Jean
Cocteau es un ruiseñor mecánico a quien le ha dado cuerda Ronsard.
Los
únicos brazos entre los cuales nos resignaríamos a pasar la vida, son los brazos
de las Venus que han perdido los brazos.
Si los
pintores necesitaran, como Delacroix, asistir al degüello de 400 odaliscas para
decidirse a tomar los pinceles... Si, por lo menos, sólo fuesen capaces de
empuñarlos antes de asesinar a su idolatrada Mamá...
Musicalmente, el clarinete es un instrumento muchísimo más rico que el
diccionario.
Aunque
se alteren todas nuestras concepciones sobre la Vida y la Muerte, ha llegado el
momento de denunciar la enorme superchería de las "Meninas" que -siendo las
propias "Meninas" de carne y hueso- colgaron un letrerito donde se lee Velázquez,
para que nadie descubriera el auténtico y secular milagro de su inmortalidad.
Nadie
escuchó con mayor provecho que Debussy, los arpegios que las manos translúcidas
de la lluvia improvisan contra el teclado de las persianas.
Las
frases, las ideas de Proust, se desarrollan y se enroscan, como las anguilas que
nadan en los acuarios; a veces deformadas por un efecto de refracción, otras
anudadas en acoplamientos viscosos, siempre envueltas en esa atmósfera que tan
sólo se encuentra en los acuarios y en el estilo de Proust.
La
"Olimpia" de Manet está enferma del "mal de Pott"! ¡Necesita aire de mar!...
¡Urge que Goya la examine!...
En
ninguna historia se revive, como en las irisaciones de los vidrios antiguos, la
fugaz y emocionante historia de setecientos mil crepúsculos y auroras.
¡Las
lágrimas lo corrompen todo! Partidarios insospechables de un "régimen mejorado",
¿tenemos derecho a reclamar una "ley seca" para la poesía... para una poesía
"extra dry", gusto americano?
Todo
el talento del "douannier" Rousseau estribó en la convicción con que, a los
sesenta años, fue incapaz de prenderse a un biberón.
La
disección de los ojos de Monet hubiera demostrado que Monet poseía ojos de
mosca; ojos forzados por innumerables ojitos que distinguen con nitidez los más
sutiles matices de un color pero que, siendo ojos autónomos, perciben esos
matices independientemente, sin alcanzar una visión sintética de conjunto.
Las
frases de Oscar Wilde no necesitan red. ¡Lástima que al realizar sus más
arriesgadas acrobacias, nos dejen la incertidumbre de su sexo!
El
cúmulo de atorrantismo y de burdel, de uso y abuso de limpiabotas, de
sensiblería engominada, de ojo en compota, de rebote y de tristeza sin razón
-allí está la pampa... más allá del indio... la quena... el tamboril- que se
espereza y canta en los acordes del tango que improvisa cualquier lunfardo.
Es
necesario procurarse una vestimenta de radiógrafo (que nos proteja del contacto
demasiado brusco con lo sobrenatural), antes de aproximarnos a los rayos
ultravioletas que iluminan los paisajes de Patinir.
No hay
crítico comparable al cajón de nuestro escritorio.
Entre
otras... ¡la más irreductible disidencia ortográfica! Ellos: padecen todavía la
superstición de las Mayúsculas. Nosotros: Hace tiempo que
escribimos: cultura, arte, ciencia, moral y, sobre todo y ante todo, poesía.
Los
cubistas cometieron el error de creer que una manzana era un tema menos
literario y frugal que las nalgas de Madame Recamier.
¡Sin
pie, no hay poesía! -exclaman algunos. Como si necesitásemos de esa confidencia
para reconocerlos.
Esos
tinteros con un busto de Voltaire ¿no tendrán un significado profundo? ¿No habrá sido Voltaire una especie de Papa (negro) de la tinta?
En
música al pleonasmo se le denomina variación.
Seurat
compuso los más admirables escaparates de juguetería.
La
prosa de Flaubert destila un sudor frío que nos obliga a cambiarnos de camiseta,
si no podemos recurrir a su correspondencia.
El
silencio de los cuadros del Greco es un silencio ascético, maeterlinckiano, que
alucina a los personajes del Greco, les desequilibra la boca, les extravía las
pupilas, les diafaniza la nariz.
Los
bustos romanos serían incapaces de pensar si el tiempo no les hubiera destrozado
la nariz.
No hay
que admirar a Wagner porque nos aburra alguna vez, sino a pesar de que nos
aburra alguna vez.
Europa
comienza a interesarse por nosotros. ¡Disfrazados con las plumas o el chiripá
que nos atribuye, alcanzaríamos un éxito clamoroso! ¡Lástima que nuestra
sinceridad nos obligue a desilusionarla... a presentarnos como somos; aunque sea
incapaz de diferenciarnos... aunque estemos seguros de la rechifla!
Aunque
la estilográfica tenga reminiscencias de lagrimatorio, ni los cocodrilos tienen
derecho a confundir las lágrimas con la tinta.
Renán
es un hombre tan bien educado que hasta cuando cree tener razón, pretende
demostrarnos que no la tiene.
Las
Venus griegas tienen cuarenta y siete pulsaciones. Las Vírgenes españolas,
ciento tres.
¡Sepamos consolarnos! Si las mujeres de Rubens pesaran 27 kilos menos, ya no
podríamos extasiarnos ante los reflejos nacarados de sus carnes desnudas.
Llega
un momento en que aspiramos a escribir algo peor.
El
ombligo no es un órgano tan importante como imaginan ustedes... ¡Señores poetas!
¿Estupidez? ¿Ingenuidad? ¿Política?... "Seamos argentinos", gritan algunos...
sin advertir que la nacionalidad es algo tan fatal como la conformación de
nuestro esqueleto.
Delatemos un onanismo más: el de izar la bandera cada cinco minutos.
Lo
primero que nos enseñan las telas de Chardin es que, para llegar a la pulcritud,
al reposo, a la sensatez que alcanzó Chardin, no hay más remedio que resignarnos
a pasar la vida en zapatillas.
Facilísimo haber previsto la muerte de Apollinaire, dado que el cerebro de
Apollinaire era una fábrica de pirotecnia que constantemente inventaba los más
bellos juegos de artificio, los cohetes de más lindo color, y era fatal que al
primero que se le escapara entre el fango de la trinchera, una granada le
rebanara el cráneo.
Los
esclavos miguelangelescos poseen un olor tan iodado, tan acre que, por menos
paladar que tengamos para gustarlo alguna vez para convencerse de que fueron
esculpidos por la rompiente. (No me refiero a los del Louvre; modelados por el
mar, un día de esos en que fabrica merengues sobre la arena).
¡La
opinión que se tendrá de nosotros cuando sólo quede de nosotros lo que perdura
de la vieja China o del viejo Egipto!
¡Impongámonos
ciertas normas para volver a experimentar la complacencia ingenua de violarlas!
La rehabilitación de la infidelidad reclama de nosotros un candor semejante.
¡Ruboricémonos de no poder ruborizarnos y reinventemos las prohibiciones que nos
convengan, antes de que la libertad alcance a esclavizarnos completamente!
El cemento armado nos proporciona una satisfacción
semejante a la de pasarnos la mano por la cara, después de habernos afeitado.
¡Los vidrios catalanes y las estalactitas de Mallorca
con que Anglada prepara su paleta!
Los cubistas salvaron a la pintura de las corrientes
de aire, de los rayos de sol que amenazaban derretirla pero -al cerrar
herméticamente las ventanas, que los impresionistas habían abierto en exceso de
entusiasmo- les suministraron tal cúmulo de recetas, una cantidad tan grande de
ventosas que poco faltó para que la asfixiaran y la dejasen sin descarnada, como
un esqueleto.
Hay poetas demasiado inflamables. ¿Pasan unos senos
recién inaugurados? El cerebro se les incendia. ¡Comienzan a salirles humo de la
cabeza!
"La Maja Vestida" está más desnuda que la "maja
desnuda".
Las telas de Velázquez respiran a pleno pulmón;
tienen una buena tensión arterial, una temperatura normal y una reacción
Wasserman negativa.
¡Quién hubiera previsto que las Venus griegas fuesen
capaces de perder la cabeza!
Hay acordes, hay frases, han entonaciones en
D'Annunzio que nos obligan a perdonarle el "fiato", su "bella voce", sus
actitudes de tenor.
Azorín ve la vida en diminutivo y la expresa
repitiendo lo diminutivo, hasta darnos la sensación de la eternidad.
¡El Arte es el peor enemigo del arte!... un fetiche
ante el que ofician, arrodillados, quienes no son artistas.
Lo que molesta más en Cézanne es la testarudez con
que, delante de un queso, se empeña en repetir: "esto es un queso".
El espesor de las nalgas de Rabelais explica su
optimismo. Una visión como la suya requiere estar muellemente sentada para
impedir que el esqueleto nos proporcione un pregusto de muerte.
La arquitectura árabe consiguió proporcionarle a la
luz, la dulzura y la voluptuosidad que adquiere la luz, en una boca entreabierta
de mujer.
Hasta el advenimiento de Hugo, nadie sospechó el
esplendor, la amplitud, el desarrollo, la suntuosidad a que alcanzaría el genio
del "camelo".
Es tanta la mala educación de Pío Baroja, y es tan
ingenua la voluptuosidad que siente Pío Baroja en ser mal educado, que somos
capaces de perdonarle la falta de educación que significa llamarse: Pío Baroja.
No hay que confundir poesía con vaselina: vigor, con
camiseta sucia.
El estilo de Barrès es un estilo de onda, un estilo
que acaba de salir de la peluquería.
Lo único que nos impide creer que Saint Saens haya
sido un gran músico, es haber escuchado la música de Saint Saens.
¿Las Vírgenes de Murillo? Como vírgenes, demasiado
mujeres. Como mujeres, demasiado vírgenes.
Todas las razones que tendríamos para querer a
Velázquez, si la única razón del amor no consintiera en no tener ninguna.
Los surtidores del Alhambra conservan la versión más
auténtica de "Las mil y una noches", y la murmuran con la fresca monotonía que
merecen.
¡Si Rubén no hubiera poseído unas manos tan finas!...
¡Si no las hubiese mirado tanto al escribir!
La variedad de cicuta con que Sócrates se envenenó se
llama "Conócete a ti mismo".
¡Cuidado con las nuevas recetas y los nuevos
boticarios! ¡Cuidado con las decoraciones y "la couleur locale"! ¡Cuidado con
los anacronismos que se disfrazan de aviador! ¡Cuidado con el excesivo dandysmo
de la indumentaria londinense! ¡Cuidado -sobre todo- con los que gritan:
"¡Cuidado!" cada cinco minutos!
Ningún aterrizaje más emocionante que el "aterrizaje" forzoso de la Victoria de Samotracia.
Goya grababa, como si "entrara a matar".
El estilo de Renán se resiente de la flaccidez y olor
a sacristía de sus manos... demasiado aficionadas "a lavarse las manos".
La Gioconda es la única mujer viviente que sonríe
como algunas mujeres después de muertas.
Nada puede darnos una certidumbre más sensual y un
convencimiento tan palpable del origen divino de la vida como el vientre recién
fecundado de la Venus de Milo.
El problema más grave que Goya resolvió al pintar sus
tapices, fue el dosaje de azúcar; un terrón más y sólo hubieran podido usarse
como tapas de bomboneras.
Los rizos, las ondulaciones, los temas "imperdibles"
y, sobre todo, el olor a "vera violeta" de las melodías italianas.
Así como un estilo maduro nos instruye -a través de
una descripción de Jerusalén- del gesto con que el autor se anuda la corbata, no
existirá un arte nacional mientras no sepamos pintar un paisaje noruego con un
inconfundible sabor a carbonada.
¿Por qué no admitir que una gallina ponga un
trasatlántico, si creemos en la existencia de Rimbaud, sabio, vidente y poeta a
los 12 años?
¡El encarnizamiento con que hundió sus pitones, el
toro aquel, que mató a todos los Cristos españoles!
Rodin confundió "caricia" con modelado; espasmo con
inspiración; "atelier" con alcoba.
Jamás existirán caballos capaces de tirar un par de
patadas que violenten, más rotundamente, las leyes de la perspectiva y posean,
al mismo tiempo, un concepto más equilibrado de la composición, que el par de
patadas que tiran los heroicos percherones de Paolo Uccello.
Nos aproximamos a los retratos del Greco con el
propósito de sorprender las sanguijuelas en los repliegues de sus golillas.
Un libro debe construirse como un reloj, y venderse
como un salchichón.
Con la poesía sucede lo mismo que con las mujeres:
llega un momento en que la única actitud respetuosa consiste en levantarles la
pollera.
Los críticos olvidan, con demasiada frecuencia, que
una cosa es cacarear, otra, poner el huevo.
Trasladar al plano de la creación la fervorosa
voluptuosidad con que, durante nuestra infancia, rompimos a pedradas todos los
faroles del vecindario.
¡Si buena parte de nuestros poetas se convenciera de
que la tartamudez es preferible al plagio!
Tanto en arte como en ciencia hay que buscarle las
siete patas al gato.
El barroco necesitó cruzar el Atlántico en busca del
trópico y de la selva para adquirir la ingenuidad candorosa y llena de fasto que
ostenta en América.
¿Cómo dejar de admirar la prodigalidad y la
perfección con que la mayoría de nuestros poetas logra el prestigio de realizar
el vacío absoluto?
A fuerza de gritar socorro se corre el riesgo de
perder la voz.
En los mapas incunables, Africa es una serie de islas
aisladas, pero los vientos hinchan sus cachetes en todas direcciones.
Los paréntesis de Faulkner son cárceles de negros.
Estamos tan pervertidos que la inhabilidad de lo
ingenuo nos parece el "sumun" del arte.
La experiencia es la enfermedad que ofrece el menor
peligro de contagio.
En vez de recurrir al whisky, Turner se emborracha de
crepúsculo.
Las mujeres modernas olvidan que para desvestirse y
desvestirlas se requiere un mínimo de indumentaria.
La vida es un largo embrutecimiento. La costumbre nos
teje, diariamente, una telaraña en las pupilas; poco a poco nos aprisiona la
sintaxis, el diccionario; los mosquitos pueden volar tocando la corneta,
carecemos del coraje de llamarlos arcángeles, y cuando deseamos viajar nos
dirigimos a una agencia de vapores en vez de metamorfosear una silla en un
trasatlántico.
Ningún Stradivarius comparable en forma, ni en
resonancia, a las caderas de ciertas colegialas.
¿Existe un llamado tan musicalmente emocionante como
el de la llamarada de la enorme gasa que agita Isolda, reclamando
desesperadamente la presencia de Tristán?
Aunque ellos mismos lo ignoren, ningún creador
escribe para los otros, ni para sí mismo, ni mucho menos para satisfacer un
anhelo de creación, sino porque no puede dejar de escribir.
Ante la exquisitez del idioma francés es comprensible
la atracción que ejerce la palabra "merde".
El adulterio se ha generalizado tanto que urge
rehabilitarlo o, por lo menos, cambiarle de nombre.
Las distancias se han acortado tanto que la ausencia
y la nostalgia han perdido su sentido.
Tras todo cuadro español se presiente una danza
macabra.
Lo prodigioso no es que Van Gogh se haya cortado una
oreja, sino que conservara la otra.
La poesía siempre es lo otro, aquello que todos
ignoran hasta que lo descubre el verdadero poeta.
Hasta Darío no existía un idioma tan ruso y
maloliente como el español.
Segura de saber dónde se hospeda la poesía, existe
siempre una multitud impaciente y apresurada que corre en su busca pero, al
llegar donde le han dicho que se aloja y preguntar por ella, invariablemente se
le contesta: se ha mudado.
Sólo después de arrojarlo todo por la borda somos
capaces de ascender hacia nuestra propia nada.
La serie de sarcófagos que encerraban a las momias
egipcias, son el desafío más perecedero y vano de la vida ante el poder de la
muerte.
Los pintores chinos no pintan la naturaleza, la
sueñan.
Hasta la aparición de Rembrandt nadie sospechó que la
luz alcanzaría la dramaticidad e inagotable variedad de conflictos de las
tragedias shakesperianas.
Aspiramos a ser lo que auténticamente somos, pero a
medida que creemos lograrlo, nos invade el hartazgo de lo que realmente somos.
Ambicionamos no plagiarnos ni a nosotros mismos, a
ser siempre distintos, a renovarnos en cada poema, pero a medida que se acumulan
y forman nuestra escueta o frondosa producción, debemos reconocer que a lo largo
de nuestra existencia hemos escrito un solo y único poema.