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Rainer Maria Rilke
OFRENDA
¡Oh cómo florece mi cuerpo, desde cada vena
con más aroma, desde que te conozco!
Mira, ando más esbelto y más derecho,
y tú tan sólo esperas...¿pero quién eres tú?
Mira: yo siento cómo distancio,
cómo pierdo lo antiguo, hoja tras hoja.
Sólo tu sonrisa permanece
como muchas estrellas sobre ti,
y pronto también sobre mí.
A todo aquello que a través de mi infancia
sin nombre aún refulge, como el agua,
le voy a dar tu nombre en el altar
que está encendido de tu pelo
y rodeado, leve, de tus pechos.
SEPULCRO DE UNA MUCHACHA JOVEN
POR TI, PARA QUE UN DÍA LLEGARAS
UN DÍA TE TOMÉ ENTRE MIS BRAZOS
CANCIONES DE LOS ÁNGELES
ORACIONES DE LAS MUCHACHAS A MARÍA
SEPULCRO DE UNA MUCHACHA JOVEN
Lo recordamos todavía. Es como si todo esto
tuviera que ser una vez más.Como un árbol en la costa de los limones
llevabas tus pequeños pechos leves
hacia adentro del murmullo de su sangre
de aquel dios.Y era tan esbelto
fugitivo, el que mima a las mujeres.Dulce y ardiente, cálido como tu pensamiento,
cubriendo con su sombra tu flanco juvenil
e inclinado como tus cejas.
UN DÍA TE TOMÉ ENTRE MIS BRAZOS
Un día tomé entre mis manos
tu rostro. Sobre él caía la luna.
El más increíble de los objetos
sumergido bajo el llanto.
Como algo solícito, que existe en silencio,
tenía que durar casi como una cosa.
y con todo nada había en la fría noche
que más infinitamente se me escapara.
Oh, porque desembocamos en estos lugares,
se apresuran hacia la pequeña superficie
todas las ondas de nuestro corazón,
voluptuosidad y desfallecimiento,
y al fin, ¿a quién ofrecemos todo esto?
Ay, al extraño, que nos ha malentendido,
ay, a aquel otro, que nunca hemos encontrado,
a aquellos siervos, que nos han maniatado,
a los vientos de primavera, que se han desvanecido,
ya la quietud, la perdedora.
POR TI, PARA QUE UN DÍA LLEGARASPor ti, para que tú un día llegaras,
¿no respiraba yo a media noche
el flujo que ascendía de las noches?
Porque esperaba, con magnificencias
casi inagotables, saciar tu rostro
cuando reposó una vez contra el mío
en infinita suposición.
Silencioso se hizo espacio en mis rasgos;
para responder a tu gran mirada
se espejaba, se ahondaba mi sangre.
¡Qué expresión fue sembrada en mi interior
para que, cuando crece tu sonrisa,
proyecte sobre ti espacio cósmico!
Pero tú no vienes, o vienes demasiado tarde.
Precipitaros, ángeles, sobre este
linar azul. ¡Segad, segad, oh ángeles!
CANCIONES DE LOS ÁNGELES
No he soltado a mi ángel mucho tiempo,
y se me ha vuelto pobre entre los brazos,
se hizo pequeño, y yo me hacía grande:
de repente yo fui la compasión;
y él, solamente. un ruego tembloroso.
Le .di su cielo entonces: me dejó
él lo cercano, de que él se marchaba;
a cernerse aprendió. yo aprendí vida,
y nos reconocimos . lentamente...
Aunque mi ángel no tiene ya deber,
por mi día más fuerte desplazado,
baja a veces su rostro con nostalgia,
como si no quisiera ya su cielo.
Querría alzar de nuevo, de mis pobres
días, sobre las cimas de los bosques
rumorosos, mis pálidas plegarias
basta la patria de los querubines.
Allí llevó mi llanto originario
y pensamientos; y mis diminutos
dolores se volvieron allí bosques
que susurran sobre él...
Sí algún día, en las tierras de la vida,
entre el ruido de feria y de mercado,
la palidez olvido de mi infancia
florecida, y olvido el primer ángel,
su bondad, sus ropajes y sus manos
en oración, su mano bendiciendo;
conservaré en mis sueños más secretos
siempre el plegarse de esas alas,
que como un ciprés blanco
quedaban detrás de él...
Sus manos se quedaron como ciegos
pájaros que, engañados por el sol,
cuando, sobre las olas, los demás
se fueron a perennes primaveras,
han de afrontar los vientos invernales
en los tilos vacíos, sin follaje.
Había en sus mejillas la vergüenza
de las novias, que el espanto del alma
tapan con púrpuras oscuras
ante el esposo.
Y en los ojos había
resplandor del primer día:
pero sobre todo
descollaban las alas portadoras...
Había expectación en la llanura
por un huésped que no acudió jamás:
aún pregunta tal vez el jardín trémulo:
su sonrisa después se vuelve inválida.
Y por los barrizales aburridos
se empobrece en la tarde la alameda,
las manzanas se angustian en las ramas
y les hacen sufrir todos los vientos.
Es donde están las últimas cabañas
y casas nuevas que, con pecho angosto,
se asoman estrujadas, entre andamios miedosos,
quieren saber dónde empieza el campo.
Allí la primavera siempre es pálida, a medias,
el verano es febril tras esas tablas:
enferman los ciruelos y los niños,
y tan sólo el otoño allí tiene algo
de remoto y conciliador: a veces
son sus tardes de suave derretirse:
dormitan las ovejas, y el pastor con zamarra
se apoya, oscuro, en la última farola.
Alguna vez ocurre en la honda noche
que se despierta el viento, como un niño,
y pasa la alameda, solitario,
quedo, quedo, llegando hasta la aldea.
Y a tientas va marchando hasta el estanque
y se para después a oír en torno:
y las casas están pálidas todas
y las encinas mudas...
ORACIONES DE LAS MUCHACHAS A MARÍA
Haz que algo nos ocurra. Mira
cómo hacia la vida temblamos.
Y queremos alzarnos como
un resplandor y una canción.
Querías ser como las otras,
que en el frescor se visten, tímidas;
tu alma quería que sus cantos
cansados de muchacha, en seda
florecieran hasta las lindes
de la vida. Pero en lo hondo
de lo enfermo tuyo, una fuerza
osó echar pámpanos: brillaron
soles, y se hundieron semillas,
y lo volviste como el vino.
Y ahora estás tú, dulce y saciada
como tarde, en nosotras todas;
y sentimos cómo caemos
y nos dejas sin brillo a todas...
Mira, son tan estrechos nuestros
días, y temeroso el cuarto .
de la noche; todas deseamos
desmañadas, la rosa roja.
Debes sernos suave, María,
florecemos desde lo sangre,
tú sola puedes sabe cómo
el anhelo hace tanto daño;
tú misma has percibido este
dolor de doncella en el alma;
tiene un tacto como de nieve
navideña pero está ardiendo...
De tantas cosas, nos quedó el sentido:
precisamente de lo suave y tierno
hemos sacado un poco de saber;
como de un secreto jardín,
como de un almohadón de seda,
que se nos ha metido bajo el sueño,
o de algo, que nos quiere
con ternura desconcertante...
¿Quién, si yo gritara, me escucharía desde los órdenes angélicos?
Y suponiendo que un ángel de pronto me tomase contra su corazón:
me extinguiría ante su existencia más fuerte.
Porque lo bello no es sino el comienzo de lo terrible, que todavía podemos soportar y admirarnos tanto, pues impasible desdeña destruirnos. Todo ángel es terrible.
Y así me contengo y trago el reclamo de un oscuro sollozo. ¡Ay! ¿A quién podremos pues recurrir?
Ni a los ángeles ni a los hombres; y las bestias, más sagaces, advierten ya
que nos hallamos muy inseguros en el mundo interpretado. Nos queda, quizás,
un árbol cualquiera en la cuesta, que pudiéramos verlo diariamente; nos queda la senda de ayer, y la fidelidad demorada de la costumbre, que complacida con nosotros se quedó para no irse,¡Oh!, y la noche, la noche cuando el viento lleno de espacio cósmico nos consume el rostro, ¿con quién quedaría ella, la anhelada, la que dulcemente nos desengaña, la que arduamente se anuncia al corazón aislado? ¿Es ella más ligera para los amantes?
¡Ay! ellos no hacen más que ocultarse el uno al otro su destino.
¿No lo sabes todavía? Arroja desde los brazos el vacío hacia los espacios que respiramos; quizá las aves sientan con su vuelo más ferviente el aire dilatado.
Sí, las primaveras te requerían. Algunas estrellas exigían que las percibieras.
Se levantó hacia ti una oleada desde el pasado, o, cuando pasabas junto a la ventana abierta, un violín se te entregaba. Todo esto era misión. Pero, ¿es que la cumpliste?
¿No estabas siempre distraído por la espera, como si todo te anunciara un amante por llegar?
¿Dónde quieres esconderla, si los grandes y extraños pensamientos entran y salen
en ti, y permanecen más a menudo en la noche?
Pero si sientes la nostalgia, entonces canta a los amantes; aún no es bastante su renombrado sentimiento.
Canta -casi los envidias- a los abandonados, que hallaste mucho más amantes que los satisfechos.
Inicia siempre de nuevo, inicia la inalcanzable alabanza; piensa: el héroe se mantiene aún en su misma caída, fue un pretexto solamente para ser: su nacimiento último.
Pero la naturaleza exhausta recoge a los amantes en su seno, como si no hubiera fuerzas para cumplir esto dos veces. ¿Has pensado, pues, bastante en Gaspara Stampa?*
Que alguna muchacha, a quien el amante abandonara, sintiese ante el ejemplo exaltado de esta amante: ¡ojalá llegara a ser yo como ella!
Estos dolores muy antiguos, ¿no deberán finalmente sernos más fecundos? No es tiempo ya de que amorosamente nos libremos del amado, y de que estremecidos resistamos: tal como a la cuerda resiste la flecha, para que en la tensión del salto sea más que ella misma.
Pues un detenerse no existe.
¡Voces, voces! Escucha, corazón mío, como antes sólo escuchaban los santos,
hasta que el inmenso llamado los levantaba del suelo; pero ellos, inconmovibles, permanecían arrodillados, sin atender a nada: así pudieron oír.
No es que tú soportaras la voz de Dios, ni remotamente. Pero escucha el soplo de la brisa, escucha el mensaje incesante que se forma de silencio.
Ahora susurra hacia ti desde aquellos jóvenes muertos.
En donde entrabas, en las iglesias de Roma y Nápoles ¿no te hablaba serenamente su destino?
O bien una inscripción se te imponía, sublimemente, como hace poco el epitafio en Santa María Formosa.**
¿Qué quieren de mí aquellos muertos?
Quedamente debo quitarles la apariencia de injusticia, que en ocasiones estorba un poco el movimiento puro de sus espíritus.
Ciertamente que es extraño no habitar ya más la tierra, no ejercitar ya costumbres apenas aprendidas, no dar más a las rosas y a otras cosas en sí prometedoras la significación del porvenir humano; no ser ya lo que se era en manos infinitamente temerosas, y abandonar hasta el propio nombre, como un juguete roto.
Extraño es no seguir deseando los deseos.
Extraño ver aletear tan sueltamente en el espacio todo lo que tenía relación.
Y el estar muerto es penoso y está lleno de recuperación, para que gradualmente se sienta un poco de eternidad.
Pero los vivos cometen todos el error de distinguir demasiado intensamente.
Los ángeles (se dice) no saben a menudo si andan entre los vivos o los muertos.
La corriente eterna arrastra siempre consigo todas las edades por los dos reinos
y hace acallar a ambos.
Finalmente, los muertos prematuramente ya no nos necesitan.
Uno se deshabitúa suavemente a lo terreno, igual que cuando con dulzura se emancipa del pecho de la madre.
Pero nosotros, que necesitamos de tan grandes misterios, para quienes desde la misma tristeza brota un progreso dichoso, ¿podríamos existir sin ellos?
¿Fue inútil la leyenda, cuando en el luto por Lino,*** su balbuciente música atravesó la seca rigidez de la materia?
¿Fue en vano que sólo en el espacio aterrado, del que una vez para siempre
salió un doncel casi divino, lo vacío haya entrado en aquella vibración, que ahora nos arrebata, nos consuela y nos ayuda?
* Dama italiana abandonada por el conde Collatino de Collato, vertió su pasión en sonetos que tradujo el propio Rilke.
** Iglesia en Venecia.
*** Semidiós y poeta mítico, como Orfeo. Homero menciona en la Ilíada su lamento de extinción.Que algún día, a la salida de la visión terrible,
se eleve mi canto de júbilo y gloria hasta los ángeles propicios.
Que de los martillos bien templados del corazón
ninguno falle en cuerdas flojas, vacilantes o desgarradas.
Que mi rostro bañado en llanto me haga más radiante;
que el canto imperceptible florezca.
¡Cuán queridas me seréis entonces, oh noches de aflicción!
¿Cómo no me arrodillé allí ante vosotras, hermanas inconsolables,
para recibiros? ¡Que no me haya abandonado a vosotras
y rendido en vuestros cabellos sueltos! Nosotros,
disipadores de los sufrimientos.
¡Cómo los prevemos de antemano, en su triste duración,
por si acaso terminan finalmente! Pero ellos,
en verdad,
son nuestro follaje invernal, nuestra oscura pervinca,
una de las estaciones del año secreto -no solamente estación-,
sino también lugar, poblado, campamento, suelo, residencia.
Ciertamente ¡ay! qué extrañas son las callejas de la Ciudad del Dolor,
donde en el falso silencio, hecho de estrépito,
con violencia alardea el ruidoso oropel, el monumento alabancioso,
vertido en el molde del vacío.
¡Oh!, cómo un ángel les pisotearía, sin dejar huella, su mercado de consuelos,
que limita la iglesia que compraron recién hecha:
limpia y cerrada y sin ilusiones, como una oficina de correos en domingo.
Pero afuera se encrespan siempre los bordes de la feria,
¡columpios de la libertad! ¡buzos y prestidigitadores del afán!
¡Y la barraca de tiro, con figuras de la dicha embellecida,
donde todo se sacude y suena como hojalata cuando un tirador certero
da en el blanco. Del aplauso a la casualidad se marcha dando tumbos:
¡pues las barracas solicitan cualquier curiosidad,
redoblan los tambores y berrean sus pregones!
Pero para los adultos
todavía hay interés especial en ver cómo el dinero se multiplica anatómicamente,
no sólo como diversión: el órgano sexual del dinero,
todo, el conjunto, el acontecimiento, esto instruye y hace fecundo...
¡Oh!, pero en seguida, luego de esto,
detrás del último tablón, pegado con carteles de "No muerte",
aquella cerveza amarga que los bebedores hallan dulce
cuando la saborean sin cesar con frescas diversiones...
de inmediato, tras el tablón, inmediatamente atrás, está lo verdadero.
Los niños juegan, y los amantes se abrazan gravemente, aparte,
sobre la hierba rala, y los perros siguen su naturaleza.
El joven se deja arrastrar más lejos aún quizá porque ame
a una joven Lamentación... Siguiéndola, llega a unos prados. Ella dice:
Lejos. Nosotros vivimos allí, afuera...
¿Dónde? Y el joven la sigue. Su porte le conmueve.
Los hombros, el cuello, quizás, ella es de una estirpe ilustre.
Pero él la deja, se vuelve, regresa, se despide...
¿Para qué sirve? Ella es una Lamentación.
Solamente los muertos jóvenes, en el primer estado de impasibilidad sin tiempo,
en el desacostumbramiento,
la siguen con amor. Ella a las muchachas aguarda y las amiga.
Les muestra dulcemente lo que lleva puesto.
Perlas de color y los finos velos de la resignación.
Con los jóvenes ella marcha silenciosa.
Pero allí donde ellas habitan, en el valle, una de las más antiguas Lamentaciones
atiende al joven que pregunta: fuimos una vez, dice ella, una gran estirpe,
nosotras, las Lamentaciones. Nuestros padres
explotaban una mina, allí, en la montaña grande;
entre los hombres encontrarás a veces un trozo tallado del dolor ancestral,
o escorias petrificadas de la ira brotadas de un viejo volcán.
Sí, esto proviene de allí. Antaño fuimos ricas en dolores.
Y ella, ligera, le conduce a través del vasto paisaje de las Lamentaciones,
le muestra las columnas de los templos o las ruinas
de aquellas fortalezas, donde Príncipes de las Lamentaciones
habían gobernado antaño sabiamente el país.
Le muestra los árboles altos de las lágrimas
y los campos florecientes de la melancolía,
(los vivientes la conocen sólo como un follaje apacible);
les muestra los animales de la tristeza, paciendo, y a veces
un pájaro azorado vuela rasante al nivel de su mirada
trazando en el aire la imagen de su grito solitario.
Al atardecer ella le conduce a la tumba de los antepasados
de la estirpe de las Lamentaciones, las sibilas y los profetas.
Pero, cuando la noche se acerca, ellas caminan más quedamente,
y pronto lunea en lo alto el monumento fúnebre que vela sobre todo,
hermano de aquél junto al Nilo,
de la Esfinge augusta: -el rostro de la cámara secreta.
Y miran atónitos la cabeza coronada, la que para siempre y en silencio
ha puesto el semblante de los hombres sobre la balanza de las estrellas.
No lo comprende su mirada, mareado todavía por la muerte temprana.
Pero la mirada de ella, tras el borde del Pschent*, espanta a la lechuza.
Y ella,
rozando con lento toque a lo largo de la mejilla,
aquella de más dura redondez,
traza blandamente en el oído nuevo del muerto,
por encima de una doble hoja desplegada, el contorno indescriptible.
Y más alto, las estrellas. Nuevas. Las estrellas del país del dolor.
Lentamente las nombra la Lamentación: "Aquí, mira el 'Jinete', el 'Bastón'
y a la constelación más redonda la llaman: 'Corona de frutas'. Luego,
más lejos, hacia el polo: la 'Cuna', el 'Camino', el 'Libro ardiente', el 'Títere', la 'Ventana'.
Pero en el cielo del sur, pura como el interior de una mano bendita, la M resplandeciente
y clara
que corresponde a las Madres..."
Pero el muerto debe partir, y en silencio la más vieja
de las Lamentaciones le conduce a la garganta del valle,
donde brilla el resplandor de la luna: la Fuente de la Alegría.
Con devoción la nombra ella y dice:
"Entre los hombres ella es una corriente arrolladora".
Arriban al pie de la montaña, y allí, sollozando, ella le abraza.
Solitario asciende él por la montaña del dolor original.
Y ni aun su paso suena desde la silenciosa suerte.
Pero si ellos, los infinitamente muertos, despertarán
en nosotros un símbolo, mira, ellos nos mostrarían quizá los lamentos
que cuelgan del avellano vacío, o
pensarían en la lluvia que en la primavera cae sobre el oscuro reino de la tierra.
Y nosotros, que pensamos en una felicidad creciente,
sentiríamos la misma emoción que casi nos anonada
cuando algo dichoso cae.
* La doble corona que en los Faraones significaba la unión del Alto y Bajo Egipto.