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René Char
El semblante nupcial (Fragmento)
Cintura de vapor, multitud doblegada, divisores del miedo, tocad mi renacimiento. Paredes de mi permanencia, renuncio a los cuidados de mi extensión venial; arbolo los expedientes minerales, trabo las primicias de las supervivencias. Abrasado de soledad foránea, evoco la natación sobre la sombra de su presencia.
El cuerpo desierto, hostil a su intervención ayer volvía hablando negro. Decadencia, no te asombres, haz caer tu pilón de angustias, agrio sueño. El escote disminuye las osamentas de tu exilio, de tu esgrima; tú refrescas la servidumbre que se devora las espaldas. Carcajada de la noche, detiene este acarreo lúgubre de voces vidriosas, de adioses lapidados.
Ya sustraído el flujo de las lesiones inventivas (el azadón del águila arroja en alto la extendida sangre) sobre un destino presente he conducido mis franquezas hacia el azul polivalvo, la granítica disidencia.
¡Oh bóveda de efusión sobre la corona de su vientre, queja de dote negra! ¡Oh movimiento desecado de su dicción! Natividad, guía de los insumisos, que descubran su base, la almendra verosímil en la mañana nuevo. La noche ha cerrado su llaga de corsario por donde viajaban extraños fuegos de artificio entre el vapor sostenido de los perros. En el ayer la mica del duelo sobre tu rostro.
Vidrio inextinguible: mi respiración alcanzaba ya la amistad de tu herida, armaba tu realeza inaparente, y de los labios de la niebla descendió nuestro placer de un umbral de dunas, y de un techo de bronce.
La conciencia aumentaba el aparejo estremecido de tu permanencia; la simplicidad fiel se extendió por el aire. Tañir de la divisa matinal, receso de la estrella precoz., persigo el fin de mis arcos, coliseo cavado. Ya bastante besada la crin núbil de los cereales: la cardadora, la obstinada, es sometida por nuestros confines. Bastante maldecida la bahía de los simulacros nupciales: yo toco fondo de un retorno compacto
Poema
Aguas de verde rayo que tañen el éxtasis de un rostro amado, aguas ricas en viejos crímenes, aguas amorfas, aguas saqueadas por una cercana consagración... Él debió sufrir las advertencias de su memorias eliminada, el fontanero saluda con los labios el amor absoluto del otoño. Idéntica sabiduría, tú que compones el porvenir sin creer en el peso que desanima, que él sienta emerger de su cuerpo la electricidad del viaje.
En las alturas
Espera
aún a que yo venga
A la salud de la serpiente
I Canto el calor con rostro de recién nacido, el calor desesperado. II A la vez que el pan que parte el hombre, ser la belleza del alba. III Aquel que se confía en el girasol no meditará dentro de la casa. Todos los pensamientos del amor serán sus pensamientos. IV En el círculo de la golondrina una tempestad se informa, un jardín se prepara. V Habrá siempre una gota de agua para durar más que el sol sin que el ascendiente del sol sea quebrantado. VI Produce aquello que el conocimiento quiere mantener secreto, el conocimiento con sus cien pasadizos. VII Aquello que viene al mundo para no perturbar nada no merece ni consideraciones ni paciencia. VIII ¿Cuánto durará esta falta del hombre, agonizante en el centro de la creación porque la creación lo ha despedido? IX Cada casa era una estación. Así se repetía la ciudad. Todos los habitantes juntos sólo conocían el invierno, a pesar de su carne recalentada, a pesar del día que no se iba. X Eres en tu esencia constantemente poeta, constantemente estás en el cénit de tu amor, constantemente ávido de verdad y de justicia. Es sin duda un mal necesario que no puedas serlo asiduamente en tu conciencia. XI Harás del alma que no existe un hombre mejor que ella. XII Mira la imagen temeraria donde se baña tu país, ese placer que te ha escapado, por mucho tiempo. XIII Numerosos son aquellos que esperan que el escollo los subleve, que el fin los atraviese, para definirse. XIV Agradece a aquel que no se ocupa de tu remordimiento. Eres su igual. XV Las lágrimas desprecian a su confidente. XVI Queda una profundidad mensurable allí donde la arena subyuga al destino. XVII Amor mío, poco importa que yo haya nacido: tú te vuelves visible en el lugar donde yo desaparezco. XVIII podés caminar, sin engañar al pájaro, desde el corazón del árbol hasta el éxtasis del fruto. XIX Lo que te recibe a través del placer no es sino la gratitud mercenaria del recuerdo. La presencia que has elegido no produce el adiós. XX No te curves sino para amar. Si mueres, amas todavía. XXI Las tinieblas que te infundes están regidas por la lujuria de tu ascendiente solar. XXII No hagas caso de aquellos a cuyos ojos el hombre pasa por ser una etapa del color sobre la espalda atormentada de la tierra. Que ellos devanen su largo memorial. La tinta del atizador y el rubor de la nube no son sino uno. XXIII No es digno del poeta abusar de la credulidad del cordero, investir su lana. XXIV Si habitamos un relámpago, es el corazón de la eternidad. XXV Ojos que, creyendo inventar un día, habéis despertado al viento, qué puedo yo por vosotros, yo soy el olvido. XXVI
La
poesía es, de todas las aguas claras, la que se demora menos en los reflejos de
sus puentes. XXVII Una rosa para que llueva. AL final de innumerables años, ése es tu deseo.
La rosa de roble
Cada una de las letras que componen tu nombre, oh Belleza, en el cuadro de honor de los suplicios, desposa la llana simplicidad del sol, se inscribe en la frase gigante que cierra el cielo, y se asocia al hombre encarnizado en engañar a su destino con su contrario indomable: la esperanza.
Misión y revocación
Frente a las precarias perspectivas de la alquimia del dios destruido -incompleto en la experiencia- yo os contemplo, formas dotadas de vida, cosas inusitadas, cosas cualesquiera, e interrogo: "¿Mandamiento interno? ¿Intimación del exterior?" La tierra se expurga de sus paréntesis iletrados. Sol y noche en un oro idéntico recorren y negocian el espacio-espíritu, la carne-muralla. El corazón se desvanece... Tu respuesta, conocimiento, ya no es la muerte, universidad suspensiva.
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