aceptación no dejará de tener su recompensa, por más que le veas morir aquí, revolcándose en el polvo y en la sangre coagulada".

Nuestro primer padre replicó:

"¡Ah, por qué acción y por qué motivo! Pero ¿es la muerte lo que acabo de ver? ¿Debo volver por ese camino a mi polvo natal? ¡Oh terrorífico espectáculo! ¡Cuán disforme y horrible se presenta la muerte a mi vista! ¡Cuán espantoso es pensar en ella y tenerla que sufrir!"

Miguel le dijo:

"Has visto ya la muerte bajo la primera forma en que se ha mostrado al hombre, pero sus formas son muy variadas, así como numerosos los caminos que conducen a su horrorosa caverna, todos a cuál más funestos. Sin embargo, ese antro es para los sentidos más terrible a su entrada que en el interior. Algunos morirían, como acabas de ver, bajo la acción de un golpe violento; otros varios por el fuego, el agua, el hambre; la mayor parte por su intemperancia en la comida y bebida, que producirá en la tierra enfermedades crueles, cuya monstruosa muchedumbre va a presentarse ahora mismo ante ti para que no puedas conocer las miserias que legará a los mortales la incontinencia de Eva".

Inmediatamente apareció a su vista un lugar triste, infecto, oscuro, semejante a un lazareto. En aquel sitio había multitud de enfermos, aquejados de todas las dolencias que causan horribles espasmos, torturas desgarradoras, desfallecimientos y agonía del corazón, fiebres de toda especie convulsiones, epilepsias, catarros crueles, cálculos urinarios, úlceras, agudos cólicos, frenesí de endemoniados, la pensativa melancolía, la demencia lunática, la aniquiladora atrofia, el marasmo, la peste, las hidropesías, los asmas y los reumatismos que descoyuntan los miembros. Crueles eran los sacudimientos, hondos los gemidos. La Desesperación iva solícita de lecho en lecho visitando a los enfermos, y la Muerte blandía triunfante sobre ellos su dardo; pero difería herirlos con él, por mas que la invocaran frecuentemente como su primer bien y su última esperanza.

¿Qué corazón de piedra hubiera podido contemplar por largo rato, con los ojos secos, semejante espectáculo? A Adán no le fue posible y lloró, aunque no era nacido de mujer, la compasión se apoderó de lo mejor que tiene el hombre, y durante algunos instantes se entregó al llanto, hasta que, al fin, algunos pensamientos más firmes moderaron su exceso y recobrando apenas la palabra, renovó sus lamentos:

"¡Oh desgraciada especie humana, en que degradación has caído! ¡A que estado tan miserable te ves reducida! Más valdría no haber nacido. ¿Por qué se nos ha dado la vida, si se nos ha de quitar de ese modo? O, más bien: ¿por qué así se nos ha impuesto? Si conociéramos lo que recibimos, ¿quién había de aceptar la vida que se le ofrece sin aspirar a verse libre de ella en breve, contento con ser despedido en paz de este mundo? ¿Cómo es posible que la imagen de Dios creada en un principio en el hombre tan bella y elevada, aunque después culpable llegue a ser víctima de espantosos dolores de torturas inhumanas? ¿Por qué, observando el hombre un resto de la semejanza divina, no se ha de ver libre de esas deformidades? ¿Por qué no se ha de ver libre de ellas, por consideración siquiera a la imagen de su Creador?".

"La imagen de su Creador, respondió Miguel- se ha apartado de ellos en el momento en que ellos mismos se han envilecido por satisfacer sus apetitos desordenados, entonces se revistieron de la imagen de aquel, a quien servían, del vicio brutal, que indujo principalmente a Eva al pecado. Por eso es tan abyecto su castigo, no desfiguran la semejanza de Dios, sino la suya; o se es borrada por ellos mismos esta semejanza cuando pervierten las reglas sanas de a pura Naturaleza, convirtiéndola en asquerosas enfermedades, se ven sometidos a un condigno castigo, pues que no han respetado en sí mismo la imagen de Dios".

"Reconozco que el castigo es justo y lo acato -dijo Adán-, pero ¿no hay otra vía más que esos penosos senderos para llegar a la muerte y mezclarnos con nuestro polvo consustancial?"

"Hallarás una -dijo Miguel- si observas la regla: en nada demasiado; regla aconsejada por la templanza en cuanto comes bebes, buscando un alimento necesario y no las delicias de la gula; de este modo pasarán numerosos años sobre tu cabeza; así podrás vivir hasta el momento en que, semejante a un fruto maduro, caigas en el seno de tu madre, de este modo no serás arrancado de la vida con violencia, sino cogido con facilidad, cuando estés sazonado para la muerte; tal es la edad senil. Pero entonces sobrevivirás a tu juventud, a tu fuerza, a tu hermosura ya marchita, y débil y encanecida; entonces tus sentidos embotados, serán insensibles a todos los gustos, a todos los placeres. En vez de ese soplo de juventud, de alegría y de esperanza, circulará por tu sangre un vapor melancólico, frío y estéril, que entumecerá tu espíritu y consumirá por último la savia de tu vida".

Nuestro gran antepasado, replicó:

"En adelante, no huiré ya de la muerte, ni desearé prolongar mucho mi vida, sino que procuraré buscar los medios más suaves, los fáciles para lanzar de mi esta pesada carga que me veo obligado a llevar hasta el día fijado para restituirla y esperar con paciencia mi disolución".

Miguel repuso:

"No ames ni aborrezcas la vida; pero procura hacer transcurrir bien los días que te conceda el Cielo. Por lo demás, deja que éste se ocupe de la duración de aquélla. Ahora prepárate a presenciar otro espectáculo".

Adán miró y vio una llanura espaciosa; cerca de algunas de ellas pacían numerosos ganados. Del interior de otras muchas se elevaba el sonido de los acordes producidos por el arpa y el órgano, veíase al que hacía mover las teclas y las cuerdas, su mano ligera recorría inspirada todos los tonos y modulaba, recorriendo también el instrumento de uno a otro lado, una sonora fuga.

En otro lugar estaba un hombre trabajando en una fragua, el cual había fundido dos macizos lingotes de hierro y de cobre; el hombre vertió el mineral líquido en moldes expresamente preparados; formó de él primeramente sus propias herramientas, y luego que podía ser obrado por medio de la fundición o tallando el metal.

Después de estos personajes, y hacia el sitio más próximo al que se encontraban viéronse bajar a la llanura algunos hombres de diferente especie desde la cumbre de las montañas donde tenían su habitual morada: a juzgar por sus modales, parecían hombres justos y todo su afán se cifraba en adorar a Dios, en conocer sus obras manifiestas y todas las cosas que pueden conservar la libertad y la paz entre los hombres.

Aún no habían caminado mucho por la llanura, cuando se vio salir de las tiendas una multitud de mujeres hermosas, ricamente adornadas de pedrerías y voluptuosas galas, iban cantando, acompañadas del arpa, dulces y amorosas baladas y se adelantaban danzando. Los hombres las miraron a pesar de su gravedad, y dejaron vagar sus ojos sin freno, cogidos desde luego en las redes del amor, las amaron y cada cual escogió la que amaba entreteniéndose en coloquios de amor, hasta que apareció la estrella de la tarde, precursora de la noche. Entonces, llenos de ardor, encendieron la antorcha nupcial e invocaron al Himeneo, llamado en aquel día por primera vez para asistir a las ceremonias del matrimonio; los ecos de la fiesta y de las músicas resonaron en todas las tiendas.

Tan feliz entrevista, tan encantador encuentro de amor y de juventud no perdida, aquellos cantos, aquellas guirnaldas, aquellas flores, aquellas agradables melodía cautivaron el corazón de Adán sumamente propenso a entregarse al deleite, inclinación de nuestra naturaleza y descubrió de este modo sus sentimientos:

"¡Oh, tú que me has abierto verdaderamente los ojos, primer ángel bendito!

Esta visión me parece mucho mejor y me infunde más esperanza de mejores días que las dos visiones precedentes, aquéllas era visiones de odio y de muerte o de tormentos peores, aquí, la Naturaleza parece realizar todos sus fines".

Miguel le contestó:

"No juzgues de las cosas por el placer que puedan causar, aun cuando parezcan conformes a la Naturaleza, tú has sido creado para un fin más noble, más santo y puro y de una conformidad más divina.

"Esas tiendas que te parecen tan hermosas son las tiendas de la maldad, bajo las cuales habitará la raza del matador de su hermano. Esos hombres parecen ingeniosos en las artes que hacen agradable la vida y en sus raros inventos se olvidan de su Creador, y aunque su espíritu les ha comunicados esos conocimientos, no reconocen ninguno de sus dones, pues esa hermosa reunión de mujeres que has visto y que parecen divinidades, tan festivas, seductoras y gentiles, carecen sin embargo de ese bien en que estriba el honor doméstico de la mujer y su principal gloria y se han nacido y se han formado tan solo para satisfacer lascivos apetitos, para cantar, bailar, adornarse y tener en continuo movimiento su lengua y sus ojos. Esta escasa raza de hombres, cuya vida religiosa le había conquistado el título de hijos de Dios, sacrificará innoblemente toda su virtud, toda su gloria, ante los incentivos y las sonrisas de estas bellas ateas; ahora nadan en un mar de delicias, pero dentro de poco nadarán en un abismo más vasto, ríen y a consecuencia de su risa, la tierra verterá antes de mucho un mundo de lágrimas".

Adán, privado de su breve contento, exclamó:

"¡Oh lástima! ¡Oh vergüenza! Que los que dieron principio tan perfectamente a su vida se desvíen tan pronto del bueno camino, sigan tortuosos senderos o desfallezcan a la mitad de su carrera! Pero aquí, como en todo, vero que la desdicha del hombre procede de la misma causa: ¡su origen es la mujer!"

"Tiene su origen -repuso el ángel- en la molicie afeminada del hombre que hubiera debido conservar su linaje por medio de la prudencia y de los dones superiores que había recibido. Pero ahora prepárate a contemplar otra escena".

Adán miró y vio desplegado ante sus ojos un vasto territorio, por el cual había desparramadas aldeas y campestres construcciones, ciudades llenas de hombres, con puertas y torres elevadas, reuniones de gente armada, rostros audaces amenazando con la guerra, gigantes corpulentos y de una audacia emprendedora. Unos manejan sus armas, otros doman espumosos corceles, tantos jinetes y peones, aislados o formados en orden de batalla, no se encuentran allí ciertamente par un vano simulacro.

Por un lado aparece un destacamento de tropas escogidas conduciendo forraje y empujando ante sí una manada de hermosos bueyes y vacas, separados de su pasto, o un gran número de ovejas y baladores corderos, recogidos como botín en la llanura. El pastor llama gente en su socorro, y de ahí resulta un sangriento choque. Los escuadrones se embisten con terrible furia; los rebaños se dispersan confusamente mezclados con loas armas y los cadáveres, en el mismo sitio dónde antes pacían tranquilamente y cuyo suela ensangrentado ahora se ha convertido en un yermo.

Otros guerreros acampados ponen sitio a una fuerte ciudad: la asaltan con ayuda de sus baterías, sus escalas y sus minas: los situados se defienden desde lo alto de sus muros con el dardo y la jabalina con piedras y combustibles sulfurosos, por doquiera sólo se contempla carnicería y hechos gigantescos.

Más allá de los heraldos, con el cetro en la mano, convocan a consejo en las puertas de una ciudad; inmediatamente ser reúnen los hombres vulnerables y cubiertos de canas, confundidos con los guerreros; óyense arengas, pero pronto estalla una oposición facciosa; levántase por último un personaje de mediana edad, eminente por su aspecto que revela la ciencia, habla de derechos y de culpas, de equidad, de religión, de verdad y de paz, y del juicio de Dios. Viejos y jóvenes lo escarnecen, y hubieran puesto sobre él sus manos violentas, si, descendiendo una nube no lo hubiera arrebatado sin ser visto de entre la muchedumbre. De tal fuerza procedían la violencia, la opresión y la ley del más fuerte en toda la llanura, sin que nadie encontrara un refugio.

Adán lloraba amargamente; se volvió lleno de tristeza hacia su guía y le dijo:

"¿Quiénes son esos? Ministro de la muerte sin duda, y no hombres, cuando tan inhumanamente distribuyen la muerte a los demás hombres, multiplicando diez mil veces el pecado del que mató a su hermano. Por que ¿en quienes cometen tales matanzas sino en sus hermanos? ¡Son hombres contra hombres! Pero, ¿quién era ese varón justo que, a no haberle el cielo, habría perecido víctima de su rectitud?"

Miguel le contestó:

"Ese es el fruto de los desproporcionados enlaces que has visto antes, en los que el bueno se ha unido al malo, a pesar de aborrecer ellos mismos semejante unión; confundidos imprudentemente entre sí, han engendrado esos seres monstruosos en cuerpo y en espíritu. Tales serán esos gigantes, hombres que alcanzarán elevado renombre, porque en estos días sólo será admirada la fuerza a la que se llamará valor y virtud heroica; vencer en los combates, subyugar a las naciones, recoger los despojos de una infinidad de hombres asesinados, serán los timbres que considerará como de mayor gloria la especie humana, gloria de que se mostrarán ávidos esos triunfadores, a quienes se prodigarán los títulos de grandes conquistadores de patronos de la Humanidad, de dioses e hijos de los dioses, cuando con más justicia debería llamárseles destructores y azote de los hombres. De este modo alcanzarán la reputación, la fama en la tierra, al paso que el que merezca verdaderamente la gloria, yacerá sepultado en el olvido. Pero ese que has visto y que será el séptimo de tus descendientes, el único justo en medio de una mundo perverso, aborrecido y rodeado de enemigos por eso mismo, porque se ha atrevido a ser el solo justo a anunciar la odiosa verdad de que Dios vendría a juzgarlos con sus santos, ése ha sido arrebatado por el Altísimo en una nube perfumado, tirada por corceles alados. Dios lo ha recibido en su seno para que marche con él por la elevada vía de la salvación, por las regiones benditas, exento de la muerte. Dirige ahora hacia aquí tus miradas, a fin de que contemples la recompensa que está destinada a los buenos y el castigo que espera a los malos.

Adán miró y vio que había cambiado por completo la faz de las cosas; las bronceadas fauces de la guerra habían cesado de rugir, todo se había convertido en fiestas y juegos; lujuria y crápula en diversiones y danzas, en casamientos o prostituciones, en rapto y adulterio, al azar y por dondequiera que pasara una mujer hermosa atrayendo a los hombres, de la copa del placer rebosaban las discordias civiles. Un personaje venerable apareció por último entre ellos; les manifestó la grande aversión que le inspiraban sus acciones y protestó contra su proceder. Frecuentaba asiduamente sus reuniones, donde tan sólo encontraba triunfos y orgías y les predicaba la conversión y el arrepentimiento, como almas que se hallaban bajo el inmediato golpe de sentencias inminentes; pero todo en vano. Cuando así lo conoció, cesó en sus amonestaciones, y trasladó sus tiendas lejos de ellos.

Entonces, cortando en la montaña corpulentos árboles, empezó a construir un barco de rara magnitud, que midió por codos en longitud, latitud y altura. Lo calafateó con pez, puso una puerta en uno de sus costados y lo llenó de cierta cantidad de provisiones para el hombre y para los animales. En seguida, ¡oh raro prodigio!, de cada especie de animales, pájaros e insectos, llegaron siete y siete, macho y hembra, y entraron el arca según la orden que habían recibido. El padre y sus tres hijos y sus cuatro mujeres entraron los últimos, y Dios cerró la puerta.

Al propio tiempo se levantó un viento del Sur y desplegando por el horizonte sus negras alas, reunió todas las nubes que había debajo del cielo. Las montañas enviaron vigorosamente en su auxilio sus vapores y sus sombrías y húmedas emanaciones, y entonces apareció el denso firmamento como una oscura bóveda: la lluvia se precipitó impetuosamente desde allí y continuó así hasta que desapareció la tierra. El flotante bajel iba elevándose con seguridad y luchando con su aguda proa contra el embate de las olas. La inundación subió por encima de todas las demás moradas del hombre, que fueron rodando con toda su pompa hasta el fondo de las aguas. El mar cubrió al mar, mar sin orillas, y en los palacios donde poco antes reinaba el lujo buscaron un abrigo y fijaron su asiento los monstruos marinos. Todo cuanto había quedado del género humano, antes tan numeroso, flota ahora embarcado, en un frágil leño.

¡Cuánto sufriste entonces, Adán, al ver el desastroso fin de tu posteridad, la despoblación de la tierra! Sumido tú mismo en otro diluvio de pesares y lágrimas, también te viste ahogado y abismado como tus hijos, hasta que, socorrido dulcemente por el ángel, te pusiste en pie, si bien desolado, como cuando un padre llora a sus hijos que han sido destruidos ante sus ojos, apenas te quedó aliento para dirigir al ángel tus lamentos de este modo:

"¡Oh funestas previsiones! ¡Cuánto más me valiera haber vivido en la ignorancia del porvenir! Así tan sólo sufriría mi parte de mal, que harto grande es la que he de soportar cada día. Ahora, merced a esta revelación anticipada, pesan a la vez sobre mi las desgracias que deben acaecer una tras otras en muchos siglos, pues obteniendo una existencia prematura, me atormentan aun antes de ser, con la idea de lo que serán. Ningún hombre procure en adelante saber lo que ha de sucederle a él o a sus hijos, porque adquirirá el convencimiento de un mal que su misma previsión no podrá evitar; y el mal futuro, conocido de esta suerte, no será para él menos doloroso que si en realidad existiera. Pero este cuidado es ahora inútil, porque no hay ya hombres a quienes prevenir. El corto número de ellos que ha quedado se verá consumido más o menos tarde por el hambre y la angustia, errando por ese desierto líquido. Me había atrevido a esperar que, en cuanto hubieran cesado sobre la tierra la guerra y la violencia, iría entonces todo bien, y que la paz coronaría a la especie humana con una prolongada serie de días venturosos. ¡Cuánto me he engañado! Ahora lo veo: ¡la paz es tan corruptora como devastadora la guerra! Y ¿por qué ha de suceder así? Dímelo, guía celestial, y dime también si la raza de los hombres debe terminar ahí."

Miguel le dijo:

"Aquellos que has visto últimamente en triunfo y en medio de una lujuriosa opulencia son los mismos que viste antes llevando a cabo actos de eminente proezas y grandes hazañas, pero en cuyo interior no existía la verdadera virtud. Después de haber derramado mucha sangre, después de haber causado muchos estragos para subyugar a las naciones y de haber adquirido a consecuencia de esto una gran fama por el mundo, pomposos títulos y rico botín, se han lanzado en la carrera del placer, de la comodidad, de la pereza, de la licencia y de la crápula, hasta que, por último su incontinencia y su orgullo han engendrado, en el seno mismo de la amistad, hostiles acciones en medio de la paz.

Los vencidos y los que han quedado reducidos a la esclavitud por la tiranía de la guerra, perdida su libertad, perderán también toda virtud y todo temor de Dios, su hipócrita piedad le implora en la ansiedad de las batallas, pero Dios les rehúsa su auxilio contra el invasor. Entibiado su celo por esta razón, no pensarán ya más que en vivir tranquilos, en posesión de lo que su amo les abandone, mundanos o disolutos, porque la tierra será siempre más que suficientemente fecunda para poner a prueba la templanza. Así es que todo degenerará, todo se pervertirá. La justicia y la templanza, la verdad y la fe, serán olvidadas por todo, excepto por un solo hombre, hijo único de la luz en un siglo de tinieblas, bueno a pesar de los ejemplos, a pesar de los incentivos, de las costumbres y de un mundo irritado. Sin temor al reproche, al desprecio a la violencia, dirá a los hombres que se aparten de sus inicuas vías, trazará ante ellos los senderos de la rectitud, mucho más seguros y pacíficos que los que siguen anunciándoles que la cólera omnipotente está próxima a visitar su impenitencia, y se retirará de ellos insultado, pero apareciendo ante los ojos de Dios como el único justo existente.

Por orden suya construirá un arca maravillosa, tal como la has visto, para salvarse él y su familia en medio de un mundo destinado a un naufragio universal. Apenas se habrá refugiado en el arca y puesto a cubierto con los hombres y los animales escogidos para propagar la vida, cuando abriéndose todas las cataratas del cielo, derramarán la lluvia día y noche sobre la tierra; todos los depósitos del abismo reventarán y yendo a aumentar las aguas del Océano, harán que éste se desborde hasta que la inundación se eleve por encima de las más altas montañas.

Entonces este monte del Paraíso será arrastrado por la fuerza de las olas fuera de su sitio, impelido por el doble desbordamiento, despojado de todo su verdor y sus árboles entregados a la corriente, descenderá hacia el gran río hasta la boca del golfo, donde se arraigará y formará una isla inmunda y desierta, retiro de las focas, de las orcas y de las gaviotas de estridente grito. Esto debe enseñarte que Dios que no aplica la santidad a lugar alguno si no es llevada a él por los hombres que lo frecuentan o habitan. Mira ahora lo que debe suceder en seguida".

Adán miró y vio el arca flotando sobre la masa de agua que iba disminuyendo, porque las nubes habían huído impelidas por un fuerte viento norte, cuyo seco soplo arrugaba la superficie de la inundación a medida que ésta descendía. El claro sol lanzaba sus ardientes miradas sobre su líquido espejo, y como si tuviera sed, bebía ampliamente las frescas olas. En breve, aquella inmensa cantidad de agua que durante mucho tiempo había permanecido inmóvil como un lago, retirándose por un decrecimiento semejante al del reflujo, desapareció con rápido paso en las profundidades del abismo, que había echado sus vastas esclusas, así como el cielo había cerrado sus cataratas.

Dejó de flotar el arca, pero pareció como si estuviese encallada y fija en la cima de una montaña. Las cumbres de las colinas iban apareciendo como rocas; las rápidas corrientes conducían con fragor su furiosa marea hacia el mar, que se retiraba. A poco rato sale volando del arca un cuervo y tras él una paloma, enviada como más segura mensajera una y otra vez para descubrir algún verde árbol o alguna tierra donde pudiera posarse; al volver de su segunda excursión, trajo en el pico un ramo de olivo en señal de paz. En breve apareció la tierra seca, y el antiguo padre descendió del arca con todo su séquito. Entonces, lleno de gratitud, elevando sus manos y sus piadosas miradas hacia el cielo vio sobre su cabeza una nube de rocío y en aquella nube un arco notable por tres fajas de brillantes colores, anunciando la paz de Dios y una nueva alianza. Ante aquel espectáculo, el corazón de Adán, antes tan triste, se inundó de júbilo, y dio paso a su gozo de esta suerte:

"¡Oh tú, celestial instructor, que puedes mostrar las cosas futuras como si fueran presentes! Me siento renacer ante esta última visión, seguro de que ya el hombre vivirá con todas las criaturas y de que su raza será conservada. Ahora es menor el pesar que me causaba la destrucción de un mundo entero de hijos criminales, por el gozo que siento al encontrar un hombre tan perfecto y tan justo, y al ver que Dios se ha dignado hacer salir otro mundo de ese hombre y olvidar su cólera. Pero dime: ¿qué significan esas fajas de colores en el cielo, que aparecen dibujadas en él como si fueran la ceja de Dios apaciguado? ¿Sirven quizá como un florido lazo para atar los bordes fluidos de esa nube llena de agua, evitando que se disuelva de nuevo e inunde la tierra?"

El arcángel le respondió:

"Has discurrido ingeniosamente; en efecto, Dios ha querido aplacar su cólera, aunque se hubiese arrepentido últimamente de haber creado al hombre depravado; sintió afligido su corazón cuando al dirigir sus miradas sobre la tierra la vio completamente dominada por la violencia, y que toda carne había corrompido sus vías. Exterminados, sin embargo, los perversos, ha encontrado un hombre justo tal gracia a sus ojos que se ha aplacado y no ha raído del mundo al género humano, le ha hecho la promesa de no destruir la tierra con un nuevo diluvio, de no permitir que el Océano salga de sus límites, ni que la lluvia ahogue el mundo con el hombre y los animales que contenga; pero cada vez que haga aparecer las nubes sobre la tierra, colocará en ellas su arco tricolor, a fin de que represente y recuerde su prometida alianza. El día y la noche, el tiempo de las siembras y de la recolección, el calor y las blancas heladas seguirán su curso, hasta que el fuego purifique todas las cosas nuevas, con el cielo y la tierra donde morará el justo".

 

LIBRO XII

Como un viajero que se detiene a la mitad de la jornada, aunque deseoso de llegar al término, así el arcángel hizo una pausa entre el mundo destruido y el mundo restaurado, suponiendo que quizá Adán tendría alguna observación que dirigirle. En breve continuó su relato por medio de una suave transición.

"Acabas de ver el principio y el fin de un mundo y al hombre saliendo como de un segundo tronco. Aun te queda mucho que ver, pero observo que tu vista mortal desfallece. Los objetos divinos deben por necesidad debilitar los sentidos humanos por eso ahora me limitaré a referirte lo que debe acaecer; escucha, pues, con la debida solicitud y está atento.

Mientras esta segunda raza de hombres sea poco numerosa, y mientras se conserve fresco en su memoria el recuerdo del reciente y terrible juicio, temiendo a la Divinidad y respetando lo que es recto y justo, llevarán una vida arreglada y se multiplicarán rápidamente. Labrarán la tierra, recogerán abundantes cosechas de trigo, vino, aceite y sacrificando a menudo un toro, un cordero, un cabrito de su rebaño con abundantes libaciones de vino, instituirán fiestas sagradas y pasarán sus días en medio de un gozo inocente; habitarán en paz durante largo tiempo, divididos en tribus y en familias bajo el cetro paternal, hasta que salga un hombre de corazón soberbio y ambicioso que, no satisfecho con tan bella igualdad, con tan fraternal estado, pretenderá arrogarse una dominación injusta sobre sus hermanos, y despojar enteramente a la concordia y a la ley de la Naturaleza de la posesión de la tierra. Se dedicará a la caza; su presa serán los hombres y no los animales, y hará cruda guerra y preparará hostiles emboscadas a los que se resistan a someterse a su imperio tiránico. Por esto será llamado forzudo cazador delante del Señor, pretendiendo haber obtenido del Cielo, a pesar del mismo Cielo, esta segunda soberanía. Su nombre se derivará de rebelión, aunque acusará de rebelión a los demás.

Este hombre seguido de una multitud unida a él por una ambición semejante, o puesta a sus órdenes para participar de su tiranía, encontrará en su marcha desde el Edén al Occidente una llanura, donde hierve, saliendo de la tierra, una boca del infierno, antro negro y bituminoso. Con la materia que de él se escapa y con ladrillos, se preparan aquellos hombres a construir una ciudad y una torre cuya cúspide pueda llegar al cielo y eternizar su nombre, temerosos de que, al dispersarse por extrañas tierras, llegue a dispersarse por extrañas tierras, llegue a perderse su memoria, pero sin cuidarse de que su fama sea buena o mala. Mas Dios, que sin ser visto desciende con frecuencia a visitar a los hombres y que circula por sus moradas a fin de examinar sus obras, al verlos, baja para observar la ciudad antes de que la torre ofusque a las torres del cielo, y distribuye por irrisión en sus lenguas cierto espíritu de variedad, con objeto de disipar desde luego su lenguaje nativo, reemplazándolo con un discordante rumor de palabras desconocidas. Inmediatamente se sigue una repugnante algazara entre los arquitectos, se llaman los unos a los otros sin entenderse, hasta que, roncos ya y furiosos, creyéndose escarnecidos, llegan a las manos, grandes carcajadas resonaron en el cielo al oír el ruido y al ver el aspecto de aquel extraño tumulto. Por último, fue abandonada la ridícula construcción de esta obra que se llama Confusión",

Entonces Adán, como padre, afligido, exclamó:

"¡Oh hijo execrable! ¡Aspirar a elevarse sobre sus hermanos, atribuyéndose una autoridad usurpada, que no le ha sido concedida por Dios! El Eterno nos otorgó tan sólo un dominio absoluto sobre el bruto, el pez y el ave; este derecho es un don suyo; pero no ha hecho al hombre señor de los hombres, sino que, reservando semejante título para sí mismo, ha dejado lo humano libre de lo que es humano. Mas ese usurpador no se limita en su orgullo a dominar al hombre, sino que con su torre pretende desafiar y asaltar al Eterno. ¡Oh miserable! ¿Cómo podrá llevar a tanta altura los elementos necesarios para él y para su temerario ejército? ¿Cómo podrá elevarse sobre las nubes, donde el aire sutil hará desfallecer sus groseras entrañas, y le hará padecer hambre de respiración, si no de pan?"

Miguel le respondió:

"Con justicia aborreces a ese hijo, que introducirá tal turbulencia en el estado tranquilo de los hombres, esforzándose en subyugar la libertad racional. No obstante, debes saber también que, desde el pecado original se ha perdido la verdadera libertad, hermana gemela de la recta razón que habita siempre con ella y que fuera de ella no tiene motivos de existencia; porque en cuanto la razón se oscurece en el hombre o no es obedecida por él, los deseos desordenados y las tumultuosas pasiones se apoderan del imperio de la razón y reducen a la esclavitud al hombre, libre hasta entonces. Por consiguiente ya que el hombre permite que reinen en su interior indignos ascendientes sobre la razón libre, Dios, por un justo decreto, la somete exteriormente a violentos tiranos, que con frecuencia esclavizan a su vez indebidamente su libertad exterior; así, pues es preciso que la tiranía exista, aunque el tirano no tenga excusa para serlo; y sin embargo, a veces las naciones decaerán tanto de la virtud (que es la razón), que se verán privadas de toda libertad, no por la injusticia, sino por la equidad y por alguna maldición fatal que pese sobre ellas, después de la pérdida de su libertad interior. Testigo de ello es el insolente hijo del constructor del arca, que expiando la afrenta que infirió a su padre, oyó tronar contra su raza esta abrumadora maldición: "Tú serás siervo de los siervos".

De esto se concluye que, así este último mundo como el primero irán de cesar mal en peor, hasta que Dios cansado al fin de sus iniquidades se retire de en medio de los hombres y aparte de ellos sus santas miradas, resuelto a abandonarlos para siempre en sus propias vías de corrupción, y a escoger entre todas las naciones un pueblo de quien sea invocado, un pueblo del que nazca un hombre lleno de fe, y que, residiendo aún en las riberas del Eufrates, haya sido criado en la idolatría.

¿Podrás creer que los hombres, aun en vida del patriarca salvado del Diluvio, han de llegar a ser tan estúpidos que abandonen al Dios vivo y se rebajen a adorar como dioses sus propias obras de madera y de piedra? A pesar de esto, el Todopoderoso se dignará mandar a aquel hombre por medio de una visión que salga de la casa de su padre, del seno de su familia y de entre los falsos dioses y se dirija a un país que le indicará, hará proceder de él un poderoso pueblo, y derramará sobre él sus bendiciones, de modo que en su raza todas las generaciones serán bendecidas.

Este hombre obedece puntualmente, y aunque no conoce la tierra adonde se encamina, cree, sin embargo, firmemente. Veo, aunque tú no puedas verlo, con qué fe abandona sus dioses, sus amigos, su suelo natal, Ur de Caldea ya pasa el vado en Harán, siguiéndole una muchedumbre incómoda de rebaños, acémilas y numerosos servidores; no camina con pobreza, pero confía toda su riqueza a Dios, que le llama a una tierra desconocida. Ahora llega a Canaán; veo sus tiendas levantadas en los alrededores de Siquén, y en la vasta llanura de Moreh, allí recibe la promesa de que será concedida a su posteridad toda la tierra que hay desde Hamat, que está al Norte, hasta el desierto que está al Sur, llamo a estos lugares por sus nombres, a pesar de que ahora carecen de ellos; desde Hermon al Levante, hasta el gran mar occidental. Aquí el monte Hermon, allí, el mar. Mira cada sitio en perspectiva conforme voy indicándotelos con la mano; junto a la plaza, el monte Carmelo, aquí, el río que nace en dos fuentes, el Jordán, verdadero límite oriental, pero los hijos de aquel hombre habitarán en Senir, esa larga cadena de colinas.

Considera además, que todas las naciones de la tierra, serán bendecidas en la raza de este hombre, que es la designada para que salga de ella tu gran Libertador, el que que quebrantará la cabeza de la serpiente, cuyo suceso te será pronto rebelado con más claridad.

Este bendito patriarca, que en un tiempo determinado será llamado el fiel Abrahán dejará un hijo y de este hijo un nieto, igual a él en fe, en sabiduría y en renombre. El nieto, con sus doce hijos, partirá de Canaán para una tierra que será llamada Egipto andando el tiempo y está dividida por el río Nilo. Míralo cómo corre por ese lado y se precipita en el mar por siete bocas. El padre va a morar en aquel país por un tiempo de escasez, invitado a ello por uno de sus hijos más jóvenes, cuyas dignas acciones le han elevado al segundo puesto en aquel reino de Faraón.

Muere dejando una posteridad, que llega a formar en breve una gran nación. Esta nación, cada vez más numerosa, causa inquietudes a un nuevo rey que procura detener el rápido crecimiento de aquellos extranjeros importunos, y dando al olvido los deberes de la hospitalidad, convierte en esclavos a sus huéspedes y condena a la muerte a sus hijos varones hasta que dos hermanos, Moisés y Aarón, son enviados por Dios para arrancar a aquel pueblo de la cautividad y volverlo a conducir con gloria y cargado de botín hacia su tierra prometida.

Pero antes que suceda esto, aquel tirano sin ley, que se niega a reconocer a su Dios o a respetar su mensaje, debe verse obligado a ello con señales y juicios terribles; los ríos deben convertirse en sangre que no se habrá derramado, las ranas, los insectos y las moscas invadirán el palacio del monarca, y llenarán todo el país con su asquerosa invasión. Los rebaños del rey deben morir de la peste; las úlceras y los tumores deben hinchar su carne y la de todo su pueblo. El trueno acompañado de granizo y el granizo acompañado del fuego deben desgarrar todo el cielo de Egipto y caer en torbellinos sobre la tierra, devorando todo cuanto encuentren. La hierba, fruta o grano que no devoren, deben ser comidos por una nube de langostas aparecidas como un inmenso hormiguero, sin dejar nada verde sobre la tierra. Las tinieblas palpables deben borrar todos los límites y hacer desaparecer tres días: por último, durante una noche, deben ser simultáneamente heridos de muerte todos los primogénitos de Egipto.

Domado de este modo por diez plagas el Dragón del río consiente al fin en dejar marchar a los extranjeros y su obstinado corazón se humilla varias veces, pero es como el hielo, que se endurece más después del deshielo. Persiguiendo en su furor a los mismos a quienes había dado permiso para partir, se ve sepultado con todo su ejército en el mar, que deja paso a los extranjeros como sobre un terreno seco entre dos muros de cristal, las olas contenidas por respeto a la vara de Moisés, permanecen divididas de esta suerte, hasta que el pueblo emancipado consigue ganar la orilla opuesta. Tal es el prodigioso poder que Dios prestará a su profeta, aunque, sin embargo, estará siempre presente en su ángel que marchará delante de esos pueblos en una nube y una columna de fuego; durante el día, en la primera y durante la noche en la segunda, a fin de guiarlos en su camino, o de colocarse entre ellos y el monarca obstinado que los persigue. El rey los perseguirá toda una noche, pero se interpondrán las tinieblas y los defenderán de su encuentro hasta que nazca el día; entonces Dios, mirando por entre la columna de fuego y la nube, romperá las ruedas de sus carros, en seguida Moisés, por orden suya, extenderá otra vez su poderosa vara, caerá sobre los batallones del Egipto, sepultando en el abismo todo su bélico aparato.

La raza escogida y libertada se adelanta desde la playa hacia Canaán, a través del inhabitado desierto, pero no toma el camino más corto, para evitar que, en su inexperiencia de la guerra, se acobarde al entrar en el país de los cananeos alarmados y que el pavor la induzca a volverse a Egipto, prefiriendo arrastrar una vida sin gloria reducida a la esclavitud, porque la vida pacífica es más dulce al noble y al que no es noble cuando no se ven impelidos por la temeridad.

Su larga permanencia en el desierto no dejará de ser provechosa a ese pueblo, que echará en él los cimientos de su gobierno, y elegirá entre las doce tribus su gran senado, encargado de mandar a tenor de las leyes prescritas. En el monte Sinaí, cuya oscura cumbre temblará cuando el Señor descienda a ella, el mismo Dios, en medio del trueno, de los relámpagos y del estrepitoso clamor de las trompetas, dará leyes a ese pueblo. Una parte de ellas estará consagrada a la justicia civil, la otra a las ceremonias religiosas de los sacrificios; estas ceremonias darán a conocer por medio de tipos y de figuras misteriosas al que está destinado de entre aquella raza para quebrantar a la serpiente, y los medios de que se valdrá para llevar a cabo la redención del género humano.

Pero la voz de Dios es terrible para el oído mortal; las tribus escogidas le suplican que haga conocer su voluntad por conducto de Moisés y que haga cesar el terror; Él les concede lo que le suplican, haciéndoles saber que no se puede llegar hasta Dios sin mediador, de cuyo elevado carácter se reviste entonces Moisés, a fin de preparar el camino a otro Mediador más grande, cuya llegada predecirá fijando el día, y todos los profetas, que le sucederán de edad en edad, cantarán el tiempo del gran Mesías.

Establecidas ya las leyes y los ritos, serán tan agradables a los ojos de Dios aquellos que le obedezcan de buena voluntad, que se dignará colocar en medio de ellos su tabernáculo, para que el Santo y el Único habite con los hombres mortales. Se fabricará un santuario de cedro revestido de oro, en la forma que Él ha prescrito. En este santuario habrá un arca, y en aquel arca, su testamento, el título de su alianza. Sobre ella se eleva el trono de oro de la misericordia sostenido por las alas de dos brillantes querubines. Ante el trono arden siete lámparas representando, como en un zodíaco, las antorchas del cielo. Sobre la tienda descansará una nube durante el día, y un rayo de fuego durante la noche; y conducidas por el ángel del Señor, llegarán por último a la tierra prometida a Abrahán y a su descendencia.

Lo demás sería muy prolijo de referir, sangrientas batallas, reyes vencidos y reinos conquistados; el sol deteniéndose inmóvil en medio del cielo durante un día entero y demorando el curso ordinario de la noche, a la voz de un hombre que diga: "Sol, detente sobre Gabaón; y tú, luna, sobre el valle de Ayalón, hasta que haya vencido Israel" Así se llamará el tercer descendiente de Abrahán, hijo de Isaac, y ese nombre pasará de él a su posteridad, que se establecerá victoriosa en Canaán"

Aquí Adán interrumpió al ángel, diciéndole:

"¡Oh enviado del cielo, antorcha de mis tinieblas, cuán bellas cosas me has revelado, en particular las que se refieren al justo Abrahán ya su raza! Ahora observo por vez primera que mis ojos están verdaderamente abiertos y consolado mi corazón. Antes me tenía dolorosamente perplejo la idea de lo que podía acontecerme a mí y a todo el género humano; pero ahora veo su día, el día de Aquel, en quien todas las naciones serán bendecidas, favor que no he merecido, yo, que buscaba la ciencia prohibida valiéndome de medios prohibidos. Sin embargo, hay algo que no comprendo bien: ¿por qué no se han dado tantas y tan distintas leyes a aquellos entre quienes Dios se dignará habitar en la tierra? Tantas leyes suponen otros tantos pecados, y siendo así, ¿cómo es posible que Dios resida entre semejantes hombres?"

"No dudes -respondió Miguel-, que el pecado, como engendrado por ti, reinará entre ellos, y por esta razón se le ha dado la ley para atestiguar su depravación natural, que excita sin cesar al pecado a luchar contra la ley, si bien puede descubrir el pecado no es capaz de oponerle más que débiles y figuradas sombras de expiación, tales como la sangre de los toros y de los machos cabríos, deducirán que alguna sangre más preciosa debe pagar la deuda humana, la del justo por el justo, a fin de que en esta justicia que les será aplicada por la fe, encuentren su justificación para con Dios y la paz de la conciencia, que la ley no puede calmar con sus ceremonias, pues que al hombre no le es posible cumplir la parte moral de la ley, y no cumpliéndola, no puede vivir.

Así es que la ley parece imperfecta y dictada solamente para disponer a los hombres en la plenitud de los tiempos, a una alianza mejor, para hacerles pasar, disciplinados ya, desde las sombras simbólicas a la verdad, de la carne al espíritu, de la imposición de estrechas leyes a la libre aceptación de una alta gracia, del temor servil al respeto filial, de las obras de la ley a las obras de la fe.

Por esta razón, Moisés, aunque tan particularmente amado de Dios, no siendo más que el ministro de la ley, se verá privado de conducir al pueblo a Canaán: el que lo conduzca será Josué, llamado Jesús por los gentiles, Jesús, que llevará el nombre y ejercerá el cargo del que debe domar a la serpiente enemiga y conducir con seguridad al eterno paraíso del reposo al hombre, largo tiempo sumido y extraviado en la soledad del mundo.

Los israelitas, colocados en su Canaán terrestre, morarán en él y prosperarán durante mucho tiempo, pero cuando los pecados de la nación hayan alterado la paz general, obligarán a Dios a suscitarles enemigos, de quienes los librará tantas veces cuantas se muestren penitentes, primero por medio de los jueces, después por los reyes, el segundo de éstos, célebre por su piedad y por sus grandes acciones, recibirá la promesa irrevocable de que su trono subsistirá para siempre. Todas las profecías anunciarán igualmente que de la estirpe real de David, saldrá un Hijo, el Hijo de la raza de la mujer, que te ha sido predicho, que será predicho a Abrahán como aquel en quién esperan todas las naciones, el que ha sido predicho a los reyes, como el último de ellos, porque su reinado no tendrá fin.

Pero antes habrá una larga sucesión de reyes, el primero de los hijos de David, célebre por su opulencia y su sabiduría, colocará en un templo soberbio el arca de Dios cubierta con una nube, arca que hasta entonces habrá vagado de tienda en tienda. Una parte de los que sucederán a este príncipe será inscrita en el número de los buenos reyes y la otra en el de los malos: la lista más larga será la de los malos. Las vergonzosas idolatrías y demás pecados de estos últimos, sumados con las iniquidades del pueblo, irritarán a Dios de tal modo, que se apartará de ellos, abandonará su tierra, su ciudad, su templo, su arca santa con todas las cosas sagradas, las cuales serán entregadas al desprecio y convertidas en botín de aquella orgullosa ciudad cuyas altas murallas has visto abandonadas en la confusión, por cuyo motivo será llamada Babilonia.

Allí deja Dios a su pueblo, que gime cautivo por espacio de setenta años, en seguida le libra del cautiverio, movido por su misericordia y por la alianza que juró a David, invariable como los días del cielo. Vueltos de Babilonia con el beneplácito de los reyes, sus señores, a quienes Dios predispondrá a favor de los israelitas, se dedicarán desde luego a reedificar la casa de Dios. Durante algún tiempo vivirán en la moderación y en una justa medianía, pero al acrecentarse su opulencia y su número se dividirán en facciones: la primera disensión nacerá entre los sacerdotes, hombres destinados al culto, y que por lo mismo deberían ser los que más se esforzaran en mantener la paz: su discordia será causa de que entre la depravación hasta en el mismo templo: se apoderarán por fin del cetro, sin miramiento a los hijos de David; pero este cetro, que perderán en seguida, pasará a manos de un extranjero, a fin de que el verdadero Rey Ungido, el Mesías, pueda nacer despojado de su derecho.

A su advenimiento, una estrella, que jamás había sido vista en el cielo, proclama su venida, y guía a los sabios de Oriente que van en busca de su morada, para ofrecerle oro, incienso y mirra. Un ángel solemne manifiesta el lugar de su nacimiento a unos sencillos pastores, que velan durante la noche. Acuden presurosos llenos de júbilo y oyen el himno de la Natividad cantado por un coro de ángeles. Un virgen es su Madre, pero su Padre es el poder del Altísimo. Subirá sobre el trono hereditario y extenderá los confines de su reino por los anchos limites de la tierra y su gloria por los cielos".

Miguel se detuvo, reparando que Adán estaba dominado por un gozo tan vivo que se parecía al dolor; bañado en llanto, sin respiración y sin palabras, al fin pudo exhalar estas:

"¡Oh profeta de agradables noticias, que colmas mis más gratas esperanzas! Ahora comprendo claramente lo que mis profundas meditaciones en vano han procurado muchas veces indagar: porque el objeto de nuestra gran expectación será llamado la raza de la mujer. ¡Yo te saludo, oh Virgen Madre, que tan alta está en el amor de los cielos! Sin embargo saldrás de mis riñones, y de tus entrañas saldrá el Hijo del Dios Altísimo, uniéndose Dios de este modo con el hombre. Ahora es forzoso que la serpiente espere con mortal pena el quebrantamiento de su cabeza. Pero dime: ¿Cuándo y dónde será el combate? ¿Qué golpe herirá el talón del vencedor?"

Miguel le contestó:

"No te imagines que su combate será lo mismo que un duelo ni pienses en heridas locales en el talón o en la cabeza, el Hijo no reúne a la humanidad a la divinidad para vencer a tu enemigo con más fuerza, ni tampoco será dominado de esta suerte Satanás, a quien su caída del cielo, herida la más mortal que podía recibir, no le impedido herirte de muerte. El Salvador que acude a ti, ése será el que te cure; pero no destruyendo a Satanás, sino a sus obras en ti y en tu raza; lo cual no puede suceder sino cumpliendo lo que tú no has cumplido, la sumisión a la ley de Dios, impuesta bajo la pena de muerte y sufriendo esta muerte debida a tu desobediencia y a la desobediencia de los que deben nacer de ti.

Únicamente de este modo puede quedar satisfecha la soberana justicia. Tu Redentor cumplirá exactamente a la ley de Dios, por obediencia y por amor a la vez, aunque el amor sólo baste para cumplir la ley. Sufrirá tu castigo ofreciéndose en carne humana a una vida llena de ultrajes y a una muerte maldita, anunciando la vida a todos los que tenga fe en su redención y crean que la obediencia del Salvador les será imputada, que ésta se ha hecho suya por la fe y que serán salvados por los méritos de Él, y no por sus propias obras, aunque éstas estén conformes con la ley. Por esto será aborrecido, blasfemado, detenido con violencia, juzgado, condenado a muerte como infame y maldito, enclavado en una cruz por su propia nación y muerto por haber dado la vida. Pero enclavará en su cruz a tus enemigos; la sentencia dictada contra ti y los pecados de todo el género humano serán crucificados con Él, y nada podrá dañar en adelante a los que confíes justamente en su satisfacción.

Muere, pero revivirá en breve. La muerte no ejercerá sobre Él un prolongado dominio; antes que aparezca la tercera aurora, las estrellas de la mañana le verán levantarse de su tumba, fresco, como la luz naciente y pagado ya el rescate que redime de la muerte al hombre. Su muerte salvará al hombre, siempre que no descuide una vida ofrecida de tal modo y aprecie todo su mérito con una fe no desprovista de obras. Este acto divino anula tu sentencia, esa muerte que deberías sufrir envuelto en el pecado, borrado para siempre del libro de la vida, este acto quebrantará la cabeza de Satanás, aniquilará su fuerza con la derrota del Pecado y de la Muerte sus principales armas cuyo aguijón se hundirá en su cabeza mucho más profundamente que no herirá la muerte temporal el talón del vencedor o de los redimidos por Él, porque esta muerte es como un sueño, un dulce tránsito hacia la vida inmortal.

Después de la resurrección, no permanecerá en la tierra más tiempo que el suficiente para aparecerse a sus discípulos, hombres que le siguieron siempre durante su vida. Les encargará que enseñen a las naciones lo que de Él aprendieron, bautizando en la corriente de las aguas a los que crean, cuya señal, lavándolos de la mancha del pecado para una vida pura, los preparará en espíritu, si así fuere necesario a una muerte semejante a la del Redentor. Aquellos discípulos instruirán a todas las naciones; porque a partir de este día, se predicará la salvación, no tan sólo a los hijos salidos del tronco de Abrahán, sino también a los hijos de la fe de Abrahán, por todo el mundo, de ese modo, todas las naciones serán benditas en la raza de Abrahán.

En seguida, el Salvador subirá victorioso al cielo de los cielos, triunfante de sus enemigos y de los tuyos, atravesará los aires, sorprenderá en ellos a la serpiente, príncipe del aire, la arrastrará encadenada a través de todo su reino y la dejará en él confundida. Entonces entrará en la gloria, volverá a ocupar su puesto a la diestra de Dios, altamente exaltado sobre cuanto hay más elevado en el cielo. Cuando esté próxima la disolución de este mundo, vendrá desde allí, rodeado de su gloria y de su poder, a juzgar a los vivos y a los muertos, pero a recompensar a los fieles y a recibirlos en su beatitud, sea en el cielo o en la tierra, porque entonces, la tierra será toda un paraíso, una mansión mucho más dichosa que la del Edén, y en la cual transcurrirán días infinitamente más felices".

Así habló el arcángel Miguel e hizo una pausa, como si hubiese llegado ya el gran período del mundo. Nuestro primer padre, lleno de gozo y admiración, exclamó:

"¡Oh bondad infinita, bondad inmensa que el del mal hará salir todo este bien y cambiará en bien el mal! ¡Maravilla mucho grande que la que en el principio de la Creación hizo salir la luz de las tinieblas! Estoy lleno de dudas, no sé si debo arrepentirme ahora del pecado que he cometido y ocasionado o alegrarme más bien de él, pues que será causa de un bien mayor; a Dios le dará más gloria, a los hombres mejor voluntad de parte de Dios y la gracia superabundante reinará donde antes abundaba la cólera. Pero dime: si nuestro Libertador ha de subir otra vez a los cielos, ¿qué será del corto número de sus fieles abandonados entre la muchedumbre de infieles, enemigos de la verdad? ¿Quién guiará entonces a su pueblo? ¿Quién lo defenderá? ¿No serán tratados sus discípulos peor de lo que Él mismo lo ha sido?"

"Ciertamente, lo serán -dijo el ángel-, pero desde el cielo Él enviará a los suyos un Consolador, la promesa del Padre, su Espíritu que habitará en ellos y escribirá en su corazón la ley de la fe, empleando tan sólo el amor para guiarlos por la senda de la verdad. Además, los revestirá de una armadura espiritual, capaz de resistir a los ataques de Satanás y de embotar sus dardos de fuego. No les atemorizará nada de cuanto el hombre pueda intentar contra ellos, ni aun la misma muerte. Se verán recompensados de aquellas crueldades con consuelos interiores y muchas veces, confortados hasta el punto de que su firmeza cause admiración a sus más fieros perseguidores; porque el Espíritu descendiendo primero sobre los apóstoles, que el Mesías enviará a evangelizar a las naciones, y después sobre todos los bautizados, llenará a aquéllos de maravillosos dones para hablar todas las lenguas y hacer todos los milagros que el Señor hacía en su presencia. Inducirán de este modo a una gran multitud en cada nación a recibir con delicia las nuevas traídas del cielo, y por último, cumplida su misión, terminada su carrera y escrita su doctrina y su historia morirán.

Pero en su puesto y conforme a sus predicciones, los lobos sucederán a los pastores, lobos voraces, que harán servir los sagrados misterios del cielo en provecho de sus viles designios de codicia y ambición, y que, valiéndose de supersticiones y tradiciones falsas corromperán la verdad que se depositó pura únicamente en aquellos libros sagrados, pero que sólo el Espíritu puede comprender.

Se esforzarán entonces en prevalecerse de títulos, nombres y alcurnias y en unir a éstos el poder temporal, si bien, fingiendo que ejercen únicamente el poder espiritual, apropiándose el Espíritu de Dios, prometido y dado a todos los fieles. En tal pretensión, se impondrán por la fuerza carnal leyes espirituales a cada conciencia, leyes que nadie encontrará escritas entre las que se han confiado a los libros santos o que el Espíritu graba interiormente en el corazón.

¿Qué pretenderán sino violentar el Espíritu de las misma gracia y encadenar la Libertad, su compañera? ¿Qué querrán más que demoler los templos vivos de Dios, construidos duraderos por la fe, su propia fe, no la de otro? Porque en contra de la fe y de la conciencia, ¿quién puede ser considerado en la tierra como infalible? Sin embargo, muchos tendrán semejante presunción, y de aquí se originará una opresora persecución contra los que perseveren en adorar en espíritu y en verdad. El resto, que será el mayor número, creerá dejar satisfecha a la religión con ceremonias exteriores y formalidades especiosas. La verdad se retirará, traspasada por los dardos de la calumnia y apenas podrán hallarse las obras de fe.

Así marchará el mundo, funesto para los buenos, favorable para los malos, y gimiendo bajo su propio peso hasta que aparezca el día de reposo para el justo y de venganza para el malo; día del regreso de Aquel que hace poco te ha sido prometido en tu ayuda, del Hijo de la Mujer, entonces anunciado vagamente, ahora más ampliamente conocido como tu Salvador y tu Maestro.

Finalmente, descenderá del cielo sobre las nubes para ser revelado en la gloria de su Padre y para disolver a Satanás con su mundo perverso. Entonces, de esa masa abrasada, purificada y refinada por medio del fuego, han de salir nuevos cielos, una nueva tierra, edades interminables, fundadas sobre la justicia, la paz, el amor y cuyos inmediatos frutos serán la alegría y la felicidad eterna".

El ángel terminó y Adán le replicó por última vez:

"¡Bienaventurado profeta! ¡Cuán rápidamente has explorado este mundo fugitivo y el curso del tiempo hasta el día en que se detendrá inmóvil! Más allá, todo es abismo, eternidad, cuyo fin no puede alcanzar mirada alguna. Partiré de aquí sumamente instruido y con una completa tranquilidad de pensamiento, pues he recogido en el vaso de mi mente cuantos conocimientos podían caber en él; en aspirar a más ha consistido mi locura. Por esto deduzco que lo mejor es obedecer, amar a Dios, sólo con temor y caminar como si presenciara todos nuestros pasos, reconocer sin cesar su providencia, no depender de nadie más que de Él, que es misericordioso en todas sus obras, haciendo que el bien triunfe del mal, llevando a cabo con las cosas más pequeñas las más grandes, derribando la fuerza del mundo con los medios que se tienen por más débiles y al sabio del mundo, con la sencillez del humilde. En adelante sabré que sufrir por la causa de la verdad es elevarse con valor a la más alta victoria y que para el fiel, la muerte es la puerta de la vida. Descubro todo esto por el ejemplo de Aquel a quien reconozco ahora como mi Redentor para siempre bendito".

El ángel replicó de este modo a Adán por la última vez:

"Sabiendo esas cosas, has alcanzado la mayor suma de sabiduría; deshecha la esperanza de elevarte más, aun cuando conocieras todos los astros por su nombre y todos los poderes etéreos, todos los secretos del abismos, todas las obras de la Naturaleza o todas las obras de Dios en el cielo, en el aire, en la tierra o en el mar; aun cuando gozaras de todas las riquezas de este mundo y le gobernaras como un solo imperio. Añade únicamente a tus conocimientos acciones que les correspondan, añada la fe, añade la virtud, la paciencia, la templanza, añade el amor, que en el porvenir será llamado caridad, alma de todo lo demás. Entonces tendrás menos sentimiento por haber salido de este Paraíso, pues llegarás a poseer en ti mismo un paraíso mucho más feliz.

Descendamos ahora de esta cumbre de especulación, pues ha llegado la hora fijada para que salgas de este lugar. ¡Mira! Esos guardas que he apostado sobre esa colina esperan la orden de ponerse en marcha; ante ellos ondea con violencia una espada centelleante en señal de destierro. No podemos permanecer aquí por más tiempo. Ve, despierta a Eva: también la he tranquilizado, valiéndome de dulces ensueños presagios del bien y he preparado todos sus sentidos a una humilde sumisión. En tiempo oportuno le participarás cuanto has oído, sobre todo lo que es importante que conozca su fe, la gran redención del género humano, que debe proceder de su raza, de la raza de la mujer. Así podáis vivir unidos en la fe, pues vuestros días serán numerosos, y aunque tristes, a causa de los pasados males, os servirá, sin embargo, de gran consuelo la meditación de un fin dichoso".

Concluyó, y ambos descendieron de la colina. Cuando llegaron al pie de ella, Adán se adelantó presuroso hacia el sitio donde se había dormido Eva, pero la encontró despierta, y ella le recibió con estas palabras, que ya no rebelaban tristeza alguna:

"Sé de dónde vienes y adónde has ido, porque Dios está también en los sueños y los preside; los que me ha enviado cuando caí adormecida, abrumada por el pesar y lleno de angustia el corazón, han sido propicios anuncios de un gran bien; pero ahora guíame, que por mí no habrá ya demora, ir contigo es estar aquí, quedar aquí sin ti es salir de aquí involuntariamente. Tú eres para mi todo cuanto existe bajo el cielo, tú representas para todos los lugares, tú que por crimen voluntario te ves expulsado de aquí. Sin embargo, al alejarme de este sitio, llevo conmigo el tranquilizador consuelo de que, si bien todo se ha perdido por mi culpa, se ha concedido un favor, a pesar de mi indignidad: el de que de mí saldrá la raza prometida que lo reparará todo."-

Así habló Eva, nuestra madre y Adán la escuchó lleno de gozo, pero no respondió una palabra; el arcángel estaba muy cerca y los querubines descendían en un orden brillante, desde la otra colina, hacia el sitio designado; se deslizaban casi resplandecientes meteoros sobre la tierra, lo mismo que se desliza sobre un pantano una neblina que, al caer la tarde, se eleva sobre un río e invade rápidamente el suelo, siguiendo los pasos del labrador que vuelve a su cabaña. Avanzaban de frente; ante ellos centelleaba furiosa, como un cometa, la espada fulminante del Señor; el tórrido calor que se desprendía de aquella espada y su vapor semejante al aire abrasado de Libia, empezaban a secar el clima templado del Paraíso; entonces el ángel dando prisa a nuestros lentos padres, los tomó de la mano y los condujo en derechura hacia la puerta oriental; desde allí los siguió apresuradamente hasta el pie de la roca, en la llanura inferior y desapareció.

Volvieron la vista atrás y contemplaron toda la parte oriental del Paraíso, poco antes su dichosa morada, ondulando bajo la tea centelleante; la puerta estaba defendida por figuras temibles y armas ardientes.

Adán y Eva derramaron algunas lágrimas naturales, que enjugaron enseguida. El mundo entero estaba ante ellos para que eligieran el sitio de su reposo y la Providencia era su guía. Asidos de las manos y con inciertos y lentos pasos, siguieron a través del Edén su solitario camino.

 

FIN DE "EL PARAÍSO PERDIDO"
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