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William Wordsworth
Inglaterra 1770 - 1850



¿POR QUÉ ESTÁS SILENCIOSA?

¿Por qué estás silenciosa? ¿Es una planta
tu amor, tan deleznable y pequeñita,
que el aire de la ausencia lo marchita?
Oye gemir la voz en mi garganta:

Yo te he servido como a regia Infanta.
Mendigo soy que amores solicita...
¡Oh limosna de amor! Piensa y medita
que sin tu amor mi vida se quebranta.

¡Háblame! no hay tormento cual la duda:
Si mi amoroso pecho te ha perdido
¿su desolada imagen no te mueve?

¡No permanezcas a mis ruegos muda!
que estoy más desolado que, en su nido,
el ave a la que cubre blanca nieve.

 

OTROS POEMAS DE WILLIAM WORDSWORTH:

 

 

AHORA, MIENTRAS LOS PÁJAROS CANTAN...

IBA SOLITARIO COMO UNA NUBE     

AMONESTACIÓN Y RESPUESTA   

VERSOS ESCRITOS POCAS MILLAS MÁS ALLÁ DE LA ABADÍA DE                                                                                                      TINTERN..   

EL PRELUDIO   

LA EXCURSIÓN

COMPUESTO EN EL PUENTE WESTMINSTER    

 

 


 

AHORA, MIENTRAS LOS PÁJAROS CANTAN...    

Ahora, mientras los pájaros cantan alegres melodías
y los pequeños corderos retozan
como si bailaran al son de un tambor,
a mí me invade la pena: un lamento me brindó alivio pasajero
y ahora recobro la fortaleza.

Desde arriba, resuenan las trompetas de las cascadas,
un dolor mío no enturbiará otra vez la primavera.
Oigo los ecos que retumban en las montañas,
el viento llega hasta mí desde valles de ensueño
y mi mundo interior se vuelve feliz.

La tierra y el mar se entregan a la felicidad,
y a mediados de mayo cada animal se siente alegre.
¡Tú, hijo de esa alegría, grita a mi alrededor,
quiero oírte gritar, oh, pastor feliz!

 

 

 

 

IBA SOLITARIO COMO UNA NUBE

Iba solitario como una nube
que flota sobre valles y colinas,
cuando de pronto vi una muchedumbre
de dorados narcisos: se extendían
junto al lago, a la sombra de los árboles,
en danza con la brisa de la tarde.

Reunidos como estrellas que brillaran
en el cielo lechoso del verano,
Poblaban una orilla junto al agua
dibujando un sendero ilimitado.
Miles se me ofrecían a la vista,
moviendo sus cabezas danzarinas.

El agua se ondeaba, pero ellas
mostraban una más viva alegría.
¿Cómo, si no feliz, será un poeta
en tan clara y gozosa compañía?
Mis ojos se embebían, ignorando
que aquel prodigio suponía un bálsamo.

Porque a menudo, tendido en mi cama,
pensativo o con ánimo cansado, 20
los veo en el ojo interior del alma
que es la gloria del hombre solitario.
y mi pecho recobra su hondo ritmo
y baila una vez más con los narcisos.

 

 

 

 

AMONESTACIÓN Y RESPUESTA

«¿Por qué sobre esa vieja piedra,
durante toda la jornada,
William, así solo te sientas
y entre sueños el tiempo pasas?

¿Dónde están tus libros? ¡La luz
a este ciego mundo legada!
¡Arriba! Aspira la salud
que en ellos los muertos exhalan.

Miras la tierra como un hijo
que a su madre pidiese cuentas
o como el primer hombre vivo
que conociese la existencia».

Así, del Esthwaite a la orilla,
la vida dulce y sin porqué,
el buen Matthew me habló un día
y así le quise responder:

«El ojo sólo mirar puede
y el oído nunca está en paz;
diquiera que va, el cuerpo siente
contra o con nuestra voluntad.

Así, creo que existen fuerzas
que al pensamiento dan traza,
que nutrimos nuestras ideas
con una pasividad sabia.

¿Crees, en el mundo infinito
de estos seres que hablan sin verbo,
que nada vendrá por sí mismo
y que siempre buscar debemos?

Pues no preguntes por qué a solas,
según me plazca conversando,
me siento en esta vieja roca
y entre sueños el tiempo paso».

 

 

 

 


VERSOS ESCRITOS POCAS MILLAS MÁS ALLÁ DE LA ABADÍA DE TINTERN, AL VOLVER A LAS ORILLAS DEL WYE DURANTE UNA EXCURSIÓN

Trece de julio de 1798

¡Cinco años han pasado y sus veranos
largos como inviernos! Y oigo de nuevo
estas aguas correr desde sus fuentes
con un suave murmullo. También veo
estas altas colinas escarpadas
cuya imagen salvaje y solitaria
propicia solitarios pensamientos
y une el lugar con la quietud del cielo.
Por fin, hoy es el día en que descanso
bajo este oscuro árbol y contemplo
que ahora, con sus frutos inmaduros,
visten un verde intenso y se abandonan
entre soto y maleza. Al cabo miro
estos setos escasos, más bien líneas
de bosque asilvestrado, aquellas granjas
verdes hasta la puerta misma, el humo
que asciende silencioso entre los árboles
como el incierto aviso de un errante
buhonero de los bosques despoblados
o cueva de ermitaño donde aguarda
alguien junto al hogar.

                                      Estas hermosas
formas, cuando era ausente, no me han sido
como un paisaje a la vista de un ciego
sino que a veces, en frías estancias
y entre el rumor de la ciudad, me han dado
en las horas de hastío la dulzura
que sentía en el pecho y en la sangre
y alcanzaba el más puro pensamiento
con tranquilo reposo; sentimientos
de placer olvidado que tal vez
ejercen un influjo no pequeño
en la parte mejor del ser humano:
sus secretas, anónimas acciones
de amor y de bondad. A ellos creo
deber un don de aspecto más sublime,
ese bendito estado en que el objeto
del misterio y la onerosa carga
que compone este mundo incomprensible
se aligeran; estado más sereno
en el que los afectos nos conducen
con suavidad, hasta que el terco aliento
de este cerco corpóreo e incluso
el movimiento de la sangre casi
parecen detenerse y llega el sueño
del cuerpo, la vigilia de las almas:
cuando, el ojo calmado por el orden
yel poder de la alegría, contemplamos
la vida de las cosas.

                                   Si ésta es vana
creencia, sin embargo qué a menudo
en la penumbra o en las formas múltiples
de una luz sin viveza o en la estéril
impaciencia y la fiebre de este mundo,
he sentido en mi pulso su dominio;
¡qué a menudo, en espíritu, me he vuelto
hacia ti! ¡Wye silvestre, que entre bosques
caminas, cuánto ha vuelto a ti mi espíritu!
Y ahora, con destellos de un agónico
pensamiento y sus débiles recuerdos
y un algo de perpleja pesadumbre,
la imagen de la muerte resucita:
no sólo mueve aquí mi pensamiento
el presente placer sino la idea
de que este instante nutrirá los años
por venir. Pues esto oso esperar
aunque sea distinto del que fui
cuando por vez primera visité
estas colinas, como un corzo anduve
por montañas y arroyos solitarios,
donde Naturaleza me dictase:
era más una huida que una búsqueda.
Pues la Naturaleza entonces (idos
mis salvajes placeres de la infancia,
sus alegres mociones animales)
lo era todo en mi seno; no sabría
decir quién era yo: la catarata
suponía un hechizo; los peñascos,
las cumbres, el profundo, oscuro bosque,
sus colores y formas, provocaban
una sed, un amor, un sentimiento
ajeno a los encantos más remotos
de la idea ya todo otro interés
que el del mundo visible. Ya ha pasado
ese tiempo y no viven su alegría
y su inquieto arrebato. Sin embargo,
no encuentro en mí lamento ni desmayo:
otros dones compensan esta pérdida
pues hoy sé contemplar Naturaleza
no con esa inconsciencia juvenil
sino escuchando en ella la nostálgica
música de lo humano, que no es áspera
pero tiene el poder de castigar
y procurar alivio. Y he sentido
un algo que me aturde con la dicha
de claros pensamientos: la sublime
noción de una simpar omnipresencia
cuyo hogar es la luz del sol poniente
y el océano inmenso, el aire vivo,
el cielo azul, el alma de los hombres;
un rapto y un espíritu que empujan
a todo cuanto piensa, a todo objeto
y por todo discurren. De este modo,
soy aún el amante de los bosques
y montañas, de todo cuanto vemos
en esta verde tierra: el amplio mundo
de oído y ojo, cuanto a medias crean
o perciben, contento de tener
en la Naturaleza y los sentidos
el ancla  de mis puros pensamientos,
guardián, guía y nodriza de mi alma
y de mi ser moral.

Si hubiese sido
instruido de otro modo, sufriría
aún más la decadencia de mi espíritu;
pero tú estás conmigo en esta orilla,
mi más amada, más querida Amiga,
y en tu voz recupera aquel lenguaje
mi antiguo corazón y leo aquellos
placeres en la lumbre temblorosa
de tus ojos. ¡Oh, sólo por un rato
puedo ver en tus ojos al que fui,
querida hermana! Y rezo esta oración
sabiendo que jamás Naturaleza
traiciona al que la ama; es privilegio
suyo guiarnos siempre entre alegrías
a través de los años, darle forma
a la vida que bulle y expresarla
con quietud y belleza, alimentarla
con claros pensamientos de tal modo
que ni las malas lenguas, la calumnia,
la mofa o el saludo indiferente
o el tedioso transcurso de la vida
nos venzan o perturben nuestra alegre
fe en que todo cuanto contemplamos
es bendito. Así, deja a la luna
brillar en tu paseo solitario
y soplar sobre ti los neblinosos
vientos; que al cabo de los años, cuando
este éxtasis madure en un placer
más sobrio y tu cabeza dé cobijo
a toda forma hermosa que haya habido,
tu memoria será perfecto albergue
de bellas armonías. Oh, entonces,
si miedo, soledad, dolor o angustia
te asedian, ¡qué consuelo, qué entrañable
alegría podrá darte el recuerdo
de estos consejos míos! Y si entonces
estoy donde no pueda ya escuchar
tu voz ni ver tus ojos refulgentes
con la vida pasada, tú podrás
recordar que en la orilla de este río
unidos estuvimos y que yo,
adorador de la Naturaleza,
llegué hasta aquí gozoso en tal servicio,
incluso con mayor celo y amor
santo. Y también recordarás
que tras los muchos viajes, muchos años
de ausencia estos peñascos y estos bosques
y esta escena bucólica me fueron
amables por sí mismos y por ti.

 

 

 

 

 

EL PRELUDIO

Libro primero

Introducción- Infancia y Escuela


Hay en la suave brisa una ventura
o visita que roza mi mejilla
yes casi sabedora de ese gozo
que trae desde los campos y del cielo.
Sea cual sea su misión, a nadie
hallará más agradecido, hastiado
de la urbe donde he sobrellevado
perpetuo descontento y libre ahora
cual ave que se posa donde quiera.
¿Qué hogar me acogerá? ¿Entre qué valles
tendré mi puerto? ¿Bajo qué arboleda
construiré mi morada? ¿Qué hondo río
me dará la canción de su murmullo?
La tierra está ante mí. Con corazón
alegre y sin temer la libertad,
contemplo. Y aunque sea sólo alguna
nubecilla quien guíe mi camino,
extraviarme no puedo. ¡Al fin respiro!
Pensamientos e impulsos de la mente
me asaltan, se desprende esa onerosa
máscara que traiciona mi alma auténtica,
el peso de los días que me fueron
ajenos, como hechos para otros.
Largos meses de paz (si acaso esta palabra
concuerda con promesas de lo humano),
largos meses de gozo sin molestia
esperan ante mí. ¿Adónde iré,
por los caminos o cruzando el campo,
cuesta arriba o abajo? ¿O tal vez
me guiará alguna rama por el río?

¡Amada libertad! ¿Y de qué sirve
si no es don que consagra la alegría?
Pues mientras el dulce aliento del cielo
soplaba en mi cuerpo, creí sentir
otra brisa en respuesta que corría
con suave rapidez, pero se ha vuelto
tempestad, energía ya excesiva
que su creación destruye. Gracias doy
a ambas y a sus fuerzas, que al unirse
ponen fin a una pertinaz helada
y traen tiernas promesas, la esperanza
de los días y horas de alegría,
¡días de dulce ocio y pensamiento
profundo, sí, con el divino oficio
de maitines y vísperas en verso!

Hasta ahora, mi amigo, no he solido
escoger como asunto la alegría
pero hoy quiero verter mi alma en versos
a salvo del olvido, que aquí quedan
guardados. A los campos he lanzado
mi profecía: sílabas llegaban
espontáneas, vistiendo con sagrados
hábitos al espíritu escogido
-ésa era mi fe- para el sacramento.
Mi propia voz me henchía y en mi mente 55
reverberaba ese imperfecto son.
A ambos yo escuchaba y obtenía
de ellos la confianza en el futuro (...)

 

 

 

LA EXCURSIÓN

Prospecto

«Cuando medito a solas en el hombre,
en la naturaleza, en esta vida,
veo alzarse ante mí series de imágenes
que acompaña un resquicio de delicia
pura, sin mezcla de tristeza. Y soy
consciente de afectuosos pensamientos
y de gratos recuerdos que sosiegan
el alma que desea sopesar
el bien y el mal en nuestra condición.
A estas emociones -sobrevengan
por una circunstancia sólo externa
o de un impulso propio del espíritu-
quisiera dedicar copiosos versos.
Verdad, amor, belleza o esperanza,
miedo o nostalgia por la fe domados,
palabras de consuelo en la tristeza,
fuerza moral, poder del intelecto,
alegría esparcida por el mundo,
espírítu del hombre que mantiene
su ascético retiro, solamente
sujeto a la conciencia y a la ley
suprema de aquel Ser que todo rige,
esto canto. ¡Que encuentre mi auditorio!»

Así rezaba el bardo en su sagrado
arrobamiento. «¡Urania, necesito
la guía de una musa, si es que hay tales
y la tierra o el alto cielo habitan!
Porque he de fatigar oscuras simas,
hollar profundidades y otros mundos
para los que el Azul no es más que un velo.
Ningún terror o fuerza indescriptible
que haya cobrado jamás una forma,
el mismo Yahvé, su trueno y sus ángeles
canoros en los tronos del Empíreo,
ninguno temo. Ni siquiera el Caos
ni el más oscuro pozo del Erebo
ni el vacío insondable que los sueños
escrutan, me provoca este temor
que cae sobre nosotros al volvernos
hacia el alma del hombre, mi obsesión
y región principal de este mi canto.
La belleza -presencia de la tierra
que supera las más hermosas formas
que el arte haya compuesto con materias
terrenales- vigila mi trayecto,
prepara el campamento mientras ando
y me sigue de cerca. Paraísos,
Campos Elíseos que en el Atlántico
se buscaban antaño ¿por qué deben
ser sólo crónica de un mundo extinto
o una mera ficción, jamás reales?
Porque cuando el intelecto del hombre
Desposa este universo de hermosura
con amor y pasión, los halla como
un hecho cotidiano cualquier día.
Antes de la hora definitiva
cantaré solitario la alegría
de este gran desposorio y, con palabras
que tan sólo refieren lo que somos,
despertaré al sensual del mortal sueño
y al vacuo y vanidoso propondré
nobles empresas, mientras mi voz canta
con qué delicadeza el alma humana
(quizá también las mismas facultades
de la especie en conjunto) se conforma
a este mundo exterior; y al mismo tiempo
-tema éste olvidado por los hombres-
cómo el mundo se adecua al alma humana.
También he de cantar la creación
-no merece otro nombre- que esta unión
puede alcanzar: es éste mi argumento.
Con estos mis propósitos, si a veces
me vuelvo hacia otra parte -con las tribus
y pueblos de los hombres, donde abundan
recíprocas pasiones de locura,
oigo a la Humanidad cantar su angustia
en los campos, o rumio la tormenta
del dolor, refugiado ya por siempre
en la ciudad- que suenen estos versos
ante oídos benévolos y yo
no sea despreciado ni abatido.
¡Desciende, aire profético que inspiras
al alma con la voz del universo,
soñando el porvenir, y que posees
un templo en los henchidos corazones
de los grandes poetas! Vierte en mí
el don de la visión y que mi canto
brille con la virtud en su lugar,
derramando benéfica influencia
segura de sí misma y siempre a salvo
del efecto fatal que nos envían,
desde el mundo inferior, las mutaciones
que acechan a lo humano. Y si con esto
mezclo asuntos más bajos (el objeto
contemplado y la mente que contempla,
el qué y el quién, el hombre transitorio
que tuvo esa visión, el cuándo, el dónde
y cómo fue su vida) no habrá sido
en vano esta tarea. Si este tema
roza objetos más altos -¡pavoroso
Poder cuyo favor es la semilla
de la iluminación!- que mi existencia
sea imagen de un tiempo más perfecto,
maneras más sencillas, más juiciosos
deseos. Nutre mi alma en libertad
y puros pensamientos: sea entonces
tu amor mi guía, alivio y esperanza.

 

 

 

COMPUESTO EN EL PUENTE WESTMINSTER
3 de septiembre de 1802

Nada más bello tiene la Tierra que mostrarnos:
torpe sería el alma si no lo contemplara:
visión tan emotiva de honda magnificencia;
la Ciudad lleva puesta, como una vestidura,
la belleza del día; silenciosos, desnudos,
se yerguen barcos, torres, domos, templos, teatros
abiertos a los campos y también a los cielos;
todo brilla y relumbra en el aire impoluto.
Nunca tan bello sol bañó tan refulgente
con sus rayos nacientes valle, roca o colina;
¡nunca vi ni sentí una calma tan honda!
El río se desliza a su dulce albedrío,
¡Dios mío!, hasta las casas parece que durmieran;
¡y el mismo irresistible corazón no palpita!

 

 

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