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Enrique Molina
Biografía
Considerado hoy como uno de los más importantes poetas de Latinoamérica, nació en Buenos Aires y llevó una vida variada e intensa. Fue tripulante de barcos mercantes en el Caribe y Europa, y vivió en diferentes países de América -experiencia que otorgó un tono continental a su obra-, fascinado en especial por el esplendor del trópico y el sentimiento de profunda identidad espiritual con la esencia de las culturas animistas del continente.
Identificado con las ideas y los fines del movimiento surrealista, funda en 1952, con Aldo Pellegrini, la revista
"A partir de cero".
Como pintor, actividad que también practica, crea imágenes en una atmósfera de sueño, ingenuidad y misterio que se corresponden completamente con su poesía.
- ALGÚN VESTIGIO DE TU PASO
- RUTINA DOMÉSTICA
- LA ARENA
- TAREA INCLEMENTE
- LA RUEDA DE LAS COSAS
- MUTACIONES EN EL PÁRAMO
- EL DESCUIDADO
- FINAL DE ESTACIÓN
- SÓLO UNA ETAPA
La dulzura de recordar el sol en la espiral del sueño
y el vano poder de haber ido tan lejos.
Es tan extraño perdurar, oir aún
la grave letanía de los huesos y el hechizo del mundo.
Déjame ver, déjame ver:
alguien me condujo hasta aquí y se oculta,
cubierto de grandes praderas, de climas,
refugios baldíos, luces que brillan
en el faro donde la tierra termina.
Salido de lugares inciertos, de trópicos y lluvias,
voraz como fuego, intruso,
la huella de sus dientes y sus besos en la manzana.
¿De quién es ese rostro desconocido entrevisto
donde se pierde? Es incierto y ansioso
extraviado en la fábula oscura de mi vida.
Adiós, sombra mía.
Saboreo el café del desayuno después del diluvio.
El salmodiante Noé
está tendido desnudo entre sus hijas y la guitarra
con la tierra al alcance de la mano.
La casa apareció traída por un pájaro
colgada del pico. El café
es negro y suntuoso
como el trono de un monarca africano
con cabezas de leones labradas por el rayo.
La Desconocida ambula por los cuartos
en las constelaciones del deseo,
perfumada y demasiado próxima
a las cosas que despiertan con ella,
con el desayuno,
llena de errores, indómita como las águilas,
enjoyada en su risa y su leyenda.
Escarbará en mi pecho con su zarpa, me bendecirá
en un idioma salino
en el que todo es orgiástico, devorador, inquietante.
Y tantos años han corrido con esta misma escena
mientras el gallo inicia el hechizo inexplicable
del día
que fosforece y pasa hacia las aguas oceánicas.
Blanca, consumida por la alquimia y la sal,
tendida en su lecho virgen bajo las alas de la luna
deja caer su velo de novia
para cubrir al señor de los náufragos.
Y no olvides que también es mortaja.
Tortúrame, arena,
con el auto de fe del sol en la bahía,
arráncame frente al océano mi última confesión.
Labios sin dogma
al pie de la escollera de terribles piedras donde
el mar estalla.
Vienes de muy lejos como la sangre,
tu amor seduce ciertas almas,
giran en el viento,
asumen el temblor del cangrejo acosado en su cueva.
Tu tesoro son conchillas trizadas y tu leche es árida
como hueso. Despojos
de la sístole y la diástole del salvaje corazón marino.
Sedienta del agua que te castiga brilla como un
incendio
el oro de tus caderas de odalisca.
Tumba o promesa de grandes placeres de la
intemperie, pero tan pérfidamente
seductora
para que alguien, sobre tu superficie, reverberante y
unánime,
escriba con un dedo la palabra "adiós" y un nombre que
se borra.
Antes de que todo desaparezca
escribo con el viento que sopla sobre el cerdo
y la rata
y ciertos huesos desnudos entre las hojas saltarinas.
Con palabras
dirigidas a gente que no existe,
a una última llama en el último leño.
Pero no es pesadumbre sino un vuelo,
insalvables tesoros de langosta.
Con cuanto he visto y palpado,
un asombro perpetuo ante cada latido,
con las fugaces bebidas de la orilla
y cuanto descubrí mientras dormía.
Flotantes episodios que nunca dejan de nacer
perdurando en el alma como fuegos.
Con la llegada del Comendador
-medusante, deudor del fondo de la noche-,
y las grandes intercesoras para el perdón de nada
cuando franquean todo límite,
doradas como anillos, obscenas,
con negras medias de seda, con labios untuosos,
despegándose pesadamente desde las hendiduras de
la tierra,
con su socorro sin sollozos
para que ninguna mentira te seduzca.
Con la soledad, con la pisada
de quien regresa de dejar a un muerto,
la algarabía del sol sin errores,
insensatos romances en los que fui todo aquello
destinado al olvido,
ignorado por el altar y el ave santa.
Las piedras son diáfanas, las olas defienden los
confines,
y oigo cantar a los espíritus
en el umbral del día.
Y allí los platos amados que la mano más humilde
dispone en mi mesa,
rajados por el uso y las tormentas,
con un ronco sonido de aguas subterráneas bajo
su peso,
las llamas melancólicas del clima.
¿En la nave de qué iglesia del viento?
¿En los despojos de qué naufragio de Robinson?
Entonces escribo
con palabras equívocas aparejadas a la lejanía.
La rueda de las cosas en la luz y en la noche,
giran muebles, herramientas, utensilios de la
intemperie,
crujen, rechinan; su catálogo vasto como el mar,
el fantasma con sartenes y cacerolas retumba en
la cocina,
destapa una botella altísima, alinea las copas,
paraguas, zapatos, libros, guitarras y vestidos
llegados desde las cavernas, mortajas, collares,
objetos que han perdido la razón,
golpean en el pecho, en el flanco del viento y el
relámpago,
demente presencia de objetos a la orilla del hombre,
en torno al misterioso foco de existir,
presas de la cacería, llenos de tentaciones,
espléndidos y míseros regalos de los dioses,
el antiguo Cristo con misericordia
reparte la vajilla y el milagro, reparte los cubiertos,
vincula su sangre con una jarra bendita.
Cada cual con sus cosas,
su patrimonio de infinitas materias,
loza, madera, cristal, acero, humo.
Al Faraón le dejan el servicio de la muerte,
sus pertenencias, frascos de perfume, diademas.
Tantas cosas en torno a nuestros pasos
mientras avanzamos por el camino de tierra a lo
largo de los cafetales.
Quien vuela sobre manteles y plantaciones
-incierto y transitorio-
con ávidos ojos a la espera
de apariciones cotidianas y frutos veloces,
elegido por la inconstancia y el remolino de la luz
en grandes desavenencias donde el destino cambia
sus derroteros,
él, que levantó como un loco la novia en el peldaño
de fuego,
quisiera, después, en las inmensas orillas
fijar el rostro de algún ser cuya imagen velara bajo
la tumba
como una sombra paralela a su sombra.
En vano, pues la pira que surge del recuerdo,
el paso de los días,
ciertos encuentros deslumbradores
donde por la voluntad de un dios o de una gota de
lluvia
coincidieron un instante el sueño y la tierra,
instalan gárgolas inconclusas
envueltas en blancos camisones lunares tejidos por
la niebla,
el despertar de una voz extinguida convertida en un
susurro de hojas,
flujo de aguas deslizándose entre guijarros,
bebidas para gente enterrada, ese soplo
que modula palabras desconocidas salidas del fuego,
y el agujero del vino en las piedras.
¿En dónde la marea, el fantasma dorado
de tantas cosas que se desvanecen?
Cuerpo mío, con su insaciable enigma,
siempre su fabuloso material a la espera
de la aventura, de salir de la sombra,
siempre ante la presencia de las Hijas del Fuego.
Lo he visto de muy lejos en ciertos países,
a través de ramas, a lo largo del agua, frágil de
cabeza,
joven, sin ninguna hermosa casa de su propiedad,
en la impaciencia del sol,
entregado a la errancia, a la locura
de algunas muchachas imperfectas como el oro y los
sueños,
empapado por el grito marino,
perdido a menudo entre los muros maternos de la
noche.
Me engañaba su astucia o su inocencia,
seducido por una realidad secreta, orgías y silencio.
sonaban pasos alrededor sin nadie,
palpitante en el coro de las arpías más dulces,
con un sabor desconocido y misterioso,
en la indomable herencia del planeta.
¿Cuál la luz de sus venas, el terrible ramaje de
sus huesos
hundido en la extrañeza de su abismo,
en los poderes de un mundo indescifrable?
Demasiadas concesiones a la desidia.
Pero recuerdo el viento y la lluvia,
el brillo de unos huevos de tortuga en una playa
del Pacífico.
La pálida muerte del verano se consume en el aire,
errantes hojas,
el andén se hundió y nadie vuelve a esas piedras
que ya nadie comprende, sin viajeros, sin viento,
mientras alguien espera
que algo responda a la ansiedad de estar vivo.
Una visión:
hombres semidesnudos van con la larga red tendida
hacia la costa, hacia el griterío
de sus mujeres. Ellas esperan su tesoro:
escamas brillantes, coletazos, dones
oceánicos, desesperadas bocas de la profundidad
que muerden aire, adioses. ¡Pero es tan bella
el agua dorada sobre el corazón!
Todas las nubes dispuestas para la travesía
en los ritos del sol, más allá de las lágrimas.
¿Y qué esperas recoger de cada escama,
de cada brisa de esas bocas mórbidas donde se
cumplen
los dones terribles de la tierra?
Algo responde siempre al ala que interroga,
a quien se inclina ante el graznido
de un ataúd. Todas las cosas se entreabren
un instante, te desgarran con dientes amados,
en un continente de amnesia, de promesas
en los paraísos de la catástrofe.
Piedras llevadas por el viento,
con la misteriosa canción de los muertos
retumban
contra mi corazón, y la antigua
pasión del furor de partir sopla de nuevo,
murmura besos, calendarios de lo desposeído,
sangre de la lejanía, sangre de la lejanía.
Esa dicha fue a la vez unánime y transitoria,
tantos países de antaño, devoradores,
se fríen lejos y rechinan, irrumpen
con una belleza implacable, con bocas
húmedas del rocío de los sueños, y de pronto
un rostro de huérfana brilla de nuevo al sol.
Acabas de grabar un bisonte en la caverna,
acabas de resucitar una llamarada de la distancia,
algunas historias
para instalarte en un infierno propio donde
ya la gente no canta ni penetra a sus casas,
para llegar sólo al establo roto, al suelo desfondado,
con placeres como novias arrojadas por la escalera.
Todo aquello al fin será la luz, el grito de la lluvia,
la pisada de un cuerpo fantasma
en las orillas fulgurantes del mundo.
Ciertas criaturas de frontera, ciertos éxtasis,
alguna vez amamos en el altiplano, montaña, buitres,
el andar femenino de las llamas, tales delirios
desde las grandes fiestas al olvido en medio
de viajes y caminos que se cruzan, risotadas
de esas gentes con rostros de plumas o de cuero, en
el frío,
entre los ácidos cactus erizados por el zapateo
y la embriaguez de los indios, dichosos
de una grandeza tan humilde.
En una posada, junto a la mesa, con una olla de
hierro,
surgió una mujer desde el fondo de un pozo de fuego,
con ojos de una ternura viciosa,
taciturna mujer de servicio con triple falda
y la pesada trenza negra donde nacía la tormenta,
para que el camino se hundiera y la roja
franja de sus labios brillara a la intemperie,
hasta que la inmensa música de su latido
llegara hasta mi pecho como una galaxia sexual
en lo más profundo del cielo, como si nada pudiera
ir más allá de su sangre y de su ensoñación.
De todo eso un gran pájaro vuela,
sus alas atruenan en la diversidad del mundo.